Retrato de La Condesa con cachorro, VI

En la penúltima entrega de la crónica de la colonia Condesa a manos de Luis Miguel Aguilar, asistimos a la historia del legendario Parque México y las pandillas que lo frecuentaban con ánimo de dominación y gresca, y algún desenlace fatal.

Los duques en su dominio

El cronista Rafael del Regil fijó esta visión idílica: “El centro del hipódromo está ocupado por el Parque San Martín, jardín exótico y tan cuidado que al tirar la colilla del cigarro nos da la impresión de sacrilegio, como si mancháramos el suelo de una mezquita con el polvo de nuestros zapatos. En él sentimos la grandiosidad de este Valle de México, cuyas montañas en las lejanías nos ocultan el horizonte”. El Parque México posterior era más prosaico que el que vio Del Regil —dónde si no, por ejemplo, apagaríamos las colillas de nuestros primeros cigarros Bali a escondidas— pero entre ambos hay otro Parque México que para mí es el verdadero y que, como el Adrogué de Borges, solo vuelve a darse en mi cabeza.


Ilustración: Izak Peón

Nos pertenecía la primera mitad del parque desde la calle de Sonora hasta la calle de Laredo. Poco a poco fuimos colonizando El Redondel al que la pandilla del parque nos fue dando acceso mientras más mejoraban nuestras suertes futboleras. Sobre todo, El Redondel comenzó a ser más mío cuando entré al equipo de futbol del barrio: el San Martín. Pero en general preferíamos poner frontera en la calle de Laredo: más allá no había pasto disponible y estaba el aparato represivo de los jardineros, sin tarde en que uno de ellos no bajara de su refugio para intentar una confiscación o ponchadura de pelota por jugar en el pasto. El más aterrador era el viejo Fidel, que a su pico para recoger papeles y ponchar bolas agregaba un mastín canelo propiedad de un político retirado que vivía en la avenida México y se lo encargaba para pasearlo. Era una guerra de estrategias donde había que tener el ojo puesto a lo lejos entre patada y patada y recoger la bola y salir corriendo al avizorar a Fidel o a sus colegas, que a su vez ensayaban todo tipo de camuflajes y desprendimientos sigilosos desde su base de operaciones al otro lado del parque. A veces nuestra absorción en el juego les permitía llegar hasta nosotros sin que nos diéramos cuenta y de pronto Fidel se aparecía detrás de un árbol, le soltaba un pinchazo a la bola y azuzaba al perro contra nosotros, que salíamos despavoridos mientras la mordida del mastín iba a dar a la bola. Excepto una vez.

Estábamos jugando y Fidel nos sorprendió. Corrimos a la avenida México para dar vuelta hacia Parras y guarecernos en el edificio de siempre, pero esa vez Fidel soltó al perro —o se le soltó sin querer. Nos quedamos quietos mientras el Necaxa gritaba y Fidel retomaba la correa del perro y nos decía que a ver si así aprendíamos. Mientras Fidel se llevaba al perro, el Necaxa gritaba que el perro lo había mordido en el muslo y nosotros, al ver que tan solo tenía roto el pantalón, le dijimos que exageraba. El Necaxa se bajó el pantalón y ahí estaba la dentellada en el muslo: dos triángulos perfectos y profundos que dejaban ver el interior del músculo y la sangre que apenas empezaba a brotar. El Necaxa lloró hasta ese momento.

La mamá del Necaxa y su tío —el amante de su mamá, en realidad, en esa época en que todos los condeseros estaban llenos de tíos— pusieron una demanda en la Octava Delegación. Como resultado, Fidel no volvió a sacar al perro pero nosotros tuvimos que abstenernos un buen tiempo de jugar en los prados.

Contra los jardineros urdíamos venganzas idiotas como levantar las bancas de piedra del parque —se sumaban a las bancas techadas y “de madera”— y tirar hasta diez de ellas a la fuente al principio de la noche. Una vez fuimos más idiotas: en Amsterdam —que aún conservaba en las esquinas las bancas de mampostería con vestigio de farol, bancas ideales para esperar el levítico camión Roma-Mérida— encontramos tres botes de basura con todo y carritos que los barrenderos habían dejado junto a un taller de coches, olvidándose de ponerles la cadena, y los llevamos esa tarde muerta de domingo al mismo destino que las bancas: el estanque de la fuente. Quién sabe si los barrenderos recobraron los botes; los jardineros se pusieron una felpa horrible al lunes siguiente recogiendo la basura —colándola en grandes canastillas— luego de sacar los botes del agua.

Esta fuente, cuya confección inicial con su chorro inmenso y su piedra abigarrada quiso hacer de ella un flujo capaz de subyugar al más esnob de los mortales, acabó por servirnos de irresponsable Leteo —las aguas del olvido tifoideico—, de canal para las carreras de balsas hechas con palitos de paleta o barcos de mayor cabotaje hechos con restos de palmeras cuyas caídas con los ventarrones eran un peligro para caminantes; y la fuente sirvió sobre todo para una práctica que todavía celebra mi memoria y cuya ocurrencia primera y recordatorio exacto salió todas las veces de Matilde: acabar arrojándonos al estanque los días de San Juan como culminación de las guerras con globazos de agua.

