El libro más reciente de poesía, Tristera, de Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, 1985), obtuvo el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2022, un libro que enfrenta el duelo familiar y sus soterradas capas de significado, que sólo el tacto poético puede alcanzar.

Las manos de mi padre
Mi padre tenía las manos duras y grandes.
Difícil caricia era una caricia suya.
No es que le costara
sino que su amor
halagaba tosco, mimaba áspero.
Siempre me bendijo después de cierta edad.
Como si crecer le trajera la fe de alguna parte.
A sus últimas veces le agradecía con un abrazo largo.
Pero una noche lo llevé al hospital
y nadie dijo nada.
Lo internamos 3 semanas en la cara fría
de la muerte.
Recordé que William James propuso una teoría:
se requiere de un proceso de 21 días para crear un hábito.
Si repetimos la constante se vuelve una conducta.
Entonces mi padre
es también aprendizaje.
Aprendimos sin él a comportarnos.
* * *
Llavero visor del Circo Atayde
En la imagen de un visor aparezco sentado
sobre el lomo
de un elefante asiático del Circo Atayde.
Tendré cinco años y el cabello lacio.
Es una imagen sin archivos,
sin códigos binarios que
me permitan leer aquella escena
donde mi padre me sujeta de la espalda.
La memoria es secuencia.
Bitácora de cosas.
Apología del sueño.
Episodios seriados que sueñan
con la realidad.
Cuaderno que se borra.
Húmeda costra.
Potencia del río que no vuelve.
La hoja que se mueve
y
cae.
La memoria es
también
una forma de olvidar.
* * *
Casa de campaña
En medio del patio de la casa
donde más que el efluvio de una flor
reverdeció el óxido de ciertos metales,
y más que hojas de altos árboles
se desprendían retazos de revistas,
yo le pedí a mi padre hacer un campamento.
La idea era cubrir el piso de cemento con alfombras
que simularan la tez de un pasto chino.
Montar ahí una casa de campaña
y entrar como en un bosque vasto
a mitad de la noche
con linternas y radios walkie-tolkies.
Contar y desmentir ciertas historias.
Sentir que no vendrá
nunca la mañana.
Creer que se es gigante a los diez años.
Mi padre cumplió con mi deseo.
Nadie sabrá la trascendencia de las cosas que ahí se edificaron.
Nadie, como mi padre, logró un mundo
en el medio del patio de una casa.
* * *
Túnel
Como si regresar de la muerte fuera cosa fácil,
mi padre se descalza a orilla de mi cama
sin encender la luz.
Observa mi sueño y lo acaricia.
Afuera llueve y coloca una cubeta
en la ventana
donde una gotera se repite.
Respeta mi silencio
y se acuesta a mi lado.
Al día siguiente mi padre se ha ido.
Pero escucho que la lluvia,
lejos del sueño,
rebalsa.
* * *
Mi padre me visita desde su nueva casa
Si hay una forma,
un puente,
un lazo que penda de la nada,
de un punto A a un punto B,
un túnel silencioso y brillante,
un boleto de viaje,
un vehículo,
un número al azar,
la seña de alguien,
acertijos,
alguna pista en el rally del CAI de mi hija,
una noción ¾siquiera¾
un Dios,
alguna seña en la mirada de mi hijo,
un aviso importante en el teléfono,
un mensaje de voz,
alguna forma
que permita
cerciorarme que mi padre
habita la casa en que lo veo,
podría soñar con el camino,
dibujar esa ruta
trazar las líneas en el pecho
para que no se pierda,
para que regrese
siempre.
* * *
El sueño de Carlos donde aparece vivo
I
Me he puesto a pensar
si los muertos se asoman a nosotros.
Si a nuestro lado van,
si hay algo
que les viva todavía en el cuerpo
y ya no es,
algo que les suene,
o les duela.
Si hay algo
de lo que no se puedan olvidar
y ese recuerdo vague
en el aire
como una fiesta de su memoria;
algo pesado en la voz
que se apaga con su muerte,
algo que quieran decir
pero sólo encuentren
el grito.
II
Desde la muerte de Carlos.
Desde ese plano autónomo de sus apariciones,
desde cualquier lugar del mundo en el que se columpia,
quiero pedirle
que le diga a mi padre
que se asome en la noche,
que sea como un pedazo de nube entrando en la ventana,
como una sombra fragmentada detrás de la cortina,
como una voz en el timbre.
Porque sueño a Carlos,
como si en otro plano sus palabras —todavía—
sonaran ahí.
