Ya con once películas a cuestas, la obra del cineasta neoyorquino Noah Baumbach lo perfila como uno de los autores más destacados en el panorama del cine independiente americano. A propósito del reciente estreno en Netflix de The Meyerowitz Stories, ofrecemos un perfil de este “melancómico”.
El reciente estreno en Netflix de la nueva película de Noah Baumbach, The Meyerowitz Stories (New and Selected), permite afirmar que cuando un cineasta es capaz de contar una buena historia —máxime si tiene la fortuna de conjugar altas dosis de talento en cada uno de los rubros que componen el filme en cuestión—, el tamaño de la pantalla en la que se exhiba pasa a segundo término. Al margen de la polémica suscitada hace unos meses en el marco del Festival de Cannes, respecto a si títulos que se estrenarían en la popular plataforma de streaming deberían o no participar en la carrera por la Palma de Oro, lo cierto es que este “melancómico” retrato de una familia disfuncional mereció una efusiva ovación tras su presentación en dicho certamen, generando un entusiasmo cuyo eco resuena en las críticas favorables que continúa cosechando. Esta nueva joya en la fecunda filmografía de Baumbach (ya con once largometrajes a cuestas antes de cumplir los cincuenta años) lo confirma como uno de los autores más destacados en el panorama del cine independiente americano, con una obra que en su conjunto revela una visión personal que se va afianzando película tras película, quizá no tanto en términos de un estilo visual —terreno en el que ha explorado una heterogénea gama de posibilidades—, pero sí en lo que se refiere a una narrativa cuyo centro gravita en torno al desarrollo emocional de sus protagonistas, habitualmente personajes en transición que se enfrentan a la agridulce aventura de la madurez, ese proceso humano (pródigo en contradicciones y nunca del todo concluido) que Baumbach aborda desde una perspectiva donde la comedia y el drama se entremezclan sin posibilidad de decantarse en última instancia por las risas o por las lágrimas; en todo caso, propician un efecto híbrido cuya expresión más elocuente sería la de una sonrisa torcida acompañada de un ceño fruncido, albergando reflexiones no siempre cómodas para el espectador.
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Nacido en 1969 en el barrio de Brooklyn, Noah Baumbach se crio rodeado de libros y películas en el seno de un hogar donde sus padres, Jonathan Baumbach y Georgia Brown, alternaban la escritura de ficción con la crítica cinematográfica. Un poco en actitud de rebeldía ante las exigencias de ese clima intelectual, el joven Noah se aficionó en la década de los ochenta a filmes de mero entretenimiento, como las comedias ligeras protagonizadas por Steve Martin o Chevy Chase, sin que ello impidiera, a la larga, la influencia determinante del cine de autor impulsado por la nouvelle vague francesa o por la revolución que en el propio ámbito estadounidense estaban llevando a cabo directores como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola o Brian de Palma (quien años más tarde, en 2015, sería objeto de un documental codirigido por Baumbach y Jake Paltrow).
Con ese ecléctico bagaje de referentes, y tras haberse graduado en Literatura Inglesa en Vassar College, Baumbach debutó como cineasta en 1995 con un largometraje titulado Kicking and Screaming, en el que se cuenta la historia de un grupo de jóvenes, recién egresados de la universidad, que no parecen tener las cosas muy claras a la hora de enfrentar el reto que les impone la cronología de su historia personal: el paso a la vida adulta. Desde su secuencia inicial, la película establece el tono con el que Baumbach abordará este motivo recurrente a lo largo de su filmografía, arrojando una mirada cómica sobre situaciones de cierto patetismo. En el contexto de una fiesta de graduación, un chico aspirante a escritor (Josh Hamilton) discute con su novia (Olivia d’Abo) porque ella ha decidido dejarlo para irse a Praga. Ante los pueriles reproches que él le lanza (adornados con no pocas pretensiones intelectuales), ella saca una libreta y toma nota de esas frases para utilizarlas en algún relato, en una actitud que no solo resalta la estrecha relación entre el arte y la vida, sino la manera en que esta puede ser aprovechada (e incluso ridiculizada desde una postura de superioridad no exenta de narcisismo) por un creador cuya obra se beneficia de las desgracias o desatinos de los demás (acto vampírico que pondrán en práctica otros personajes de Baumbach en películas como Margot at the Wedding o Mistress America). Todo esto sucede mientras en otra área de la fiesta un grupo de amigos (uno de los cuales confiesa que lleva pijama bajo su formal atuendo de saco y corbata) se entretienen jugando a ver quién es más culto respecto a temas por demás intrascendentes, al tiempo que en las proximidades de la barra de bebidas una mujer se acerca a un chico mayor entusiasmada por poder conversar por fin con alguien más adulto, pero lo deja hablando solo cuando él le explica que en realidad sigue siendo estudiante desde hace diez años y continúa trabajando en su tesis de filosofía alemana.

