Virginia Woolf está cenando tranquilamente al calor de la chimenea. De pronto, un pensamiento interrumpe sus divagaciones: “es posible que nadie haya deseado con tanta pasión un lápiz de minas”, escribió esa noche de 1930. Y pese a lo ridícula que sonaba la idea de antemano, le pareció completamente apetecible salir y cruzar medio Londres para ir a comprar uno. En este acto, sus pies tocan el terreno de la transgresión. Animarse sola a la calle, prácticamente de noche, “pasar a formar parte de ese inmenso ejército republicano de vagabundos anónimos”, no era lo más adecuado para una mujer de su época y de su condición. Pero, a pesar suyo –a pesar de la soledad, del cansancio de saberse encerrada en moldes que ella no eligió, a pesar incluso del frío invernal– decide que es crucial para su propia historiasalir a comprar el lápiz a esta hora. Dentro de su habitación, los objetos reposan con familiaridad en sus lugares habituales: el cuenco de Mantua sobre la chimenea y la alfombra, que ostenta su mancha en el piso de madera. Virginia echa un último vistazo a su casa, se pone el abrigo y cierra la puerta detrás de sí.

“Map of the western area of London, ca. 1940. http://www.maps-of-london.com
*
Merodear, emprender una deriva, es al mismo tiempo un acto de deseo y de imaginación. Contrario a los que creen que la deriva exige el abandono de la ruta designada, yo me aferro al mapa para perder el camino.
Me detengo en el cruce entre Bruselas y Liverpool en la colonia Juárez. Tengo entre mis manos una guía que compré en la librería de viejo y me dispongo a hacer una lectura de mi ciudad a contrapelo del ajado plano cartográfico. Las líneas de colores brillantes que se entrecruzan no constriñen mis pasos, sino que los diversifican. Quienes creen que el mapa es una autoridad incuestionable se pierden la posibilidad de pensarlo como es en realidad: una superficie preñada de incertidumbres.
Siempre he creído que el doblez del mapa es la característica que lo define como un objeto ambiguo y misterioso: el hecho de que traslade las tres dimensiones del espacio real a la bidimensionalidad del dibujo debería ser razón suficiente para levantar sospechas, pero, además, los mapas tienden a esconder su caras entre sus pliegues. Se guardan dentro de sí mismos.
Me detengo en el andador peatonal de Bruselas, una vía que en el mapa aparece representada del mismo tamaño y ancho que las calles aledañas, donde transitan los autos. Supongo que hace tiempo esta elección tenía una razón de ser: Bruselas era comparable con las perpendiculares Londres y Liverpool, pero ahora, a raíz de alguna conquista ciudadana sobre el espacio público, esta calle es transitada sólo por zapatos y ruedas de goma. Alberga un corredor de juegos y una plaza cuya escultura encapuchada, sombría, le da nombre: Giordano Bruno. Las cosas, en realidad, están en un cambio permanente, lo cual no se refleja en el plano. En la ciudad las cosas rara vez se parecen a sus correlatos en el mapa: las cosas lucen más pequeñas o más grandes, importantes o ínfimas en relación con el espacio físico. El mapa se convierte en un dibujo de la ciudad irreal.
*
Durante el paseo, a Virginia se le ocurre la siguiente frase: “la tarde nos da la irresponsabilidad que brindan la oscuridad y la luz de las farolas”. A ella la ciudad le huele a abandono y a carbón. Sentir el frío en la piel, el asfalto bajo las botas, el miedo al recorrer, ella sola las calles, provoca el extrañamiento que detona una escritura que se gesta en las banquetas. “Ya no somos en absoluto los mismos”, piensa. Se acomoda la bufanda dentro del abrigo y se convierte en una mujer de la multitud, “dejándose llevar sin dificultad por la corriente, descansando, deteniéndose, el cerebro se duerme quizás mientras el ojo mira”. Virginia sabe que la oscuridad también se conquista. En uno de sus diarios, quince años antes, había escrito: “el futuro es oscuro, que es, creo, lo mejor que el futuro puede ser”. La duda, entonces, ese creo en torno al futuro oscuro, aterrador y excitante, es la semilla que rompe el cerco: acaba de salir del encierro en una clínica psiquiátrica en la que estuvo internada después de intento de suicidio. Virginia sabe que su lucha por una independencia ahora tiene que pasar forzosamente por la conquista espacial. Mientras que en Un cuarto propio pugna por espacio que pueda llamar suyo para poder abrirse paso en el mundo con su escritura, en Paseos por Londres hace lo contrario: pelea por conquistar el espacio público para, desde ahí, reconocerse en su interior.
