Al entrar, una gigantesca explosión recibió a quienes caminaban en el salón, amarillo, púrpura, rosado y verde, las líneas espiral de un proyectil fugitivo que nadie alcanzó a ver. Todo es ruido, un hervidero de personas que marchan, platican, observan, sirven, saludan… “¿Viniste por una pieza o a ver qué se te pega?”. “Bueno, amor, pero no tardes, que casi comienza”. “Señorita, ¿cómo puedo comprar un cuadro?”. Kakaboom de Fernanda Brunet vibra al lado de un autorretrato de Boris Viskin, que mira pasar a la gente con sus ojos cubistas. “Bienvenido a la subasta de arte latinoamericano, organizada por Morton, casa de subastas…”.
Todo son voces, las siete de la tarde menos diez minutos. Las mujeres balancean los nervios en tacones altos mientras los hombres de delantal transportan de un lugar a otro algunos cuadros que se mostrarán. La diversidad de momentos en un sólo minuto es abrumadora: meseros, compradores, curiosos, trabajadores, la fe de erratas que comienza a circular y el más impresionante políptico de la noche que no es sino la propia subasta.
“Comenzamos con el lote número cuatro, de Pedro Friedeberg, Cubo hiperotomágico, esta escultura…”. La primera oferta de la noche viene de la paleta en la mano de un hombre de mediana edad y actitud confiada, la segunda pelea y la tercera arremete, son certeros golpes de cinco mil pesos. El premio, la primera pieza de la noche, una mano levanta el círculo para llevarse el cubo, “vendida por ciento cinco mil pesos a la paleta número…”. La escena se repite pero esta vez hay silencio, la pieza se retira y espera una nueva oportunidad.
Hay algo de surreal en el ambiente, esta noche el salón Candiles es un museo abierto a la cartera de los espectadores, definitivamente no todos podrán llevar un Diego Rivera a casa, pero el hecho es la cercanía de la ilusión. “¿Qué pieza te llevarías wey, las nalguitas en madera? Jajaja, para que las uses de mesa”, los hombres de la bodega detienen su frenesí un momento, cada uno elige una pieza favorita: Omar Rayo, Dr. Atl, Jorge Obregón y Arnold Belkin. Un mesero abstraccionista elige un tríptico de Alejandro Santiago “aunque seguro mi chavo hace unos más chingones si le doy unas pinturas Vinci”.
“Esta noche vendimos el primer Jacanamijoy en México, es algo histórico”. Se dibujan las sonrisas y miradas cómplices de los trabajadores del lugar, los meseros resisten mientras las charolas de bocadillos se agotan y las copas de vino se llenan de nuevo. Por instantes se pierde la concentración de lo que se subasta, los pequeños círculos de amigos debaten sobre casi cualquier cosa entre Carbonell y Raymundo Martínez: “Mira el Zócalo en la foto, es cómo de los años treinta, qué raro verlo así y luego ver las fotos de la marcha que mandaron al whats, ¿las viste?”.
«Venir aquí sin dinero es como un niño pobre frente a la panadería», sentencia un hombre mientras sonríe a los jóvenes que lo escuchan. Aquí todos persiguen sus quimeras, la sensación de la noche es el enorme temple de Luis Nishizawa que está detrás del martillero, «lote setenta y cuatro, del maestro Nishizawa, se va en ochocientos mil pesos», de pronto todos en la sala son los niños pobres que admiran uno de los más llamativos pasteles de la noche. «Tengo un millón doscientos, ¿alguien me da un millón trescientos?». Cada vez hay más silencio, sin duda este es uno de los momentos clímax de la noche, que termina con la sentencia del juez y sus observadores «vendido en un millón quinientos mil pesos». Los aplausos rompen la tensión, hay algo increíble en lo que acaba de suceder, el arte y el dinero, las personas y sus deseos.
Las manos de los meseros tiemblan por el frío que se cuela por la puerta principal, y por sostener charolas repletas de bocadillos durante casi una hora y media. «Obra del maestro Juan O’ Gorman que lleva un apunte a lápiz y una carta que…» , parece que este es el último clímax de la noche, las personas se van levantando de sus lugares poco a poco, mientras los lotes siguen avanzando.
«Y esta es la última pieza de la noche, Sin título de Leovid Silva…». Quedan muy pocas paletas, ha sido una noche larga y casi todos beben ya su última copa de vino. «La pieza se regresa, ¿algún lote no vendido que deseen sacar de nuevo a subasta?». El silencio esta vez no obedece a la admiración, sino a la falta de gargantas, los aplausos rompen de nuevo para finalizar la subasta. El equipo de ventas se da la mano y reparte abrazos políticos, mientras los compradores se van retirando poco a poco.
La noche no termina para un pequeño comando de hombres que levanta las pantallas, descuelga las obras y revisa los desperfectos. Los meseros recogen las copas sucias abandonadas y algunos planean un festejo por sus nuevas obras «en un barcito bien chingón en La Condesa». Un policía se toma una foto. La explosión a la entrada sigue vibrando, y la noche se niega a abandonar su dicha.
