
Presentamos en exclusiva el prólogo de Andanzas y visiones españolas de Miguel de Unamuno, escrito por Enrique Vila-Matas —galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2015—, libro publicado por la editorial Almadía y la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en la colección Cartografías.
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Me cuentan que en el libro que voy a leer aparece un profesor de filosofía, de cuyo nombre no quiere Unamuno acordarse. Un profesor que solía empezar su curso con esta pregunta a sus alumnos:
—¿Qué venimos a hacer?
Y cada año, cuando acababa el curso, ni él ni los estudiantes sabían qué habían hecho, si es que algo habían hecho.
Unamuno recuerda el caso de este profesor cuando desciende de los altos de la Sierra de Gredos —“espinazo de Castilla” los llama— y empieza a preguntarse qué va a decir de lo que acaba de vivir, y de paso se pregunta qué fue a hacer ahí, a Gredos.
Algo por el estilo podría preguntarme yo ahora, habiendo empezado a prologar Andanzas y visiones españolas sin haberlo aún leído.
—¿Qué vengo a hacer aquí? ¿Qué vengo a hacer a este libro?
—A leerlo y prologarlo —dirá alguien.
Y puede que, si es algo autoritario, incluso añada:
—Haga el favor, por lo menos, de leerlo.
Cuando pienso en la pregunta de “¿a qué he venido yo aquí?”, me acuerdo de Antonio Tabucchi, que un día llegó a la isla menos visitada y más deshabitada (treinta y dos habitantes) del archipiélago de las Azores y, al desembarcar, vio que ante sí tenía un molino de viento en marcha y un hombre que le estaba mirando con notable gesto de sorpresa.
—¿Se puede saber a qué ha venido aquí? —le preguntó el hombre.
—A ver al molinero —respondió Tabucchi.
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Ayer por la mañana, nada más levantarme, me puse a imaginar que, a medida que me adentraba en las páginas de este libro que seguía esperándome ahí a mi lado para ser leído, iba descubriendo que en Andanzas y visiones el núcleo de las inquietudes unamunianas no era, como me habían dicho, el ansia de perduración —aquel obsesivo deseo suyo de eternidad—, sino el afán de conocer paisajes españoles; un ansia que, comparada con su avidez por lo Eterno, no podía ser más modesta. Tal vez fuera así, imaginaba que me decía yo a mí mismo, pero quizá no debería estar tan seguro de esto… Y me ponía a recordar que san Jerónimo, patrón de los traductores y los libreros, decía que sólo Dios conoce el mundo, porque él lo hizo.
—¿Y nosotros? —le preguntaba yo de inmediato.
—Nosotros no, porque no lo hicimos —contestaba san Jerónimo.
Al final, empezaba a preguntarme si no sería que Unamuno pretendía conocer España para, después de recorrerla de modo tan intenso, convencerse de que la había hecho él.
En la Generación del 98 había tanta obsesión por España que no habría sido extraño que buscara esto Unamuno al viajar por su tierra.
¿Que todo eran locuras que yo imaginaba? Tal vez, pero no había que perder de vista que Unamuno ensayó en muchas ocasiones sentirse en el lugar del Creador, como cuando creó a Augusto Pérez, esa criatura deNiebla, que terminó rebelándose contra él.
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En pleno mediodía se presentó en casa un amigo y me echó por tierra todo lo que estaba imaginando. Me dijo que nada de creer que Unamuno se atrevió a pensar que él había hecho España. Eso me dijo en cuanto le puse al corriente de cómo podía empezar mi prólogo.
En el libro que me resistía a leer —continuó diciéndome—, el núcleo del pensamiento unamuniano era el ansia de perduración, al igual que en toda su obra. Unamuno subía, por ejemplo, a los altos de la Sierra de Gredos y en la cumbre meditaba acerca de la belleza y la fugacidad del mundo. Le gustaba la intrahistoria.
Huelga decir que dejó mi imaginación truncada, interrumpida con saña. Y encima me dejó preocupado por una palabra que no conocía, aunque por una cuestión de orgullo, me negué a preguntarle nada sobre ella, sobre la intrahistoria. Más bien me dediqué a confirmar que en realidad este amigo —Juan Tallón— aborrecía los prólogos. Casi podía decirse que se había acercado a mi casa para impedir que escribiera uno. De hecho, en un momento determinado, se le escapó su excesivo odio contra los prólogos y me citó nada menos que laFenomenología del espíritu, donde Hegel —según me dijo— señalaba que “en una obra filosófica, no sólo resulta superfluo, sino que es, incluso, en razón a la naturaleza misma de la cosa, inadecuado y contraproducente el anteponer, a manera de prólogo y siguiendo la costumbre establecida, una explicación acerca de la finalidad que el autor se propone en ella”.