*
Mientras cruzo una esquina mal alumbrada, me percato de que caminar bajo la guía del mapa es, hasta cierto punto, una experiencia comparable con la caminata nocturna de Woolf. La percepción de los lugares a mi alrededor también se altera frente a lo desconocido. La correspondencia entre la ciudad y su representación cartográfica nunca es absoluta: a juzgar por el plano, esta esquina estaba mucho más cerca de avenida Chapultepec. De la tridimensionalidad al trazo parece mediar el mismo abismo que hay entre la ciudad de día y la ciudad de noche. Frente a la pretendida objetividad del mapa, me pregunto qué tan certeras son mis propias apreciaciones de los lugares por los que transito.
Me viene a la mente un trabajo de Aram Bartholl, un artista visual alemán que realizó hace poco una intervención sobre el espacio público de varias ciudades con el fin de cuestionar la fiabilidad de los mapas digitales. En el centro de la exposición está la tachuela roja de Google que marca las ubicaciones y que siempre se mantiene del mismo tamaño en la pantalla, sin importar que se aumente o disminuya el zoom. La instalación de Bartholl busca responder a la pregunta de qué pasaría si pudiéramos representar en la vida real este marcador con sus dimensiones proporcionales, y si lo ubicáramos en el lugar que Google reconoce como el centro de la ciudad. Transferido al espacio físico, el marcador revela las discordancias: el centro que el mapa señala no es nunca es el centro para los habitantes de la ciudad que, empíricamente, lo reconocen como tal. El ícono de la tachuela parece hacer eco de una frase que Walter Benjamin, viajero por excelencia, exclamó alguna vez: “¡cómo hacen frente las cosas a las miradas!”
*
Virginia bien podría decir: “soy el centro de la ciudad” pero no lo hace. En cambio, dice: “la envoltura en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse para sí mismas una figura diferente de las otras, está rota, y de todas estas arrugas y asperezas queda una ostra central de agudeza, un ojo enorme”.Ese “nuestras almas, ese nosotroscon el que se identifica cuando describe los sentimientos detonados por Londres es el punto de referencia del paseo. El centro de la república de los trasnochados. El plural es igual de ambiguo que una esquina cuestionable dentro del mapa, pero el punto de referencia es individual. Quizás porque la mirada también lo es. El ojo, según Woolf, es una herramienta para la liberación.
*
La voluntad de ver la ciudad completa precede siempre a los medios disponibles para representarla. Quizás por eso conmueven los mapas antiguos, ingenuos y a la vez un poco absurdos, entrañables porque, en su afán por pintar en el menor espacio posible su mundo, terminan trocando la perspectiva sobre el mismo. La noción de la escala no es más que una abstracción, pero aquí, en mi mapa, adquiere el matiz del engaño. Podría jurar que no es largo el trecho entre la esquina donde confluyen Bucareli y General Prim hasta el Jardín Pushkin, pero aunque camino rápido, no tengo la sensación de estarme acercando proporcionalmente a lo que el mapa me señala. Saco mi celular y conjuro la distancia entre uno y otro: 1.1 km.
Pronto recuerdo que la estadounidense Ingrid Calame juega con la escala de los mapas al pintar lo que se pasa por alto en la ciudad: manchas sobre la banqueta, grafitti en el muelle de un río, las marcas que dejan las llantas sobre el pavimento. En una escala de 1:1 representa con colores brillantes los accidentes que encuentra en su camino. Sus trabajos muestran lo que saben bien los niños y que parecen olvidar los adultos: que cuando uno se acerca demasiado a las cosas, éstas dejan de ser reconocibles y pasan a convertirse en meras abstracciones. Un chicle en el asfalto se convierte en una pocilga de proporciones descomunales. Los surcos en la banqueta adquieren la majestuosidad del terreno visto desde el cielo. Woolf también juega con la perspectiva al imaginarse sobre un balcón en Mayfair. Desde arriba, todo se ve diferente. Podría pensarse que las cosas están disminuidas porque la distancia impide ver el contraste que abajo se gesta en la ciudad, en realidad, la lejanía es precisamente la que provoca el paroxismo. Subir a la cima no implica una separación de la urbe, sino todo lo contrario: la altura provoca una lectura citadina más cercana. “El ojo no es un minero, no es un buzo, no es un buscador de tesoros”. El ojo no excava, pero permite flotar. Pasar por las tiendas y mirar de reojo, ejerce un encanto particular en el juego de acercamientos entre mapa y espacios físicos.
