Poesía y barbarie (1): Yehuda Amijái, el campo de las matanzas eternas

Esta serie de dos entregas presenta a dos poetas, uno israelí y otro palestino,  enfrentados ante el espejo de la guerra para darnos a entender, con otros gestos, palabras y texturas, desde otras sensibilidades, la magnitud de la barbarie del conflicto desatado el 7 de octubre.


Toda la noche escaló el ejército desde Guigal
hasta arribar al campo de las matanzas eternas.
Sobre la tierra yacían los cadáveres, a lo largo y a lo ancho.
Yo quiero morirme en mi cama.

—Yehuda Amijái

Los hechos de la última semana en Oriente Próximo han revivido una guerra latente. Hamás perpetra atrocidades contra civiles indefensos y sacude un polvorín. Las imágenes ubicuas reviven en occidente el 13 de noviembre francés y el 11 de septiembre estadunidense. Reviven también la capacidad de barbarie de tantos otros momentos. Su evocación aún estremece desde las sombras: los numerosos pogromos rusos, la Shoah, Sabra y Shatila, por nombrar unos cuantos.

La venganza inicia ciclos de injusticia, violencia y rencor exponencial. Siembra odios perpetuos. La retaliación global después del 11 de septiembre debió enseñarnos lecciones claras y duraderas: la guerra de las potencias occidentales, justificada al amparo del derecho a la autodefensa, es la semilla más fértil para los extremismos. Las repercusiones regionales del conflicto pueden extenderse al mundo.

Es lúcida la preocupación del historiador David Grosmann tras el shabbat negro y puede aplicarse para todos los civiles atrapados en el fuego cruzado: “¿qué seremos cuando resurjamos de nuestras cenizas y volvamos a nuestra existencia, [y] a partir de qué podremos empezar de nuevo después de esta catástrofe y de la pérdida de tantas cosas en las que creíamos, en las que confiábamos?”.

Más de 6000 bombas han caído sobre Gaza en los últimos días. El mundo entero ve imágenes de horror, pánico y caos en la ciudad sitiada sin agua ni luz, bajo las bombas. Organizaciones internacionales —desde Human Rights Watch hasta el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados—, grupos de judíos y palestinos por la paz, intelectuales y líderes políticos: todos condenan al unísono el cerco de Gaza y el llamado a evacuar a 1.1 millones de habitantes de la franja norte, un “ultimátum inaceptable”, como lo calificó en un editorial el diario El País. La ayuda humanitaria, por lo pronto, sigue varada en el paso fronterizo de Rafah. Si las democracias liberales de Occidente, aliadas de Israel y de su derecho a defenderse, siguen haciendo caso omiso a las violaciones al derecho internacional, su credibilidad se seguirá erosionando con los costos ya conocidos: crecen líderes populistas y dogmáticos, se afianza la extrema derecha, aumenta la desconfianza de los votantes hacia las instituciones, se acentúa la polarización mundial.

Una de las vías hacia el diálogo y la paz será desactivar entre la población el engranaje de los prejuicios, la intolerancia de las identidades cerradas sobre sí mismas y cercadas por el odio y el resentimiento histórico. Esa tarea intelectual de volver a colocar al otro donde corresponde: en el sitio de la convivencia y la cooperación. La tarea ya era ardua. Lo será aún más ahora.

Por lo pronto ha quedado claro que, ahí donde la Historia pone los cimientos para racionalizar las causas e implicaciones de los hechos de violencia, la poesía le devuelve a la tragedia un rostro.  Da un testimonio efímero de la magnitud del dolor inasible, al margen de los circuitos de comunicación amarillistas y espectaculares del trauma. El escritor judío Yuval Noah Harari contó que dos de sus tíos, Andad de 99 y Shari de 89 años, sobrevivieron a los ataques de Hamás en el Kibbutz Be’eri. Lograron esconderse en casa mientras asesinaban a sus vecinos. “No tenían palabras para describir lo que habían vivido, así que mi tía me leyó durante media hora una selección de los maravillosos poemas de mi tío, un maestro de las palabras sin igual”, apunta Harari. Los poemas de Andad sin duda cobran un nuevo sentido ahora. Es revelador el recurso de los sobrevivientes: la lectura pudo devolverles, de alguna manera, un sentido de realidad. De humanidad.

