¿Quién fue el Doctor Merolico?

DE-merolico1El autodenominado profesor y doctor Rafael Juan de Meraulyok arribó al puerto de Veracruz el 21 de agosto de 1879, sitio donde la población estaba inquieta y molesta por esa terrible matanza ordenada dos meses antes por el gobernador Luis Mier y Terán contra nueve supuestos opositores del régimen. Del crimen se acusa a Porfirio Díaz y a su célebre frase: “¡Mátalos en caliente!”, aunque dicen las malas lenguas que tal orden no la dio él, que todo fue obra de su secretario Vega Limón, enojado porque su amigo Justo Benítez ya no era el favorito para la presidencia.

Meraulyok estuvo poco tiempo en Veracruz, al mes ya causaba sensación en la ciudad de México, paseando con donaire por la calle de Plateros, con sus botas federicas, sombrero de copa blanco, pantalón de ante amarillo y una levita de terciopelo azul celeste, más sus lentes oscuros que, sin embargo, no ocultaban la falta de luz de su ojo izquierdo.

Semejante extravagancia no podía pasar desapercibida ni aun en los sitios más concurridos como el Teatro Principal, la Plaza de Armas, los cafés París y la Concordia, o la famosa cantina El Globo, la que a la una de la madrugada estaba en plena ebullición, rincón donde se reconocían los poetas, los políticos, los presumidos y uno que otro ser original por infiel, por engañado, por feliz sin remordimiento y sin escándalo, como lo era en este último sentido el Montgolfier de la calle de San Francisco, el ya ahora famoso aeronauta don Joaquín de la Cantolla y Rico.

En uno de esos rincones fue donde un periodista de El Republicano lo abordó por primera vez, maravillado de verlo con sus galas de conquistador y sus ínfulas de sabelotodo. Ahí, con una copa de oporto de por medio, el suizo le confesó que traía un espectáculo maravilloso, algo sin igual en el mundo que dejaría a todos sorprendidos, y eso que no era ni mago, ni saltimbanqui, sino hombre de ciencia, un dentista.

Poco después, ya en octubre y tras aprobar esta profesión en la Escuela Nacional de Medicina el 11 de dicho mes, inundó con carteles de propaganda las calles, ofreciendo sus servicios por diversos rumbos de la antigua Tenochtitlan, hasta que, finalmente, el 24 se instaló en la Plaza de Armas, en el Zócalo, acompañado de un viejo carruaje abierto y una mala música que despellejaba sin cesar las mejores inspiraciones de Verdi. Eso aseguró el periodista Enrique Chávarri, el reconocido Juvenal de la “Charla de los domingos” delMonitor Republicano.

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Publicado en: Ensayo literario