
Parto de una analogía. A lo largo de la vida académica, las personas aprenden operaciones matemáticas básicas, luego entran al campo minado del álgebra, pronto aprenden a resolver ecuaciones y problemas clásicos sobre el tiempo que lleva a dos, tres o quince albañiles siempre dispuestos a construir ciertas estructuras. A la larga, si el camino por el que opta es el de los números, el sujeto en cuestión podrá enfrentarse a problemas muy complejos e, incluso, dedicar su vida a ellos a sabiendas de que bien podría no resolverlos. En un terreno más práctico no sólo se abocará a la resolución de problemas planteados por otros sino que, un buen día, descubrirá uno agazapado. Entonces lo formulará en términos universales e intentará resolverlo.
Con las novelas pasa algo parecido. Todo mundo puede contar una historia, así como casi todos somos capaces de realizar sumas y restas simples. Lo interesante viene después, cuando el escritor se da cuenta de que quiere abordar un tema de una forma diferente. Problematizarlo, dirían unos, pero el término siempre me ha parecido desafortunado; prefiero, pues, pensar que la novela es como plantear un problema sobre cual no se puede estar seguro de sus soluciones, ni siquiera de que las haya.
Ian McEwan (Reino Unido, 1948) lo sabe bien. No por nada sus novelas han planteado problemas en dos niveles: el de la trama y el de la vida interior de los personajes. El primero es evidente: poner a sus protagonistas en situaciones límite. Algo que hemos visto con claridad en casi todas sus novelas y que en La ley del menor (2015) vuelve a conseguir.
En su más reciente novela, Fiona Maye es una juez del Tribunal Superior especializada en derecho familiar. Ella se enfrenta a un caso difícil. Adam Henry es un chico de 17 años con leucemia. El tratamiento implica transfundirlo. El problema radica en que tanto él como sus padres son Testigos de Jehová y su religión prohíbe tal práctica. ¿Debe respetar sus creencias o defender su vida? Para colmo, no se pueden esperar los tres meses que faltan para que él alcance la mayoría de edad y sea capaz de decidir sin la intervención de un juez. Ese es el problema en términos de trama.
Si bien el dilema al que se enfrenta Fiona parece suficiente, a McEwan le gusta explorar en el interior de sus personajes. Tanto, que es fácil sumar conflictos. El más evidente es que Jack, su esposo, en vista de la falta de actividad sexual entre ambos, le ha pedido permiso para tener una aventura. Su argumento es simple: tiene sesenta años, pronto ya no podrá disfrutar de su sexualidad como lo hacía.
Si La ley del menor fuera un mero problema matemático, podría bastar con hacer un mapa de posibilidades para saber cuál o cuáles son los caminos adecuados, cuáles los pasos a seguir. Sin embargo, tratándose de personajes, es mucho más interesante asomarnos a su interior. McEwan tiene una sensibilidad particular: consigue convencer a sus lectores de que sabe perfectamente qué y cómo piensan y sienten cada uno de sus personajes. De esta forma, conforme avanza la trama, el lector debe enfrentarse a un tercer nivel del problema en tanto, de pronto, ya forma parte de él.
Es muy fácil decir qué haría cada uno si tuviera que decidir en lugar de Fiona. Es más complejo conforme se van sumando los argumentos. Es casi imposible cuando se tiene que enfrentar a la racionalidad con las emociones. Es un problema irresoluble cuando se trata de lo humano. Y es justo en ese sitio, en donde una sutileza es capaz de cambiarle la vida a un ser humano, donde McEwan encuentra su mejor prosa.
La ley del menor tal vez no tenga los alcances de las mejores novelas de McEwan. Sin embargo, consigue algo que apenas logran unos cuantos libros. Muestra el proceso íntegro que se sigue para la resolución de un problema sólo para convencer a los lectores de que, en realidad, se encontraban ante un planteamiento imposible. Ser capaz de narrar la desesperanza que eso produce en los personajes y, además, contagiarla al lector, es una proeza de altos vuelos.