La tensión entre los atavismos infantiles y el dictado social que ordena superarlas, vuelve a ser fuente de conflictos y objeto de ironías en la segunda película de Baumbach, Mr. Jealousy (1997), en la que de nuevo un aspirante a escritor (Eric Stoltz) ve cómo sus inseguridades afectan la relación que tiene con su novia (Annabella Sciorra), sobre todo a partir de que él se obsesiona con uno de sus exnovios (Chris Elgeman), un escritor de éxito al que decide seguirle los pasos al grado de integrarse en una terapia de grupo a la que este acude, dando pie a una comedia de equívocos en la que el protagonista se acerca peligrosamente a convertirse en aquello que más detesta: uno más de los ex de su novia.
El mismo año del estreno de Mr. Jealousy, Baumbach pasó por una de las experiencias más ingratas de su carrera, filmando otra comedia titulada High Ball en circunstancias caóticas plagadas de desacuerdos con los productores, sin poder realizarla como lo había planeado. La película salió directamente en DVD sin la aprobación del director neoyorquino, a quien solo le quedó exigir que su nombre fuera retirado de los créditos. Tras esta decepción, Baumbach sintió que estaba lejos de plasmar en la pantalla una visión auténtica y personal, al menos tal y como lo estaban consiguiendo otros cineastas contemporáneos suyos como su amigo Wes Anderson (con quien colaboraría más tarde en la escritura de los guiones de The Life Aquatic with Steve Zissou y Fantastic Mr. Fox).
No fue hasta ocho años después cuando Baumbach tuvo su triunfal regreso como director con la que muchos siguen considerando su mejor película: The Squid and the Whale (2005), de la que Wes Anderson fue precisamente uno de los productores y que le valdría a Baumbach una nominación al Óscar en la categoría de mejor guion original —compitiendo entre otros con el de Match Point, de Woody Allen, ni más ni menos uno de los cineastas con los que más se le suele comparar y de quien ha reconocido una enorme influencia—. Filmada cámara en mano para propiciar una mayor sensación de intimidad en el espectador, la película está inspirada en la experiencia que supuso para Baumbach el divorcio de sus padres, y constituye un retrato ácido y mordaz de una familia en crisis, contado de manera predominante desde la perspectiva de su hijo adolescente (Jesse Eisenberg), sin restarle por ello importancia a los perturbadores efectos que la ruptura del matrimonio tendrá en el despertar púber de su hijo menor (Owen Kline). El padre, interpretado con maestría por Jeff Daniels, reúne muchos de los rasgos de los antihéroes de Baumbach: es un escritor egocéntrico que vive de sus glorias pasadas y lleva un buen tiempo sin publicar —acumulando en su interior una amargura y un recelo que salen a la luz cuando recibe con envidia la noticia de que su mujer (Laura Linney) está abriéndose un camino prometedor como escritora de relatos—, pero ante todo es un adulto que, pese a su altura intelectual y su desdén por la gente inculta, es capaz de caer en las actitudes más infantiles e inmaduras, como se observa en las rabietas que hace cuando juega al ping-pong con sus hijos o en sus intentos por conquistar a una de sus jóvenes estudiantes (Anna Paquin). En contraparte, el hijo adolescente pretende darse aires de chico mayor repitiendo frases eruditas de su padre para impresionar a su novia, o presentándose en un festival de música de su escuela interpretando con su guitarra una canción de Pink Floyd que hace pasar por suya.
