Ruta de evacuación


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“El loco” es uno de los arcanos mayores más celebrados del Tarot. Su fuerza y sentido simbólico radican en su expresión risueña, no obstante que se enfila hacia el precipicio. Encarna la aventura de amanecer y enfrentar la lucha por la subsistencia. Es la historia de todos. Que aparezca en una tirada de cartas nos predispone para un estallido de lo impensado. Acaso ésta sea la mejor forma de atravesar el tiempo que tenemos de vida. Somos arrojados al mundo, ya lo dijo Sartre, y la espiral es el signo que nos define. Así, la locura se presenta como una forma posible de actuar, sea auténtica, fingida o de naturaleza híbrida, incluso.

El percherón mortal (1946) de John Franklin Bardin (1916-1981) pertenece a esa familia de libros que pelean por ubicarse en una zona felizmente indefinida. La comodidad lo clasifica en las novelas policiales de corte noir, pero su alcance es mayor. Se nutre de las historias pulp de la época, la novela gráfica de alto impacto y el non-sense como herramienta para explorar un tema central: el desdoblamiento de la personalidad. Es natural deducir que cierta forma de locura determina la secuencia de hechos. Que el protagonista se ve envuelto en una cadena de tropelías debido al encuentro con un personaje estrambótico. Que un homicidio envuelto en circunstancias tenebrosas lo orilla a la acción. Pero esto sería una simplificación. Es una historia que leería Philip K. Dick intuyendo en Bardin a otro cómplice de la incredulidad y el recelo ante lo que aspira a la monumentalidad. Si la realidad es aquello que “aunque dejes de creer en ello no se va”, como lo escribió el autor de Ubik, Bardin podría responder que si ésta no desaparece siempre es posible intentar la fuga. Estamos ante una novela prófuga del olvido, que anhela el aire libre y la barra cantinera.

El sentido común y las trampas que genera la violencia nos encadenan a una modalidad uniforme de ejercer la libertad posible. En Bardin acontece una idea personalísima de la novela, ejercida desde la negación de los moldes obligados. Es un libro que no tiene miedo a ser considerado “malo” desde un canon vertebrado que intenta hacer una aportación a la historia literaria. Prueba que es posible narrar desde una coordenada que rehúse la conformidad y el pasmo ante las “grandes creaciones”. El percherón… es una novela nacida para pasarse de mano en mano, entre cófrades de un culto que persigue la disolución de lo establecido. Los escritores menores existen para ser otro parámetro de referencia, Alma rebelde y nostalgia romántica se trenzan en esta historia que se confiesa partidaria de rasgar la cortina que nos distancia del ser auténtico. No es difícil reírse en alguna página: actuamos en la urgencia de la circunstancia y la cadena de traspiés es inevitable. El humor negro es otro episodio de la vida diaria, y no un atributo exclusivo de personajes que viven-actúan los relatos memorables.

Este rescate editorial es un alivio para los investigadores y partidarios de la marginalidad. En la historia aparece la necesaria condena del lifestyle americano, el cual amerita un comentario cerebral aunque también intempestivo. “Un cigarro a veces es sólo un cigarro”, afirmó el maestro vienés, quizá prefigurando que todo admite las más diversas interpretaciones. Nuestro zigzagueo es inevitable, sea que suceda motivado por palabras o consecuencia de actos reales. La escasa producción de Bardin lo ha vuelto un autor de culto. También su modo libérrimo de contar una historia que engancha desde las primeras páginas. Sería deseable que igualmente se editaran sus otras dos novelas más celebradas: El final de Philip Banter y Al salir del infierno.

El percherón… no es sólo una novela transparente y entera, sino también un boquete para verificar que el horizonte puede ser otra alucinación producida por una idea de verticalidad aparente. Nos conquistamos al cuestionar lo insospechado, se ha visto tanto, y la física no cesa de explicarnos que la partícula de Dios tan sólo es otra posibilidad entre tantas.

John Franklin Bardin, El percherón mortal, traducción de César Aira, Almadía, Oaxaca, 2012, 256 pp.

 

Luis Bugarini
Crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Publicado en: Ciudad de libros