Recurrencias  entre William Faulkner y Juan Rulfo

William Faulkner (1897-1962) incursionó en varios géneros literarios que buscaban retratar el sur estadunidense. A partir de una cantidad ingente de personajes, familias y generaciones (los Snopes, los Bundren, los Mccaslin, entre otros), su literatura intentó un antiguo cometido: narrar la epopeya estadunidense. Dicha epopeya, arraigada en la historia de ese país, arranca durante la Guerra de Secesión (1861-1865), retratando la condición de la negritud y mostrando las transformaciones económicas. Para Faulkner resulta interesante la manera en que la historia general de este país se va nutriendo de pequeñas historias, anécdotas, episodios elementales, donde está presente el carácter de esta cultura. Dimensionada por peculiaridades, la comunidad que retrata Faulkner es cambiante, inestable, en perpetua transformación. De esto tenemos noticia a partir de varios de los textos presentes en el tomo Relatos, que incluye fragmentos de novelas inacabadas o cuentos que publicó en revistas.

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La obra de Faulkner nos muestra los rasgos de identidad de una nación que estaba surgiendo a partir de varios fenómenos: la revolución económica que trajo el capitalismo, el cual rompía con el comercio incipiente, y la reconfiguración cultural a partir del término de la esclavitud. El poeta y ensayista Édouard Glissant, en su obra Faulkner, Mississippi, relata cómo durante un viaje a Estados Unidos pudo constatar la manera en que se había eliminado cualquier rastro que pudiera dar testimonio de lo que fue la cultura del esclavismo; como si los blancos estadunidenses sintieran vergüenza de esa práctica y buscaran borrar su pasado. Es obvio que la tropelía que significaron el esclavismo y el comercio de personas traídas de las Antillas y África plantea una veta literaria vastísima; no obstante, la propuesta de Faulkner no es simplemente una lectura poscolonialista, sino que construye dicha obra echando mano de los más ambiciosos recursos de experimentación literaria.

En su narrativa, como parte fundamental de su propuesta estética, están presentes juegos espacio-temporales, el monólogo interior —de parte de seres que en apariencia no tendrían capacidad de monologar— y el uso de diferentes puntos de vista. Retóricamente, su escritura es riquísima en figuras de pensamiento y lenguaje, como metonimias, hipálages, sinécdoques y ecfrasis.

En la experimentación hay influencias de Joyce (monólogo), pero también de Marcel Proust (tiempo); sin embargo, no siempre se enfatiza la influencia de Thomas Mann, especialmente de su libro Los Buddenbroock, donde hay generaciones que se suceden a lo largo de la historia y la necesidad de mostrar cómo se transforma el tiempo, lo cual sigue dando argumentos para dudar que se haya rebasado la elástica modernidad. Es interesante que cuando se habla de aspectos que ya permiten vislumbrar la posmodernidad, como la fragmentación, la muerte del autor, la visión múltiple o la experimentación con la sintaxis, se olvida que, desde mediados del siglo XX, esto ya se encontrara en las novelas de Faulkner.

Su poética linda con lo político y lo descriptivo; sin embargo, Faulkner no tenía como propósito hacer una obra puramente descriptiva o que se aproximara al naturalismo. Todo lo contrario, intentaba conciliar las propuestas de escuelas vanguardistas, como el modernism estadunidense —una versión muy diferente del modernismo hispanoamericano—, por lo cual su escritura logra una nueva aproximación a la historia y una renovación de los recursos técnicos narrativos, lo que lo aproximaría a poéticas como las de T.S. Eliot, Ezra Pound o William Carlos Williams, y sus novelas tendrían la hondura de obras como Four Quartets (Eliot), The Cantos (Pound) o Paterson (Williams). Asimismo, es oportuno señalar algunos aspectos que desarrolló como muy pocos autores. Es cierto que el modernismo tiene destacados exponentes como Virginia Woolf o Aldous Huxley y que la exploración de nuevos recursos narrativos también está en autores como John Dos Passos; sin embargo, en Faulkner hay una aproximación mayor a nuevas esferas del pensamiento. Por ejemplo, en una de sus obras más ambiciosas, The Sound and the Fury, explora la perspectiva de un personaje minusválido, Benjy, y cómo su percepción del mundo se manifiesta anómalamente. Su sensibilidad le permite elucubrar de una manera particular la forma en que el calor o el frío se manifiestan. El personaje habla, por ejemplo, de cómo percibe ciertos colores al experimentar el frío a través de la reja, como si el narrador buscara hacer que el personaje se exprese mediante una sinestesia peculiar, pero que no sabe cómo reaccionar ante el dolor, así que tampoco suelta la reja. Uno de los misterios que plantea Benjy, a lo largo de toda la historia, es porque se pone a llorar repentinamente al estar cerca del campo de golf. De hecho, obliga a que los narratólogos se pregunten cuestiones novedosas, como ¿por qué damos por hecho que el narrador sólo sea parte integral de la historia o externa a ella? ¿No podría haber una consciencia del personaje dislocada?