III
Todo acto de revelación sucede en el sueño,
porque quizá no hay otra forma de saber
que mi abuela había venido por mi padre.
Que Carlos siempre estuvo ahí,
aquella noche
al borde de la cama,
del otro lado del muro,
en otros tonos,
con su uniforme escolar.
Qué regalo tan ancho es la tristeza.
Qué huecos nos deja en el corazón.
* * *
Reconocimiento del cuerpo
Cierro los ojos.
Entro.
Envuelto en una bolsa de polietileno: mi padre.
Su rostro me sonríe.
Detrás de sus párpados me ve.
El médico me impide tocarlo.
No entiendo cómo sin verme nos miramos.
Su cuerpo,
desde el otro lado,
ha comenzado a desprenderse:
es ahí donde sucede la risa que se aleja,
el eco irrepetible,
su voz diciendo nada.
Es allí,
en el cuarto de hospital,
donde uno devuelve el cuerpo que nos fue.
El trance en que uno suelta algunas cosas:
el eco de la voz,
la caricia en la mano,
alguna tarde en la infancia.
Abro los ojos.
Asumo estos procesos.
Reconozco y doy fe a su manera de vivir.
Es una forma de quedarme para siempre
en la memoria de mi padre muerto.
* * *
Ensayo de entrada a la muerte del padre
Subo
las siete primeras gradas de mi casa.
Es la primera vez.
Me toca decirles
a mi madre y a mi hermana,
que has muerto.
Que el doctor dijo esto.
Que la psicóloga me dijo usted no puede manejar.
Que tuve que llamar a Manuel para que condujera.
Subo siete escalones más,
contándolos como aprende a contar mi hija de cuatro años,
recibiendo de frente
el peso de subirlos.
Descanso.
Recibo un mensaje de mamá,
bendiciéndonos.
Subo siete gradas más
y toco la puerta.
Del otro lado,
como si fuera un sueño,
escucho la voz de mi padre que pregunta ¿quién?
Sin embargo,
quien abre
y aparece es mi hermana,
y se sorprende.
Y no sé cómo decirle que papá…
Y no sé cómo a una madre se le dice que el amor ha muerto.
Uno debiera llegar de la mano de Dios
y entrar con su luz blanca
para que nada duela,
para que madre se mantenga en la fe.
Pero entro solo.
Y dejo que el silencio hable por mí.
* * *
Tristera
Tengo tristera en los ojos —dice mi hija—
y yo no sé cómo decirle que
la belleza se sostiene en su palabra.
Cómo se vive ahora.
Con qué color en los ojos.
Uno vive con lo que dictan los medios
y su normalidad renovada.
Florecen en las calles las palabras no dichas.
Vive uno la nueva norma
de vivir en lo triste.
Qué forma más ágil de sacarnos el cuerpo,
los pequeños dardos de la memoria,
los silencios visibles,
las acartonadas voces,
los extraños ruidos que se abren
en una habitación.
Porque después de padecer un muerto,
uno trasmuta el alma al aire y
polvo somos por medio de la voz.
Partículas de muerte
deshaciéndose en la garganta.
Suben al llanto
y mueren al derramar una lágrima;
y también diálogos de gentes que no están ahí,
palabras que se encienden y se apagan;
citas textuales dictadas en los campos de la mente,
voces en off dentro del cuadro,
al filo de la cama, detrás de ti, dentro de ti.
Momentos en que uno se detiene a mirar
un punto y atraviesa a la nada.
Fotografías que aparecen sin haber sido tomadas.
Son ellos: el abuelo que no tuve,
las abuelas que me fueron,
el hermano que —de niño— prendió fuego a mis ojos.
Mi padre muerto hace unas horas.
Mi padre fuerte.
Mi poderoso padre y amplio como su corazón.
Mi enfermo padre que nunca dijo nada.
Que dijo adiós, bendiciéndonos,
con un rosario de la Virgen de Juquila y la Virgen del Carmen,
sin saberlo.
Que siempre me dijo que me amaba.
Que dijo que la memoria es también una forma de olvidar.
Me asomo a los acordes de la desolación,
quizá me sobrevivan la entereza y la misericordia
y me ayuden a volver,
a romper los cristales a la diestra del mundo
para entrar —de nuevo— a la vida.
Aunque roto.
Fernando Trejo
Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Solana, Base Atenas, La abuela está en la casa porque he visto su voz, En los ojos del mar y Las armas que me dejó la guerra, obteniendo numerosos premios nacionales.