Rojo en las portadas

Cuando se revisa la compleja y multifacética historia intelectual de la segunda mitad del siglo XX en México hay un personaje que aparece una y otra vez. Está en los suplementos, los periódicos, los libros, los consejos editoriales, las exposiciones y también entre los impulsores de una izquierda revitalizada. Aparece aun cuando los libros no sean suyos o cuando la revista en cuestión no tenga artículos con su nombre. Es más: en muchas ocasiones está presente sólo a través del papel. Este personaje es Vicente Rojo.

La presencia de Rojo en el mundo cultural mexicano es tan abarcadora, que cada faceta de su producción merece un ensayo. No por nada Carlos Monsiváis lo describió como un “creador de público[s] cultural[es]” sin parangón en México, y el caricaturista Rius recuerda que quería ser como él:

“Mi sueño era hacer carteles, portadas de libros, formatos de revistas y hasta pintar cuadros. No conocía aún a Vicente Rojo, pero eso es lo que quería ser: un Vicente Rojo”. (Rius para principiantes, p. 20)

Vicente Rojo llegó a México en 1949 y muy pronto se involucró en actividades editoriales. Empezó a trabajar como tipógrafo en la editorial de lo que era el Instituto de Bellas Artes de entonces, bajo el cobijo de Miguel Prieto. A partir de ese momento, participó en casi todas las publicaciones periódicas relevantes de la Ciudad de México durante las siguientes cuatro décadas: La Revista de Bellas Artes, México en la Cultura, La Cultura en México, La Revista de la Universidad, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Nuevo Cine, Diálogos, Cuadernos Políticos, Plural y el diario La Jornada.

Como dicen Cuauhtémoc Medina y Amanda de la Garza, su prominencia en el diseño editorial ha velado otros aspectos de su producción, en particular la asociada a los libros. Sin embargo, la continuidad entre proyectos es evidente. Rojo y sus ideas parecen haber transitado entre la constelación de los grupos intelectuales del momento con la más absoluta naturalidad y sosiego (parece que nunca rompió con ningún grupo. En serio: ¿se habrá peleado con alguien?)   

Su influencia en el mundo de los libros ––portadas, tipografía y papel–– permanece en el tiempo. Difícilmente habrá un lector de este texto que no tenga en su imaginario literario alguna portada de Vicente Rojo. La mujer de piernas cruzadas y ojos tapados de Las batallas en el desierto de Pacheco es suya. También los guiños simbólicos en el margen de La feria de Juan José Arreola, que recuerdan a su vez a los que encontramos en la edición de Cien años de soledad de García Márquez en la Editorial Sudamericana. Esta última quizás sea la portada más legendaria del barcelonés, no sólo porque por algún motivo indescifrable no llegó a tiempo para la primera edición del libro ––aunque sí ilustró las tres que le siguieron, y por ende las millones de copias en manos de toda América Latina–– sino por lo que se interpretó como un misterio: la letra “e” del título que aparece al revés. Acerca de ésta, Rojo recuerda en una entrevista que su única intención fue la de simular el trabajo de un rotulista de barrio que comete un error.

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Pero aun con errores deliberados, la tipografía de Rojo siempre aparece elegante. Y la intuición de que sus portadas sugieran mucho más de lo que se asoma no es equivocada. Como atestiguan sus trabajos en la Serie del Volador de Joaquín Mortiz  o en la Colección Popular del FCE, sus portadas son absolutamente simbólicas. A él no le gusta imponer, sino sólo sugerir, según la entrevista ya citada. Sin embargo, lo cierto es que sus ilustraciones hablan por sí solas y casi podríamos decir que no necesitan de los libros que aparecen tras ellas. Experimentaba tanto que un estante con todos títulos a su cargo se descubriría serio, juguetón, abstracto y figurativo al mismo tiempo.

Muchas de las hazañas anteriores tuvieron lugar en otra de las paradas obligadas de la historia intelectual mexicana: la Imprenta Madero de la calle de Amberes y que más tarde se mudó a la Colonia del Valle. Asociada a la imprenta y a sus rotativas, en 1960 nació la editorial ERA, cuyo nombre da cuenta de los responsables del proyecto: Espresate (por Tomás y Neus), Rojo y Azorín (por José). La lista de sus títulos que se reconocen como fundamentales es muy larga: Revueltas, Monsiváis, Poniatowska, Pacheco, Pitol, Monterroso, Elizondo, Jacobs y un largo etcétera. La editorial acogía por igual a plumas puramente literarias que a autores de ensayos sobre la sociedad; la mezcla de ambas cosas le dio un tono político muy particular. Y Vicente Rojo le puso rostro.

Hace un par de años, el MUAC albergó una exposición retrospectiva de la obra del español y publicó un catálogo excelente. Las salas, e incluso la fuente exterior, reunían las portadas, libros de autor, esculturas y cuadros del artista. En ella, recuerdo haber leído una reflexión que hacía Rojo sobre su mezcla de oficios: mientras que sus aventuras editoriales eran su faceta más social (más política, como lo daba a entender), aquella en la que encontraba libertad era la pintura. Yo admiraba ya su labor como diseñador y portadista, pero la verdad es que el arte abstracto nunca me ha emocionado mucho. Sin embargo, al ver las más de 400 obras de su autoría al mismo tiempo, su pintura se reveló como parte de un mismo lenguaje y no pude entrever la separación de la que hablaba. Su relación con éste va más allá de su trabajo directo con las palabras impresas. Concluí que todo Rojo es alfabeto, una verdadera Casa de letras, no sólo su fachada.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

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Publicado en: Curadero