Perder la lengua: agnosias, medicina y literatura

En este ensayo, la autora analiza distintas enfermedades ligadas a la pérdida del lenguaje y, por lo tanto, a la literatura. Al contrastar tres relatos de tres autoras mexicanas contemporáneas provenientes de la misma generación, ahonda en diferentes cortocircuitos lingüísticos y padecimientos que nos internan en preguntas como: ¿cuál es el vínculo entre lenguaje e identidad? ¿Cuál es la relación entre pensamiento, escritura y habla?

Para Elisa, por las migajas de pan

Aquel 31 de julio de 2001, después de recoger el periódico como cada mañana, Howard Engel se sorprendió al darse cuenta de que no podía leerlo. “Parecía estar escrito en una mezcla de serbio-croata y coreano”. Al inicio este afamado escritor canadiense de novela negra pensó que alguien le estaba jugando una broma, pero al entrar a su casa comprobó que era incapaz de leer incluso sus propios libros: “Me habían desvalijado la biblioteca. De repente todo era un espacio vacío”. Entonces corrió al hospital.

El diagnóstico fue claro. Engel había sufrido un derrame cerebral que afectó de manera irreversible una región del hemisferio izquierdo del cerebro. Ese hemisferio controla la capacidad de leer. Padecía lo que los neurocientíficos llaman “ceguera de palabras”, o en términos médicos un tipo de agnosia visual llamada alexia. Al recibir la noticia, Howard pensó que su carrera estaba perdida; pero al poco tiempo se dio cuenta de que todavía conservaba la capacidad de escribir. Engel tenía alexia sin agrafia.

Por más sorprendente y poco intuitivo que parezca, las áreas que controlan la escritura y la lectura en el cerebro son distintas; y ahora, en el caso de este escritor, una entraría a compensar las deficiencias de la otra. Si Engel abría un libro, tenía que copiar en una hoja de papel aquellos garabatos, a primera vista ininteligibles, y que así cobraran sentido. Así pudo tener acceso de nuevo a la lectura, con la escritura. Con la práctica, el escritor fue sofisticando este sistema, y en algún momento dejó el papel para hacer los trazos en el aire, como si se tratara de un director de orquesta que hace aparecer los sonidos con un movimiento de manos; tiempo después esto tampoco fue necesario ya, pues trasladó el desplazamiento de los brazos a la lengua, con la cual trazaba la forma de las letras, la boca cerrada.

Engel no sólo volvió a leer sino que logró terminar una nueva novela titulada Memory Book, el onceavo misterio de la serie de Benny Cooperman, su detective privado y alterego; una entrega en donde el investigador se vuelve su propio cliente, pues tras recibir un golpe en la cabeza que le produce la misma condición neurológica de su autor, Benny se ve en la necesidad de reconstruir los eventos que desembocaron en un asesinato y su propio padecimiento.

Historias como la de Engel no le son ajenas ni a la medicina ni a la literatura. Existen varias narraciones sobre casos de pérdidas del lenguaje con distintos componentes —receptivos o expresivos—, que ocurren en diversas combinaciones y grados; por ejemplo, personas que pueden reconocer objetos, describirlos y definir su uso y sin embargo son incapaces de nombrarlos. O bien, pacientes con “afasia óptica” o alguna otra agnosia visual, que no pueden denominar objetos presentados en fotografías o dibujos, pero que pueden nombrarlos cuando se les da una definición o en respuesta a estímulos auditivos o táctiles. Hay también personas que sufren de agnosia tonal por lo que pueden comprender el significado de las palabras pero carecen del sentido de la expresión: no tienen acceso al lenguaje emocional. Hay otros síntomas relacionados con distintas afasias en donde la persona tiene complicaciones en la concepción esquemática del mundo, sin embargo, su habilidad con el lenguaje poético le permite representar y componer una imagen coherente de él. Casos como estos han sido descritos por varias celebridades de la ciencia y la filosofía, como Broca, Wernicke, Freud, Luria, Dejerine, Cassirer y Sacks, por mencionar sólo a algunos.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

El lenguaje está tan íntimamente asociado a nuestra producción de identidad, a nuestra memoria e imaginación que era imposible que la literatura no se interesara por meditar en este tipo de padecimientos. Tan sólo en la literatura mexicana contemporánea hay varios ejemplos. “Nunca lo fue” de Elisa Díaz Castelo, publicado recientemente en El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023), es uno de ellos. En líneas generales, el relato es una bitácora de la pérdida de lenguaje que sufre Lavinia, una abogada que comienza a extraviar palabras tras el último encuentro con Ricardo, su profesor y amante. Como nada en la literatura (mucho menos cuando está en griego), el nombre de la protagonista no es gratuito: Lavinia, la esposa de Eneas, aparece en la Eneida más de una decena de veces y Virgilio jamás le permite pronunciar una sola palabra —de ahí que Ursula K. Le Guin haya decidido pasarle el micrófono en defensa del género en su novela homónimade 2008.