—Lo curioso es que Hegel subraya el carácter superfluo y hasta molesto de los prólogos, pero eso lo subraya en un prólogo —concluyó Tallón.
Pensé que, como mínimo, sobraba su cara de inocente, su aire tremendo de no haber roto nunca un plato.
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Cuando Tallón se fue, me quedé tan enfurecido que, a modo de venganza contra él, me puse a redactar unas líneas, unas palabras clásicas de prólogo; palabras muy funcionales, pero que pensé que serían útiles algún día a aquellos lectores que pretendieran no sólo orientarse en Andanzas y visiones españolas, sino averiguar de paso qué habían ido ellos a hacer allí a aquel libro, suponiendo que esto fuera algo que pudiera llegar a saberse de verdad.
Eso me dije y también —de algún modo había empezado a buscarme a mí mismo— pasé a decirme que eran fuerzas muy ocultas las que nos llevaban a determinados libros —éstos son pacientes y nos esperan—, fuerzas normalmente relacionadas de forma oscura con nuestro pasado…
Estuve tentado de iniciar el prólogo parafraseando el de Niebla: “Se empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo un prólogo a este su libro…” Pero pensé que no se entendería lo que pretendía hacer y sobre todo no sería nada verosímil, de modo que deseché la idea. Y me entregué, acto seguido, casi con los ojos cerrados, a las palabras funcionales.
¿Con los ojos cerrados? De un tiempo a esta parte, noto que de vez en cuando bordeo mi propio abismo y digo cosas que parecen no tener explicación, o bien tener un significado secreto que, de existir, justificaría entonces —habría incluso que celebrarlo— que no hubiera sabido controlar mi lado irracional…
Vuelvo a lo clásico y a los ojos abiertos y a las palabras funcionales, la aparición de las cuales he ido demorando todo lo que he podido.
Andanzas y visiones españolas podría ser uno de esos libros que me han estado siempre esperando. Editado por primera vez en 1922, fue el cuarto libro de viajes que publicó Miguel de Unamuno (1864-1936) después de Paisajes (1902), De mi país (1903) y Por tierras de Portugal y de España (1911). Este cuarto libro de la serie paisajística ofrecía una intensa selección de artículos periodísticos escritos entre junio de 1911 y marzo de 1922 y editados —la mayoría de ellos— en La Nación, de Buenos Aires y El Imparcial, de Madrid…
Pero quizás al hablar de “serie paisajística” lo he hecho con demasiado apresuramiento o ligereza, pues conviene no distinguir demasiado unos libros de otros en Unamuno, tal como él mismo demandara enSoliloquios y conversaciones (1911). Ahí ya decía que sus diferentes obras no estaban tan diferenciadas, porque, a pesar de la aparente variedad de cada una de ellas y de que unas eran novelas, otras digresiones, otras ensayos, otras poesías, otras libros de viajes, nunca fueron otra cosa que “un solo y mismo pensamiento fundamental que fue desarrollándose en múltiples formas”.
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Intrigado, pregunté a una amiga profesora qué era la intrahistoria. Y enseguida, tal como sabía que ocurriría, me hice con una explicación más que convincente.
—Es lo profundo, lo que no salta a la vista, lo único verdadero de la historia.
Si la Historia con mayúscula era para Unamuno el oleaje tumultuoso, su aspecto superficial y visible exteriormente, aparatoso y espectacular, la intrahistoria era la inmensidad de las aguas profundas y tranquilas del océano, esto es, el conjunto de hechos históricos aparentemente irrelevantes, repetitivos, pero que, en su conjunto, pueden ser determinantes en el devenir humano. Creo que es famoso este fragmento:
Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. […] Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras [En torno al casticismo, 1902].
En fin, que la verdadera tradición eterna es la sencilla, pero intensa vida cotidiana. De ahí a rechazar las grandes gestas de ese pasado español que se inició en los siglos XV y XVI, y que hasta entonces había sido considerado como el comienzo de una época gloriosa y triunfal, sólo había un trecho; fue el que recorrieron Unamuno y otros autores de la Generación del 98, en quienes no sólo había un rechazo de las dudosas glorias hispanas, sino incluso una vuelta a lo medieval, al “romance” como expresión auténtica del alma castellana. Esa alma era la que buscaba Unamuno en sus viajes. Y la idea general en esos trayectos puntuados por la filosofía sería ésta: con frecuencia puede conocerse mejor y de forma más fiel la historia de un pueblo a través de su intrahistoria que de su historia oficial…
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Por la noche, sin poder quitarme de la cabeza esa búsqueda unamuniana del alma de un país, comencé por fin a leer el libro Andanzas y visiones españolas, que he terminado esta mañana.
