Pedro Ramírez Vázquez y el proyecto olímpico1
Pedro Ramírez Vázquez recordaría siempre el consejo de su maestro José Luis Cuevas en la Escuela Nacional de Arquitectura: “el urbanismo sin el poder es sólo un hobby“.2 La trayectoria profesional y pública de Ramírez Vázquez muestra que aquella frase la convirtió en una verdadera certeza, en una suerte de programa desde el cual fue posible combinar los saberes del arquitecto, del urbanista, del organizador y del hombre público. Para un hombre que obtuvo su título de arquitecto en 1944 con una tesis que él mismo juzga como la primera que utilizó explícitamente un enfoque urbanístico en la Escuela Nacional de Arquitectura,3 la presidencia del comité organizador de los Juegos Olímpicos de la ciudad de México representó una oportunidad privilegiada para sintetizar sus experiencias y convicciones intelectuales, artísticas, técnicas y políticas.
Ramírez Vázquez fue nombrado presidente del comité organizador por Gustavo Díaz Ordaz el 16 de julio de 1966. Sustituyó en el cargo al expresidente de la República Adolfo López Mateos, quien para ese entonces se encontraba enfermo. Hasta ese momento Ramírez Vázquez era vicepresidente de construcción de obras del comité organizador. De hecho, en el primer organigrama del comité organizador, Ramírez Vázquez era el cuarto en la jerarquía, después de López Mateos (presidente), José de Jesús Clark Flores (presidente ejecutivo) y Agustín Legorreta (vicepresidente de finanzas). Por qué recayó en él tal nombramiento no es una cuestión menor en la historia de los juegos mexicanos. Ramírez Vázquez ha reconocido más de una vez que su contacto con el ambiente olímpico y el deporte en general era muy limitado. Nunca había asistido a una olimpiada. Tampoco había practicado un deporte de forma sistemática; a lo más —dice— había jugado futbol, de manera informal, con sus compañeros en la facultad, allá a principios de 1940, o veía los partidos en la televisión, en tiempos más recientes.4
…el nombramiento de Pedro Ramírez Vázquez para presidir el Comité Organizador fue una decisión que presentaba dos grandes ventajas para Díaz Ordaz: de una parte Ramírez Vázquez era un hombre familiarizado con las prácticas administrativas, de planeamiento y de toma de decisiones del gobierno mexicano, sobre todo en campo de la obra pública (con la virtud adicional de que conocía los problemas de la ciudad de México). Por otro lado, don Pedro tenía la ventaja (al menos desde la perspectiva de Díaz Ordaz) de unos lazos más bien débiles con el ambiente y los intereses del Comité Olímpico Internacional.
Hacia mediados de la década de 1960, Pedro Ramírez Vázquez tenía una trayectoria notable en dos campos de una amplia visibilidad en la cultura política mexicana: la arquitectura y la administración pública. Sangre de familia tal vez. Dos de sus hermanos mayores tuvieron —antes o al mismo tiempo que Pedro— cargos importantes en el gobierno federal y en el poder judicial: Mariano fue ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación entre 1954 y 1973; Manuel fue Secretario del Trabajo entre 1948 y 1952, en el gobierno de Miguel Alemán. Antes de llegar al comité organizador de los juegos olímpicos, Pedro había sido director nacional de CAFPCE, el organismo federal encargado de la construcción de escuelas públicas (1958-1964); director técnico del Centro Regional para la Construcción de Escuelas en América Latina (organismo de la UNESCO); y director de la Unidad Cultural del Bosque de Chapultepec (1953-1965).5
En un sentido más preciso, Ramírez Vázquez era un hombre del sistema. En la campaña electoral de 1958, que lo llevaría a la presidencia de la República, Adolfo López Mateos encargó a Ramírez Vázquez un diagnóstico urbanístico de la ciudad de México. En sendos documentos, el futuro presidente del comité organizador de la olimpiada mexicana enunció algunas de las que luego serían las obsesiones de los sociólogos, urbanistas, demógrafos y administradores de las tres décadas subsiguientes: la supresión de los subsidios presupuestales a la capital nacional, la definición de un sistema nacional de planeación económica y demográfica, la creación de incentivos de todo tipo para la desconcentración económica y educativa de la ciudad, etcétera.6 Ramírez Vázquez llegó a pensar que el encargo del candidato López Mateos estaba dirigido a su ulterior nombramiento como jefe del Departamento del Distrito Federal. En 1958, esa figura extraña y emblemática de la política mexicana que se llamó Ernesto P. Uruchurtu se interpuso en el camino.7
