La revista L’Obs se dio a la tarea detectivesca de visitar el pueblo tunecino de Sidi Bou Saïd, donde presuntamente Foucault habría cometido actos de pedofilia. Esto es lo que una corresponsal del magazín francés se encontró durante su viaje a Túnez para reunir pruebas, hallar testigos, entrevistar exalumnos, vecinos y conocidos del filósofo.
Marzo y abril, un mes más cruel que el otro, serán ahora recordados como los de la “cancelación” —palabra, sin duda, de vistosos tintes fascistoides— del filósofo estrella de Francia. Las acusaciones de Guy Sorman en su contra, difundidas el día 9 en televisión y reiteradas el 28 en una entrevista con el británico y conservador Sunday Times, nos llenaron de espanto: “confieso haberlo visto comprándose niños en Túnez […] Les daba cita en el cementerio de Sidi Bou Saïd, en el claro de luna, y los violaba recostados sobre las tumbas”. El peso lapidario de estas declaraciones coincide con la publicación del tomo IV de la Historia de la sexualidad, Les aveux de la chair, en las que el filósofo estudia la concepción del deseo en San Agustín, entre otros. Mientras tanto, en Túnez prospera el anatema contra Foucault. Conservadores e islamistas se regodean en la condena. El diario árabe de Londres, Al-Qods al-Arabi, hace un llamado a “desacralizar a los filósofos”. En otra entrevista, esta vez con la revista francesa L’Obs el 31 de marzo, Sorman vuelve a la carga, pero cambia una fecha: sus recuerdos no son de un verano en 1969, sino de 1970; varios niños corren detrás de Foucault en una calle y lo saludan; él les tira moneditas y cita a algunos para esa noche en el cementerio. A la fecha, Sorman sigue sin aportar pruebas ni testigos que sustenten su escandalosa confesión, salvo por su expareja de entonces, Chantal Charpentier, quien dice recordar al tropel de niños corriendo detrás de Foucault, pero no sus propuestas indecorosas. También cita como fuente a un efebo de Foucault, “un joven Mohamed, muy guapo, de unos 17 o 18 años”, quien les habría contado los episodios ominosos del cementerio. Ante tanta invectiva, Marie Lemonnier de la revista L’Obs se dio a la tarea detectivesca de visitar el pueblo costero de Sidi Bou Saïd, reunir testigos, exalumnos, vecinos, etcétera.

Callejón en Sidi Bou Saïd en Túnez, Kassus, 2006. Fuente: Wikimedia, con licencia CC BY-SA 3.0
Orientalismo en la era hippie
Bañadas por el sol, casas bajas de muros encalados serpentean por una ladera. Postigos, celosías y puertas de madera azulean al calor marino. Patios interiores, fuentes, cúpulas blancas. Frente a ellas las aguas del Mediterráneo: el golfo de Túnez y de la mítica Cartago. Refugio de morábitos abierto al horizonte que ya había seducido a Lamartine, Chateaubriand, Flaubert y Colette, así es el poblado de Sidi Bou Saïd, 19 km al norte de la capital tunecina, donde se instala Michel Foucault en 1966. Acaba de publicar Las palabras y las cosas. Es el filósofo con más talento de su generación. Decide huir de la plácida pero monótona ciudad de Clermont-Ferrand, donde tiene la cátedra de psicología, y acepta la de filosofía como profesor invitado en la Université de Tunis. “Quería tener con el mar una relación inmediata, absoluta, sin civilización”, escribe en ese entonces Foucault. “Era la estrella del campus. No me perdía ninguna de sus clases. Llegábamos a ser hasta 200 ahí apretujados”, recuerda uno de sus exalumnos, entrevistado por L’Obs. Otro de sus estudiantes de entonces, el lingüista Hammadi Sammoud, declara: “Foucault nos hizo descubrir la nueva crítica, fue un motor y un mentor para nosotros, un profesor que nunca era avaro con su tiempo ni con sus conocimientos, que continuaba las clases en los pasillos y venía a discutir con nosotros al Shiling, el café del mirador”. La afluencia de estudiantes y curiosos a las sesiones públicas que da Foucault los viernes por la tarde incluye hasta al secretario de economía Ahmed Ben Salah, uno de los pesos pesados del régimen de Bourguiba (1957-1987).
Pero, ¿qué nos dice todo esto sobre los crímenes pedófilos en Sidi Bou? Poco, salvo que el poblado tenía fama en ese entonces de liberal, cosmopolita, abierto al turismo sexual y tolerante de la homosexualidad. La vecina de Foucault en ese paraíso oriental, Tanya Matthews, fue famosa, además de por ser periodista de la BBC local, por sus affaires libidinales con jóvenes efebos. Eran los sesenta, aquí y en China. Otra joven de la época, Michèle Bancilhon, evoca sus escapadas nocturnas al cementerio de la infamia, acceso por una escalinata tras una puerta diminuta, al que nunca llevó a Foucault, pero en alguna ocasión sí subió ahí con Raymond Aron. Un lugar propenso a los relatos fantasmagóricos, que iluminaba la luna y en el que se había fisurado una tumba dejando entrever un esqueleto.
