Pride. Orgullo contra prejuicios

Tras una exitosa corrida en el circuito comercial internacional, Pride (2014), dirigida por el inglés Mathew Warchus, finalmente llega a salas mexicanas en el contexto del mes del orgullo LGBT y queer. El año pasado, esta cinta recibió la Queer Palm, premio paralelo relativamente joven del Festival de Cannes que desde 2010 ha premiado grandes cintas con temática LGBT como El extraño del lago (2013) de Alain Guiraudie, Laurence Anyways (2012) de Xavier Dolan, Kaboom (2010) de Gregg Araki, Beauty (2011) de Oliver Hermanus y, más recientemente, Carol (2015) de Todd Haynes.

Basada en hechos reales, Pride narra la lucha conjunta de dos sectores de la población del Reino Unido en apariencia muy dispares: la comunidad LG (antes de la inclusión ahora obligada del BT+) y los mineros en plena resistencia contra la inminente clausura de las minas británicas. Un grupo de jóvenes activistas gays (y una lesbiana) de Londres inicia una campaña para reunir fondos y apoyar la huelga de los mineros por el simple hecho de que comparten una característica esencial: se niegan a ser víctimas pasivas ante los abusos del sistema y, al igual que la comunidad de lesbianas y gays en el Reino Unido de los años ochenta, los mineros se rehúsan a perder “lo único que no les pueden arrebatar”: el orgullo.

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Así, Mark Ashton (Ben Schnetzer) funda LGSM, Lesbians and Gays Support the Miners, junto con el inocente e ilegal Joe –en 1984, año en que se desarrolla la película, la edad de consentimiento para relaciones homosexuales era veintiún años– que es interpretado por George MacKay, el carismático Jonathan (Dominic West), el galés Gethin (Andrew Scott), y la brutalmente honesta Steph (Faye Marsay), entre otros. Los jóvenes se enfrentan al rechazo por parte de los dirigentes del sindicato de mineros quienes, alegando problemas por su infinita burocracia interna, se niegan a aceptar la ayuda de un grupo de “pervertidos”. LGSM decide saltarse las trabas y contactar directamente a las y los trabajadores de las minas de carbón en un pueblo perdido en Gales. De esta forma nace una alianza histórica, improbable pero poderosa.

Desde su estreno en Cannes, Pride ha conquistado al público en todo el mundo gracias a su excelente producción, actuaciones y guión. Como muchas comedias corales británicas del tipo de Realmente amor (2003) o Piratas del rock (2009), ambas de Richard Curtis, esta película destaca por su maravilloso elenco. Éste está conformado tanto de veteranos del cine británico, como Bill Nighy e Imelda Staunton, como por jóvenes talentos protagonistas de series y películas recientes. Ver a McNulty bailar disco con una especie de mullet rubio es un deleite absoluto (los fans de The Wire estarán de acuerdo) y resulta tan extraño como ver a Jim Moriarty (Andrew Scott) en un papel completamente alejado del genio malvado que es en Sherlock. También cabe mencionar la actuación de Paddy Considine (Hot Fuzz, The World’s End y próximamente como Banquo en la versión de Justin Kurzel de Macbeth); Joseph Gilgun (Misfits, This is England); y de la excelente Jessica Gunning en el papel entrañable de Sian.

Pride se inserta en una tradición de cintas británicas con temática LGBT dirigidas a un gran público (por no decir a toda la familia), que abordan las problemáticas de discriminación, derechos humanos, movilización social, identidad sexual y de género, de manera conciliadora. Quizá la comparación más evidente sea Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), pues también se desarrolla en el contexto de la huelga de los mineros de 1984 durante el gobierno de Margaret Thatcher y está narrada en el mismo tono de comedia velada con ese característico humor inglés que tiende a lo ñoño y resulta encantador: “¿Es verdad lo que me contaron de las lesbianas? ¿En verdad todas son vegetarianas?”, pregunta una anciana del grupo de los mineros cuando conoce a las tres lesbianas de LGSM.