Pero sobre todas las cosas, Pedro Ramírez Vázquez era uno de los arquitectos más importantes de México, con un papel notable en el diseño y construcción de edificios públicos. Joven aún, ideó un diseño modular de aulas escolares con elementos prefabricados para las zonas rurales; con ese modelo se habrían construido unos 35 mil módulos en México y el extranjero en el periodo 1958-1964. Antes de su nombramiento en 1966, Ramírez Vázquez había diseñado y construido (solo o en coautoría) la Facultad de Medicina de la Ciudad Universitaria (1950-1952), la Galería de Historia (1959-1960), el Museo de Arte Moderno (1964) y el Museo de Antropología (1963-1964) en la ciudad de México, y el Museo de Ciudad Juárez (1962); la Secretaría del Trabajo (1954) y la Secretaría de Relaciones Exteriores (1965-1968); el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (1960); el Estadio Azteca (1963-1966) y los pabellones mexicanos en las expos de Bruselas (1957), Seattle y Nueva York.8
Tiene razón uno de sus comentaristas: Ramírez Vázquez “fue el arquitecto de la década de los sesenta”. Pero más importante aún, fue el arquitecto de la obra pública dirigida a la educación, la cultura, la salud y el esparcimiento: escuelas, museos, hospitales, estadios, oficinas de gobierno. Estamos ante una arquitectura para usos colectivos, y a veces tumultuarios. Ha sido casi siempre una arquitectura de Estado, sí, pero en lo que éste tiene de público; ha sido a veces una arquitectura para el consumo de masas, sí, pero de masas en busca no sé si de su redención o de su imagen; pienso en esos tres destinos obligados del peregrinaje mexicano de las últimas décadas, y que son, los tres, obra de Ramírez Vázquez: el Museo de Antropología, el Estadio Azteca y la nueva Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (1974-1976). Es una gran arquitectura (por la escala y por los usos intensivos de los edificios) para una sociedad profundamente plebeya. No desconozco la razón que le asiste a Louise Noelle al señalar las dificultades en la valoración de su obra: sus edificaciones son “de reconocida eficiencia funcional aunque no siempre logran una imagen acertada”. De ese juicio, sin embargo, Ramírez Vázquez compartiría al menos una parte: “el diseño no es dibujo, es servicio” ha repetido más de una vez.9
Su familiaridad con la capital, de una parte, y su nueva posición como encargado de organizar una olimpiada, por otra, le permitirían a la larga conceptualizar su propia experiencia. Un buen ejemplo de este proceso es la propuesta de Ramírez Vázquez de que la relación entre la ciudad de México y la olimpiada habría sido mediada y organizada por un dispositivo político y técnico que él mismo llamó “urbanismo vivo”10. Sugiero que la idea de “urbanismo vivo” es otra cosa que un concepto técnico: expresa la convicción más amplia de que para el éxito de la empresa olímpica era absolutamente necesario reconocer, a tiempo, los límites políticos, financieros y técnicos de tal empresa.
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Según Pedro Ramírez Vázquez el diseño gráfico moderno en México nació con los juegos olímpicos de 1968.11 Esta afirmación es un dato central para entender la creación de un discurso olímpico propio. Para Ramírez Vázquez uno de los peligros más importantes que enfrentaba la olimpiada mexicana era quedar atrapada en las ideas congeladas de lo mexicano: “no quiero un sombrero de charro” le dijo al jefe del diseño olímpico Eduardo Terrazas. Otro diseñador recuerda una preocupación omnipresente en el comité organizador: alejarse “de los estereotipos”. Esta política de comunicación de los juegos es quizá más clara cuando observamos la forma como se integró el equipo de diseño. El comité organizador recurrió a dos expedientes: de una parte, organizar un equipo de trabajo con los maestros y alumnos de la única escuela de diseño gráfico en la ciudad de México en ese entonces (la de la Universidad Iberoamericana); por otro lado, se recurrió a las relaciones personales de los miembros del comité para reclutar un equipo de diseñadores extranjeros jóvenes que en ese momento gozaban de un prestigio incipiente por su trabajo.12