Lo acabé pocos minutos antes del mediodía, es decir, veinticuatro horas después de haber iniciado el aventurero prólogo. Y lo que más claro tengo después de la lectura es que el todavía hoy asombrosamente vigente poder de seducción de los diversos artículos de este libro proviene en parte del sesgo ensayístico de cada uno de ellos, de esa constante presencia de fondo de la vieja filosofía del retiro mundano, de tan marcado cuño estoico. Esa mezcla de ensayo y narración —ese “pensar escribiendo”, que decía él— le convierte, además, en un autor muy actual, le emparenta con escritores de finales del siglo pasado, como Calasso, Pitol, Magris, Sebald, por ejemplo.
Por otra parte, parece también muy moderno su hallazgo de lo intrahistórico, su idea de prescindir de lo supuestamente importante y acercarse a todas las íntimas catástrofes de las historias de tanto don nadie, sabiendo que ahí está el verdadero espíritu. Si se observa bien, se verá que hay coincidencias interesantes —hasta ahora no resaltadas, que yo sepa— entre Unamuno y el Joyce ultramoderno que en Ulises coloca en primer plano la idea de que el mundo no funciona a base de grandes gestas, sino a través de insignificancias. Recuérdese que el mayor hallazgo de Joyce en Ulises fue haber entendido que la vida está hecha de cosas triviales. El truco glorioso que puso Joyce en práctica fue tomar lo absolutamente mundano para darle una base heroica de alcances homéricos. A su manera, Joyce también inventó lo intrahistórico. Lo mismo puede decirse de Pessoa en Lisboa, también por los mismos días, cuando camina por la ciudad sintiéndose Álvaro de Campos:
Y las metafísicas perdidas por los rincones de los cafés de todas partes,
[…]
las ideas casuales de tanto casual, las intuiciones de tanto don nadie,
quizá un día con fluido abstracto y sustancia implausible formen un Dios y ocupen el mundo.
Es curioso porque en Portugal el amigo de Unamuno era Teixeira de Pascoaes, poeta trágico, poeta trascendente. Siempre nos quedará la duda acerca de lo que habría pensado Unamuno de haber tenido noticia de la obra de Pessoa y muy especialmente haber conocido a Álvaro de Campos, en cierta forma un poeta bastante semejante a él, aunque sólo fuera por su visión de la importancia de las intuiciones de tanto don nadie…
Después vendría, por supuesto, entre otros, El hombre sin atributos, de Musil, cuyo mismo título resumía de alguna forma el concepto de intrahistoria. Recuérdese finalmente a Perec, que, sesenta años después, todavía nos sigue pareciendo novedoso cuando en Tentativa de agotar un lugar parisino desprecia las estatuas de Fenelón y otras figuras históricas de la place Saint-Sulpice. Sobre ellas, dice, ya se ha escrito demasiado, lo que le lleva a dedicarse a lo intrahistórico, es decir, a “lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”.
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A ese lado tan actual de Unamuno se le podría adosar cierta responsabilidad, siempre indirecta en todo caso, en la deriva de un sector de la narrativa española de hoy, ya que nuestro autor sostuvo en su momento la idea de que la “verdadera literatura castiza”, al igual que la intrahistoria, guardaba y guardaría en su seno lo humano, desechando las cualidades y atributos falsos, aparentes. Para Unamuno, esa literatura surgía “de lo más profundo del alma española, de la intrahistoria de este pueblo; por esta razón, cualquier fruto que provenga de él, tendrá el mismo valor”. Pero los hechos prueban que un excesivo celo en llevar a cabo ese mandato unamuniano de humanidad ha propiciado que ese “cualquier fruto” del que hablaba se haya dado con excesiva frecuencia e impunidad en la narrativa castellana de las últimas décadas y haya creado una escuela castiza llena de frutos muy academicistas, sin conexión con la literatura europea de finales del siglo pasado y, para colmo, engreída, convencida de sus virtudes y de su folclore, así como de la bondad de su cachirulo y de la boina de toda la vida, cerrada a la literatura europea contemporánea, con escaso o más bien nulo interés por las letras catalanas, portuguesas y latinoamericanas.
