La nueva película de Richard Linklater, que se estrena en cines del país este 20 de abril, propone volver a la narrativa de denuncia de la guerra perpetua en la que están sumidos los Estados Unidos. Esta vez, la protesta pacifista entra en los meollos del discurso militaroide: sus honores artificiosos, sus ceremonias solemnes y falsas, sus promesas o himnos que hablan más de una fuerte burocracia que de una convicción ideológica.
Reencuentro
(Last Flag Flying)
País: Estados Unidos
Año: 2017
Duración: 125 mins
Dirección: Richard Linklater
Reparto: Bryan Cranston, Laurence Fishburne, Steve Carell
Guion: Richard Linklater y Darryl Ponicsan (basado en su novela)
Richard Linklater es un director obsesionado con el tiempo. Lo vimos en su maravillosa trilogía del ocaso (Before Sunrise, Before Sunset, Before Midnight); lo vimos, también, en su polémico bildungsroman, Boyhood; lo vimos, finalmente, con su nostalgia por otras eras (Dazed and Confused, Everybody Wants Some!!).
Ahora, Linklater busca hacer otra pirueta temporal, narrativa y formal, continuando la historia de una película más o menos olvidada por el mundo, la genial The Last Detail (El último deber), basada en la novela homónima de Darryl Ponicsan. Este autor, cuarenta años después de su primer libro, escribió la secuela, Last Flag Flying y ahora, con una total libertad creativa, fascinado por la distancia temporal, Richard Linklater la adaptó al cine.
El resultado es particularmente interesante. Porque esta cinta, por momentos torpe, por momentos indecisa, resulta en una reflexión sobre la guerra y los símbolos ridículos que usamos para justificar sus brutalidades.
Otra vuelta de manecilla
The Last Detail quedó relegada en la historia hollywoodense por un maravilloso detalle: era demasiado obscena e insolente para su tiempo. Los productores hicieron todo, de hecho, para impedirle que compitiera en los oscares. Aún así, estuvo en competencia y le dio a Jack Nicholson el Premio a Mejor Actor en Cannes (en el mismo año en que Coppola, por cierto, ganó su primera Palme d’Or).
La brillante cinta del gran Hal Ashby contaba la historia, allá en 1973, de dos soldados dicharacheros, Billy "Badass" Buddusky (Jack Nicholson) y Richard "Mule" Mulhall (Otis Young) en camino hacia una prisión militar de Portsmouth para entregar al cadete Larry Meadows (Randy Quaid) a las autoridades marciales. El joven soldado había sido condenado, a sus 18 años, a 8 años de prisión militar por robarle cuarenta dólares a un oficial. Una rotunda estupidez, pues. Los dos experimentados soldados se dan cuenta, en el camino, de que este chico perderá parte de su juventud en prisión y quieren, para despedirlo, hacer de su viaje una aventura: lo emborrachan, tratan de conseguirle prostitutas, lo llevan a visitar a su madre y, finalmente, le arman un tierno picnic.
Cuarenta años después, Linklater retoma esta historia y adapta el trasfondo de sus personajes. Los personajes de Reencuentro (Last Flag Flying) cambian de nombre y de historia pero siguen siendo, espiritualmente, los mismos de The Last Detail.
Así, en esta cinta, seguimos la historia de Sal Nealon (Bryan Cranston), un alcohólico barman irresponsable y Richard Mueller (Laurence Fishburne), un reverendo respetado, que reciben la visita de Sal Nealon (Steve Carell) treinta años después del fin de la guerra de Vietnam. La aparición repentina de este fantasma del pasado, los embarca en una extraña travesía de culpa y expiación.

Durante la guerra, Nealon y Mueller le robaron toda la dotación de morfina a Sal para drogarse. Y el joven cadete termina, por eso, en una prisión militar. Ahora, después de la muerte de su esposa, Sal quiere que sus excompañeros lo acompañen a enterrar a su hijo, asesinado brutalmente en la guerra de Irak.
