¿Qué significa estar en el exilio? ¿Quién tiene derecho a llamarse a sí mismo exiliado? El siguiente ensayo explora las implicaciones de estas preguntas —vigentes en la inquieta América Latina— a través del recuento de la polémica que Liliana Heker y Julio Cortázar sostuvieron en medio de la censura impuesta por la dictadura argentina
En los últimos meses algo se ha descolocado en América Latina. Las protestas en Ecuador, seguidas del regreso de la represión ―como eco de la dictadura― en Chile; el peronismo triunfante en la Argentina de la mano de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner; Lula da Silva libre después de un proceso en el que la justicia brasileña no logró encontrarlo culpable; el golpe de Estado en Bolivia; y, como corolario, la pandemia de coronavirus que ha disipado toda certeza sobre el futuro.
Si algo hay que elogiar del gobierno mexicano actual es su política exterior con respecto del golpe en Bolivia. El 13 de noviembre de 2019 el nombre de Evo Morales, cuya vida corría riesgo en el país que lideraba hace menos de un año, se sumó a una larga lista de asilados políticos. México ha sido el nombre del exilio para muchas personas, José Martí, León Trotsky, Luis Buñuel y Hortensia Bussi, por nombrar algunos. Pero ¿de qué hablamos cuando decimos “exilio”? En palabras del geógrafo y crítico literario Edward Said, el exilio es “algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza”. Esta dislocación entre el cuerpo y el hogar ha originado un cúmulo de narrativas de la melancolía que atraviesan diferentes disciplinas, pero que provienen todas de la necesidad de sentirse cerca de aquello que no podemos asir. Escribir desde el destierro es escribir contra el olvido.
Cuenta el escritor argentino Sergio Bufano que hace cuarenta años, durante una tarde otoñal en la Villa Olímpica de Ciudad de México, él y sus colegas recibieron los primeros ejemplares de la revista que editaban desde el exilio, Controversia. Bufano rememora el olor a tinta fresca mezclado con el del papel, aromas potenciados por su melancolía al escribir sobre la Argentina desde México. Tenía ya tres años que la dictadura había ensombrecido las calles de Buenos Aires. Las noticias de su tierra les llegaban a cuentagotas, por medio de cartas, pero casi siempre de voz a voz. La revista se convirtió en un lazo que los unió a la distancia con su hogar y planteó la compleja tarea de escribir sobre un pasado que, de tan reciente, se convertía en un presente sostenido.
En 1981 el número 11 de Controversia rescató una polémica entre Julio Cortázar y Liliana Heker. Tenía poco que Cortázar había presentado el manifiesto “América Latina: exilio y literatura” durante el Coloquio sobre Literatura Latinoamericana Actual en el Centro Cultural Internacional de Ceris y la Salle. Heker le respondió con una “Polémica con Julio Cortázar” en la revista literaria El Ornitorrinco en 1980. La misma publicación incluyó un artículo de respuesta de Cortázar a Heker, titulado “Carta a una escritora argentina”. Nos interesa este intercambio porque condensa las posturas entre los argentinos exiliados y aquellos que se quedaron durante toda la dictadura.

Ilustración: Patricio Betteo
En primer lugar, Cortázar escribe en el manifiesto que su exilio se volvió forzoso solo después del inicio de la dictadura, ya que anteriormente se fue por su propia voluntad. Además, puntualiza que eso no ha sido lo peor, sino que:
Al exilio que podríamos llamar físico habría de sumarse a partir del año pasado un exilio cultural, infinitamente más penoso para un escritor que trabaja en íntima relación con su contexto nacional y lingüístico. En efecto, la edición argentina de mi último libro de cuentos fue prohibida por la Junta Militar.
El escritor se refiere a Alguien anda por ahí, de 1977. Para Cortázar, la Junta Militar censuró los cuentos “Apocalipsis de Solentinamine” y “La noche de Mantequilla” por ser “lesivos para ella o para lo que ella representa como sistema de opresión y alienación”, porque trataban sobre la destrucción de la comunidad cristiana del poeta Ernesto Cardenal y la desaparición de personas en la Argentina. Cortázar cifra su noción de exilio con base en la compulsión y la violencia. Para el escritor argentino:
Un exiliado es casi siempre un expulsado, y ése no era mi caso hasta hace poco […] Hay, desde luego el traumatismo que sigue a todo golpe, a toda herida. Un escritor exiliado es en primer término una mujer o un hombre exiliados, es alguien que se sabe despojado de todo lo suyo, muchas veces de una familia, y en el mejor de los casos, de una manera y ritmo de vivir.
