And the world looks just the same
And history ain’t changed […]
There’s nothing in the streets
Looks any different to me
The Who, «Won’t Get Fooled Again»
Los problemas actuales de la sociedad estadounidense, de los que se ha hablado mucho en el último año a propósito del proceso electoral cuyo desenlace está tan sólo a unos días, están enraizados en su historia. Al menos en la versión de ésta que nos transmite Howard Zinn en La otra historia de los Estados Unidos. El principal de ellos es probablemente la desigualdad. Desde sus orígenes, la sociedad estadounidense ha estado marcadamente dividida en clases. Ricos y propietarios, por un lado; pobres y explotados, por el otro. Entre ambas, una clase media que aspira a ser como los primeros, pero que en las últimas décadas ha terminado por asimilarse más a los segundos —aunque sin llegar a identificarse con ellos—, y que históricamente se ha encargado de amortiguar el conflicto entre ambas. Políticos, empresarios, comerciantes, especuladores, banqueros, saqueadores, estafadores, traficantes, en un bando; indios, esclavos negros, trabajadores blancos, migrantes, mujeres, en el otro. Ya en 1630, John Winthrop, gobernador de la Bahía de Massachusetts, señalaba: “… en todas las épocas, algunos deben ser ricos, otros pobres; algunos elevados y eminentes en poder y dignidad, otros de condición baja y sumisa”. Para 1770, nos cuenta Zinn, en la ciudad de Boston “una élite compuesta por el 1% de la población acumulaba el 44% de la riqueza”.

La alianza entre los poderes económico y político es, pues, originaria. La razón de ser del Estado norteamericano ha sido ponerse al servicio del capital, para impulsarlo, expandirlo y protegerlo, pues desde un inicio fueron los capitalistas los que, al ocupar los principales cargos, legislaron y gobernaron en su beneficio y en el de su clase. Se concedieron tierras, subvenciones, préstamos, concesiones, y un largo etcétera, todo ello validado por la ley, apoyado por la fuerza policial o militar y velado por la ideología moderna basada en la libertad, la igualdad, la soberanía popular y la democracia.
Hoy se llama “dolarocracia” a esa forma de gobierno mediante la cual los capitalistas llenan con cuantiosos donativos las arcas de los partidos políticos y de sus emisarios, de modo que cuando éstos obtengan los cargos de representación popular los beneficien mediante regulaciones, políticas públicas y prebendas diversas. Es una práctica legal, que se ha vuelto cada vez más aceptada entre la ciudadanía. “Yo he dado mucho dinero; doy a todo el mundo cuando ellos me llaman, y dos años después, cuando yo necesito algo de ellos, los llamo y están a mi servicio”, declaró públicamente el magnate Donald Trump antes de ser candidato a la presidencia por el partido republicano, según lo consigna el periodista británico Andy Robinson en Off the road. Miedo, asco y esperanza en América, un libro en cuyas páginas se revela la descarada manera de ejercer el poder hoy en día en ese país, así como sus nefastas consecuencias sociales.
Es esta misma voluntad de auspicio y promoción del capital privado la que ha llevado a Estados Unidos, también desde sus inicios, a expandirse por el mundo. Primero territorialmente, a la usanza del imperialismo europeo, mediante el despojo a los indios de sus tierras o la anexión de la mitad del territorio mexicano, por poner un par de ejemplos. Más tarde mediante el simple dominio comercial, sin necesidad de ocupación, aunque para ello se hayan valido en distintas partes del orbe de la instauración y protección de gobiernos leales a sus intereses, buena parte de ellos dictatoriales, con todas las transformaciones sociales, culturales y económicas que esas intervenciones han causado. Todo ello, nuevamente, en nombre de la libertad, el progreso y la democracia.
*
Toda historia de dominación tiene, sin embargo, su correlato en la resistencia. La resistencia de los indios al despojo. De los negros a la esclavitud y el racismo. De las mujeres a una subordinación atávica. De la clase obrera blanca a la explotación. Movimientos todos que son coetáneos a la fundación de los Estados Unidos, y que, si bien han logrado reivindicaciones importantes en materia política, social y laboral, pareciera que siempre terminan siendo absorbidos por el poder. ¿De qué forma?
Por un lado, a partir de la división de la clase explotada en subclases que compiten entre sí por el sustento y la superioridad. La lucha contra los indios llevada a cabo en la época de la Independencia fue en realidad de los soldados blancos pobres contra un sector igualmente oprimido. “Era mejor —advierte Zinn— declarar la guerra a los indios, ganar el apoyo de los blancos y desbaratar cualquier posibilidad de enfrentamiento de clase a base de enfrentar a los blancos pobres con los indios. Así se ganaba una mayor seguridad para la élite”.
Lo mismo respecto a los negros. La esclavitud como institución estable y normal, desarrolló entre los blancos pobres un sentimiento racial especial —que va del odio al paternalismo, pasando por el menosprecio y la piedad— que marcaría el destino de la población negra, considerada como inferior, y que hasta hoy sigue haciendo imposible la unidad entre los miembros de una clase social oprimida. “Sólo había —prosigue el historiador— un temor más profundo que el temor a la rebelión negra en las nuevas colonias americanas. El temor a que los blancos descontentos se unieran a los esclavos negros para derrocar el orden existente”. Al ponerlos a competir por el sustento, el origen, el género y el color de la piel han terminado por jugar un papel fundamental en la escisión de la clase trabajadora y, por tanto, en su resistencia al poder.