Algo parecido evoca Claudia Kerik acerca del mayor poeta moderno de Israel: Yehuda Amijái (1924-2000), a quien fue a buscar una tarde en Jerusalén a los 20 años, con ayuda del directorio telefónico local. Desde entonces Kerik ha traducido y estudiado al poeta con concentrada pasión. “Amijái provee un botiquín poético de primeros auxilios para los casos de emergencia en que se requieran palabras de consuelo, que admitan como premisa el desconsuelo”, dice Kerik.

Ante el desconsuelo de las religiones enfrentadas, del conflicto inextinguible, Jean Meyer recordó una imagen de Elias Canetti: “De repente, los muertos resucitados acusan a Dios en todas las lenguas de la tierra: este es el verdadero juicio final”. Aquí tenemos un punto de partida para entender la factura poética de Amijái. De alguna manera, le responde a Canetti en verso, con fiereza irónica, desplazando las coordenadas teológicas:

Dios está lleno de piedad
si lleno no estuviera Dios todo de piedad
habría piedad en el mundo y no sólo en él.

Humanista secular, pero en ningún modo laico, Amijái supo de devastaciones y desconsuelo. Nació en Würzburg, Alemania, en una familia judía muy ortodoxa. Fueron granjeros, luego comerciantes. Su padre, que peleó en la Primera Guerra Mundial del lado alemán, intuye rápido la escalada nazi. Sionistas —pero no en el sentido ideológico que el término adquirió posteriormente—, la familia completa sale al exilio. Entre 1934 y 1936, se instala en Palestina, entonces bajo tutela británica. A los 18 años, durante la Segunda Guerra, Amijái se enlista como voluntario en el Ejército Británico.

Destacado en Egipto, su encuentro definitivo con la poesía ocurre en el desierto. Unas de las bibliotecas móviles británicas se desploma. Los libros se desperdigan por la arena. Amijái consigue salvar algunos volúmenes, entre ellos una antología de poesía inglesa. Ahí lee a Dylan Thomas y, sobre todo, a Eliot y a Auden. Pronto se convierte en un poeta leído y popular en su tierra. Modifica el tono de la poesía nacionalista hebrea de su tiempo. Le resta solemnidad a la tradición, y la revitaliza. Trae a Dios a la casa, junto al pan y a la sal, junto al jardinero y al plomero, y lo confronta con sinceridad, como notó Amos Oz. “Él trastoca —sigue Oz—, o quizás devuelve a su origen, la sacra jerarquía del judaísmo, la de la cultura de Israel: un niño vivo es más importante que una tumba sagrada”.

Poeta del día a día y de los hechos ínfimos cotidianos que comulgan con siglos de cultura judaica y bíblica, siempre se consideró un pacifista, a pesar de haber sido soldado en la Guerra de Independencia de 1948 y en la del Yom Kippur de 1973. Criticó la ocupación de los territorios palestinos y no alcanzó a ver los efectos de los Acuerdos de Oslo (1993). La función de la poesía siempre fue para él un remedio que debe compartirse con los demás: el arte como proceso de sanación. Como afirmó acerca de su juventud, su poesía es una búsqueda intermedia entre la guerra y el amor, “en aras de lograr un acuerdo entre esos extremos de mi vida, para poder sanarme y seguir viviendo”.

Ilustración: Alberto Caudillo

Gracias a Claudia Kerik los lectores mexicanos supieron del poeta hebreo a finales de los años 1970, a través de la revista Aquí estamos y de su redactora Esther Seligson. Octavio Paz, gran amigo de Amijái, a quien conoció en el Festival de Spoleto en 1967, publicó con gran entusiasmo las traducciones de Kerik, primero en la revista y luego en la editorial Vuelta, en 1990. En 2019 apareció en Elefanta una edición enriquecida, con cartas y testimonios añadidos de Paul Celan, Amos Oz, Ted Hughes y el propio Paz, entre otros, así como con un prólogo, notas y nuevas traducciones de Kerik, de donde tomamos la siguiente selección.