El primer término que pierde la protagonista es “salmón”, la última comida que compartió con Ricardo durante una cena en la que la pareja, sintomáticamente, ya no se dirigió la palabra. Lavinia puede paladear el vocablo, lo hace rebotar en su mente, sin embargo, no puede pronunciarlo, se le atora en la garganta, a veces se le queda en la punta de la lengua. La manera en la que la narradora da cuenta de estas ausencias pasa por una notable atención a lo físico. El lenguaje no sólo transita por el cuerpo, lo que evidencian las constantes descripciones sobre la imposibilidad anatómica de vociferar ciertos términos —y la lleva a pensar que tal vez tiene un problema muscular o bucal—, sino que el lenguaje mismo tiene cuerpo. Las palabras se le pierden como cosas en un cuarto desordenado; son objetos que pueden contarse y enlistarse como si fueran bienes de la canasta básica: “hoy extravié dos nuevas palabras. Ambas se me perdieron en la notaría”.

Pero esto va más allá. Lavinia es abogada, lo cual implica que entiende la dimensión performativa del lenguaje. El lenguaje del derecho se materializa en el mundo y lo trastoca: una promesa, una declaración, un testimonio, un “sí acepto”, modifica un estado de cosas. De alguna manera, ese lenguaje ata a las personas al mundo, al tiempo y entre sí. Por ello, es significativo que las palabras que pierde sean “verdad”, “fe” y finalmente “Ricardo”:

Y entonces se me ocurre una teoría: que todas las palabras perdidas tengan algo en común: que hayan existido alguna vez entre Ricardo y yo. Nos pertenecieron, me digo. Pienso en la explicación que me dieron en la prepa del sonido como una propagación de ondas que atraviesan el aire y desembocan en los objetos. ¿Qué son las palabras sino eso, una alteración física, una forma muy leve de tocar a los otros?

La situación se agrava. Lavinia comienza a tener problemas para separar las palabras al escuchar a alguien hablar, lo que la hace vivir en el absurdo (ab-surdus: disonante). Anota en su bitácora que aquello que le gusta del derecho es que marca límites —distingue lo tuyo de lo mío, lo legal de lo ilegal, lo público de lo privado, etcétera—, justo como el lenguaje. Tras estos momentos carentes de ritmo y sentido, la protagonista decide dejar de hablar por miedo a que las pocas palabras que aún conserva se le escapen del cuerpo, como el ave a la que suelta a la mitad del relato: “Esa tarde regresé a casa y liberé a nuestro canario amarillo de su jaula. Por supuesto, nunca regresó. Déjalo ir, pensé, déjalo ir, como si hacerlo no fuera también y sobre todo dejarse ir a uno mismo, negar una parte de lo que uno fue y ha dejado de ser”.

Al final, las palabras antes impronunciables pero que residían en su mente también se desvanecen, y con ello la escritura empieza a sufrir pérdidas que dejan la bitácora llena de huecos entre las oraciones. Con la mengua del lenguaje, sólo le quedan jirones de mundo y de sí misma: “Poco a poco, el mundo se apaga: cada nombre es una luz que ilumina la cosa y esas luces se extinguen. Ser mudo es también, en cierta forma, ser ciego”.

El libro de las costumbres rojas me llevó a otro cuento de otra autora mexicana de la misma generación: “Un espacio para el significado” de Olivia Teroba, publicado en 2021 en Pequeñas manifestaciones de luz (Dharma Books). Este relato narra la historia de Ximena (que para seguir con las etimologías significa: “la que escucha”), una joven ladrona de libros —de palabras, podríamos decir— quien tras sufrir un accidente automovilístico deja de poder leer. A diferencia de Díaz Castelo, Teroba expone la imposibilidad de entrar en contacto con el lenguaje escrito de dos formas: 1) como un destello, una luz cegadora que impide la lectura; o bien, 2) parecido a Engel, como garabatos en idiomas desconocidos que, además, rápidamente huyen y se deslizan por el papel, dejando el libro como un valle inhóspito.