Por otro lado, la ira expresada en estos movimientos ha sido apaciguada mediante concesiones laborales —incrementos salariales, legislación, mejoras mínimas en las condiciones de trabajo—, políticas —abolición de la esclavitud, reservas de indios, sufragio universal, incorporación a la lógica electoral—, o bien mediante la guerra permanente contra un enemigo externo y la consiguiente exaltación del patriotismo y la unidad nacional, que en efecto han provocado que se olviden las diferencias de clase, limitando así el alcance de las luchas sociales.
Un ejemplo claro es el New Deal, mediante el cual Franklin D. Roosevelt fue capaz de estabilizar la economía y frenar, con gasto social, el malestar y la revuelta generados tras la Gran Depresión, que había significado el fracaso del capitalismo como sistema y de los mercados autorregulados como su premisa. “Cuando concluyó el New Deal —señala Zinn—, el capitalismo permanecía intacto. Los ricos aún controlaban la riqueza de la nación, así como las leyes, los tribunales, la policía, los periódicos, las iglesias y las universidades. Se había dado la ayuda suficiente a las personas suficientes como para hacer de Roosevelt un héroe para millones de norteamericanos, pero permanecía el mismo sistema que había traído la depresión y la crisis, el sistema del despilfarro, de la desigualdad y del interés por el beneficio más que por las necesidades humanas”.
*
Lo que se percibe hoy en Estados Unidos es un gran malestar por la prosperidad perdida, cuyo cenit se alcanzó tras la Segunda Guerra Mundial. Malestar que, a diferencia de las luchas posteriores a la Gran Depresión —que en buena medida causaron la reacción del sistema a través del Estado benefactor—, ha sido apropiado y manipulado nuevamente por la clase política. El caso más claro es el fenómeno Trump. Pero antes de él lo fue el Tea Party, que logró canalizar el descontento popular tras la crisis financiera de 2008, no hacia los responsables —los barones del capital financiero que, desfachatadamente, resultaron ser los más beneficiados—, sino hacia los principales afectados por más de tres décadas de privatización, desregulación, recorte de impuestos al capital y libre comercio. Son estos seres perdedores, flojos e incompetentes, parásitos que viven a expensas del Estado, los culpables de su propia ruina y de la del país. Además de hacia los negros, que a lo largo de la historia han encarnado los atributos anteriores, hoy la ira se canaliza hacia los “terroristas” musulmanes y los “violadores y traficantes” mexicanos, por culpa de los cuales no hay empleo, y el que existe, es muy mal pagado. Muy venida a menos, la clase obrera blanca se identifica más con un multimillonario que promete regresar a su país la «grandeza» que alguna vez tuvo —y que perdió precisamente por tipos como él—, que con aquellos con los que comparten realidades similares.
Mientras tanto, la élite corporativa y financiera continúa siendo favorecida por la clase política. La indignación que siente el analista norteamericano Thomas Frank respecto a los rescates financieros, no sólo es comprensible sino compartida. “Fueron uno de esos momentos que aplastan la fe de una nación”, señala en su libro Pobres magnates. “Creer en la justicia del sistema —continúa— era muy ingenuo. El mensaje terrible pero inequívoco de los rescates era que los señores de Wall Street eran los dueños del gobierno. Primero, reescribían las leyes bancarias de la nación de una forma grotescamente interesada. Luego, una vez que se habían metido en problemas, simplemente conseguían los recursos del tesoro público: el dinero de nuestros impuestos”. Y mientras los banqueros eran rescatados, millones de personas perdían sus casas, millones más su empleo y miles de empresas eran aniquiladas, dando lugar a ese desolador panorama social de desigualdad y pobreza, que para Robinson y muchos otros resulta verdaderamente aterrador: desahucios, gentrificación, drogadicción, alcoholismo, hacinamiento, padecimientos mentales, abuso sexual, mortalidad infantil, delincuencia juvenil, pandillerismo, deserción escolar, entre muchas otras cosas que al parecer son indignas de la atención de los políticos.
Ante tal panorama, resulta difícil tener esperanza. Aún así, tal vez Marx tenía razón: será la propia lógica alienante del sistema la que terminará conduciéndolo a su ruina. En la medida en que la situación continúe empeorando, en que la brecha entre ricos y pobres se siga ensanchando, en que sean cada vez más los afectados, en que las clases medias comprendan que comparten mucho más con los de abajo que con los de arriba, en que exista una conciencia de la injusticia y un impulso de ayuda hacia el otro, será posible generar una lucha común capaz de darle un giro la historia. “Estas luchas —señala Zinn— conllevarían todas las tácticas utilizadas en diferentes épocas del pasado por los movimientos populares: las manifestaciones, las concentraciones, la desobediencia civil, las huelgas, el boicot y las huelgas generales; la acción directa para redistribuir la riqueza, para reconstruir instituciones, para renovar las relaciones; se crearía en la música, la literatura, el teatro, en todas las artes y todas las áreas laborales y recreativas de la vida cotidiana una nueva cultura basada en el reparto y el respeto, una nueva alegría en la colaboración personal, para ayudarse a sí mismas, y para ayudar al prójimo”.
Pero en lugar de vivir en la espera mesiánica del gran cambio social, quizás deberíamos empezar por “imaginar lo que requeriría de cada uno de nosotros un cambio radical”, como nos sugiere el historiador fallecido en 2010. Y ese cambio, lo sabemos, va mucho más allá de llenar una papeleta en una elección presidencial.