La gente se arremolina en el Rijksmuseum de Amsterdam con motivo de la exposición de algunas de las obras tardías de Rembrandt. Cuando eso ocurre, se extrañan los pasillos semivacíos, las salas despejadas, la posibilidad del ensimismamiento en una obra. Los cuerpos multiplicados apenas permiten mirar de reojo los cuadros, en donde si algo se alcanza a vislumbrar es la conciencia dolorosamente aguda del maestro. Sus autorretratos permiten atisbar la intimidad del soberano que se sabe entrado en decadencia; de algún modo, las pinceladas dejan entrever un alma acongojada que se rehúsa sin embargo a dejarse atrapar enteramente por esa negrura que prevalece en sus cuadros.
Mujer vieja leyendo (1655) destaca por ser una de las piezas más iluminadas entre el panorama mayormente sombrío. En ella, una mujer volcada en la lectura rompe la oscuridad gracias a una luz que irradia del texto. Lo resplandeciente acusa una idea que será el sostén de la vida del holandés: tras perder a su primera esposa Saskia y a varios hijos, los últimos años de Rabrandt transcurren en medio de la pobreza y el rechazo, una vejez que le depararía aún los tragos amargos de la muerte de su segunda mujer y su hijo Titus. En ese triste ocaso, sólo el arte lo acompañó siempre, como lo hiciera también en sus años de esplendor. En su paleta, el pintor encontró aquello que la anciana hizo en su lectura: un modo de atemperar las sombras.

Siglos después, otra mujer enfrenta un libro que, antes que salvarla, la empuja a los infiernos. El escenario no es ya un óleo sino una pantalla. Babadook, la primera cinta de la australiana Jennifer Kent, no es sólo una de las mejores películas del 2014 sino acaso una de las expresiones mayores que el cine de horror nos ha brindado. Como sucede con los cuadros de Rembrandt, apenas hay espacio para algo distinto a la penumbra en este pequeño universo. El film transcurre primordialmente entre las paredes de una casa, un claustrofóbico interior anegado en tonos oscuros. El título reproduce el de un libro que la protagonista lee a su pequeño hijo y que presagia al monstruo que ambos habrán de enfrentar. Sin embargo, no estamos ante la presencia de una tradicional puesta en escena de la casa encantada o la lucha contra una entidad demoniaca. Prácticamente aislados del mundo, madre e hijo van tejiendo una relación de pesadilla en la que el espanto surge del ser amado. ¿Puede haber algo más espeluznante que eso?
Es inevitable pensar que el Babadook, ya sea el cuento o su encarnación, no es sino un producto del malestar psíquico que agobia a la madre de un insoportable pequeño que absorbe su tiempo y frustra su vida erótica. Como todo buen cuento infantil, ese libro condensa deseos y miedos que difícilmente nos atrevemos a ventilar fuera del marco de la ficción. A esta osadía hay que añadir el inusual modo que en que madre e hijo se enfrentan al enigmático Babadook: no exorcizándolo o destruyéndolo (como suele ocurrir en esta clase de cintas), sino aprendiendo a domeñarlo. Como Rembrandt, sus protagonistas aprenden a lidiar con la oscuridad a fuerza de convivir con ella.
En un registro distinto, otra opera prima se alza ya como parte de lo mejor de este año. En Ex Machina, el novelista y guionista Alex Garland elige también la reclusión para entregarnos una de las más logradas películas de ciencia ficción de los últimos años. El solitario líder de una empresa sucedánea de Google, aprovechando la marea de datos que inunda ya el mundo, se embarca en la creación de inteligencia artificial (IA) y pone a prueba su invención trayendo a su casa-laboratorio a un joven que, junto con nosotros, va descubriendo lo que se esconde tras el surgimiento de la conciencia binaria. El cine se ha poblado ya de esta clase de saltos evolutivos (piénsese en HAL, skynet, los replicantes de Blade Runner o hasta ultrón) en donde la amenaza que se cierne sobre nosotros proviene de un proceso que parece rebasarnos y del que sólo somos un peldaño más. A juzgar por el final de la película, Garland comparte la opinión de que la pregunta no es si seremos dejados atrás por la IA, sino cuándo acontecerá ello. A diferencia de Rembrandt, ante el inminente aplastamiento no busca consuelo en el éxtasis estético, aunque de manera similar entiende que lo hecho por el ser humano, su producto, su creación, es el único modo de dar cierto sentido a nuestra existencia. A diferencia de Kent, ante la zozobra, Garland no prefiere el dominio de aquello que nos agobia (nuestros sucesores robóticos) sino más bien pondera el paso de estafeta, lo queramos o no.
La mortalidad, la tirantez de las relaciones con los seres amados y, ahora la tecnología, pueden empujarnos fácilmente al abatimiento. Estos tres artistas han elegido el encierro como mirador, como lo han elegido tantos otros. Las paredes de sus espacios cerrados obligan al recogimiento, a no poder evadir ciertos tormentos. Y mientras cada uno encuentra formas distintas de lidiar con sus ansiedades, la mayoría de nosotros tenemos que conformarnos con ser testigos, con abarrotar museos o con consumir estrategias de supervivencia ajenas. Aunque, necias, nuestras propias paredes no nos dejen tampoco en paz.
@eLoseRR