
Hernán Bravo Varela.
Hasta aquí.
Almadía, 2014.
Antes de leer a Hernán Bravo Varela
Hay que imitarlo
desde el epígrafe:
“Estas historias del ser, y el poema lo hace
evidente, son un recurso agotado”.
Y yo inicio esta lectura
(como él nos da la bienvenida en Hasta aquí)
con el mismo Tony Hoagland
(en versión de Isabel Zapata):
“No te lo tomes personal, decían,
pero lo hice, lo tomé todo bastante personal –
la brisa y el río y el color de los campos
el precio de las toronjas y de los timbres postales
el cabello de mujer mojado por la lluvia –
y maldije aquello que me lastimaba
y bendije aquello que me traía dicha:
(de todas las respuestas posibles, la más simple).”
Hay de lectores a lectores. Los hay despistados y hasta autoritarios. Estos últimos se atreverían a decirle al poeta Hernán Bravo Varela –que también es un espléndido traductor y ensayista, por demás– que existen los límites. Mismos que también imponen a los alumnos (por ellos mismos, por pudor u obligación) para imitar a sus maestros. Los imitan como si hicieran planas. En esa escuela de deformación, a Bravo Varela le explicarían en un afán condescendiente, y con regla de madera entre las manos, que “el ejercicio de la poesía tiene reglas que se deben de seguir al pie de la letra o, cuando menos, de la página.” Estoy casi segura de que Hernán respondería con un “hasta aquí” y alzaría el dedo medio (como lo muestra el excelente diseño editorial de Almadía).
¿Dónde es aquí?
¿Es, acaso, ese el lugar donde la poesía es y está? ¿O no?
Basta y hasta allá.
Leyendo a Hernán Bravo Varela
Hasta aquí es un poemario trazado con las coordenadas de la nostalgia que, a mi parecer, es una forma sofisticada del asombro. Lo leo como un álbum de fotografías donde podemos encontrar lo mejor (o lo peor) de nosotros mismos. A simple vista, la mejor versión de uno mismo está en la autobiografía ficticia. Este libro parte de una premisa que es tanto lúcida como aterradora: escribir y leer poesía puede ser un ejercicio de autoconocimiento. El verso que comienza el “Endimión”, el poema épico de Keats, es un inquietante “A thing of beauty is a joy for ever". ¿La belleza es para siempre? ¿La felicidad lo es? ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo bello y lo feliz? ¿Hablamos de lo verdadero? Si la belleza no descansa en lo objetivo y racional, ¿es entonces una pretensión emocional? ¿Partirá de nuestro autoconocimiento y conocimiento del mundo?
Este libro no es verdadero. Es brutalmente honesto. Hace que nos preguntemos qué perdemos en el camino. ¿Qué perdió Bravo Varela a lo largo de los 8 años que tardó en escribirlo? Cuerpos prestados, orillas de río, espejos rotos, kilogramos. ¿Esa pérdida de peso está relacionada con el lastre que (algunas veces) representan las palabras? ¿Es el cuerpo un mediador del lenguaje? ¿Es la belleza no solamente un exceso sino una mentada sobrecarga?
Poemas como “(Contenido: cincuenta luces)” son una depuración del lenguaje:
“Yo quería jugar con fuego, insisto,
pero maté una mosca
sin pensar demasiado en el futuro
de su calcinación, modesta –si se puede
hablar sobre modestia en estos casos–
como la del cerillo sin cabeza.”
Este libro es también un mosaico
Releo Hasta aquí como un cuidadoso estudio de los géneros literarios. Hernán lo hace magistralmente: se puede destruir por completo lo que se conoce a la perfección, lo que lo que se construyó con tanto ahínco alguna vez. Se puede y se debe. Para cimentar, hay que ensuciarse las manos.
Hernán coloca las teselas con oficio. Utiliza sus herramientas: una amplia base de conocimientos, lecturas, viajes y vivencias, como un hábil artesano de la palabra. Existe también un entendimiento conceptual que no exige una lectura atenta, sino que la invita. Es una flexibilidad sapiente que no escapa de la creatividad pero tampoco del comentario crítico (puntual e irónico). Una voz híbrida (¿cuál no lo es en la escritura?) en la que se impone, triunfante, el verso, es el resultado del ensamble de diversos géneros (poesía, narrativa, teatro e incluso música populachera):
“El ramo
era de flores blancas y agua sucia,
pero teníamos las manos limpias
para amarnos y respetarnos hasta
que alguien pisara el ramo sin querer,
sin querernos tú y yo lo suficiente.
E ignorar el descuido, los augurios
de vacas flacas cuando termináramos
de bailar esa cumbia que decía:
Y yo que te deseo a morir. / ¿Qué importa? Ésta es la última vez,
y nos diéramos cuenta
del ramo
destruido.”
Esta serie de retratos de nuestra manera de escribir y leer en estos tiempos en los que abunda la transliteración (siempre celebrada pero asimismo traducida en una incapacidad de comunicarnos, a pesar de tener a la mano una amplia gama de soportes novedosos) es tan actual como la tradición que está en su fondo:
“Si en un cuarto vacío miráramos de frente,
estaríamos en ningún lugar.”
Hasta aquí es, sobre todo, un diálogo acerca de lo humano. Nuestro contexto hoy es un montaje: Si Hernán fuera un programa informático (De acuerdo con Google), sería un Mix & Mash: los paréntesis en los títulos, las notas, el guglear, lo copypasteados son una declaración contra el fundamentalismo de lo que debe ser y (nunca) es. Un poema no es una figura geométrica perfecta. No es una cuadratura de colección, no es un círculo envidiable. El poema está conformado por una serie de vértices (desiguales, irregulares, cabrones) y hay que buscarlos. La poesía es una experiencia:
“(Por eso lo expulsaron de la primaria)”
La cosa era tocarse y no entender
que en el baño, bajada la bragueta
de tres compañeritos, la alcahueta
era el cuarto que hacía de mujer.
Se puso aretes y sacó un brasier
de la mochila. Ya sin camiseta
falseó la voz, se hizo llamar “Violeta”.
Los otros se tocaban sin saber
cómo aplaudir. Poco después, durante
el primer acto (la transformación
del niño en bailarina), el ayudante
de limpieza entró al baño. La afición
se subió la bragueta en el instante
que “Violeta” entendía su función.”
Emulando al poema titulado “(Hay lo que hay)”: No haber poesía es poesía también / Le pertenece a alguien que la escribe por nadie. Hasta aquí es un soplo de aire fresco en el panorama de la poesía contemporánea en México. El poeta observa, no pontifica (ni tradicional ni experimentalmente como suele ocurrir). ¿Será la austeridad que consigue la perfección de un estilo?
“De pronto, había luz.
M. dijo: Hasta aquí.
Y nos dimos la espalda. Caminamos
sombra con sombra,
cegados por el sol que no caía.
Y desaparecimos.”
(Después de leer a Hernán)
Yo
123 pp pienso que la poesía es su peso,
que lo lleva dondequiera que va
Me encantó. Muchas gracias por compartir textos inteligentes y sencillos. Gracias por hacer más llevadera la vida.