En este ensayo, la autora analiza dos provocadores relatos de dos escritoras latinoamericanas contemporáneas, la argentina Mariana Enríquez y la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, para profundizar en cómo algunos de sus personajes femeninos optan por la autodestrucción de sus cuerpos como mecanismo de subversión y liberación de la violencia de género.
Desde pequeña supo cómo identificar el olor, el sonido y el peligro de los gallos. Las arenas para las peleas estaban llenas de amenazas, de hombres. Por eso aprendió a untarse las tripas de los gallos en la ropa y a meterse sus cabecitas debajo de la falda.
Esta escena, narrada en "Subasta" de María Fernanda Ampuero, ejemplifica aquella sentencia de Hélène Cixous expuesta en La risa de la medusa: un texto femenino no puede no ser más que subversivo. Esta máxima parece cumplirse de forma evidente en las plumas de muchas autoras latinoamericanas contemporáneas, quienes se han inclinado por escribir sobre las agresiones, la vulneración y el usurpamiento de los cuerpos femeninos por parte de la ferocidad masculina.
La escritora argentina Mariana Enríquez publicó en 2016 su antología de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego. El cuento homónimo es el que cierra la colección y narra una especie de distopía en la que, a raíz de la epidemia de feminicidios que se vive en Argentina, surge un grupo llamado las Mujeres Ardientes, quienes deciden responder a la violencia masculina recreando las hogueras de los siglos XV y XVI para así ser ellas mismas quienes se queman vivas.
Dos años más tarde, en 2018, María Fernanda Ampuero publicó Pelea de gallos.La ecuatoriana explora en los 13 cuentos que componen la colección temas como la violencia, el machismo y la desigualdad social. El cuento que abre la colección, “Subasta”, narra la historia de una niña que creció rodeada de gallos y de hombres que le ofrecían caramelos a cambio de tocarla bajo la falda. Una noche, al quedarse dormida en el taxi que la llevaría a su casa, es secuestrada para ser vendida en una subasta clandestina.

Si bien hay una diferencia estilística entre ambas autoras, existe una resonancia temática que las envuelve. Ambas han decidido narrar historias que engloban una realidad violenta que resuena con la de muchas mujeres tanto en América Latina como en el resto del mundo. Tanto Enríquez como Ampuero logran, por medio de la palabra, reapropiarse de la violencia sistémica que somete a los cuerpos femeninos para, de alguna manera, devolverles la agencia que les fue arrebatada por la dominante mirada masculina.
En “Las cosas que perdimos en el fuego" y "Subasta” existe una voluntad por parte de los cuerpos femeninos de dañar su propio cuerpo, de autoviolentarse para resguardarse y confrontar los peligros que las acechan. El relato de Ampuero, describe a una niña que desde pequeña se embarra las tripas y la sangre de los gallos que morían en las peleas para que los hombres que la acechan no se le acerquen. Se metía una o muchas cabezas de gallo en medio de las piernas porque descubrió que eso no le gustaba a los machos. Esas acciones en detrimento de su integridad, le permiten recuperar la agencia sobre su cuerpo e impedir su vulneración.
En “Las cosas que perdimos en el fuego", el acto voluntario ejercido por las Mujeres Ardientes de inmolarse dañando visiblemente su propio cuerpo, les permite reapropiarse de él y subvertir la relación de víctima-victimario. La voluntad de las mujeres se coloca más allá de la comprensión masculina para perseguir su liberación: “El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque queremos y no nos creen”.
Esta autoviolencia voluntaria que los cuerpos femeninos infligen sobre sí mismos no solo los daña, sino que ahora, ante los espectadores que antes depredaban a las mujeres, se transforman en cuerpos repugnantes: los galleros en “Subasta” sienten asco por las vísceras, la mierda y la sangre de los gallos muertos. La cercanía de los animales salvajes al cuerpo de la niña produce un choque que les impide acercarse y sentir deseo por ella. En “Las cosas que perdimos en el fuego” la exhibición de las cicatrices produce un cambio en la mirada de los observadores, que no pueden concebir que los cuerpos femeninos carbonizados y deformes sean sensuales y deseables.
En ambos cuentos la mirada de los hombres es perturbada, y de su nuevo paisaje emerge el miedo ante la cercanía desagradable de las mujeres repugnantes. Sus cuerpos ahora representan una amenaza física que pone en peligro el estatuto de dominación y poder masculino sobre la apariencia del cuerpo femenino.