* * *

Estoy sentado ahora aquí…
Estoy sentado ahora aquí con los ojos de mi padre
            y el cabello ceniciento de mi madre sobre mi cabeza, en una casa
            que fue de un árabe que la compró
            de un inglés que la tomó de un alemán
            que la esculpió en las rocas de Jerusalén, que es mi ciudad.
            Contemplo el mundo del Dios de los otros
            Recibido de otros. Fui amalgamado
            De muchas cosas, almacenado a distintos tiempos,
            compuesto de piezas efímeras, de materiales
            corrompiéndose, de palabras disipándose. Y ahora,
            ya en la mitad de mi vida, comienzo a devolverlo todo poco a poco,
            pues quiero ser un hombre bueno y ordenado
            cuando en la frontera me pregunten “¿Tiene algo que declarar?”,
            a fin de que no haya demasiada presión al final
            y no llegue sudando, agitado y confundido.
            Que no me quede sobre qué declarar.
            Las rojas estrellas son mi corazón, la lejana Vía Láctea
            Es la sangre que lo habita, que me habita. El caliente
            siroco está en el interior de grandes pulmones,
            mi vida está en las cercanías de un gran corazón, siempre adentro.
 
 
Nos engañaron
Nos engañaron.
            Nos dijeron que moriremos aniquilados en las guerras.
            Desde entonces pienso en ello, pues anunciaron que nuestra sangre
            será derramada.
            Mas comimos y bebimos y al día siguiente no fenecimos.
            Despilfarramos todo lo cosechado, las flores y el pasto, por ejemplo.
            Y en esta primavera a veces me pregunto
            a qué te referías cuando me dijiste
            “Te daré sólo una noche”. ¿Acaso pensabas
            que todos los días de nuestra vida eran solamente noches,
            o una única noche, o me lo dijiste presa del pánico?
            Nos engañaron. Me apuré a transmitirles a mis alumnos
todo lo que mis maestros me habían enseñado
para quedar desocupado y con algo de tiempo para mí, al final.
Pero fuimos engañados:
la sangre que no se derramó
gime más aún
que la derramada.
 
Tarde una alegría serena
Estoy parado en el lugar donde una vez amé.
            Llueve. La lluvia es mi casa.
            Pienso palabras nostálgicas,
            paisajes en el límite de lo posible.
Te recuerdo agitando la mano,
como secando el vapor blanco de una ventana.
Y tu cara es como una ampliación
de una foto vieja y borrosa.
Una vez cometí una gran injusticia
conmigo mismo y con los otros.
Pero el mundo está bien hecho
y fue construido para el bien
y la tranquilidad, como una banca en el parque,
y encontré en mi vida
tarde una alegría serena,
como una enfermedad que se descubre tarde:
un poco más de tiempo, de alegría serena.
 
El diámetro de la bomba…
El diámetro de la bomba era de treinta centímetros
            y su rango de alcance era de unos siete metros,
            con cuatro metros y once heridos.
            Y alrededor de estos, en un círculo más grande
            de dolor y de tiempo, hay dos hospitales dispersos
            y un cementerio. Pero la joven
            que fue enterrada en el sitio de donde
            vino, a una distancia de más de cien kilómetros,
            agranda el círculo muchísimo más,
            y el hombre solitario que llora por su muerte
            en el lejano confín de un país al otro lado del mar,
            incluye al mundo entero en el círculo.
            Y ni siquiera mencionaré el llanto de los huérfanos
            que llega hasta el trono de Dios
            y más allá,
            haciendo del círculo un infinito sin Dios.
 
 
• Yehuda Amijái. Mira, tuvimos más que la vida (nuevos poemas escogidos). Selección, traducción del hebro y prólogo de Claudia Kerik. México, Elefanta, 2019.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de cultura en nexos

 
Reproducido con permiso de la editorial, © 2019, Elefanta del Sur, S.A. de C.V.
© Claudia Kerik, por las traducciones
© Hana Amichai, por la obra de Yehuda Amijái

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Publicado en: Florilegio