Uno de los autores que mejor captaron esta posibilidad de exploración y de crear un retrato de la sociedad a partir de otros elementos que los realistas fue el mexicano Juan Rulfo (1917-1986), ya que su obra mantiene un diálogo intenso con las temáticas faulknerianas. Al retomar la figura de Benjy podemos traer a cuento el personaje Macario, del cuento epónimo incluido en El llano en llamas (1957), donde éste nos narra sus cavilaciones y divagaciones. Nos habla sobre cómo pasa el tiempo, ya que su tía lo pone frente a una coladera a matar ranas por horas. La voz narrativa se va presentando como un monólogo que, paulatinamente, nos va descubriendo que no es del todo lúcida. También relata la forma en que se relaciona con su prima Felipa con quien mantiene una relación incestuosa. De esta manera, Benjy y Macario están conectados con un personaje femenino, Caddy y Felipa, respectivamente, sin poder saber que se trata de “amor”, “atracción sexual” o “afecto”; para ellos el lenguaje pierde sentido. En el caso de Faulkner, los personajes son influidos por el lenguaje, por eso el juego de palabras con el hipocorístico de Candace, Caddy, se vuelve una tortura para Benjy cuando escucha que, en el campo de golf, la gente grita una y otra vez “cady” (ayudante en el golf), mientras que Rulfo juega con la culpa religiosa de la región de Jalisco.

En ambos autores las historias retratan el espíritu de las zonas áridas, agrestes, donde la libertad se vuelve libertinaje, barbarie. Aunque la historia sea narrada por uno de los personajes, en ella se introducen fragmentos enigmáticos, voces del futuro y del pasado que se reiteran en el “espacio literario”. ¡Absalón, Absalón! sería el ejemplo de esta forma de jugar con el tiempo narrativo. Por su parte, Pedro Páramo (1955) es una avezada muestra de la discontinuidad narrativa, ya que no sólo porque los personajes —fantasmas todos— se le aparecen al protagonista, Juan Preciado, sino porque el mismo Pedro Páramo aparece en sus años de formación para convertirse en un cacique desalmado; pasado y futuro se mezclan en un mismo instante.

Faulkner concibió una geografía diferente, creada a partir de sus intereses. El condado de Yoknapatawpha —palabra de origen indígena que designa a uno de los ríos que flanquean el condado (el otro río es el Tallahatchie)— es el espacio mutable donde las historias se suceden al margen de la capital, Jefferson que, por su parte, corresponde a la ciudad real de Oxford, ubicada en el condado de Lafayette, al norte del estado de Misisipi. Desde su espacio marginal, los personajes gozan del libre albedrío para sobrevivir, criar a la familia o medrar a costa del pueblo. En sus novelas y en los cuentos hay una serie de referencias locales, anécdotas o rumores que son conocidos y repetidos por la comunidad. Algo parecido sucede en la Comala de Juan Rulfo, pues logra una referencia al “comal”, utensilio con el que se cocina y que es capaz de soportar altas temperaturas. Cuando Juan Preciado baja a ese lugar donde ya empieza a sentir tan extraño clima:

—Hace calor aquí —dije.
—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a  Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija.

