En el principio fue el templo, después la ciudad

En una pequeña colina polvosa cercana a la frontera que divide a Siria de Turquía, hace dos décadas, se comenzó a desenterrar un edificio sobresaliente. En el sitio conocido como Gobleki Teppe inició una excavación que, poco a poco, ha ido transformado la manera como entendemos los orígenes de la religión. Los restos de una serie de edificios circulares marcan la existencia de un templo de más de 11 mil años de antigüedad. Este edificio de piedra hecho por el hombre es miles de años más antiguo que los templos de los más celebres asentamientos del neolítico mesopotámico, le dobla la edad a los templos megalíticos de Malta, y casi triplica la edad de las primeras pirámides egipcias y a Stonehenge. Así, lo que ahora se conoce como el nuevo-primer-templo de la humanidad es casi tan antiguo como el fin de la última era de hielo. Sin embargo, la estructura física del edificio, su uso y los símbolos en sus paredes, sugieren la existencia de una religión organizada. Una religión, además, compartida por más de una comunidad. Comunidades que, en ese entonces, no conocían la agricultura, la alfarería o cómo domesticar animales, mucho menos la rueda, las matemáticas o la lengua escrita. Era un templo visitado por comunidades seminómadas de cazadores y recolectores. Todo ésto nos deja frente a una aparente anomalía en la historia de la religión puesto que como explica Klaus Schmidt,  el arqueólogo alemán encargado de la excavación, ahora todo parece indicar que “primero fue el templo y luego la ciudad”.

Una de las primeras aproximaciones modernas a los orígenes de la religión ha sido la discutida teoría funcionalista de Émile Durkheim.  Aquel padre del estudio positivista-científico de las religiones especuló que la religión y lo sobrenatural son dos cosas que, aunque potencialmente conectadas, no son exactamente iguales. Las nociones de la magia podrían haber existido desde siempre, pero las religiones no. Lo sobrenatural estaba presente en la magia, pero la religión estaba compuesta de algo más, algo que la definía como institución social: lo sagrado. Aunque lo sagrado no necesariamente era ultramundano, sí estaba compuesto de normas, tabúes y prohibiciones que separaba todo aquello considerado como “profano”. Lo sagrado no sólo se define en términos de su conexión con lo sobrenatural sino, insistía Durkheim,  se entiende mejor a partir de su separación de lo que en el mundo es profano, y eso debe cumplir con una función social primordial: consagrar algunas estructuras simbólicas y normativas para generar cohesión grupal. La religión, según Durkheim, nace con la necesidad de asegurar la estabilidad social de comunidades complejas de seres humanos. En esta perspectiva, la religión es un producto de la sociedad. A partir de aquí otros elaboraron el argumento con perspectiva materialista y miraron la religión como un mero mecanismo de control social, Marx dixit. Así el fenómeno religioso era visto como esencialmente subordinado a la función social, y sin autonomía sustantiva en la experiencia humana.

A pesar de la críticas que los argumentos “funcionalistas” de Durkheim han recibido en tiempos recientes, de ahí también se alimentó una de las teorías que acompañó a la antropología de la religión durante décadas. La teoría dice que la religión organizada así entendida, en su dimensión social, surgió de la mano de la agricultura, de la cerámica y de la domesticación de animales. También era un lugar común decir que, en la historia de la humanidad, el fin del nomadismo era el comienzo de la civilización, y que la religión organizada fue parte de ese proceso de transformación económica, sedentarismo geográfico y de centralización política conocido como la “revolución neolítica”. De hecho, esa gran revolución comenzó a ocurrir no muy lejos de aquel sitio arqueológico.  Ahora hay evidencia genética de que el trigo moderno fue domesticado a partir de una especie silvestre de trigo encontrado cerca de 30 kilómetros de Gobleki Teppe, pero esto ocurrió hace alrededor de 9 mil años (dos mil años después del primer izamiento del templo).  Lo que ocurría en Gobleki Teppe parece haber sido anterior y diferente a los primeros poblados agrícolas. Las partes mas tempranas (y las más monumentales) de aquel templo pionero preceden la revolución neolítica (cuyo gran triunfo definitivo fueron las comunidades mesopotámicas de Hassana y Samurra asentadas aproximadamente hace 8 mil años en una zona más al sur, en el actual Irak).

