Con motivo del estreno de la segunda temporada de la serie documental Roma: Imperio de sangre (Netflix), el presente ensayo realiza un breve recuento de las producciones audiovisuales más importantes dedicadas al Imperio Romano en los últimos años.

La añoranza de volver a ser Roma ha presidido la historia europea desde entonces: primero en el Imperio Bizantino, después en el Sacro Imperio Romano, incluso en Napoleón (cuyo símbolo era el águila de las legiones). El último intento es el de la Comunidad Europea, que ya veremos cómo sale.
—Juan Eslava Galán
Soportaré ser quemado, ser atado, ser golpeado, a ser asesinado por la espada para buscar el honor en la arena.
—Sacramentum gladiatorum
Los libros y las películas sobre la vida en la antigua Roma producen un goce muy especial. Por un momento, nuestra imaginación viaja y nos preguntamos cómo hubiera sido nuestra propia existencia en una época semejante. ¿Habríamos vivido como un esclavo más, tal vez como un campesino modesto? ¿Quizás un soldado mal pagado o una cortesana con grandes ambiciones de poder? En 1960, el clásico Espartaco de Stanley Kubrick anticipó un furor por la ficcionalización de ese período histórico que prosiguió con Calígula (1979) de Tinto Brass y detonó con el estreno de Gladiador (2000) de Ridley Scott. Desde entonces, un sinnúmero de producciones, en su gran mayoría teleseries, han inundado las plataformas de transmisión y el imaginario de varias generaciones de televidentes.
Muchos críticos1 coinciden al afirmar que Roma (2005-2007, HBO & BBC) cambió para siempre la manera de hacer series de época y lideró una oleada imparable de producciones como Los Tudors, Deadwood, Los Borgia, o la mítica Mad Men. ¿Por qué? Razones sobran: un equilibrio magistral entre la trama principal (la historia de dos soldados de la legión XIII del ejército romano) y la trama general (la historia de Julio César, Cicerón, Cleopatra y otros tantos referentes inevitables en la memoria de Occidente); una manufactura impecable dominada por locaciones en el corazón de Italia, un casting de primer nivel, asesores especializados en la civilización romana, recreación milimétrica de eventos esenciales de su funcionamiento como imperio —rituales paganos, plenarias en el senado y juicios públicos—; su crónica de una transición política que va de la República al Imperio en un fascinante periodo que pasa por el fin de las guerras gálicas (año 52 A.C.), la guerra civil de 49 A.C. y por el gobierno de Julio César, Marco Antonio y Octavio Augusto, tres de los emperadores más controversiales en toda su historia.
Las peripecias de Lucius Vorenus (Kevin Mckid) y Tito Livius (Ray Stevenson) se basan en la breve mención de un centurión y un soldado raso en el Commentarii de Bello Gallico [Comentarios sobre la guerra en Galia] del emperador Julio César. Esta desigual pareja de soldados encarnaba dos espíritus complementarios dentro del carácter romano: por un lado la devoción, el sentido del honor y el deber familiar; y por el otro la pasión desenfrenada y el hedonismo más profundo. En un principio, la serie fue criticada por sus escenas de sexo y violencia —eso sería poco comparado con las producciones históricas que vinieron después— pero ganó rápidamente el aprecio de millones de personas y el reconocimiento con premios tan significativos como el Globo de Oro y el Emmy a mejor serie.

