
En Resaca se cuenta cómo Pablo, un médico respetable y próspero, es testigo inesperado de su propia caída: en pocas semanas se queda sin mujer, sin hija y sin gata. Para dejar atrás la resaca de lo vivido, Pablo se despoja de todo lo que consideraba digno de un hombre decente y busca en la filosofía y en la amistad los caminos que lo salven del desconsuelo. Presentamos un fragmento de la novela publicada por Penguin Random House.
I
Hay sentimientos como vértebras: nos mantienen de pie y son endebles. Pablo estaba roto. Por eso, cuando se acomodó en una banca del Parque México, era incapaz de contener el llanto. Lloraba como quien suda caudalosamente, como quien se desangra: sus lagrimales parecían poros en un cuerpo afiebrado, venas en el brazo de un suicida. Le dolían sus pérdidas y además tenía miedo de haberse convertido en asesino: no sabía si sus manos habían matado a la vieja.
Estaba en un parque y nadie se detuvo a consolarlo. En lugar de conmoverse ante su dolor, las personas siguieron con sus ejercicios cardiovasculares. Algunos incluso lo conocían, pero simplemente no se enteraron de que era Pablo quien sufría; así de invisible es el desconsuelo de los menesterosos.
Como los pájaros no saben de llanto, siguieron con su estruendo matutino. Nada podríamos achacarles.
Sin ningún pudor, Pablo comenzó a jalarse los pelos y a patear la tierra mojada. Lo suyo no era un berrinche ni un ataque de locura, como quizá imaginaron algunos de los despreocupados que corrían, eran los síntomas de un espíritu desolado: camposanto en el que ya no se practican las conmemoraciones. Poco a poco el cansancio derrotó sus estridencias. Entonces, y sin pensarlo dos veces, se recostó para quedarse dormido a la intemperie, igual que un perro.
II
Todos hemos visto un árbol frondoso que se yergue, solitario, sobre un otero y domina el panorama, muy seguro de sí mismo, como si fuera un vigía que sabe del futuro, de lo que pasa frente a ese promontorio que nos oculta el horizonte. Pero deberíamos saber, porque la vida en eso es tozuda, que así, magnífico como lo vemos, cualquier día quedará desnudo de sus ramas, frágil y afilado, como las manos de una anciana. Ese conocimiento tendría que hacernos más humildes, y evitaríamos terminar como Pablo, que iba por la vida muy satisfecho, como si fuera un gran olmo que se deja mecer por el viento sin preocupaciones; engreído semidiós que no enfrentará imprevistos ni muerte.
Y era así de vanidoso porque parecía irle bien: por un lado era un buen médico general, hábil para detectar síntomas y que se actualizaba. Además, el barrio en el que estaba su consultorio le permitía tener la agenda llena de pacientes y cobrarles bien. Así llevaba una vida sin apremios. Y por el otro lado estaba feliz con Gloria, su esposa, que era un par de años más joven, una mujer de cara linda que dejó su carrera para casarse con él. Además tenían una hija, Constanza, que estaba en sus últimos años de adolescencia. Era joven, guapa e impulsiva, como sucede con las muchachas de su edad.
Pablo era asiduo al deporte, siempre lo fue, y por ello su cuerpo era atlético. Aprovechaba que sólo daba consulta por las tardes para jugar tenis dos veces a la semana. Y corría una hora todos los días, sin importar si más tarde jugaría al tenis.
Sabemos que los engreídos ocultan algo, y no es que sean mentirosos. Muchas veces se lo ocultan a sí mismos. Pablo, por ejemplo, tenía miedo de la soledad. Qué difícil es ser engreído y necesitar a los demás.