El templo de Gobleki Teppe está compuesto de un círculo de dólmenes con bancas de piedras que rodean dos pilares monumentales clavados en el centro. En los monolitos, a diferencia de muchas de las antiguas cuevas del paleolítico, no hay escenas de caza (o de animales predilectos para comer como los venados). Más bien hay animales excepcionales como leones y escorpiones.  Ésto ha hecho suponer que los animales están colocados en calidad de figuras protectoras. De hecho el templo no está dedicado a las actividades de cacería o a la naturaleza en general. Su corazón parecen ser los seres humanos. Los pilares centrales tienen grabados los brazos de gigantes. Es difícil adivinar si son humanos regulares, ancestros o divinidades antropomórficas, pero no es tan difícil pensar que son los actores principales.

Lo que parece más sobresaliente de todo son otras dos cosas: no parece haber habido asentamientos humanos en las cercanías y el templo sostenía a una casta de sacerdotes.  Por un lado, Klaus Schmidt supone que fue un centro de peregrinación para comunidades semi-nomadas colocadas en distintos puntos de un fértil perímetro de 160 kilómetros a la redonda. Un templo dedicado a los muertos donde los buitres grabados en la paredes indican (en éste y otros templos cercanos, pero más recientes) la presencia de una antigua práctica mortuoria: los entierros celestiales. En estos ritos los cuerpos eran dejados en las colinas para que los buitres se los llevaran al cielo y, en ocasiones, la cabeza era removida del cuerpo para preservarla como un símbolo de la presencia del ancestro fallecido. Por otro lado, se calcula que la extracción, talla y colocación de los monolitos debió haber requerido de hasta 500 personas que los sacaban de las minas cercanas y las movían hasta medio kilómetro a su sitio final. También se cree que un grupo de sacerdotes supervisaba los trabajos y después controló las ceremonias. De haber sido así, ésta habría sido la casta sacerdotal establecida más antigua del mundo. Si el templo fue anterior a la ciudad, el sacerdote fue anterior al rey.

Así, la evidencia parece mostrar que la religión organizada tuvo un pasado autónomo al de las grandes sociedades sedentarias y centralizadas. Que la religión organizada no nace como una suerte de “opio del pueblo” y que su autonomía de lo “social” tiene cierto fundamento histórico. Pero más allá de la aparente autonomía con que la organización religiosa se asentó en este lugar, quizá lo más sorprendente de todo sea imaginar lo que ocurría ahí de forma cotidiana. Imaginar que ésta colina, en medio de un paraíso de la caza, era un lugar de reunión que ofrecía servicios a pequeñas comunidades de caminantes. Un espacio vivo y administrado,  hecho para dejar por un momento las gestas físicas del cazador, sentarse en círculo, mirar al cielo, despedir a los muertos y agrupar a los diferentes. Un templo dedicado más a la memoria que al orden o a la estratificación. La imagen hace pensar en un templo que invita a una experiencia religiosa distinta a la que se acostumbra en estos días. Un sitio que desde lo hondo de los tiempos parece decirnos: agrúpense, no se arrodillen, porque así fue el primer templo de la humanidad.

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Publicado en: Ensayo literario

5 comentarios en “En el principio fue el templo, después la ciudad

  1. Estimado Mario. Gran texto. Seguramente porque me apasionan estos temas me identifiqué más. Lo cierto es que la intuición de lo sagrado es una de las características más particulares que tenemos los seres humanos y un elemento clave en la construcción de la sociedad en la que vivimos. El hombre desarrolló a tal grado la corteza prefrontal de su cerebro, gracias a la contemplación hacia la vida y es la corteza prefrontal la que en realidad nos distingue del resto de los animales pues sus funciones son particulares: visualización, imaginación, autocontrol, creatividad, auto consciencia, etc)
    Saludos. Julia.

    1. Julia, la anotación que haces sobre los condicionamientos biológicos de nuestras experiencias religiosas es cierta y -aunque algo alejada del tema de esta entrada- es crucial para seguir entendiendo este tema. Sin embargo, la “intuición de lo sagrado” que citas es, sobre todo, una intuición social. Una que, en nuestra historia, se aleja de lo biológico y ha tomado formas mutables muy conectadas ya no al cuerpo sino a los símbolos, las ideas y las formas de las culturas cambiantes que nos han acompañado en nuestro largo caminar.

    1. Tiene razón. Para evitar confusiones, debí haber hecho más clara la genealogía -no sólo temporal- de las ideas del materialismo de Marx y las del funcionalismo de Durkheim sobre la religión. Gracias por hacerlo notar.

  2. Excelente texto, me parece contundente la frase con la que terminas el penúltimo párrafo. “Si el templo fue anterior a la ciudad, el sacerdote fue anterior al rey” lo cual invita a pensar, también, que el sacerdote fue anterior al ciudadano.

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