*
Si bien es cierto que no cala hondo, como la imaginación, la mirada superficial tampoco está exenta de atractivo. “Recreémonos un poco más”, dice Virginia, “conformémonos, a pesar de todo, con las superficies: el brillo refulgente de los ómnibus; el esplendor carnal de las carnicerías, con sus ijadas amarillas y sus filetes morados; los ramos azules y rojos de flores que se exhiben osados tras el escaparate de la floristería”.La superficie del mapa de papel, porosa, llena de información, es un espacio simbólico. A veces, en los lugares donde se dobla el mapa, se borran nombres y contornos. Caminar por esas zonas que, por fuerza de uso, han perdido su determinación, es ahondar en el extrañamiento hasta dudar de una misma.
*
Como el mapa, la calle también se desdobla, y como ambas, se desdobla también Virginia Woolf en su escritura. “La verdadera Yo”, se pregunta, “¿es esa que está parada sobre el pavimento en enero o la que se asoma de un balcón en junio? ¿Estoy aquí o estoy allá? ¿O, acaso, la verdadera yo no es ninguna de éstas y es algo tan multifacético y vagabundo que sólo cuando le damos rienda suelta al deseo sin impedirlo podemos decir que se trata del Yo que soy?”.
Lo que sucede en términos cartográficos se traslada con facilidad al terreno del paseo. Una calle desdoblada o recorrida nunca vuelve a ser la misma. Después de atravesar la plaza, después de ver cómo ella se despliega en toda su dimensión espacial, es imposible volver a ver a concebirla como un lugar abstracto, el recuadro del mapa, o sólo un nombre. Las nociones del espacio se quedan grabadas en nuestro interior y empiezan a formar parte de una cartografía intuitiva.
Virgina necesita un lápiz para caminar porque es el motor de su deseo. Prescinde del mapa porque ha internalizado la geografía espacial y sentimental de Londres y ha convertido sus pasos en un diseño interior. Si para ella la ausencia de un plano ofrece la posibilidad de leer la ciudad, la calle se presenta como la página en donde están escritos estos símbolos.
En la avenida Álvaro Obregón me aborda la idea de que caminar también es un acto de lenguaje, un acto inmediato, sí, pero que en retrospectiva ofrece la posibilidad de ser leído como el conjunto de enunciados que realiza un peatón, comparable con el de un hablante. Mis elecciones –dar la vuelta en Tonalá o en Orizaba, doblar a la izquierda o a la derecha– se traducen en un estilo propio, un estilo de la caminata. Al igual que la palabra se pierde en una conversación oral, la deriva tampoco fija mis pasos. Manifiesto mi ausencia: sé que pasé por aquí, pero ¿quién más lo recordará?
*
Finalmente, Virginia llega a la papelería donde ve, en el escaparate, el lápiz que la lanzó al periplo por las calles de Londres. Está tan cerca que casi puede tocarlo. Incluso aquí, cuando el fin se ve tan cerca, no puede parar su imaginación y termina construyendo la historia del matrimonio que la atiende. Compra el lápiz y al salir tiene pensamientos reveladores: “en cada una de estas vidas una puede penetrar un poco, tan sólo lo suficiente para tener la impresión de que una no está atada a su propio ser, sino que puede –aunque sea sólo por unos minutos– adentrarse en los cuerpos y en las mentes de otros”. La apropiación del espacio, de la calle, de su feminidad, pasan obligadamente por el terreno dominado por la imaginación. “Una puede convertirse en la lavandera, en la dueña de un bar, en una cantante callejera, pues, ¿qué placer es más grande que abandonar las líneas rectas de la personalidad y desviarse por esos senderos que conducen, bajo zarzas y troncos gruesos, al corazón del bosque, donde viven esas bestias salvajes que son los otros hombres y mujeres?”
Nota: los fragmentos citados provienen del ensayo de Virginia Woolf, Paseos por Londres, traducido por Lluisa Moreno (Madrid: La línea del horizonte, 2014).
Mi gracias por permitirme leer tan magníficos artículos.