Retrato de La Condesa con cachorro, I

Hace veinticinco años, Luis Miguel Aguilar publicó en Cal y arena Suerte con las mujeres, una crónica, una memoria de infancia, un canto de amor de quien ha visto, leído y vivido la historia de la colonia Condesa, una de las más emblemáticas de la ciudad. Para celebrar este libro y esas calles recientemente castigadas (otra vez) por los caprichos de la Tierra, durante las próximas siete semanas, nuestros lunes, reservados para la crónica, publicarán de manera episódica esta espléndida narración.


El museo y las sombras

Podría adaptar para ella la frase que F. Scott Fitzgerald dedicó a la calle de Minnesota en que transcurrió parte de su infancia; decir que la colonia Hipódromo Condesa, como la Summit Avenue, es un museo de los fracasos arquitectónicos mexicanos. He pasado la mayor parte de mi vida en ese museo. Una compra hipotecaria me permite ahora escribir estas historias en una de las casas más viejas de la zona, en la misma cuadra en que está la casa vieja de mi madre, las dos frente al Parque México.


Ilustración: David Peón

Escribo en un cuarto blanco de azotea, acondicionado ahora como estudio, de los muchos que recorrió mi adolescencia. El cuarto da a un invernadero, ya cuarto de planchar. Sentado muchas veces en una banca del parque, desde mi adolescencia veía por fuera este lugar que hoy ocupo. Sus vidrios verdes y azules me remitían a los banderines deportivos.

Escribo desde un mirador de años, metido mentalmente en el laberinto de la calle Amsterdam, una elipse que nunca quise cerrar mientras la caminaba. A punto de cerrarla, mejor dicho, preferí siempre tomar por otra de las calles que la alimentan y volver al laberinto.

Escribo entonces en este cuarto blanco mientras las sombras vagan por su cuenta como en una vieja canción de Cream, un grupo de rock de finales de los años sesenta.

Una mañana mi mujer salía a la calle cuando vio a un grupo de jóvenes escudriñando la fachada. Al verla salir le preguntaron si ella vivía ahí y entonces le enseñaron una foto en blanco y negro de la casa, una foto impresa en un libro de los cuarentas. Los jóvenes eran pasantes de arquitectura y les habían dejado estudiar nuestra casa como uno de los ejemplos primigenios de Art Decó en México.

—Sólo falta que a tu casa la vuelvan patrimonio histórico—dijo mi mujer poco después de contarme lo ocurrido—. Hay que apurarnos a componer el aplanado antes de que traigan la placa del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Basta con que vean la plaquita con la fecha de construcción, 1928, y seremos patrimonializados.

Al día siguiente yo estaba hojeando un Times Literary Supplement y caí en una reseña sobre el Art Decó. El reseñista afirmaba entre otras cosas que el Art Decó, a principios del siglo XX, se había adelantado a lo que a fines del mismo siglo sería la estética posvanguardista: la mezcla de todos los motivos —incluído, apunto, el azteca en el Art Decó mexicano— en un manejo cleptómano de estilos nunca visto.

Curioso que en 1932 uno de los primeros observadores de la Condesa, Rafael del Regil, se refiriera con ironía al carnaval arquitectónico de la colonia:

Al entrar en el Hipódromo experimentamos la sensación de estar tomando un “cocktail” no logrado en el que, como ingredientes, entran arquitecturas disímiles, de todos los periodos y todos los estilos, aun de algunos que sólo ha sido capaz de imaginar una persona ansiosa de distinción. Junto a una mansión del más puro estilo colonial álzase la simplicidad rebuscada de un edificio moderno; más allá se contemplan “chalets” suizos, casas “colonial” americano, un castillo medieval al lado de uno gótico, un alcázar morisco dominando un “bungalow” que parece ser residencia de muñecas, y hasta se hallan edificios que semejan barcos varados. ¡La apoteosis de la libertad individual, expresándose en piedra y cal, ladrillo y cemento!