Ray Stevenson y Kevin Mckid protagonizan Rome con una magnífica interpretación de Tito Livius y Lucios Vorenus, dos soldados romanos al servicio de Julio César.
Por su parte, Espartaco: Sangre y arena (2010, Starz) rompe con el equilibrio entre las tramas —presenta una sola línea argumental bastante simple—, y con el ritmo cadencioso de otras series más lentas como Yo, Claudio (1976) o Roma. Su composición audiovisual y su propuesta estética son abigarradas y potentes: incontables tomas de mutilaciones y decapitaciones, vívidas escenas eróticas que fluyen bajo la dinámica audiovisual del soft porn, impresionantes planos de ampliación en las secuencias de combate (que recuerdan la película 300, basada en el comic de Frank Miller), rostros y cuerpos voluptuosos, con una visible tendencia hacia el enfoque de los músculos sudorosos y brillantes, así como el culto falocéntrico —la palabra “cock” (verga) es, aparte de “the afterlife” (La otra vida), la más utilizada en sus trece episodios. Andy Withfield, protagonista de la primera temporada, sufrió de un linfoma cancerígeno que impidió su continuidad en el rodaje, provocando un cambio en el formato de la serie, que continuó con una precuela (Espartaco: Dioses de la arena, 2011) y una segunda temporada tardía (Espartaco: Venganza, 2012), de una trama diferente pero dentro del mismo universo.
La teleserie cuenta la lucha de Espartaco, un líder de origen tracio apresado en la ciudad de Capua por el ejército romano de Cayo Claudio Gabro y separado de su esposa tras un intento de deserción. Esclavizado dentro de un Ludus, espacio dedicado al entrenamiento de los gladiadores, Espartaco trata de reconquistar lo que se le ha arrebatado confabulándose con otros esclavos para convocar una rebelión general. Como símbolo, la figura de Espartaco ha sido reivindicada por diferentes políticos de izquierda (Karl Marx se refiere a él en su lectura de Apien; Aram Khatchatourian y Karl Liebknecht retoman su leyenda para componer una ópera y un ballet en Rusia) poniendo énfasis en su valor icónico en la lucha antiesclavista.

El actor Andy Withfield solo protagonizaría una temporada de Espartaco: Sangre y arena a causa del cáncer que terminaría con su vida a sus 39 años de edad.
Imprescindible mencionar la mítica serie de la BBC Yo, Claudio, producida entre 1976 y 1980. Adaptación de la novela homónima del escritor inglés Robert Graves, la teleserie aborda el período romano de la dinastía Julio-Claudia. El memorable actor Derek Jacobi interpreta con maestría el tartamudeo y el retraído carácter de Claudio, último emperador del linaje. La miniserie presagia diferentes procesos y técnicas audiovisuales (rodaje exclusivamente en interiores, secuencias al estilo de La soga, de Hitchcock, formato de grabación en video) que demuestran una recursividad envidiable para la época. La trama, de origen y desarrollo plenamente literario —el espectador asiste a la escritura de las memorias de Claudio, quien sospecha su pronta muerte, y relata todos los sucesos importantes del gobierno de Roma desde los tiempos de Octavio Augusto, su abuelo— enlaza un ingenioso contrapunto con la teatralidad de los escenarios, la inmejorable ejecución de los actores protagónicos (todos miembros del teatro shakespeareano) y los giros dramáticos del argumento.
El relato de Claudio se revela como una reflexión sobre la ambigüedad de la historia y la desmesura de la corrupción humana en las altas esferas del poder. Su estética visual es de un claro corte clásico, que recuerda los testimonios filosóficos de Aristóteles acerca de las obras teatrales en la antigüedad: pocos actores en escena, situaciones claras definidas por los diálogos, un mismo lugar en que se desarrollan las acciones, y más que nada el fuerte peso del destino o fatalidad (la telúrica fuerza del Fatum) al cual ningún individuo se puede resistir.

Derek Jacobi, actor del teatro shakespereano, encarna al emperador Claudio al final de sus días.
La originalidad de la reciente serie documental Roma: Imperio de sangre (Netflix) reside justamente en su carácter híbrido de ficción y no ficción empaquetada en secuencias históricas, apoyadas por los testimonios de profesores especializados en historia romana, y las secuencias dramatizadas, compuestas por actores de mediana destreza —Aaron Jakubenko pasa sin pena ni gloria por el rol del emperador Cómodo, que le hubiera permitido mucho más— y la animosa narración de Sean Bean. En un despliegue de seis episodios, el espectador asiste al fin del gobierno de Marco Aurelio, gran estratega y filósofo que deja su gobierno, conocido después como la Pax Romana, en manos de Cómodo, su incapaz primogénito, tras un declive físico que lo afectó cuando se encontraba en el frente de guerra contra los germanos.
La imbricación entre lo documental y lo representado está bien lograda sin ser impresionante —recuerda algunas emisiones de la cadena History Channel. No obstante, es inevitable sentir el mal sabor de boca que deja la ambientación, la simpleza en el guion y la mediocre interpretación de los actores. Da la impresión de que este proyecto, como otros de la plataforma Netflix, por poco se viene abajo. Pese a todo esto, su perspectiva respecto de la figura del mandato de Cómodo es bastante interesante, pues no se lo pinta como un simple inepto excéntrico y cobarde, sino como un hombre desesperado por dignificar su labor como emperador y en la búsqueda incesante de reconocimiento de su padre y toda su generación.