Este tipo de incongruencias, de desfases entre la edad de un personaje y los comportamientos que lo definen, se hace patente en un tono más oscuro en la siguiente película de Baumbach, la muy infravalorada Margot at the Wedding (2007), donde Nicole Kidman interpreta a Margot, una escritora que viaja con su hijo adolescente (Zane Pais) desde Nueva York a Long Island para visitar a su hermana Pauline (Jennifer Jason Leigh), quien vive en la casa que le dejaron sus padres y está a punto de casarse con un hombre sin oficio ni beneficio (Jack Black). En una de las secuencias con mayor poder simbólico en la filmografía de Baumbach, Margot trepa a un gran árbol en el jardín, reviviendo un acto cotidiano de sus juegos de infancia, pero al llegar a lo más alto, un insecto revolotea cerca de su oreja y le provoca una ansiedad que la deja paralizada, al grado de que tienen que acudir los bomberos a bajarla. Durante los siguientes días, Margot seguirá escuchando ese zumbido molestándole en el oído (acaso como un recordatorio de que los ecos de la infancia pueden ser tan entrañables como aterradores) y sus actitudes serán inquietantemente contradictorias, pues mientras por un lado se regodeará dando lecciones a quienes la rodean respecto a cómo llevar sus vidas, su comportamiento será tan caprichoso como el de una niña mimada.
La versión quizá más patológica y angustiante de estos personajes que no pueden terminar de crecer es la que presenta Greenberg (2010), filme con el que Baumbach compitió por el Oso de oro en el Festival de Berlín. En este caso, Ben Stiller interpreta a Roger Greenberg, un hombre de cuarenta años nativo de Los Ángeles que en su juventud formó parte de lo que prometía ser una exitosa banda musical, pero que al rechazar las condiciones de una discográfica terminó disolviéndose. Roger abandonó ese sueño y se mudó a Nueva York para convertirse en carpintero, un giro en su vida que no le ha reportado precisamente una mayor felicidad. Después de pasar un tiempo en un psiquiátrico por una crisis nerviosa, vuelve a Los Ángeles para instalarse una temporada en casa de su hermano mientras este y su familia están de viaje. Una vez allí, contacta a algunos de sus viejos amigos, ya todos casados y con hijos, y asiste a una fiesta infantil en la que parece desbordarlo la molesta sensación de no encajar. En ese contexto queda grabado en la pupila un plano paradigmático que captura uno de los dilemas esenciales del antihéroe baumbachiano: la cámara, en ángulo picado, nos muestra en la parte izquierda del encuadre a un grupo de niños jugando; del lado derecho se observan grupos de adultos charlando; y en el medio, Greenberg solitario, incómodo, transpirando en medio del bochorno y alimentando en su interior la neurosis y la misantropía que lo llevan a sentirse constantemente inconforme con el mundo (no en balde uno de sus pasatiempos es escribir cartas de reclamación). Así las cosas, la única alternativa de redención que parece presentársele a Roger es la potencial relación amorosa con Florence (Greta Gerwig), una chica veinteañera, también un tanto perdida, que se desempeña como asistente de su hermano, ya sea paseando al perro o haciendo la compra. Sin embargo las manías de Greenberg, su narcisismo y sus torpezas para socializar (traducidas en su facilidad para ahuyentar a Florence con los comentarios menos apropiados) se erigen como un obstáculo que amenaza con cancelar una y otra vez dicha posibilidad.
