Cuando Carlos Fuentes me dijo: “Ya está muy enfermo, no nos va a durar tanto”, me fue imposible imaginar que a García Márquez le faltaba un año, ocho meses y veinticinco días para morirse. En un principio no creí o no quise creer, pero debo confesar que aquella tarde-noche en que Fuentes me dijo eso, sentí que algo había cambiado en mi vida, y hoy siento que ha cambiado y que ha cambiado para siempre.

Empecé a leer a García Márquez a los 12 años. He aprendido desde entonces hasta hoy a ser un viejo de 23 cuando él ha muerto siendo un niño a los 87: curioso como pocos, miedoso como tantos y sobre todo muy intuitivo y supersticioso. Le temía al auricular del teléfono, a las multitudes y a la pava, gustaba de los boleros, el vallenato y la música clásica, decía que no había mejor obra que la suite nº 1 para chelo de Bach, urdida entre las manos de magistrales Pau Casals.
Era también capaz de impresionarse con todo y por todo. Cuenta Plinio Apuleyo Mendoza que una tarde en París en que comenzó a nevar, mientras los copos caían, García Márquez empezó a gritar “La nieve, la nieve” y corría como los futbolistas cuando festejan un gol. Así era el Gabo que llegó a México el 2 de julio de 1961, el mismo día en que Hemingway, en alguna parte del mundo, se había volado la tapa de los sesos con una escopeta de matar tigres.
Aquí en México habría de escribir durante 18 meses y ocho horas por día Cien años de soledad, sin duda de sus libros más leídos. Aunque algunas veces lo definió como la “pinche novela”, un panfleto enorme o un vallenato de 500 páginas, él decía que era un libro que debía escribir y que hubiera querido seguir escribiendo por toda la vida. Ese libro también guarda una anécdota que nos revela el ejemplar de escritor que era: contaba Mercedes, su esposa, que una noche después de haber trabajado todo el día en el libro, escuchó los pasos de García Márquez hasta su recámara, se adivinaba en cada paso la tristeza misma, cuando salió a ver qué pasaba se encontró al escritor en lágrimas. “Ya se murió”, dijo Mercedes, y el Gabo con toda la tristeza de la Tierra, le contestó que sí, se había muerto esa noche el Coronel Aureliano Buendía. El escritor diría después que fue el momento más difícil de Cien años de soledad.
Después vendría El otoño del patriarca, un purgante para salir de Cien años de soledad, en cuya travesía tuvo que sortear demasiados problemas de escritor. La carpintería, como él llamaba a sus secretos, no era suficiente para continuar. El libro quedó varado por un buen tiempo y quedó varado porque con tantos resortes, clavos y tornillos aún no conseguía que en el libro hiciera calor. Fue hasta que realizó un viaje a África o a Aracataca, no recuerdo el dato, en que el sopor le dio la clave para continuar. Esa era la talla del escritor, se montaba en barcos insospechados y lentos, como debe de ser cuando uno desafía el destino.
Pero también con la muerte ya había tenido un acercamiento. En Doce cuentos peregrinos relata la noche en que se soñó muerto: era un funeral que transcurría en una parranda, dice, y que al llegar al panteón cuando quiso regresar con los amigos que le acompañaban, uno de ellos le dijo: “Tú no puedes venir”. Ahí comprendí ¾revela el autor¾ que morir significa no estar más con los amigos.
Es a través de estos pasajes que, a modo de parábolas, trato hoy incluso de delimitar las fronteras de García Márquez, pero a cada paso que doy me percato qué tan grande era la talla del escritor que se salía de su pellejo.
Un narrador completo, tenía todos los ingredientes para serlo, tenía voz, tenía estilo y sobre todo tenía universo. “Una América entera tiene voz en tu voz” se oye en una canción a lo lejos. Su estilo era inconfundible, tanto, que aun tomando cualquier párrafo de sus libros se sabe que es del Gabo, y un universo, que es el de nosotros, sí, pues nuestro realismo supera cualquier magia.
Esta nota tiene pincelazos, sin ton ni son, sin ritmo, que tratan de dibujar al Gabo que conocí por los libros, al que nunca tuve la oportunidad de conocer personalmente, pero aquella tarde que conocí a Carlos Fuentes me prometió que le daría mis saludos y, con la puerilidad necesaria en estos casos, le creí.
En la primavera lluviosa de 1957 García Márquez reconoció a Hemingway del otro lado de la acera de una de las calles de París, dice que lo único que se le ocurrió fue gritarle: “Maeeestro” y Hemingway, que sabía que no había ningún otro maestro más que él, le contestó: “Adiooos, amigo”.
Esta nota es para gritarle a Gabo lo mismo que él a Hemingway, esperando que algún día, desde el otro lado de la acera de la vida me conteste: “Adiooos, amigo” y finalmente, sirva para decirte Gabo, carajo, cuánto te admiramos y sobre todo, cuánto te queremos. Sonidos. Ruidos. Voces lejanas…
Rubén Álvarez
Abogado
Precioso artículo, únicamente posible de un verdadero conocedor y admirador de la obra de Gabo. Es increíble como el amor por la literatura nos puede llevar a encontrar nuestro sentir reflejado en las palabras de alguien más. Gracias Rubén Álvarez