Llena de nostalgia, esta entrega que cierra la crónica que Luis Miguel Aguilar le ha dedicado a la colonia Condesa, revive las noches en que las azoteas se volvieron los puntos de encuentro de la juventud condesera: escondites que lo mismo servían para el amor furtivo, empaparse de música moderna y, por supuesto, arreglar el mundo en interminables tertulias.
En el cuarto blanco
Pedro Ventura aún vivía en el mismo edificio de Parras donde la madre de Matilde seguía siendo la portera. Con estas ventajas, un día Pedro pintó el cuarto de azotea para volverlo un salón de fiestas que sábado tras sábado abrió sus puertas a las no muy agraciadas pero respetables vecinas del 2, aunque en privado la falta de caballerosidad las conociera por el nombre genérico de Las Poquianchis. En esas veladas un nuevo acompañante, lector tan furibundo del Siddharta de Hermann Hesse que no quedó más remedio que apodar El Gobinda, ponía una y otra vez “White Room” con el grupo Cream (“Es La Crema, estúpidos. No hay grupo más grande” decía El Gobinda a cada puesta.) Una canción cuyo estribillo apenas descifrábamos:
I wait in this place
Where the sun never shines;
I wait in this place
Where the shadows run from themeselves.
Adoptamos “White Room” en efecto como un himno al entorno: la mejor vida condesera parecía vivirse en una sucesión de cuartos blancos de azotea, palomares en Parras, Amsterdam, Popocatépetl, avenida México, Sonora, que empezaron a adquirir otro uso más allá del que El Chepis le había dado al suyo para picarse a las sirvientas del edificio de Amsterdam en que vivía.

Los cuartos blancos se alternaban con las bancas del parque para montar simposios mamones pero nunca malintencionados sobre la inexistencia de Dios, la revelación del comunismo y el condesismo zen de El Gobinda. Matilde llegaba por las noches de la zapatería Capri de Insurgentes donde tuvo que entrar a trabajar desertando de la secundaria nocturna y se paraba junto a la banca predilecta con el mismo comentario tímido ante los ponentes: “Ojetes ¿siguen arreglando al mundo?”. Y en efecto seguíamos arreglándolo hasta la una o las dos de la mañana cuando el mundo era arreglable en el parque y cuando desear era etcétera.
Las veladas sabatinas se vinieron abajo por la deserción del elemento femenino luego de que El Gobinda se le fue encima amorosamente a la menor de Las Poquianchis y la celosa hermana mayor, que quería con El Gobinda, se lo dijo a su mamá y ninguna de las tres volvió a subir a la azotea. De cualquier modo Pedro estaba a punto de cambiarse a un cuarto blanco de la plaza Popocatépetl que El Gobinda y sus hermanos le alquilaron y que él pagó con sus primeros sueldos burocráticos en el IMSS de la avenida Reforma, trabajo que alternaba con sus estudios en la Escuela Comercial y Bancaria. Pedro entró a trabajar al IMSS igual que su padre lo había hecho muchos años antes aunque los desacuerdos con él —que muy rara vez tocó conmigo en diez años de amistad— lo habían hecho salir de su casa.
Luego yo entré a la preparatoria y nos fuimos separando. Una de las últimas veces que lo vi, Pedro había ido a buscarme a mi casa y salimos al parque. Pedro se quebró al segundo cigarro: su padre se estaba muriendo de cirrosis en el Centro Médico y él se había escapado unos momentos de la guardia filial junto al moribundo. Luego se esfumó dos semanas en las que yo adiviné un entierro y una fibra tocada a fondo en Pedro por ese personaje con el que nunca llegó a entenderse y que comenzó vendiendo leche de puerta en puerta en Zinapécuaro, Michoacán, antes de venir a México, hacer una larga carrera burocrática y alcohólica en el IMSS, negarse a la jubilación y tener con Pedro el único punto de acuerdo en la afición por los electricistas del Necaxa. Ahora Pedro Ventura es la sombra más persistente en el cuarto blanco donde escribo estas líneas.
Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.
Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.