El destrozado Sal queda entonces flanqueado por dos voces de la expiación que funcionan como el ángel que susurra en una oreja para pelearse con el diablo que habla en la otra: Mueller es la voz del arrepentimiento cristiano y el camino correcto; Nealon es la voz del cinismo virulento y la autodestrucción etílica.
En este viaje por el pasado, el recuerdo y los fantasmas que los acechan, los tres veteranos tratan de encontrar un significado a la muerte de tantos soldados en guerras que ellos no iniciaron, no eligieron y todavía no comprenden. Se enfrentan así a una parafernalia de simbolismos inertes que, sin embargo, parecen ser el único bálsamo para las almas rotas de los soldados rendidos.
Una historia de guerras
Estados Unidos siempre ha sentido orgullo por sus guerras. Y el discurso americano tiene armas potentes en su arsenal: libertad, democracia, orden mundial; es decir, la idea de causas comunes compartidas hipotéticamente por todos los habitantes de un hemisferio. Cuando uno escucha los discursos que justifican las guerras puede pensar que existen guerras justificables. ¿Pero en realidad las hay?
¿Cuál ha sido hasta ahora, por ejemplo, el resultado de la guerra en Afganistán? 6 billones de dólares (es decir, 6 millones de millones de dólares); 116 mil muertos, entre los cuáles, más de 30 mil muertes civiles; un gobierno corrupto y endeble; 30% de un territorio ocupado por talibanes; una crisis grave de plantíos de opio, etc.
Por otro lado, las constantes guerras en Irak han creado una de las zonas más inestables del planeta durante los últimos treinta años; y la guerra de Corea, iniciada por Estados Unidos en 1950, sigue estancada en un armisticio eterno. No hay una sola administración estadounidense que no haya estado involucrada en uno o más conflictos bélicos en el mundo desde el fin de la segunda guerra mundial.
Todo nace, claro, del manual de Washington que Obama describía de la siguiente manera:
El manual prescribe respuestas a diferentes eventos, y estas respuestas tienden a ser respuestas militares. Cuando Estados Unidos se encuentra directamente amenazado, el manual funciona. Pero el manual puede ser también una trampa que lleva a malas decisiones.
Y estas malas decisiones son un riesgo común. Porque las guerras de Estados Unidos, por más lejanas, por más abstractas que sean, se justifican siempre como una afrenta directa a valores fundadores. La intervención bélica de Estados Unidos en el mundo se rige bajo la premisa de que la guerra puede, justamente, justificarse. Y ese es un problema central en el pensamiento del polémico historiador pacifista de la Universidad de Boston, Howard Zinn:
Hay que reexaminar la idea de una “buena guerra”, hay que reexaminar la idea de que puede existir algo como una “buena guerra”. Incluso la Guerra Revolucionaria, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. No es fácil decir esto porque estas tres guerras son sagradas. […] Todas lograron algo: la independencia de Inglaterra, la libertad de los esclavos, el fin del fascismo en Europa, ¿no? Así que criticarlas sería atacar tareas heroicas. Pero la razón por la que creo que es importante criticar estas guerras es que la idea de que hay “guerras buenas” sirve para justificar otras guerras que son horribles, absolutamente malignas. […] El hecho de que tengamos la experiencia histórica de una “guerra buena” crea las bases para creer que, ya saben, hay algo así como guerras que son buenas.
¿Pero qué nos dice Reencuentro sobre todo esto?
El Estado que pedía perdón para no pedir permiso
La historia sin sentido toma sentido cuando alguien la cuenta. Y éste es un cuento sin sentido. Esta cinta habla de militares demasiado jóvenes que van a Vietnam a vivir años mozos en medio de un absoluto horror que no comprenden. Para paliar su dolor se roban morfina, beben, van a prostíbulos, hacen lo que puedan para olvidar. La institución los castiga con prisión y culpas y la suerte les depara ver morir a uno de los suyos, sin la morfina que robaron, en gritos insoportables de agonía.