Al inicio, la pérdida de la lectura es intermitente, gradual. Después se hace crónica y luego permanente. Tras algunas consultas médicas con un doctor desentendido y una madre insoportable, a Ximena le diagnostican exactamente lo mismo que a Engel: alexia sin agrafia. El médico le advierte a la madre que en el peor caso su hija perderá también la posibilidad de reconocer objetos y rostros y será incapaz de unir el significado al significante.

Estas estimaciones se cumplen y la protagonista deja de poder leer incluso lo que escribe; también deja de reconocer el rostro de su madre como conjunto y sólo lo identifica como gestos independientes; lo mismo pasa con su auto reconocimiento, que sólo consigue gracias a un lunar que tiene en el rostro (algo parecido a lo que ocurre en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks, para los fanáticos del neurólogo). Por si fuera poco, su pensamiento empieza a enredarse, a encabalgarse como en el cuento de Díaz Castelo. La falta de relación con la lectura y la escritura termina por deformar su capacidad de habla y su entendimiento. Al perder los signos de puntuación, la protagonista no sabe cuándo termina un pensamiento y empieza otro, como si la escritura estuviera irremediablemente ligada al juicio. Así como para Lavinia, los límites se difuminan para Ximena, quien se pierde incluso en los lugares más conocidos; después de todo las palabras son puntos de referencia y ella se ha quedado sin demarcaciones. Entre el cuerpo y la mente de la protagonista es ya difícil trazar un límite, ambos parecen a ratos opacos e ilegibles. El cuerpo afecta a la mente tras la lesión, pero a su vez, la corporalidad de la protagonista también se ve afectada por las inscripciones que traza el lenguaje en él.

Para intentar sobrevivir a esta inestabilidad, Ximena comienza a recodificar los objetos por colores, y enlista palabras para asegurarse de que el mundo siga donde lo dejó la noche anterior. Ante esta situación, el personaje se aísla y sólo mantiene contacto con Laura, su mejor amiga, con quien interactúa principalmente a través de un tacto cariñoso.

Quiero recuperarme. Pero no sé por dónde empezar. Le digo a Laura. Quiero volver. Ella me dice, lento y pausado, que estoy ahí, con ella. Me toma la mano con la suya y me deja otra marca de pintura. El lavabo del baño, mi blusa, nuestras manos, mi mejilla. Todo coloreado de nuestra presencia.

Lo que fascina y convoca a algunos neurocientíficos a atender casos como estos es, en palabras del doctor Ivy McKenzie, “la lucha del sujeto humano por preservar su identidad en circunstancias adversas”. Ximena tiene miedo y en más de una ocasión manifiesta su necesidad de volver a ser ella misma; sin su lenguaje se siente desvanecida, deshabitada. El planteamiento aparece en el ensayo de Andrea Kottow “Literatura y enfermedad”: “¿Quién dice yo cuando ese yo no coincide con el que estaba ahí antes de la enfermedad? ¿Qué tipo de identidad guarda ese yo enfermo respecto del sano desaparecido”. Ahora, ¿qué pasa cuando ese yo, esa fantasía de la identidad, ni siquiera puede ser pronunciado? ¿Dónde se encuentra la ubicación simbólica del yo? ¿En el corazón, en la mente, en la lengua?

El cuento sugiere distintas preguntas sobre nuestro vínculo con el lenguaje. Para hacer eco de Derrida, la protagonista se pregunta si hablar, pensar y escribir forman parte del mismo proceso; si la reflexión es forzosamente vehiculada por el lenguaje (o si el lenguaje es la reflexión); y si existe algo como un pensamiento intraducible. “Las palabras hacen falta para todo”, concluye la protagonista en un intercambio con Laura; pero ¿es así? ¿Las palabras siempre son necesarias?

El extraño final del cuento parece sugerir otra cosa. Laura lleva a Ximena a caminar por un bosque en donde se encuentran trabajando madres buscadoras de personas desaparecidas. A partir de entonces la puntuación del cuento cambia porque los límites entre las palabras y las cosas se distorsionan. Aunque la escritora no ahonda en ello, pienso que en ese lugar la comunicación con los desaparecidos no pasa sólo por el lenguaje, sino por la soltura de la tierra y sus colores, por los olores que desprende el subsuelo, por las voces, los rastros y los restos, tanto de las que están como de los que faltan. Es entonces cuando Ximena, después de subir y subir de la mano de Laura por una montaña, se encuentra frente al paraíso recobrado: el bosque, un lugar en donde no requiere de la mediación del lenguaje porque ha recuperado la comunión: “más cerca nosotras cada vez más cerca del sitio que está arriba el lugar habitable acogedor el refugio al menos un momento en que pueda entender o sentirlo todo un lugar donde las palabras no hacen falta porque todo es próximo benévolo cálido”.