En una casa aledaña al cementerio Hamadi Moutaadi fue cocinero y sirviente de Foucault. Hoy insiste en que el filósofo era disciplinado, atento y cortés: “Cuando yo llegaba a las 8 am, él ya estaba escribiendo, rodeado de libros. Siempre fue carismático y me hablaba de ‘usted’ con mucho respeto. Siempre estaba solo, excepto viernes y sábados por la tarde en que grupitos de estudiantes, a menudo dos muchachas y tres muchachos, lo venían a visitar. Me sorprenden mucho las acusaciones. No sólo no corresponde a nada que yo haya atestiguado, sino que me parece odioso atacar a un muerto, ¡alguien que no puede defenderse! Y es una ofensa para los niños de Sidi Bou Saïd. El pueblo tenía unas 700 u 800 almas en esa época, y nadie lo vio tener ese tipo de comportamiento con ellos.” “Violar a un niño, ¡y además en la tumba de un cementerio!, eso le hubiera costado un linchamiento”, afirma uno de los pilares de la comunidad, Abdallah Mellah, también entrevistado por L’Obs. Para otro vecino, el camino que llevaba al cementerio era lugar de cita para algunos amantes furtivos, pero “violar niños de noche en las tumbas, eso es imposible. Nuestros cementerios tienen vigilancia y a los niños los encierran sus padres de noche en casa”.
Más filósofos de la destrucción
Las pesquisas de la periodista de L’Obs conducen a un callejón sin salida. Ninguna prueba fidedigna. El último argumento en defensa de Foucault se relaciona inevitablemente con el 68. Praga, París, México… y Túnez. Ya en nuestras tierras el “gorila” Díaz Ordaz —ese era su apodo, con todo respeto— había acusado a los modernos “filósofos de la destrucción” que azuzaban a los revoltosos. Herbert Marcuse estaba en boga y en boca de todos: la alienación del individuo lo acerca a sus pulsiones de muerte y a renunciar al amor y a la libertad; Eros y Thanatos comprimidos en el infierno tecnológico e industrial.
“[Para mí] no fue mayo del 68 en Francia, sino marzo del 68 en un país del tercer mundo”, le contestó alguna vez Foucault al propio Marcuse cuando el alemán le reprochaba dónde estaba cuando se levantaron las barricadas. En la universidad de Túnez, Foucault tiene gran cercanía con un grupo de jóvenes críticos, creadores y animadores de la revista althusseriana-marxista Perspectivas (1963). La fuerza represiva se abate sobre ellos mientras crecen las protestas durante la primavera del 68. Mohamed Salah Fliss, uno de sus miembros, sufre torturas con picanas eléctricas, al igual que el resto de los líderes del movimiento. Purga ocho años de cárcel. Ante la ola contestataria la casita de Foucault en Sidi Bou Saïd se vuelve centro de reuniones clandestinas; se imprimen panfletos en un mimeógrafo que tiene escondido, a salvo de registros policiales y aduanales. Su Peugeot deportivo le permite escabullirse hasta el centro con los libelos y sus autores. Su casa sirve también de guarida a algunos líderes perseguidos como Ahmed Ben Othman. Por supuesto, el gobierno de Bourguiba no deja que este otro “filósofo de la destrucción” campe a sus anchas. Le intervienen la línea telefónica. Un misterioso vagabundo se instala afuera de su casa. Le revisan la correspondencia “por seguridad”. Una noche incluso sufre una sorpresiva golpiza. Al día siguiente, un ministro lo invita a una reunión. “Foucault estaba seguro de que el ministro quería comprobar que habían hecho bien el trabajo”, cuenta el sociólogo Daniel Defert. Y agrega: “Pueden ver que si hubiera habido el más mínimo affaire de pedofilia el gobierno lo hubiera usado de inmediato en su contra para correrlo del país”. Foucault vuelve efectivamente a Francia en octubre del 68. La mayor parte de sus estudiantes tunecinos están en la cárcel. La experiencia en la ciudad magrebí desencadena su interés en crear el Grupo de Información sobre Prisiones (GIP) en 1971, lo cual se traduce nada menos que en Vigilar y castigar (1975). Mucho más interesante y fecunda es esta parte de la historia que aquella de las acusaciones improbables, que, por cierto, Sorman atenuó hace poco, reconociendo que el orientalismo de Foucault lo impresionaba más que su “efebofilia”.
Fuentes: L’Obs (6/05/21), The Times.