Dejamos aquí un fragmento de El vino del estío, que une a Ray Bradbury con los sonidos de una lejana ciudad de México.
Los sonidos de la ciudad de México, en un cálido y amarillo mediodía, entraron por la ventana abierta y llegaron al teléfono. El coronel podía ver a Jorge que sostenía el aparato, apuntando con la embocadura hacia el día brillante.
-Señor…
-No, no, por favor: déjame escuchar…
-Escuchó los gritos de las cornetas metálicas, el chillido de los frenos, las voces de los vendedores que ofrecían bananas purpúreas y naranjas de la selva. Los pies del coronel Freeleigh empezaron a moverse, colgando del borde de la silla de ruedas, imitando los pasos de un transeúnte.