Otro relato sobre las mismas angustias, aunque de corte menos neurológico y más fantástico, es “Peces como lemmings” de Úrsula Fuentesberain. En este breve cuento, Tábata, una profesora universitaria de Letras, lamenta la nueva realidad: la humanidad entera ha perdido la lengua. Ahora los noticieros emiten sus reportajes mediante tecnologías que imitan la voz humana; la gente se comunica primordialmente con señas y gestos; los adolescentes, que recuerdan poco de lo que es hablar, se expresan gracias a sus teléfonos, con los que todavía son capaces de escribir; y los alimentos sólidos han sido prohibidos por el Estado debido a los constantes casos de asfixia, para ser sustituidos por jugos saborizados.

Tal como en los relatos anteriores, la narradora hace un inventario de las palabras que ya no puede pronunciar, vocablos con una pluralidad de sonidos deleitables al paladar:  soliloquio, añicos, ñandú, delicuescente, zarzal. Esta pérdida también provoca un aislamiento en la protagonista, quien renuncia a dar clases presencial y luego digitalmente; abandona a su pareja; e incluso deja de ver a sus familiares y amigos; ella prefiere “el silencio a la discapacidad”.

Como en los otros cuentos, aquí la pérdida del lenguaje adquiere un enorme peso corporal. Acabar con la lengua —en ambos sentidos de la palabra— es para la protagonista no sólo perder ese órgano sino abandonar “el canto, los besos, los sabores, el sexo oral”; como si ante esa falta el mundo se volviera insípido, inhabitable, inconexo. Tábata, por ejemplo, decide ya no besar a su pareja porque no soporta sentir “el vacío de su boca”. Caos, en griego, refiere a un abismo oscuro, justamente a la boca que se abre entre la Tierra y el Cielo, fauces que parecen no encontrar orden, sino hasta la llegada de la lengua.

Como si se tratara de una premonición, Tábata menciona que la última palabra que pronunció fue “herrumbre”; un término que aparece en varias ocasiones en la Biblia para expresar, principalmente, la oxidación, corrosión o podredumbre del oro y la carne ocasionadas por la acumulación injusta de riquezas y la corrupción. “Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego” (Santiago 5:3). Más interesante aún es la aparición de esta palabra en la parábola de la olla hirviente y herrumbrosa de Ezequiel 24 sobre la destrucción de Jerusalén como castigo por su corruptela; un relato que termina con la recuperación del habla del profeta tras la destrucción del templo, la pérdida de su esposa y de todo lo que tiene.

“Terminé de decirla [“herrumbre”] y sentí como mi lengua cayó sobre la mesa como un pez muerto”. Lo mismo le ocurrió al resto de la gente y “no hubo sangre, sólo gritos sordos”, escribe la protagonista. Pienso entonces en la tragedia de quedarse sin lengua, un terror y un castigo cavilado desde tiempos inmemoriales; prueba de ello es también la figura de Tácita Muta (tan importante para los feminismos)antes llamada Lara(del griego laleo: hablar):la diosa a la que por hablar en contra de Júpiter, le fue arrancada la lengua para luego ser desterrada al reino de los muertos, donde es violada por Mercurio sin que pueda gritar para defenderse.

Como era de esperarse, religiosos y científicos interpretan este fenómeno a lo largo del cuento; los primeros sugieren que podría tratarse de un castigo divino (muy a la usanza del Antiguo Testamento o la Teogonía), o bien, de un reto de Dios para orillar a la humanidad a encontrar nuevas vías para comunicar su palabra. Los segundos, en cambio, argumentan un avance evolutivo, un nuevo eslabón en el progreso humano. Cualquiera que sea la razón, para la protagonista esta pérdida es, por sobre todo, una tragedia inigualable.

A la narradora de  “Peces como lemmings” lo que le resulta insoportable es la gárgara en la que se ha convertido la dicción humana; su narración genera imágenes repugnantes llenas de bocas huecas y gargantas pastosas, balbuceantes, que le parecen ajenas, repulsivas. Una vez más un cambio en el cuerpo —en esta ocasión más evidente que en los relatos anteriores— es capaz de trastocar de forma definitiva la noción de identidad. En el cuento de Fuentesberain, la falta de un órgano tan pequeño como la lengua parece ser lo único (o lo primero) que nos separa de la deformación, de la monstruosidad. En esa nimiedad tan frágil como un pez se sostiene el reconocimiento de la vida humana.

 

Valeria Villalobos Guízar
Ensayista y editora de nexos en línea

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Publicado en: Ensayo literario