Comala es una tierra imaginaria que goza de las características de la región de los Bajos de Jalisco y que muestra ese panorama humano, donde aún perviven gavillas, gente acostumbrada a tomar lo que desea aunque sea de forma violenta. En gran medida, es el ambiente que muestra Faulkner en las novelas iniciales como Sartoris. La sintonía entre las geografías faulknerianas y rulfeanas se basa en las secuelas de los dos conflictos bélicos que se suscitaron en sus respectivas regiones, la Guerra de Secesión y la Guerra Cristera. En una entrevista para TVE, Juan Rulfo comentó que los pobladores de Jalisco se habían quedado con una necesidad de volver a experimentar la violencia de aquellos momentos. Rulfo planteó, en la misma entrevista, la forma en que las personas más apacibles en apariencia eran asesinos soterrados, y describió la forma en que, detrás de una persona pacífica, se encontraba una lista muy grande de asesinatos. Evidentemente, el hecho de creación de los personajes de Pedro Páramo y de El llano en llamas no responde a una búsqueda realista por retratar a estos personajes, sino de imaginarlos. Por su parte, Faulkner, ante una pregunta sobre si estaba obsesionado con la violencia, contestó que era como decir que el carpintero estaba obsesionado con su martillo, que la violencia es una de las herramientas del carpintero, que el escritor, al igual que el carpintero, no puede construir una casa con sólo una herramienta. Finalmente, Rulfo concluyó que los personajes “son irracionales”, con lo cual me parece se muestra su mayor afinidad con William Faulkner y el perfil del personaje que nos muestra con mayor frecuencia.

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La mejor exponente de los cambios sociales que suceden en Yoknapatawpha, después de la Guerra de Secesión, es la familia Snopes, cuyos integrantes buscan apropiarse de los recursos naturales o incluso medrar desde sus puestos de servidores públicos. Considero relevante la forma en que Faulkner percibe esta inercia por parte del funcionario que busca aprovecharse de su posición para enriquecerse, algo tan vigente en el siglo XXI. La trilogía de los Snopes (El villorio, La ciudad y La mansión) retrata cómo esta familia se va apoderando de los poblados con una voracidad insaciable. La llamada “mentalidad empresarial” es cuestionada como en muy pocas ocasiones se ha hecho. En retrospectiva, es difícil pensar en otra literatura tan antisistémica, tan anticapitalista y tan crítica con la ideología burguesa. Paradójicamente, la literatura que respondió al alud capitalista que enfrentaba el mundo durante el siglo XX no provino del bloque soviético. A pesar de ser uno de sus principios, la producción del llamado “realismo socialista” zozobró antes de cumplir su cometido de mostrar los aspectos más lamentables del capitalismo, limitándose a ser un simple modo de elogiar las gestas del ejército ruso, cayendo en el absurdo culto a la personalidad (estalinista, la mayoría de las veces) y en avalar lo que se supone debía criticar: el poder burocrático. Lo que resalta de esta comparación es que la literatura que reflejó el absurdo del capitalismo, incluso sin plantearse soluciones o vías alternas, sino limitándose a la exhibición de sus peores vicios (lo cual no es poca cosa) provino de las propias vísceras del capitalismo. El lugar donde se había comerciado con seres humanos, a quienes se les había denigrado de una forma comparable al nazismo, brindaría el caldo de cultivo para mostrar la forma en que “el mundo libre” se había alimentado durante décadas del trabajo de seres esclavizados.

Algo muy semejante ocurre con la literatura de Juan Rulfo, pues no se trataba de crear retablos o grandes murales donde fuera denunciada la injusticia de un sistema como el mexicano, caracterizado por grandes vacíos que eran aprovechados por los “caciques”: líderes que, por medios violentos, hombres armados y extorsión, se apropiaban de los recursos naturales y de los comercios. Sino que su literatura se avocaba más a plasmar en una escena la forma en que todo aquello era un simple telón de fondo, porque lo que sobresalía era la situación inmediata de los personajes. La preponderancia que tienen las voces de los personajes, sus propias personalidades y la forma en que se relacionan es lo que compone el mundo rulfeano. Cuentos como “Nos han dado la tierra”, en el cual se retrata el reparto agrario y la forma en que la gente sigue en una carestía apabullante, pues el gobierno posrevolucionario se limitó a darles ese apoyo, son reflejo de una literatura que se muestra más como un catalizador para transmitir lo paradójico de la situación. Pedro Páramo es un cacique que rebasa el ámbito político o social, es el padre del protagonista, por lo cual el aspecto trágico ya está planteado desde el origen de la historia. Tal como sucede en Mientras agonizo, de Faulkner, los personajes ya están implicados en una situación caótica que los agobia y que los constriñe. Revolución mexicana o Guerra Cristera, estos holocaustos influyeron en varias generaciones posteriores, como fue el caso de la gente con la que trató Rulfo.