En realidad esta historia empezó en 1902. De las tierras que a finales del siglo XVII habían sido un emporio agrícola y ganadero propiedad de la Condesa Miravalle —en los años setenta la fuente y la glorieta consagradas a su memoria se cambiaron por una réplica mensa, tan mensa como la cara de uno de los leones, de la plaza de la Cibeles madrileña— surgió la posibilidad de construir dos colonias, la Roma y la Condesa, y a los inversionistas del Jockey Club que adquirieron los terrenos todavía les quedó un mundo ancho que rebasaba las 46 hectáreas para procurarse de entrada un hipódromo a la altura de la riqueza porfirista. En 1908 el ayuntamiento de la ciudad condicionó la cesión de tal espacio a que el Jockey Club cediera a su vez entre 13 y 18 fraccionamientos con el mismo número de hectáreas para la construcción de un parque público en caso de que en los próximos quince años no fraccionara toda la colonia.

El hipódromo se inauguró un mes antes de que estallara la Revolución pero después no hubo nada que alterara sus actividades. Al respecto, parece una metáfora involuntaria el cádilac del general Ignacio Aguirre al avanzar por la calle de Veracruz, bordear el hipódromo de la Condesa y seguir hacia Insurgentes rumbo a su encuentro con la señorita Rosario en La sombra del caudillo. Los ayuntamientos posteriores hicieron este mismo rodeo y respetaron el convenio porfirista entre el Jockey Club y las autoridades hasta que el contrato llegó a su término en 1923. En 1924 dos prohombres de la Condesa, José G. de la Lama y Raúl A. Basurto —aún está en pie en la avenida México y Sonora, pese al temblor de 1985 que casi acaba con él, el edificio que lleva su nombre— entraron en contacto con el Jockey Club para lograr la venta del hipódromo y hacerle al gobierno una oferta de fraccionamiento y urbanización: en vez de respetar las 18 hectáreas para el parque del convenio anterior — y con lo cual los límites del Parque México habrían llegado hasta lo que hoy es la avenida Amsterdam—, propusieron su reducción a 8 hectáreas y media para cubrir con la venta del espacio restante todos los gastos de urbanización de la zona. Entre 1926 y 1929 los terrenos fueron pasto de fraccionadores y un anuncio de Excélsior incitante a la compra de acciones daba por capital social 4 millones de pesos. Entre esos mismos años empezó la construcción de las casas. El Art Decó preferencial habló como nada por la infinita sed francesa de sus inquilinos.

El tiempo llevó a la Hipódromo Condesa por una ruta similar a la descendiente del Bronx en Nueva York, cuando las nuevas colonias de ricos pasaron a ser Polanco y las Lomas de Chapultepec y la zona sufrió una devaluación social. A fines de los cuarentas fue ya un hecho el traslado a la colonia de los nuevos moradores: clase media que llegaba a ocupar las casas y los edificios rentados por los herederos de aquella riqueza, que ahora cobraban aquí para comprar en Polanco o el Pedregal. Los antiguos propietarios que persistieron por cariño y atavismo fueron también devaluándose en la zona, y muchos de ellos vieron ya desde el otro mundo el modo en que sus hijos tiraban la vieja casa para levantar flamantes condominios y edificios de oficinas.

A fines de los años cincuenta la mezcla social arrojaba ya el defecto de ese gran diamante que en los años veinte y treinta se había querido exclusivo, sensible al arte y al buen diseño arquitectónico y capaz de convocar otoños parisinos, digamos, con el lago espejeante y receptor de adormecidas hojas secas, atrás del teatro al aire libre en el Parque General San Martín, mejor conocido como el Parque México. El lago fue después motivo de guerras a muerte entre los patos ejidatarios y las ratas paracaidistas, y el Teatro Lindbergh con su mona desnuda soltando agua de las jarras bajo los brazos, los aleros gigantescos y la gran explanada para las butacas, se volvió el majestuoso estadio de El Redondel. Su escenario en plano alto acabó siendo la cancha II y las puertas para cumplir funciones de bambalinas, con los grabados de la luna y el sol y la máscara riente y la llorosa, se volvieron guarida de jardineros borrachos que las curtieron de orín. Hubo columpios y resbaladillas y volantines en el sitio en que debieron ver representaciones escénicas señores del tiempo de nuestros abuelos o, mejor dicho, del tiempo de las posteriores películas con Fernando Soler y Joaquín Pardavé. Aún quedó algo de lirismo, de la Grecia de la Francia: las bugambilias trenzadas en las vigas que cubrían los paseos de acceso al teatro, que en los meses floridos bajan por las gruesas columnas para formar inmensas madejas de verde y púrpura, con todo y melancólica caída de pétalos para tapizar el pavimento. Solo que ahora los pelotazos equívocos contribuyen más que el otoño al desfronde.