Una vez, hace unos años, salió de su consultorio, que está en un cuarto piso, y tomó el elevador. Pocos segundos después hubo una falla eléctrica y quedó varado entre dos pisos. El engreído pensó que sería momentáneo, pero pasaron diez minutos y comenzó a impacientarse. No tenía la costumbre de estar solo y sin nada que hacer. Entonces decidió sentarse y pensar en lo que le gustaría cenar aquella noche: medallones con foie gras. Pocas personas eran más felices que Pablo con la ola de comida chic que desde años atrás azota al mundo. En casa comían lo que cocinara la empleada, pero cuando salían les gustaban los restaurantes chic. Ésa era la palabra que usaba y el foie gras, uno de los ingredientes que definían para él ese tipo de cocina.
Todavía sentado y a oscuras, recapituló los casos del día: una onicomicosis, los análisis clínicos de una diabética que cuida bien su enfermedad, dos gripes severas y una intoxicación con mariscos. Pero fue la gripe la que lo llevó a otro lado. De pronto recordó que cuando era niño se contagió de influenza, lo que lo tuvo varios días en cama con fiebre y dolores estomacales. En ese tiempo no tenía televisión en el cuarto ni la costumbre de leer, así que se aburrió terriblemente. Por eso cada tanto llamaba a gritos a su abuela para que lo acompañara. Y ella lo hizo, pero a la cuarta o quinta llamada se cansó.
—Aprende a estar solo, chamaco.
De regreso en el elevador notó que perdía el control de sí mismo. Pocas cosas son más patéticas que un ser humano que se esfuerza por controlarse y no lo logra, y él lo sabía. Se puso de pie y trató de tocar la alarma, pero estaba descompuesta, así que no le quedó más que golpear las paredes metálicas y gritar. Finalmente alguien logró abrir un poco las puertas del cuarto piso y desde ahí le dijo que tendría que esperar hasta que regresara la luz, porque no había forma de sacarlo. Estuvo encerrado cuatro horas.
Pablo también le tenía miedo a la falta de control sobre las cosas que hacía. Por eso su vida diaria era estructurada e inflexible, y también por eso, cuando se encontraba en un ambiente extraño, trataba por todos los medios de evitar imponderables, lo que resulta imposible: la incertidumbre siempre toca sus tambores para recordarnos su presencia.
Cuando Pablo visitó Barcelona, planeó llegar al mar cruzando por el Barrio Gótico. Como sabía que esa ciudad tiene el corazón laberíntico, la noche anterior trazó en un mapa la ruta que debía seguir e intentó memorizarla. Porque, claro, tampoco le gustaba que lo vieran con un mapa.
A la mañana siguiente le pidió a Gloria que guardara el plano de la ciudad en su bolsa, por si acaso lo necesitaban, y entonces sí se adentraron en los callejones medievales de la ciudad mediterránea.
Muy pronto, a mitad de una calle, Pablo dudó del nombre de ésta y tuvo que regresar a la esquina para rectificarlo en el cartel. Entonces un pillo aprovechó la distracción para arrebatarle la bolsa a su mujer:
—¡Mi bolsa! —gritó Gloria.
—¡El pinche mapa! —se quejó Pablo, que era un hombre correcto hasta que perdía los estribos.
Sin mapa estaba claro que no sabía cómo avanzar, pero insistió tercamente en que conocía el camino. Ese día no llegaron al mar. Terminaron por mera fortuna en un pequeño local de la calle Petrixol. Ella tomó chocolate y él, horchata.
No cabe duda de que Pablo había aprendido a ocultarse sus propios miedos, y gracias a ello era capaz de ir por la vida con la sonrisa presumida de quien no le teme a nada. Pero, como un árbol que pierde todas sus hojas de repente, Pablo fue testigo consternado de cómo, en pocas semanas, algunos imprevistos y la muerte le arrebataron, una por una, a las mujeres de su vida, a su gata y la paz.
III
Tendido en la banca del parque, Pablo ignora que aún le espera caer hasta honduras insospechadas. Lo único bueno de caer tan profundo es que levantarse resulta heroico.
Luis Muñoz Oliveira es doctor en filosofía. Ha publicado: Bloody Mary y La fragilidad del campamento.