De igual manera, varios autores estadunidenses hablaron claramente de las consecuencias de una guerra civil absurda. La perspectiva artística y política de Faulkner y la mayoría de la llamada Generación Perdida sería uno de los aspectos más influyentes en  un mundo literario que se había encontrado en una pausa o un eclipse debido a la Segunda Guerra Mundial. Las miradas de autores como John Steinbeck (1902-1968), Scott Fitzgerald (1896-1940), Ernest Hemingway (1899-1961) y John Dos Passos (1896-1960) trascendieron el panegírico al bloque soviético. Estos autores se enfrentaban a otro tipo de obstáculos para seguir su obra, pues su problema no era si le gustarían sus novelas al partido, sino que esta literatura crítica tenía que ser tan buena que a todo mundo le debía gustar o nadie la compraría y pasaría al olvido.

Esto encierra una paradoja innegable, la literatura más crítica con el capitalismo tenía que ser autosustentable e incluso traducible a otros lenguajes, como el cine porque, de no serlo, el mercado la aplastaría de inmediato. El enfrentamiento con la realidad tendría que ser la carnada para que el público leyera estas obras. En suma, había una suerte de ambición artística y una consigna comercial combinadas; no obstante y para su fortuna, se trataba de grandes obras literarias que no se encerraban en el nicho de lo evanescente ni en el de lo exquisito; su consigna era ser aptas para todo público y ser dignas de disertaciones por parte de lectores avezados.

Por lo anterior, es difícil afirmar que esa literatura se ha superado, pues su influencia ha llegado hasta el llamado boom latinoamericano. Vale la pena recordar el impacto que tuvo una narración desde esta perspectiva en autores que leían a Faulkner y lo admiraban, como Juan Carlos Onetti, José Donoso, Mario Vargas Llosa, y un largo et al., en cuyas obras se percibe el interés por adentrarse en la psique de un personaje al que el discurso le es negado, por lo que debemos admitir que la literatura de Faulkner goza de una vigencia y de una contemporaneidad que aún no terminamos de aquilatar en su justa medida. Por su parte, Juan Rulfo  también ha sido una referencia para acercarnos a la literatura de Gabriel García Márquez o Daniel Sada. Es indiscutible que sus mundos interiores,  los recursos que muestran estos narradores ya se encuentran en basamentos como el del autor de El llano en llamas.

Los especialistas hablan de Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce y Thomas Mann como los padres de la literatura del siglo XX, no es mi intención discutir ese aserto; sin embargo, la labor de la Generación Perdida, y especialmente de Faulkner, ocupa un lugar más próximo al lector de a pie, al que leía no en el gabinete, sino durante las pocas horas de lectura que le permitía la jornada laboral; al lector que encontraba en esos relatos personajes que, al igual que su patrón, ambicionaban por medio de triquiñuelas hacerlo trabajar más horas por menos dinero; historias que retrataban, asimismo, el espíritu del pueblo negro, que vivía bajo la férula del racismo y la esclavitud. Ya no se trataba del mundo lejano de La muerte de Virgilio o de Ulises, sino el de los granjeros que se resistían a pagar impuestos o de los hacendados que se rehusaban a admitir que habían procreado un hijo con una esclava negra.

Finalmente, una de las mayores contribuciones de la literatura de Faulkner y de Rulfo radica en lograr una obra que pudiera entablar diálogo con dos estamentos sociales disímiles, las clases trabajadora y la intelectual. Hacer partícipes a los dos mundos es uno de los aciertos de esa literatura moderna, vigente, fresca, que habla de las cosas que suceden por medio de formas narrativas en constante renovación, lo que da pie a un fenómeno interesante, ya que, al tiempo en que el lector más experimentado disfruta de la forma en que las historias son narradas por medio de las “astucias” que complejizan la historia página tras página, el lector incipiente sabe que hay un atractivo misterio que lo impulsa a seguir la lectura y que lo hace desear los conocimientos que, en algún momento, le permitirán desentrañar hasta el último de sus secretos.

 

Héctor Iván González
Escritor y traductor. Ha colaborado en publicaciones como Tierra adentro, Revista de la Universidad de México, Este país y nexos. Coordinó y prologó La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada (FETA, 2012). Junto con Adriana Jiménez compiló y prologó El temple deslumbrante. Antología de textos no-narrativos de Daniel Sada, de próxima aparición en Posdata Editores.

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Publicado en: Ciudad de libros