La filósofa finlandesa Sara Heinämaa explica que existen dos tipos de repugnancia. Una es la física, y está relacionada con sustancias y cosas materiales: heces, cadáveres, sangre, etcétera. Y la otra es la moral, que implica un tipo de repugnancia provocada por comportamientos humanos, modales y conductas. Para la repugnancia moral el cómo se hace la acción resulta mucho más significativo que los objetivos o motivaciones de ésta. En “Subasta” cuando la mujer está a punto de ser vendida, decide hacer aquello que repelía a los hombres en las peleas de gallos cuando era pequeña:
Cuando me toca a mí, pienso en los gallos. Cierro los ojos y abro mis esfínteres. (…). Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el centro de una sala (…) y como una res vacío mi vientre (…) el gordo (…) me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua (…) La sangre empieza a caer (…) a mezclarse con la mierda y la orina.
Hay una desmesura en el espectáculo que se le presenta a los compradores que resulta excesivo y contrastante con el cuerpo femenino que tienen enfrente. La repulsión moral ante la desproporcionalidad del comportamiento presenciado se conjunta con una repugnancia física por la materialidad de los fluidos expulsados, y provoca una ruptura del deseo masculino sobre su cuerpo. La sangre, la orina, la mierda, provoca una retracción, no sólo física sino también adquisitiva, y el deseo es sustituido por una repulsión instantánea e inevitable.
Por otro lado, en “Las cosas que perdimos en el fuego”, la chica del subte se presenta como una antítesis encarnada. Su rostro era desagradable. Tenía una boca sin labios, una nariz mal reconstruida y sólo le quedaba un ojo. Pero usaba jeans ajustados, blusas transparentes, sandalias y caminaba por subte besando y tocando pasajeros. “Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo”, escribe Enríquez. La interacción sensual de la chica del subte con sus cicatrices la vuelve repugnante. Pero también la proximidad indeseada con los cuerpos de los pasajeros. Su presencia se torna tan vívida y sensorial que las personas del subte no pueden evitar sentirse perturbadas y amenazadas.
No es gratuito que en ambos cuentos la repugnancia proviene de las acciones de las mujeres, más que de las razones que promovieron su autoviolentación. La chica del subte es repugnante porque exhibe sus cicatrices, no porque esas marcas fueron inflingidas por su marido, quien la quemó porque iba a abandonarlo. La mujer del cuento de Ampuero es repulsiva porque se orinó encima, no porque estaban a punto de comprarla en una subasta clandestina. Quien las observa se siente repugnado no por lo que esas marcas esconden —la violencia de género— sino porque muestran que ahora son ellas quienes deciden a ultranza el quehacer de sus cuerpos.
Esta exhibición también posibilita una reconstrucción de sus cuerpos fuera del conjunto de prácticas sociales y culturales dentro del que estaban insertas. La repulsión provocada por el olor a sangre, vísceras y piel quemada, así como la retracción impulsada por la exhibición de las cicatrices y el vaciamiento de fluidos, impide que los hombres puedan desear, consumir o violentar esos cuerpos.
La vulneración de los cuerpos femeninos ha llevado a escritoras contemporáneas como Enríquez y Ampuero a escribir de lo atroz, lo terrible y lo perverso, desde perspectivas que buscan subvertir la violencia despiadada que padecen las mujeres; una violencia que, como en la realidad, se inscribe en los cuerpos femeninos, en sus pieles y en sus palabras, y que exige trazar una nueva frontera que las libere, aunque sea por un momento, de la crueldad ejercida en su contra. Una vez más, en palabras de Cixous: “es necesario que la mujer se escriba porque es la invención de una escritura nueva, insurrecta lo que, cuando llegue el momento de su liberación, le permitirá llevar a cabo las rupturas y las transformaciones indispensables en su historia”.
Obras citadas
Ampuero, María Fernanda. “Subasta”. Pelea de gallos, Páginas de espuma, 2018.
Cixous, Helene. La risa de la medusa: ensayos sobre la escritura. Anthropos, 1995.
Enríquez, Mariana. “Las cosas que perdimos en el fuego”. Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrama, 2016.
Heinämaa, Sara. “Disgust”. The Routledge Handbook of Phenomenology of Emotions, Routledge Handbooks, 2020.
Paulina Guzmán: Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.
Extraordinario trabajo, una forma muy frontal de tratar estos complejos problemas pero compromete a la autora a continuar alzando la pluma para que estos temas no sigan siendo invisibles… Felicidades!!!