Pero en honor a la verdad hay que decir que lo que buscaba Unamuno era en realidad de un signo distinto a ese academicismo agarrotado; buscaba encontrar una forma de mantener la continuidad, la tradición eterna, y tratar de hacerlo a través de la lengua, la literatura, los pueblos, las costumbres, los hombres sencillos y el paisaje, esperar a que lo humano siempre continuara y, es más, renaciera una y otra vez a través del tiempo y del espacio: “Toda serie discontinua persiste y se mantiene merced a un proceso continuo de que arranca: ésta es una forma más de la verdad de que el tiempo es forma de eternidad”.
Como propuesta era muy buena, y a veces, si la sitúo en el contexto del desastre monumental del 98, hasta me recuerda a esa idea de renacer con fuerza que se produce en la fauna y flora del Caribe después del más desolador huracán.
Sin embargo, a la larga, la fuerza de esa idea se deformó y ha terminado por producir unos resultados mediocres. Pero en sus orígenes era modélica, porque, entre otras cosas, presentaba como ejemplo de literatura digna de admiración la de fray Luis de León, es decir, aquella mística que lo abarcaba todo, tanto la naturaleza como el hombre, y que era humanística en el sentido más hondamente humano.
Según todo esto, el hombre, en unión con el paisaje castellano, formaría una unidad profunda y eterna. Esta idea casi hasta la palpamos en algunos momentos memorables de Andanzas y visiones españolas, donde al mismo tiempo, por pura paradoja, se pone en entredicho esa unidad del ser, como por ejemplo en el artículo “El silencio de la cima” —uno de los más completos—, cuando Unamuno sueña en todos los hombres que, habiendo podido ser, no ha sido para poder ser el que es.
Desde esa misma cima de su potente artículo ve lo que hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte, estaba igual que en ese momento; ve “la imagen viva de lo inalterable”. A lo sumo, dice Unamuno, se ve, allá a lo lejos, el humo de una locomotora, lo que le lleva a pensar un instante, quieto sobre la cima, en “los que van y vienen por los valles de agitación y de ruido”. Y todo ello para qué, se pregunta. Y observa que la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se siente con más íntima fuerza que en esas cimas del silencio. “Es como contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella”, dice. Y casi nos parece oír el eco —no menos inalterable que el paisaje— de aquella idea de Kierkegaard de que el silencio es un estado en el cual el individuo toma conciencia de su unión con la divinidad. Eso, que podría haber provocado en Unamuno la idea de que un buen retiro del mundanal ruido podría dar un aura divina, crea en el escritor una reacción contraria, una humildad inesperada: “¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso descubrir simpatías que hoy se me escapan?”
Unamuno se pregunta —descubriendo una mentalidad de ágrafo que ni la sospechábamos— “por qué este hablar —o escribir, que es lo mismo— continuo y precipitado…”
¿Por qué este hablar?
Creo haber insinuado antes que, tarde o temprano, hasta los escritores que amamos y que nos parecen más sólidos (por definirlos de algún modo) bordean su propio abismo y por momentos emborronan sus frases y revelan, de un modo inesperado, aunque sólo vaya a ocurrir eso en una única línea, un significado secreto que justifica sobradamente que nuestro autor nos haya cambiado de pronto el ritmo de todo. Ese momento de incontenible irracionalidad me parece, en muchos casos, maravilloso. En Andanzas ese raro instante llega cuando el autor parece lamentarse de pronto del propio método de sus libros de viajes, pues se muestra cansado, según dice, “de este pensar escribiendo”. Y también de lo que aún es peor: “de este pensar para escribir”.
Me parece muy curioso que con esas palabras atente él precisamente contra la gracia esencial de su propio libro.
8
“De Salamanca a Barcelona” es un artículo que fue escrito en Manacor, en la isla de Mallorca, en julio de 1906, pero que podría perfectamente haber sido escrito hoy, pues se habla ahí de que el problema catalán de la lengua está maleado y envenenado por la obstinación de los castellanos de no enterarse bien de él. Si sustituimos “castellanos” por “políticos españoles de origen franquista”, veremos que Unamuno nos está hablando de lo mismo que, por escandaloso que nos pueda ahora parecer, está sucediendo todavía en nuestros días.
Que todo siga estancado de ese modo un siglo después demuestra lo poco que se ha avanzado en muchas cosas en España, un país que en un noventa por ciento nunca tuvo suerte con sus dirigentes, con la clase política.
