Para construir la verdad

Elegir la voz narrativa suele ser complicado. Es algo que va más allá de un simple cambio de conjugación en los tiempos verbales. Quien opta por las voces en tercera persona suele buscar objetividad, poder narrativo, llegar a donde los personajes no alcanzan; aunque hay excepciones. Quien se decanta por las voces en primera persona comúnmente va a la caza de la intimidad, de la forma peculiar de ver el mundo del personaje narrador; aquí también hay excepciones. Entrar a los terrenos de la segunda implica meterse en demasiados vericuetos para obtener una mezcla de ambas cosas. Son formas enfrentadas a la hora de narrar los mismos hechos. No son equivalentes los puntos de vista, no se pueden decir las mismas cosas. Algo que, muchas veces, olvidan los autores.

Pero hay algunos que saben bien lo que plantean. Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es uno de ellos. A lo largo de su carrera literaria ha experimentado con diferentes tipos de acercamientos formales, incluido el juego de narradores. De hecho, resultan contrastantes sus dos novelas policiacas (la prematura saga sobre Chacaltana), en que la violencia inunda las cuartillas, con otra como Óscar y las mujeres en donde se da el lujo de plantear una trama montada sobre los excéntricos avatares de la industria de las telenovelas. Ésta, a su vez, parece demasiado estruendosa si se le compara con el intimismo que alcanza en Pudor o con la distopía futurista de Tan cerca de la vida. Por eso no resulta extraño que en su nueva novela haya elegido un tratamiento distinto: cuatro voces en primera persona.

la-noche-de-los-alfileres

En La noche de los alfileres Beto, Moco, Manu y Carlos son cuatro estudiantes promedio de secundaria a inicios de los años 90, en Lima. Si acaso, son menos populares de lo que querrían y tienen más asuntos familiares álgidos que el resto. Pese a ello, consiguen integrarse dentro de la enorme población estudiantil. Es sencillo perderse en medio de tantos nombres y ellos lo han logrado en muy buena medida. La vida de los mediocres no siempre es un dejarse llevar hasta llegar a buen puerto. Un día se descubren en medio de un enorme embrollo con una profesora. Un conflicto propiciado por la irracionalidad, por las hormonas, por la adolescencia. Un conflicto que no debería serlo y que bien podría arreglarse con algo de obediencia y sumisión. Sin embargo, a veces los problemas ensoberbecen. La popularidad momentánea y el gusto dulce del poder son acicates para continuar. Lo que todos ignoran es que insistir implica llevar a la situación a un límite superior. Pronto descubrirán que ya no hay marcha atrás.

Contar la historia de cuatro adolescentes en problemas no es cosa rutinaria. Se requieren herramientas técnicas que la saquen de los lugares comunes o que abreven de ellos para llevarlos a un nuevo nivel; sobre todo si Vargas Llosa es el antecedente por antonomasia para cualquier escritor peruano. Roncagliolo no tiene problemas en reconocer su influencia. Más aún, es sencillo activar los referentes, encontrar las claves que vinculan a su novela con La ciudad y los perros. Pero esta coincidencia entre los dos autores más leídos del Perú hoy en día, también sirve para analizar el paso de los años. Las dos Limas son muy diferentes. Ahora, en La noche de los alfileres, Sendero Luminoso tiene una presencia tangencial pero cotidiana: el terrorismo ha llegado hasta los barrios más acomodados de la capital peruana. La única manera de no volver a esta otra violencia la protagonista de la novela, es decantarla a través de la mirada de los adolescentes: aquellos que saben que sus problemas personales son mucho más importantes que los del mundo entero.

De ahí que la elección del narrador sea tan acertada. Santiago Roncagliolo optó por la novela polifónica. Son los cuatro protagonistas dando su versión de los hechos. Sus voces se intercalan en estricta secuencia, completan el discurso. Lo hacen con una verbalidad propia y desde perspectivas diferentes. Es ahí donde el lector puede comprobar que no basta la disonancia entre los hechos planteados por uno u otro, lo importante es cómo se veían a sí mismos, cómo veían al resto. Los cuatro narran desde un futuro lejano, un par de décadas más tarde. Esto no sólo le suma un poco de objetividad al asunto sino que permite difuminar a los hechos duros en la niebla de la memoria. Es una elección arriesgada pues suele ser difícil justificarla: ¿por qué cuatro adultos harían una recreación, veinte años después, de un posible delito cometido por ellos?, ¿por qué estarían dispuestos a confesarlo? Roncagliolo lo consigue sin problemas. Y no sólo eso: del mismo modo entiende que, si bien los años alteran el discurso, también lo hace la propia narración de los hechos. Así, los personajes no sólo evolucionan a partir de lo sucedido; también de lo narrado. Esa doble evolución de las voces le confiere a la novela una densidad difícil de conseguir.

Los buenos escritores saben que no basta con contar historias sino que es fundamental elegir la mejor estrategia narrativa para llevarlas a sus máximas posibilidades. En este caso, Roncagliolo plantea un thriller intenso, incorporando, como ya es su costumbre, elementos de la historia reciente de Perú (lo hizo con Abril rojo y La pena máxima). No sólo son los ataques terroristas de principios de los años noventa; también son los apagones recurrentes, la falta de certidumbre vital de los limeños: un ambiente en donde podría resultar sencillo ocultar un crimen. Y, sobre todo, lo consigue utilizando un narrador múltiple, hecho a la medida de lo narrado. Un acierto que sólo se puede agradecer.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros, Reseña