La nueva serie de Netflix aborda la complicada vida del emperador Cómodo, sucesor de Marco Aurelio.
Así pues, todas estas producciones encuentran tres directrices exploradas en mayor o menor grado y consustanciales a la temática romana: sexo, violencia e intrigas. Dicen que justamente en esos tres núcleos, elementos fundamentales del melodrama, radica el gran interés que suscita la historia del imperio; sus singulares prácticas sexuales, el afán insaciable de muertes en la arena de los coliseos o la guerra, y la infinidad de traiciones, asesinatos furtivos y conflictos familiares que alimentan su incomparable leyenda. La intempestiva cantidad de adaptaciones al formato serial presenta una reflexión que encontramos ya en grandes clásicos como Los Soprano:la primacía del antihéroe. Tanto Cómodo, como Claudio o Lucius Vorenus son sujetos con los que puedes simpatizar o sentir una cierta piedad, pero están lejos de poderse llamar héroes. El único que escapa a esta categorización es Espartaco, precisamente porque su formato de caricatura, su manierismo estético e independencia del hecho histórico, hacen de ella la única serie apartada de lo clásico en esta lista.
Imprecisiones históricas y misterios
Buscar la exactitud de los hechos históricos sobre un período como el grecorromano es bastante problemático, pues el legado historiográfico obedece intereses diversos —grandes historiadores de la antigüedad como Tácito y Suétonio varias veces se contradicen sobre los mismos hechos—, que no siempre estaban comprometidos con lo que ahora se entiende por verdad. Pretender que una película, una novela histórica o una serie de televisión arrojen una luz irrefutable sobre dichas controversias históricas no solo sería ingenuo sino desafortunado. ¿Era Espartaco realmente un revolucionario que quiso liberar a los esclavos y desmontar el Imperio romano? ¿Claudio fue envenenado por Agripina, su última esposa y madre de Nerón? ¿Lucius Vorenus tuvo algo que ver en el magnicidio de Julio César? Son preguntas cuya respuesta es prácticamente imposible (e innecesario) dilucidar. Bruno Heller, coautor de Roma, hace una pertinente reflexión al respecto: “Nosotros tratamos de hallar un equilibrio entre lo que la gente espera de estas representaciones previas y una aproximación naturalista… esta serie es mucho más acerca de cómo la sicología de los personajes afecta la historia que sobre el simple seguimiento de la historia tal y como la conocemos”.2
La gran virtud de este tipo de audiovisual no reside en su precisión sobre acontecimientos puntuales, sino sobre todo en la posibilidad de transmitir una atmósfera, un modo de ser y una cosmovisión que responde, en gran medida, a la estructura social y política de Occidente. Su gran victoria consiste en hacernos imaginar que vivimos en una época semejante bajo otra piel y respiramos otro aire.
Camilo Rodríguez
Periodista cultural y consejero editorial de francés en Éditions Maison des Langues.
Twitter: @Cajme
1 Carrión, Jorge, Teleshakespeare, el giro manierista, Bogotá, Ed. Universidad de los Andes, p. 37-39.
Joyard, Olivier, Rome: la série historique qui a tout changé. Consultado en línea el 23 de julio de 2018.
Norris, Shawn, HBO’S Rome still the best serie on televisión. Consultado en línea el 23 de Julio de 2018.
2 “We try to balance between what people expect from previous portrayals and a naturalistic approach … This series is much more about how the psychology of the characters affects history than simply following the history as we know it”. Entrevista de Bruno Heller, tomada de: "Rome News". HBO. 8 January 2007. Archived from the original on 1 May 2008.