Procura de Ida Vitale

Hoy cumple cien años la poeta uruguaya Ida Vitale. Para celebrarla, esta lectura personal, rica en alusiones y apropiaciones, de su obra.


Decimos cielo, pero no lentitud de la luz. Decimos tiempo, aunque jamás su verdadero nombre: muerte: el borde de las cosas que nos hieren: la mañana, el ayuno, la sordera. ¿Cuántas veces no hemos intentado ponerle un nombre falso a la poesía, volverla una pequeña bandera para un reino que se pueda conquistar con los labios? Vini, vidi, vici. Pero ningún verso —“donde sólo tuviste luz / unos minutos”— es en realidad una victoria.1 Y es que sólo cantamos lo que amamos, lo que nos hace ser quienes somos, lo que nos salva:

Cada uno en su noche
esperanzado pide
el despertar, el aire,
una luz seminaria,
 algo donde no muera.
(“Todo es víspera”, fr.)

¿Qué queda luego de darse cuenta que al estar frente a las palabras infinito y misterio no hay “una sombra [que] señale a qué distancia de ellas / está la opacidad en que te mueves”? En esta reducción del infinito, en esa distancia que nos separa o, mejor dicho, nos ata a nuestros propios pies, al mínimo suelo que pisamos, sólo es posible “llamar vida a lo que sabe a muerte”.

Resiliencia: querer estar aquí a pesar de todo. Y para eso la poesía, la terquedad de lo ausente: aprender a soltar pero jamás soltarnos. En eso pienso cuando leo los versos de Ida Vitale (Montevideo, 1923), que proponen “caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo”.2 ¿Quién podría pasar de largo ante la arena incrustándose en la piel? Aunque la vida sea

andar por un jardín de sílice.
[donde] aramos otra vez el mismo surco
para fertilidad de la desdicha
(“Jardín de sílice”, fr.)

Pero también hay belleza en saber estar, aun en un tiempo sin claves, sin dirección ni horizonte. Lo bello no es precisamente el inicio de lo terrible, como pensó Rilke. En ocasiones parece una pausa, una leve respiración en el fuego, un único minuto del que somos dueños y que nos mantiene estables en medio de una eternidad convulsa y destructiva:

Celebro el resplandor
y el viento.
Mido el milagro.
¿Cuánto es justo pedir?
Mido
          el fragor del milagro.
¿Cuánto este mundo nos debe?
Mido milagros
y admito que toda la vida
es su deuda.
                                         (“Onettiana”, II)

¿No son nuestras aquellas pausas ocasionales? Detenerse: vale la pena poder sentir la luz y el viento. Otra vez, acechando, la terquedad de lo ausente. Y es que la pérdida —o la consciencia de ella— también es parte nuestra, fragmentos extraviados que nos dejan abiertos como bordes que ni siquiera las palabras son capaces de cruzar, pues “de pronto se parecen demasiado a nosotros, / a manos que no tocan”.3 Pero la ausencia no es sólo pérdida, sino también lo inaccesible: “todavía eres presa de la vida”,4 de sus alas y de sus garras. De ahí que la poesía transcurra con el mundo, fije por unos segundos y luego libere porque no puede retener nada por demasiado tiempo.

¿Es la poesía conocimiento? ¿Y los sistemas metafóricos de cada poeta una teoría visual y auditiva que ordena el sentido de las cosas? ¿Son los poemas hipótesis de una realidad que siempre estamos definiendo? Es difícil pensar que no. “¿No será posible que algún día afortunado la poesía recoja todo lo que la filosofía sabe, todo lo que aprendió en su alejamiento y en su duda, para fijar lúcidamente y para todos su sueño?”, se pregunta María Zambrano.5 Pero ¿no es cuestionable lo que sabe la filosofía con sus calderas lingüísticas y sus silogismos de cadmio en comparación con Vitale?:

A mí misma me ofrezco
aprender día a día el mundo,
luego al mundo le ofrezco
día a día olvidarlo,
para yo no ser menos.
                                      (“Círculo muy vicioso”)

Y en este aprendizaje diario, es inevitable saberse parte de algo más grande: un entorno complejo en el que otros seres vivos y la misma naturaleza también están sujetos a leyes vitales que, sin embargo, son ajenos a lo que nos arde en los ojos y nos raspa los pasos:

Contra las presunciones, sol insiste
fuera, no dentro,
incandescente informe no rector.
Otros días su luz es una endecha,
una plática suave.
                                Casi como si fuésemos 
musgos o hierbas de semilla o árboles frutales
el día segundo de la creación.
Como si fuese simulacro el fin del paraíso.
(“Venturas Naturales”)

Como si un yo fuera más yo al comprender de qué y de quiénes se rodea, y su vulnerabilidad —su procura de las cosas imposibles— fuera una ley del universo cotidiano.
Procurar: “hacer diligencias o esfuerzos para que suceda lo que se expresa” (DLE). La delgada línea entre lo real y lo virtual: con suerte alcanzamos a rozar el extremo de lo que se procura. Qué insuficiente a veces la poesía. Qué demasiada la vida y, al mismo tiempo, qué insignificante para caber en el ojal de un poema: “Corta la vida o larga, todo / lo que vivimos se reduce / a un gris residuo en la memoria”.6 ¿Por qué importan esos residuos? ¿Qué hace que sigamos recogiendo flores, rostros, aves volando, calles? ¿Qué otro imposible procuramos sino un tímido infinito para llenar las bolsas del pantalón y de los ojos? “¿Es más que su sabor el gusto de la vida?”.

Pero no queda sino asumir lo que tenemos y somos, el filo caliente de las cosas rotas y las paredes dulces de la cama y las calles sin remordimientos. “Sólo acepto este mundo iluminado / cierto, inconstante, mío. / (…) A veces su luz cambia, / es el infierno; / a veces, rara vez, / el paraíso”.7 Pienso que hablar de esencia sería traicionarte: los objetos, la ceniza del martes, los benteveos, los sueños de la constancia están ahí en sus cuatro dimensiones. La idea —la consciencia de muerte, la historia, el amor talado, el fin de las horas…— no sólo está en el corazón de las cosas: es también superficie y textura. “Pasa, por esta misma aguja enhebradora, / tarde tras tarde, / entre una tela y otra, / el agridulce sueño, / las porciones de cielo destrozado”.

Es difícil medir la vida en años, y mucho más en palabras. ¿Cuántas cosas quedarían fuera o serían borradores difusos de lo que fuimos, de eso que queremos (o creemos) seguir siendo? ¿Qué tanto quedaría fuera por error? ¿Qué tanto de esas ausencias podrían redimirnos? Mella y criba de nosotros mismos, de las amorosas precisiones y los vacíos inexactos: “promesas de sentidos posibles / airosas, / aéreas, / airadas, / ariadnas.” Las palabras son cosas volubles porque estamos sujetos al cambio, a los errores de la lluvia y al apetito del tiempo. Quizá no seamos circunstancias, sino limitaciones. Paradójicamente, la poesía es buscar cualquier rastro para salir unos segundos de nuestras propias paredes, para no dejarnos vencer: sobrevida.

Sólo tenemos la luz de esta pobre memoria y este “pasado que pulveriza las raíces, / que alisa el luto y nos despide”. Queda la música, “suave delfín dispuesto a acompañarte”, y aún seguimos “lejos de casi todo”. “Todo parecía mucho y fue tan breve”, aun en Uruguay y en México. Pero ¿qué no se puede poseer en esa brevedad? Entre aliteraciones y versos constantes como ocasos, entre la desazón minúscula de una estrofa, sí vini, vidi, vici hasta el final, Ida Vitale. No importa la edad ni qué se extravió entre los mapas: en cada poema tuyo, cada detalle es toda la vida.

 

Fabián Espejel
Poeta y traductor. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2023 por Antártida.

Nota editorial: Una versión previa de este ensayo apareció originalmente en la revista de la Fundación para las Letras Mexicanas, Pliego 16.


1 “El día, un laberinto” en Procura de lo imposible, Poesía reunida, Lumen, 2019, pp. 205.

2 “Recursos” en Antepenúltimos, Poesía reunida, Lumen, 2019, p.11.

3 “Sequía” en Jardín de sílice, Poesía reunida, Lumen, 2019, pp. 376.377

4 “Programa III”, en Mella y criba, Poesía reunida, Lumen, 2019, p.97.

5 Véase Filosofía y poesía, FCE, 2016.

6 “Residua” en “Sueños de la constancia”, Poesía reunida, Lumen, 2019, p. 297.

7 “Este mundo” en Cada uno en su noche, Poesía reunida, Lumen, 2019, p. 425.

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Publicado en: Florilegio