Aquí podemos notar que la definición de exilio que propone Cortázar se acerca mucho a lo que postuló Edward Said en Reflexiones sobre el exilio, en la cual el exilio es algo cautivador y triste por naturaleza. Para Cortázar, el escritor exiliado debe convertir su exilio, es decir, su tristeza y nostalgia, en un estímulo creador, en algo que marque su propia obra: “¿Y si los exiliados optaran también por considerar como positivo ese exilio? […] Creo que más que nunca es necesario convertir la negatividad del exilio ―que confirma así el triunfo del enemigo― en una nuestra toma de la realidad”.
En segundo lugar, Liliana Heker, en su “Polémica con Julio Cortázar”, critica la postura de homogeneizar la experiencia de todos los exiliados, sean chilenos, paraguayos, o argentinos cada uno tiene sus propias peculiaridades: “una necesidad a ultranza de hacer causa común con los exiliados a riesgo de dar una imagen maniquea de la realidad, valiéndose de recursos más pasionales que científicos”. Además, cuestiona la calidad de “exiliado” de Cortázar dado que él mismo hacia 1951 había declarado que “él se fue de la Argentina en 1951 porque los altoparlantes peronistas no lo dejaban escuchar tranquilo a Bartok”. Heker mantiene que Cortázar se ve a sí mismo como un exiliado en sentido poético que se convirtió en uno en sentido político. Es justo la ambivalencia del significado de la palabra exiliado lo que termina por borrar las diferencias entre el que se fue voluntariamente y el que ha tenido que huir.
En tercer lugar, en la “Carta a una escritora argentina”, Cortázar le espeta a Heker su decisión de no mencionar a la Junta Militar dentro de su artículo, reiterando su condición de exiliado y la condición de dictadura de la Argentina:
…si quiero que esta respuesta, que EFE va a enviar a esos diarios que todavía publican allá, te llegue como carta abierta, tengo que redactarla como vos has redactado tu texto, es decir, hablando de todo menos de lo que pone en marcha ese todo […] Curioso cambio de cartas abiertas, como vez en el que vos evitás hablar de lo único que en el fondo me interesa hablar a mí […] Dejo definitivamente en claro que jamás fui ni me creí un exiliado hasta eso que más arriba llamé “circunstancias actuales”, concretamente el golpe militar del 76 y la censura subsiguiente, expresa o tácita, que impide cosas como la publicación de parte de mis textos de la misma manera que te impide a vos ahondar explícitamente en las causas fundamentales del exilio.
Valdría la pena ahondar en la dinámica de envío de tales cartas en el contexto de la dictadura. Cortázar tuvo que arreglárselas al enviar un cable por medio de la agencia de noticias española EFE que posteriormente publicó Proceso; pero no tenemos noticias si Heker lo recibió. Por el contrario, la omisión de la situación política de Argentina en el texto de Heker se encuentra fundamentada en la censura que sufrían los medios de comunicación y editoriales durante la dictadura. Este breve intercambio entre dos escritores argentinos, uno exiliado y la otra en medio de la dictadura es solo un ejemplo de la complejidad del tejido social que aún en la actualidad permanece en el imaginario colectivo de los argentinos y los argentinos exiliados.
Al final, la polémica anterior justifica su inclusión en la revista Controversia. Es claro que los editores como argentinos exiliados se sintieron interpelados por una discusión en la que se trataba, dentro de todos los temas expuestos, su identidad como exiliados y su deber como tales. Escribe Bufano que de Controversia “han quedado algunos centenares de páginas que —miradas desde el presente— tienen vigencia, recuperan olvidos, desmienten presagios, reavivan polémicas que creíamos superadas pero que regresan como fantasmas que no se resignan a desaparecer”. Los sucesos actuales en Latinoamérica y el mundo le dan la razón.
Michelle Monter Arauz.
Estudiante de la Maestría en Literatura Mexicana Contemporánea en la UAM-Azcapotzalco.