Más de un siglo después, a pesar de la consolidación de la democracia, el panorama parece seguir igual, tan inalterable como aquel paisaje que veía Unamuno desde la cima de la Sierra de Gredos: “Soy de los que creen, y más de una vez lo he dicho, que ningún español culto debe tener que acudir a traducciones del catalán y del portugués”.
Esta frase hoy queda rara, entre otras cosas porque vivimos en la permanente sospecha de que no quedan muchos “españoles cultos”, tal es la debacle que ha desplegado entre nosotros una democracia muy válida en algunos aspectos, pero que nos ha dejado “faltos de instrucción”, que se decía antes, sin educación ni cultura; algo de lo que yo responsabilizaría especialmente al partido socialista, del que cabía esperar que cambiara las cosas, pero que poco hizo para que eso sucediera: el incapaz presidente Zapatero fue la gota que desbordó el vaso de unas nulidades ganadas a pulso; la puntilla de un cúmulo de desaciertos que sepultaron las perspectivas esperanzadoras que había abierto la victoria de Felipe González en 1982.
En Barcelona, en la ciudad “tan abierta, tan riente, tan luminosa” entra Unamuno en la catedral porque dice que tiene ese recinto algo de misterioso, pues parece hecha de sombras espesadas, lo que, según él, la convierte en un buen lugar para pensar, para buscar un rincón de sosiego, para encontrar un perfecto retiro en la sombra. Y allí, en la oscura catedral, piensa Unamuno en el gran topicazo de los que dicen en Madrid que el catalán es básicamente materialista:
Cuán errados andaban los que aquí, en España, no veían en el catalanismo otra cosa que cuestión de negocio, de aranceles de aduana y de hegemonía industrial. No; había más, mucho más que eso y más íntimo. Es un gravísimo error el de creer que los que se distinguen en el negocio sólo piensan en él, y creo poder decir que hoy es acaso Castilla mucho más práctica o, si se quiere, mucho más materialista que Cataluña.
Para Unamuno, la “idealidad castellana” era en su mayor parte un mito, pues se había refugiado en “una especie de patriotería palabrera, vacía de todo contenido fecundo y eficaz” y a los esfuerzos de Cataluña por crearse una cultura propia no había sabido responder el resto de España con una cultura española.
Y ello se ve, entre otras cosas —decía— en el escaso o más bien nulo interés que en la España central despiertan las cosas catalanas, las portuguesas y las hispanoamericanas. Quieren, sí, esos españoles que podríamos llamar “centrales”, que se les estudie para conocerlos y que no se les desfigure; pero ellos, por su parte, no se mueven a conocer a los demás.
Tiempo después, en 1936, todo se oscurecería más que la catedral de Barcelona y la busca de la realidad geográfica española se le fue revelando a Unamuno como la busca ya de algo irreal, tal como admitió él mismo al mirar atrás hacia este libro: “Se habla de andar y ver y el que esto os dice ha publicado una colección de relatos de excursiones con el título de Andanzas y visiones españolas. Pero es más lo que ha soñado que lo que ha visto. Y sobre todo lo que ha soñado ver”.
La torre gótica de San Miguel, en Palencia, por ejemplo. No sé dónde leí que Unamuno un día, sin haberla visto previamente, la soñó. Creo que fue mi primera lectura de Unamuno y no sé en qué libro leí eso, enAndanzas no es, aunque aparece Palencia, donde, por cierto, a través de la metáfora del agua subterránea, confirma el poder de las fuerzas ocultas en el interior del hombre.
Creo recordar que la torre la soñaba él y no la veía porque era un sueño; la torre parecía tejida con trazas de luna y parecía colgar del cielo a la vez que flotar sobre las aguas del río quieto.
9
¿Dije ya que, en mi Barcelona natal, cuando creo reconocer a alguien por la calle, me asalta un momento de pánico?
Pero aún así, superando este instante irracional, voy a bajar a la calle, me tomaré un café en un bar del barrio. Pensaré en Heráclito de Éfeso. “Me he buscado a mí mismo”, escribió veinticinco siglos antes de Unamuno.
Barcelona, 24 de marzo de 2015.
Enrique Vila-Matas
Escritor. Ha publicado: Doctor Pasavento, Exploradores del abismo, Dietario voluble, Dublinesca, Perder teorías, Chet Baker piensa en su arte, Aire de Dylan, Kassel no invita a la lógica y Marienbad eléctrico, entre otros libros.