De cualquier modo en el Parque México los verdaderos duques eran los pandilleros que oficiaban mañana, tarde y noche en el escenario Lindbergh, al que como dije usaban de cancha futbolera pero con más frecuencia de arena para la lucha pandilleril o de foco de convocatoria y reunión para ir a pelear a tres feudos: contra los de la Escandón, contra los Friends Condesa y contra los de Colima, estos últimos encabezados por el Saldívar, mezcla de albañil, atila y jefe sioux con quien Pedro, Pepe y yo tuvimos la desgracia de toparnos en un anochecer infausto.

Al regresar del cine habíamos cometido la imprudencia de tirar uno tras otro los botes de basura del Parque España y a punto de derribar el más cercano a la calle de Nuevo León y salir corriendo rumbo al refugio de Parras se nos pusieron enfrente El Saldívar y otros dos guerreros colimotes: “Pinches escuincles, ¿qué tiran? ¿No ven que luego nos echan la culpa a nosotros? Órale cabrones, a recogerlo todo”, y siguió la recomposición del escenario y la recolección humillante de los botes, uno por uno mientras El Saldívar y los suyos repartían patadas en las nalgas y amagaban y propinaban zapes en la cabeza, muertos de la risa y soltando comentarios ominosos: “Qué se me hace que aunque estén chavos los madreamos”.

Todo estaba a punto de concluir con las palabras de Saldívar “así me gusta. Y chínguenle, y lárguense, que no los vuelva a ver por aquí”, cuando el mismo Saldívar se me quedó viendo y ubicó entonces nuestro lugar de procedencia: “Ah no, si estos pinches chavos son del Parque México. Igual de putos. Tú, pinche chavo”, me dijo El Saldívar, “ve y les dices a esos putos que aquí los esperamos. De volada, ojetes, treinta o cuarenta para que den batalla aquí en la cuadra. Si no vienen, en dos días vamos a ir nosotros a ponerles en toda su pinche madre. Por putos. ¿Entendiste? Contesta, cabrón”, y otra patada en las nalgas. “Órale, lárguense. Lárguense antes de que me hagan encabronar”. Años después, junto al mercado de Colima, la imagen de El Saldívar inofensivo y encementado, escurriéndole baba por la boca, apelando a quién sabe qué amistad pasada y tratando de articular ante mí una súplica de diez pesos.

El culto del coraje redondelero y las madrizas asirias que protagonizaban sus practicantes contra las pandillas aledañas —a veces pactaban entre ellos para un combate especial, como ir a madrearse contra Los Nazis de la Portales— sufrieron una fuerte aminoración desde la noche en que mataron al Moco. En vez de las cadenas, las navajas, los picahielos, los bóxers y los desarmadores asumidos tácitamente como reglamentarios, una pistola .22 se hizo hueco entre los cuerpos de los madreantes en el parquecito de las calles Progreso y Agricultura de la colonia Escandón y luego de tres disparos se oyeron los gemidos de El Moco y los llamados a su hermano El Gallo y la certeza de que lo habían quebrado mientras todo el mundo se daba a la estampida.

A los dos días apareció la foto de El Carnero en la segunda edición de Últimas Noticias —el padre de Pedro había comprado el periódico y Pedro lo llevó al parque la tarde siguiente— y constaban sus declaraciones luego del citatorio policiaco: ellos eran estudiantes, él de la Prepa 2, y caminaban por ahí cuando los otros buscaron la bronca y ellos tuvieron que defenderse y en la golpiza ya nadie supo y de pronto Gerardo estaba muerto. Todos corrieron por miedo y solo se quedó con Gerardo su hermano Gilberto. El Carnero juraba que ninguno de los del parque había sido culpable de nada y el reportero punteaba su nota con moralizaciones sobre estos hamponcetes, que aunque no hubieran cometido el acto de mano propia eran también culpables de inconciencia, hijos del descuido familiar cuya falta de brújula había encarnado ya en la pérdida de una joven vida humana.

Unos días después los hamponcetes que decía el reportero hicieron una comisión para ir a disculparse con la madre de El Moco que no quiso saber nada de ellos y todo lo que dijo se supo vía El Gallo: por culpa de esos mariguanos habían matado a su hijo, y si El Gallo seguía juntándose con ellos su misma madre se encargaría de mandarlo a la Correccional para Menores.

Aparte de la muerte de El Moco, a la decadencia de la pandilla redondelera contribuyó también el extravío en la droga de unos y la entrada de otros a la vida adulta. Dos imágenes cierran la cuenta: un día, desde un Sonora-Peñón detenido en un alto sobre la avenida Mariano Escobedo, vislumbré por la ventanilla a La Bruja y al Picapiedra, otrora míticos guerreros, luego de meses de no verlos en el parque, vestidos de traje y con la moraleja fácilmente desprendible de los jóvenes que al fin habían sentado cabeza y trabajaban ya de office-boys o ayudantes en algún despacho de abogados o arquitectos de la colonia Anzures.

La otra imagen es la del mismo Gallo, el único de la vieja guardia que siguió sus rutinas de tiempo completo en El Redondel, una mañana a principios de los años ochenta, exagerando y alargando hazañas ante chavos mucho más jóvenes que esperaban su turno en la retadora de futbol, y diciéndole a uno de ellos que le entrara fuerte a otro jugador más grande y que en caso de que el otro le hiciera algo El Gallo se lo madrearía. El chavo trató de acatar la orden pero su misma falta de convencimiento produjo una caricatura de beligerancia riñosa que no pasó a más cuando terminó el partido.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.

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Publicado en: Crónica