Fui a verla con ganas de salir transformado y solo me entretuvo. Me sucedió con ella lo que a otros con Medianoche en París, de Woody Allen (que me gustó por ligera, por elemental): decepción frente al cineasta entrañable, ése ante el que ya casi hemos bajado la guardia, deseosos por abandonarnos a su mundo con o sin palomitas y refresco en la mano.
Hay un puñado de autores consentidos cuyas obras vemos invariablemente, pase lo que pase. Sí: nos sucede con Pedro Almodóvar. Con Woody Allen. Con Lars Von Trier. Con… (coloque aquí el lector al autor de sus complacencias).
Yo quería encontrar en La piel que habito el impecable ejercicio estilístico ya habitual, la milimétrica puesta en escena, con un sólido discurso interno, subcutáneo, que compartiera reflexiones profundas sobre la condición humana, la actualidad, el mundo en el que vivimos.
Podemos dejar sin mácula al ídolo manchego y echarle toda la culpa al francés Thierry Jonquet, autor de Tarántula, la novela en la que está inspirada la más reciente película de Almodóvar. Pero lo cierto es que esta adaptación de Pedro y Agustín carece de alma, de sustancia. Es una mescolanza de géneros (thriller, terror gore, ciencia ficción) apoyada en un buen casting y con suficientes vueltas de tuerca para cumplir como divertimento.
Excesiva. Sexual. Con ecos de Frankenstein y Pigmalión. Con personajes abigarrados. Es, sí, un filme de Almodóvar, pero de los menos buenos. Por momentos resulta casi autoparódico. Almodóvar haciendo una película de la serie B en clave de Almodóvar. Buika en el lugar de Caetano. Elena Anaya como una Bibi Andersen morena, prístina, perfecta, inmaculada.
Nos hemos acostumbrado a la provocación del manchego, a su insolencia, a su ausencia de límites –que sigan siendo bienvenidos–, pero me niego a aceptar a un Almodóvar que sea pura forma sin suficiente fondo. ¿Y cómo no lamentar un humor exhausto que casi se limita al anoréxico gag “Vera Cruz”?
Yo le pido al tiempo que me devuelva a Almodóvar, al corrosivo, al profundo. –Jordi Torre.