Con estas nuevas metáforas y con las necesidades clasemedieras de la zona llegaron también a asentarse los procuradores de servicios hasta que a principios de los años sesenta la fachada social de la colonia arrojaba a una mezcla ínclita si no ubérrima de taxistas, cerrajeros, plomeros, sirvientas que habían llevado a sus hijos hasta el umbral del Politécnico o la carrera de contador; burócratas con hijos en segundo de medicina, estanquilleros, fotógrafos de estudio, lecheros, comerciantes judíos y libaneses amos del retazo y los botones al menudeo en la Merced o el centro de la ciudad, políticos venidos a menos, boticarios de la época terciaria como don Anzaldo, bicicleteros como el deuteronómico don Hilario —su muerte en 1989 fue en sí misma el fin de una época en la Condesa: incluso desapareció el café de chinos de la calle Nuevo León a donde don Hilario iba a desayunar todas las mañanas antes de abrir su local de bicicletas—; rabinos que en 1975 aún dejaban sus periódicos en yidish sobre las bancas de la otra sección del Parque México —la del reloj, y apodada por consenso “el parque de los judíos y los viejitos” que luego contó con una estatua de Einstein—, españoles republicanos como el de la Sedería París de la calle Parras cundido por tics nerviosos contraídos durante los bombardeos de la guerra española y con heridas de bala en el cuerpo, fanático del ajedrez y motivo de nuestras burlas infantiles a sus espaldas cuando hablaba sin variar de “Los Cinco Magníficos”: la delantera que jugaba en sus tiempos en el equipo Zaragoza del futbol español.

Vino el momento en que en esos edificios de “simplicidad rebuscada” el papá carpintero de El Tafoya podía pagar una renta en Amsterdam y Parras, arriba de la tienda de abarrotes El Encanto, y en que mi vecino Lalo, hijo mayor de la portera del edificio que hoy es una reliquia en la esquina de Sonora y avenida México, no sintió la menor incomodidad al entrar un día en su casa conmigo y ver una rata amamantando sus crías en un rincón del cuarto estrecho donde se apiñaban cinco gentes en dos camas, todo con el sueldo que el padre obrero traía de la Agrícola Oriental —le bastaba salir a la esquina para tomar el Sonora-Peñón que lo dejaba a un lado de la fábrica lejana—; padre que tardó tres Reyes Magos de ahorro para comprarles a Lalo y a los otros dos hijos sus uniformes del Guadalajara.

A fines de los cincuenta llegaron mi madre doña Emma y mi tía doña Luisa con cinco hijos que mantener, luego de una ciclónica quiebra en Chetumal, Quintana Roo, y un robo casi igual de inclemente a la tienda de ropa que habían puesto en Polanco para rehacer nuestra vida en la ciudad de México. Doña Emma y doña Luisa llegaron a la Condesa con la idea de sobrevivir mediante dos actividades: cosiendo sobre medida y administrando una casa de huéspedes. Llegamos a deberle 16 meses de renta al dueño de la casa. Hacíamos excursiones a la Merced para aminorar costos. Un pollo frito era un acontecimiento que debía comerse en secreto y a escondidas de los huéspedes. La Condesa había llegado a su nivel.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Crónica

Un comentario en “Retrato de La Condesa con cachorro, I

  1. Una narración perfecta. Nos hace «ver» las zonas y calles que va describiendo. Espero los siguientes capítulos con verdadero interés. Gracias.

Comentarios cerrados