Años después la historia sigue repitiéndose, su país sigue enviando a jóvenes al otro lado del mundo a luchar una guerra que nadie entiende, que no se puede ganar y que nadie quiere dar por perdida. Al hijo de Sal lo matan mientras distribuía útiles escolares en Bagdad: se para en una tienda a comprar unas cocas frías y un disidente le destroza la cara de un disparo.
Sal y sus compañeros veteranos van a recibir el cuerpo de su hijo en un hangar militar absolutamente gris, con la formalidad de un funeral barato: donas, café y sillas plegables vacías. La pompa de los militares que ahí se encuentran, las banderas perfectamente estiradas sobre los ataúdes con rueditas, vuelven la escena aún más patética.
El consuelo de las instituciones hacia un hombre que ha perdido todo —juventud, tranquilidad, familia— por las guerras de su país, es el saludo del presidente a través de un sargento de poca monta, ese apretón rígido de manos y una bandera doblada en triángulo. Sal se enfrenta a las instituciones por querer enterrar a su hijo en un cementerio civil, olvidar Arlington y la pompa y los honores, porque su hijo no murió como héroe salvando a sus compañeros, liberando Francia o salvando esclavos: murió como un perro sacrificado por la espalda.
Al final de la cinta, Sal acepta enterrar a su hijo con cierto protocolo fúnebre militar en la que participan, solemnemente, sus dos compañeros veteranos. Los tres acaban por redimirse en este acto de patriotismo bélico, en el entierro con todos los honores de un soldado en su uniforme de gala. ¿Pero por qué acepta estos honores? ¿Por qué Sal, después de negarse a enterrar a su hijo en Arlington cede ante las solemnidades militares? La respuesta es sencilla: no le queda nada más. Ahí radica la verdadera tragedia de esta historia: no se puede encontrar sentido a estas guerras más que en el sentido vacío de sus formalidades. Todo es una cuestión de papeleo, de escritorios, de cifras… y luego de medallas, condecoraciones, cartas firmadas con el sello presidencial y banderas dobladas con mucha parsimonia.
El soldado que se entierra bajo estas formalidades patéticas, el joven que pierde la cara en una muerte banal e innecesaria, es la imagen de todos los soldados sin rostro, anónimos cadáveres en Arlington que, generación tras generación, han defendido a su país de amenazas cada vez más lejanas, cada vez más abstractas. Las guerras de Estados Unidos quedan retratadas así como lo que son: un asunto más burocrático que ideológico, una cuestión de inercia, algo que sólo puede explicarse dentro de las normas del deber, del cumplimiento y del patriotismo.
¿Defender a la nación a kilómetros de distancia? ¿Hacer lo correcto como estadunidense?
¿Morir como héroe? Todo se justifica en el mismo punto: seguir órdenes, aceptar honores, encontrar expiación en los símbolos vacíos que son el único sustento del sinsentido bélico.
Al hacer una cinta que se balancea entre la solemnidad y la comedia, al apoyarse en las actuaciones profundamente humanas de su elenco, al continuar esa vieja historia de denuncia pacifista en boca de soldados condenados —esa veta insolente del Viaje al fin de la Noche de Céline—, Linklater presenta una denuncia del absurdo bélico. Y esta denuncia minimalista, sentida, tierna y empática es el exacto opuesto cultural del militarismo macho y republicano de Clint Eastwood en los últimos años (El francotirador, 2014; o 15:17 Tren a París, 2018).
En la era de John Bolton junto a Trump, la oposición cultural al patriotismo bélico parece absolutamente necesaria. Porque los soldados no son un ideal de valentía que rescatan a soldados Ryan; no son los idiotas Gump que corren por un campo para salvar heridos; no son los francotiradores que rompen récords estadunidenses de asesinatos en el extranjero; son padres e hijos, hermanos y amigos que tienen miedo, que fallan, que se quiebran y que desesperan mientras les entregan, con un redoble solemne, las condolencias más ensayadas y artificiales del mundo.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Twitter:@pez_out