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Pero la respuesta más original e importante, que mantuvo los juegos en la promesa del intercambio dialéctico entre lo local y lo universal —eso que tanto preocupaba a Ramírez Vázquez— fue la olimpiada cultural. En la construcción de una imagen/proyecto de los juegos, la olimpiada cultural fue uno de los elementos más originales y más poderosamente identitario del 68 mexicano. La olimpiada cultural fue un mundo en sí mismo, un aleph artístico, científico y tecnológico. Pero adelanto un elemento que me parece esencial, y que sugiere un cambio de grandes dimensiones en la imagen asumida y en la proyección de la cultura mexicana moderna: la olimpiada cultural no fue una hermenéutica y ni siquiera una introspección en esa cosa llamada el ser mexicano. Tampoco dominó sólo un ánimo museográfico que exhibiera —urbe et orbi— lo que fuimos y lo que somos. Con la olimpiada cultural no hay un viaje promocional o celebratorio ni es manifiesto el deseo —siempre histérico, Freud dixit— de convencer a los otros. La olimpiada cultural, con todos los usos políticos que se le atribuyan, quiso ser la puesta en escena de una enciclopedia del mundo; en todo caso, pretendió ser la representación plástica del estado del arte en la década de 1960. Hubo algo del nosotros somos; pero hubo mucho más del ellos son, ellos vienen.13
Pedro Ramírez Vázquez se atribuye la idea de una olimpiada cultural. En su testimonio, él habría hecho una nueva lectura de los juegos griegos para descubrir que éstos no eran solamente competencias atléticas sino certámenes de poetas, escultores y dramaturgos: cada deporte era replicado por un arte. A partir de este diagnóstico, se perfila la posibilidad de abrir los juegos, esto es, de redistribuir la expectativas, las responsabilidades y los alcances del año olímpico. Ramírez Vázquez concibió entonces un plan para invitar a cada uno de los países concurrente a los juegos para que, a sus propias expensas, enviara además una delegación cultural a México.14 Al contrario de las competencias deportivas, constreñidas a las dos semanas que establecen las regulaciones del Comité Olímpico Internacional, la olimpiada cultural se escenificaría a lo largo de todo el año. Había aquí una ventaja adicional para los organizadores de los juegos: los actos culturales y la promoción alrededor de ellos iría calentando la ciudad, iría preparando la ciudad para las dos semanas de octubre.15
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.
1 Este texto es un extracto de “Hacia México 68. Pedro Ramírez Vázquez y el proyecto olímpico” en Secuencia. Revista de historia y ciencias sociales, Instituto Mora, no. 56, abril-junio 2003.
2 Aguilar, Ramírez Vázquez, 1995, 59.
3 Aguilar, Ramírez Vázquez, 1995, 56-57.
4 Ramírez Vázquez repite este argumento en varios lugares. Por ejemplo Iannini, Charlas, 1988, 97-98 y Ramírez Vázquez,1989, 143.
5 Camp, Mexican ,1995, pp. 578-579 y Enciclopedia, 1988, vol. XII, pp. 6853-6855. Además “Quiénes dirigen la organización de los juegos de la XIX olimpiada”, datos biográficos, 8 de mayo de 1967 en ACOJO, caja 390, exp. 2676.
6 Las propuestas de 1958 de Ramírez Vázquez para López Mateos, han sido reproducidas, incompletas, en Aguilar, Ramírez Vázquez, 1995, p. 67.
7 Aguilar, Ramírez Vázquez, 1995. p. 67.
8 Como se ve la obra arquitectónica de Ramírez Vázquez es muy extensa, y no puede ser discutida aquí. Para esta brevísima semblanza me apoyo en los siguientes textos: Ramírez Vázquez, 1990; Noelle, Arquitectos, 1989, 131-134 y “Pedro Ramírez Vázquez”, 1994, pp. 120-121; Pinoncelly, Pedro Ramírez Vázquez, 2000.
9 Pinoncelly, Pedro Ramírez Vázquez, 2000, 13; Noelle, “Pedro Ramírez Vázquez”, 1994, 121; Rivera, “Diseño”, 1999,13.
10 Aguilar, Ramírez Vázquez, 1995, pp. 153-160. Rivera , “Diseño”, 1999, 23. Entrevista con PRV, 24 de septiembre de 1999.
11 Entrevista con PRV, 24 de septiembre de 1999.
12 Rivera, “Diseño”, 1999, 28. Ver además el testimonio de Manuel Villazón, sin título, s/f [debe ser septiembre 1998], en DPRV.
13 Según yo, es justamente lo contrario a la actitud que domina buena parte de la presencia mexicana en las ferias internacionales al cambio de siglo XIX; debe revisarse la obra más importante sobre la construcción de una imagen mexicana en el mundo poco antes y después de la Revolución: Tenorio, México, 1996.
14 Rivera, “Diseño”, 1999, 16-17
15 Para Jorge Volpi los poco más de diez meses que anteceden el 12 de octubre de 1968 fueron vivido en México en una suerte de trance teleológico; aunque peligroso para el historiador, el argumento de Volpi debe ser considerado para evaluar el ánimo colectivo en la ciudad. Consúltese Volpi, Imaginación, 1998, esp. 26 ss.
