Un estado muy peligroso: creer que se comprende.
—Paul Valéry
La estupidez, dice Aristóteles, existe desde la prehistoria. Es un fenómeno tan antiguo que resulta imposible rastrear su origen. Para San Agustín ésta surge con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso como parte del castigo recibido tras desobedecer los mandatos de Dios. Durante el siglo XIX, sin estar del todo convencido de las conjeturas del santo de Hipona, Arthur Schopenhauer menciona en sus Petits Éscrits français, que todos los siglos se parecen en dos cosas: la maldad y la estupidez de los hombres. Para el gran pesimista de la filosofía, la estupidez es un mal inmemorial.

Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido —el stultus, como especifica Robert Musil en Sobre la estupidez—, es tonto porque así lo decide. Ante el asombro permanece inmóvil, rígido, “estólido”. Musil propone esto siguiendo a Flaubert quien considera al estúpido como una persona que basa sus juicios en la opinión popular y que, por lo tanto, se encuentra convencida y pasmada ante lo que opina la mayoría. Un siglo antes de Flaubert, Kant ya había definido a este tipo de personas sin tantos rodeos en su Antropología en sentido pragmático: el estúpido es simplemente un ser carente del juicio ingenioso.
En El Príncipe, Maquiavelo alecciona a Lorenzo II de Médici siguiendo una lógica similar, pues le recuerda que la aristocracia se distingue del vulgo en tanto que éste último se deja seducir por las apariencias. Montaigne retoma la idea en sus Ensayos al comparar al sabio con “la turba de los hombres, estúpida; baja, servil, inconstante, y continuamente sumida en la tempestad de las diversas pasiones”. Con mucho menos tacto, el Tratado teológico-político de Spinoza asegura que le vulgo es estúpido pues es incapaz de captar las verdades profundas.
Bajo esta perspectiva, no es una locura decir que el número de estúpidos es bastante alto. Platón, por ejemplo, decía que existe una numerosa familia de imbéciles, mientras que San Agustín insistía en Del libre albedrío, que “la mayoría de los hombres son idiotas”. Descartes, por su parte, concuerda con esta postura aunque la tematiza con mayor corrección política en su Discurso del método al decir que “El buen sentido —la razón, aclarará luego— es la cosa del mundo mejor repartida”. Y continúa: “es naturalmente igual en todos los hombres, sólo que no saben aplicarla”.
Esta genealogía no está completa sin el nombre de Voltaire, quien en 1776 le escribe una carta al señor Damilaville en la que afirma, con ese sarcasmo tan característico, que no hay más que un reducido número de sabios —seguramente pensando en que el único ilustrado capaz de entrar a ese diminuto grupo es él. Un siglo después, Oscar Wilde, fiel a esta tradición que asevera que los estúpidos son mayoría, menciona que no hay mayor pecado que la estupidez. No obstante, él se considera, al igual que Voltaire, exonerado.
La estupidez parece tener una perseverancia indescriptible: está al alcance de todos y llega a todas partes. A pocos, muy pocos, perdona. En El mundo de Guermantes, Proust argumenta esto desde una mirada estadística: “Cada vez que alguien mira las cosas de un modo un poco novedoso, las cuatro cuartas partes de la gente no ve ni jota en lo que les muestra”. Ahí está, una vez más, la falta de ingenio que Kant denuncia. Por eso es lícito decir que el estúpido, a diferencia de quien sufre un retraso mental, no es alguien que no comprende algo, sino quien comprende sin mayores reacciones. Un mal que Descartes intenta prevenir a través de su método y que Hegel, un poco más modesto —aunque eso sea difícil de creer— soluciona a través de la lectura cotidiana del periódico.
Todos estos autores concuerdan en una cosa: la estupidez (que no el ser estúpido) es placentera. Dicho de otra manera: quien es capaz de señalar al estúpido inevitablemente se considera más inteligente que el resto y esa distinción por encima del “vulgo” produce delectación. Contemplar al estúpido brinda no sólo divertimento, sino también una prueba de que se ha abandonado el estado de letargo y estupor.
Este regodeo del que se jactan quienes creen poder señalar a la estupidez y salvarse de ésta, guarda, no obstante, una pequeña perversión: los sabios prefieren hablar de la sabiduría antes que de la estupidez, pero cuando eligen hablar de ella lo hacen con arrogancia y altivez. En el fondo, esta actitud deja ver un pequeño detalle: el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto.
La estupidez es algo evidente para todos excepto para quien la sufre. Naturalmente, el estúpido es el último en saberlo —y eso sólo si se le llega a dar aviso. Por eso lo peligroso no es ser estúpido, sino creer estar exento de la estupidez.
Bibliografía:
Glucksmann, André, La estupidez. Ideologías del postmodernismo, Madrid, Ediciones Península, 1988.
Jerphagnon, Lucien, ¿La estupidez? Veintiocho siglos hablando de ella, Barcelona, Paidós, 2011.
Musil, Robert y Johann Eduard, Sobre la estupidez, pról. Félix Duque, intro. Roland Breeur, Madrid, Abada Editores, 2007.
Tabori, Paul, Historia de la estupidez humana, Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1972.
excelente texto, no menos profundo por breve, debe ser complicado retenerse a la profundidad en este tema, ud, lo ha logrado de una elegante manera
Muchas gracias Fernando.
Muy interesante, faltó incluir en analisi a Ortega y Gaseet en La Rebelion de las Masas,
José, muchas gracias. Es una gran lectura.
Excelente, me encantó.
¡Gracias!
También las reglas de la estupidez.
Así es Josué, muchas gracias por la observación.
¡Rodolfo!
El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen.
Gracias por la valiosa traducción.