
A lo largo de su trayectoria como escritor, Alberto Manguel ha dedicado un espacio importante al tema de los libros y la lectura, una de las grandes pasiones de su vida. En Para cada tiempo hay un libro —volumen que Sexto Piso ha puesto a circular recientemente—, algunas reflexiones y pequeños homenajes de Manguel a la literatura dialogan con las fotografías de Álvaro Alejandro, cuya mirada se posa igualmente sobre muy diversas variantes de lo que puede representar nuestra relación con la lectura. Presentamos los tres primeros textos incluidos en el volumen y cuatro fotografías.

Fotografía de Álvaro Alejandro.
Uno
El autor del Eclesiastés nos enseña que para todas las cosas “hay sazón” y que todo tiene su tiempo determinado; igualmente, sabemos que cada ocasión tiene su libro. Pero no todo libro, por supuesto, conviene a cualquier momento de nuestra vida. Compadezco al pobre lector que se halla con el libro equivocado en un percance difícil, como le ocurrió al pobre Amundsen, descubridor del Polo Sur, cuyo bolso de libros se hundió en los hielos y se vio obligado a leer, noche tras helada noche, el único volumen que pudo rescatar, un indigesto tratado del Dr. Gaudens titulado Retrato de Su Sagrada Majestad en Sus soledades y sufrimientos.
Es que hay libros para leer después de hacer el amor y libros para armarse de paciencia en el aeropuerto, libros para la mesa del desayuno y libros para el cuarto de baño, libros para las noches de insomnio en casa y para los días de insomnio en el hospital, y no pueden ser intercambiados.
Nadie, ni siquiera su propio lector, puede explicar cabalmente cuáles libros convienen a cierto momento y cuáles no. De manera misteriosa, algo inefable hace que ocasiones y libros se acuerden o se opongan.
La lista de libros que Oscar Wilde pidió para acompañarlo en la cárcel de Reading incluyeron La isla del tesoro y un manual de conversación franco-italiano. Alejandro Magno partía a sus campañas con un ejemplar de la Ilíada de Homero. El asesino de John Lennon consideró que un buen libro para tener en el bolsillo al cometer un crimen es El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. No sé si los astronautas se llevan a bordo las Crónicas marcianas de Ray Bradbury o si, por el contrario, prefieren Los alimentos terrestres de André Gide. El risueño Bernard Madoff, condenado a la prisión, ¿pedirá acaso La pequeña Dorrit de Dickens para enterarse de cómo el señor Merdle, ese sutil estafador, incapaz de soportar la vergüenza al ser descubierto, acaba cortándose el cuello con una navaja prestada? El papa Benedicto XIII ¿se retirará a su studiolo en el Castel Sant’Angelo con Bubu de Montparnasse de Charles-Louis Philippe, para estudiar cómo la falta de preservativos ocasiona una epidemia de sífilis en el París fin-de-siècle?Prosaico, G. K. Chesterton imaginó que, si estuviese naufragado en una isla desierta, desearía tener consigo un Manual de construcción de embarcaciones. No sé cuáles libros me serán permitidos en mi último viaje.

Fotografía de Álvaro Alejandro.
Dos
La relación de un escritor con sus lectores es una simple cuestión de vida o muerte. Si el escritor es leído, vive; si no, muere. Nada ni nadie influye en esa despiadada decisión, salvo el lector. El azar, las listas de bestsellers, las obligaciones escolares, el fanatismo político o religioso y la publicidad pueden hacer que durante un tiempo, como el extraño monsieur Valdemar del cuento de Poe, el escritor quede en suspenso animado, ni muerto ni vivo, hipnotizado en el umbral del reconocimiento, pero al fin y al cabo, sin la sostenida lectura de su público, el escritor acabará, tal como monsieur Valdemar, en una inmunda y pútrida masa informe. Sic transit gloria mundi gracias al capricho de los lectores. La relación de un escritor con sus editores es más extraña, algo más difícil y complejo que una relación amorosa. A las pasiones y celos, infidelidades y delicias de esta última, deben sumarse a la primera la intimidad intelectual y emotiva que se establece entre ambos, y también la dependencia económica a la que suelen ser condenados, casi siempre del escritor hacia el editor y a veces, muy contadas veces, en sentido contrario: por cada Dan Brown hay miles y miles de autores casi del todo anónimos. Desafortunadamente, puesto que la industria editorial, como toda industria en nuestros días, está sometida a la codicia devastadora de los inversores, pocos son los editores que aún pueden (o quieren) seguir alentando a un escritor en su carrera, y son más los que exigen que éste produzca bestseller tras bestseller. Sin embargo, sabemos que en un rincón secreto de la biblioteca nos espera el libro verdadero, escrito sólo para cada uno de nosotros.

Fotografía de Álvaro Alejandro.
Tres
Unos seis meses antes de que ganara el Premio Nobel, Doris Lessing me escribió una carta desconsolada en la que me decía que había enviado su nueva novela y un par de relatos largos a sus editores ingleses y americanos. Los primeros le dijeron que escribía demasiado (esto, a una novelista octogenaria), los segundos, que su literatura tenía poco interés para las nuevas generaciones. Después del Nobel, por supuesto, fue festejada y cortejada, pero Lessing no olvidó nunca aquel despecho.
Desde la época de Gigamesh, los escritores se han quejado siempre de la mezquindad de los lectores y de la avaricia de los editores. Y sin embargo, todo escritor encuentra, a lo largo de su carrera, algunos notables lectores y algunos generosos editores. “He vendido siete ejemplares”, dice el protagonista de Abadía pesadilla de Thomas Love Peacock. “Siete es un número místico, y el augurio es excelente. Si encuentro a los siete lectores que compraron mis siete ejemplares, serán como siete candelabros de oro con los que iluminaré el mundo entero”. Siete lectores bastan, si son los que merecemos. Con Peacock, tengo la certeza de que sobreviviremos. Cambiarán ciertos instrumentos de escritura, cambiarán ciertos modelos de lectura, cambiarán ciertas técnicas editoriales, pero, esencialmente, el acto literario no cambiará.
Somos criaturas de palabra, nacemos con el don de la palabra, vivimos a través de la palabra, conocemos y damos a conocer nuestra experiencia con la palabra, y sólo cuando morimos perdemos la palabra. Y, dicen algunos, ni siquiera entonces: las almas que Dante encuentra en la Ultratumba siguen haciendo literatura.

Fotografía de Álvaro Alejandro.
Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es escritor, traductor, editor y crítico literario. Ha publicado Stevenson bajo las palmeras, La puerta de marfil, Nuevo elogio de la locura y Una historia de la lectura, entre otros libros.
Álvaro Alejandro (México, 1978) es escritor y fotógrafo. Su obra ha sido expuesta en México, Estados Unidos y Canadá.