Sin embargo, en esta misma lista podríamos incluir películas como Desayuno en Plutón (2005) y Juego de lágrimas (1992) de Neil Jordan, entre muchas otras, pues el tema de los derechos de la comunidad LGBT ha sido ampliamente retratado en el cine británico de las últimas décadas. Desde la represión victoriana visible en Wilde (Brian Gilbert, 1997), la criminalización de la homosexualidad y la búsqueda de supuestas curas mostrada de manera tangencial en El código enigma (Morten Tyldum, 2014), hasta la larga batalla legislativa con el fin de derogar la edad de consentimiento diferenciada para relaciones heterosexuales y homosexuales explorada en el muy recomendable pero explícito –en realidad bastante pornográfico– documental Age of Consent (Charles Lum y Todd Verow, 2014), son apenas algunos ejemplos.

Aunque todas estas cintas tocan el tema de diversidad sexual y de género en el Reino Unido de alguna manera u otra, el punto en común más importante es su intención política e innegable consciencia histórica. Quizá por esto es que resulta tan complicado hablar de una cosa sin la otra; analizar Pride sin mencionar sus predecesoras; tocar un tema de gran relevancia actual sin mirar a nuestro alrededor y reconocer de dónde venimos y a dónde hemos llegado. Reducir el cine a un panfleto es tan equívoco como ignorar su contenido y su potencial para generar un cambio.

Pride, entonces, puede verse como una pieza importante en el rompecabezas histórico de un conjunto de naciones que han cambiado a paso lento, en gran medida a raíz de la movilización social, las huelgas e incluso la presión por parte de grupos armados. Como ejemplo, basta el reciente triunfo del matrimonio igualitario en Irlanda, el cual ha desencadenado debates en otros países de la Unión Europea.

¿Qué la hace una cinta tan vigente? ¿Por qué una película como Pride tiene sentido hoy más que nunca? Entre las reflexiones que ha suscitado el mes del orgullo LGBT, una de las más importantes es la necesidad de unir fuerzas, no sólo entre los miembros de la misma comunidad –cada vez más dividida–, sino entre todos los grupos que sufren las consecuencias de la desigualdad en una sociedad que limita los derechos de manera discrecional. Las victorias no tienen el mismo impacto cuando son aisladas.

En un momento de la película, Mark, quien encabeza la iniciativa de apoyar a los mineros, declara no entender el afán por dividir las luchas: si un grupo aboga por los derechos de los trabajadores, ¿por qué no defender también los derechos de las mujeres? No se trata de empujar la agenda propia a través de una movilización ajena, sino mostrar solidaridad y reconocerse en el otro, por más distintas que parezcan las causas a primera vista. En este sentido, el ejemplo del referéndum en Irlanda resulta interesante, pues a pesar de que la población irlandesa haya sentado un precedente y un gran ejemplo a seguir para el resto de Europa con su sorprendente y aplastante sí en materia de derechos civiles de parejas del mismo sexo, los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres aún están limitados por leyes muy restrictivas (se acaba de rechazar una propuesta de ley para despenalizar el aborto en caso de malformación severa y mortal del feto, por ejemplo, y la interrupción del embarazo puede ser penada hasta con catorce años de cárcel, según datos de Amnistía Internacional). Las Naciones Unidas han comenzado a ejercer presión para poner estos asuntos a votación en otro referéndum. Quizá la población recuerde la muestra de solidaridad reciente y obtenga un resultado similar.

Con esto en mente, Pride no sólo es una gran película basada en hechos reales, aunque extraordinarios, por su historia esperanzadora y humor ligero (lo que suele llamarse una feel-good movie), sino también un excelente recordatorio de que la solidaridad es la mejor vía para la acción. El hecho de que esté dirigida a un gran público (o sea, sí, para toda la familia, pues) la hace aún más relevante porque su mensaje podrá alcanzar espectadores que quizá no suelen acercarse a estos temas a través del cine.

El mes del orgullo LGBTI y queer es una celebración mundial. Sin embargo, como bien retrata Pride, no se trata de marchar por una calle con pancartas coloridas y estolas de plumas. Desde sus inicios, la marcha del orgullo gay ha implicado movilización social y lucha, no sólo un escaparate exclusivo de una comunidad aislada. El 29 de junio se cumplen 30 años de la marcha del orgullo en la que los mineros marcharon junto a los jóvenes de LGSM para mostrar su apoyo a la comunidad LGBT en Londres. Pride se estrena el 26 de junio en salas mexicanas, un día antes de la marcha del orgullo LGBT en la ciudad de México. Por supuesto, la recomendación es ir al cine y disfrutar la película. Pero quizá no estaría mal caminar unas cuadras por Paseo de la Reforma y demostrar un poco de solidaridad, algo tan necesario en nuestro país.

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Publicado en: Cine