Tras haberse conocido en el rodaje de Greenberg, las colaboraciones entre Baumbach y Greta Gerwig —cuya sociedad terminaría consolidándose no solo a nivel creativo sino también sentimental— marcaron un giro en la filmografía del director, sobre todo al ensanchar en sus historias las ventanas para el optimismo. La primera prueba de ello llegó en 2012 con Frances Ha, cuyo guion fue escrito por ambos. Filmada en blanco y negro, con planos que remiten tanto a Manhattan, de Woody Allen, como a Jules et Jim, de Truffaut, cuenta la historia de Frances (interpretada por la propia Gerwig), una bailarina entusiasta que se acerca a la treintena ocupando un puesto como suplente en una compañía de danza. Su apacible y jovial vida comienza a complicarse cuando Sophie (Mickey Sumner), su mejor amiga, con la cual comparte apartamento, decide mudarse a una zona más cara de Nueva York que ella no se puede permitir. A partir de ese punto, Frances emprende una odisea por encontrar su lugar en un mundo en el que muchas veces le cuesta encajar, pero, a diferencia de Greenberg, ella es capaz de remontar la adversidad, adaptándose a las circunstancias sin que estas mermen su romanticismo y su capacidad para establecer vínculos significativos, lo que a la larga le permitirá reinventarse. Este último aspecto adquiere también relevancia en Mistress America (2015), donde Greta Gerwig interpreta a Brooke, una treintañera impetuosa con el proyecto de montar un restaurante con el apoyo económico de su novio. En eso conoce a Tracy (Lola Kirke), una joven estudiante de literatura con aspiraciones de convertirse en escritora, cuya madre se casará en breve con el padre de Brooke, convirtiéndolas en hermanastras. Todo se complica cuando el novio de Brooke la deja, y entonces tiene que arreglárselas para obtener fondos para abrir el restaurante. Tracy se convierte en una suerte de escudera que acompaña a Brooke en sus andanzas quijotescas, pero en secreto huele su fracaso y escribe un corrosivo relato inspirado en ella, en el que consigna una frase que podría valer para muchos personajes de Baumbach: “Su juventud había muerto y ella arrastraba el cadáver consigo”. Sin embargo, al conocer más a fondo a Brooke y valorar la fuerza de su espíritu (aun tras darse de bruces contra los molinos del pragmatismo capitalista), la visión de Tracy cambiará y la elogiará comparándola con una hoguera frente a la cual el resto de la gente es solo un fósforo. Y es que, con independencia del balance entre vicios y virtudes de cada uno de los personajes de Baumbach, lo cierto es que todos son profundamente humanos, como si su autenticidad fuera una compensación a su mayor o menor grado de patetismo. Por eso el espectador no se carcajea de ellos desde un pedestal de superioridad moral, porque son tan complejos que desde uno u otro ángulo surge siempre algún punto de identificación.

El humor de Baumbach no juzga; más bien rehúye del afán didáctico-moralizante de la comedia clásica. Sus finales, en el mismo tenor, nunca son del todo felices, sino que prevalece la ambigüedad necesaria para activar el resorte de la reflexión. Incluso en un filme como While We’re Young (2014), que parece plegarse a los preceptos más convencionales del género —en un arco en el que el matrimonio cuarentón conformado por Josh (Ben Stiller) y Cornelia (Naomi Watts) parece estar llamado a aprender la lección de que es su hora de madurar y vivir la vida adulta—, en la última secuencia Baumbach introduce con brillantez un par de planos finales que conducen a la estupefacción, al dejar tanto a los protagonistas como al espectador con más preguntas que respuestas.
The Meyerowitz Stories (New and Selected) reúne muchos de los elementos presentes en la filmografía de Noah Baumbach. Podría ser entendida como una puesta al día de The Squid and the Wale, donde si en aquella plasmaba la ruptura de una familia disfuncional, en esta nos presenta un retablo de su recomposición a base de reconciliaciones y conexiones emocionales; no sin contradicciones, no sin patetismos, sino tan estrafalaria y tan surreal como la vida misma, solo aprehensible a través de esa contrastante combinación de drama y comedia, tan dulce como amarga (tan insoportable como graciosa), en la que sin duda radica una de las claves fundamentales en la obra de este sugerente cineasta. No en vano él mismo cuenta que de niño se consideraba una persona divertida que en secreto quería ser seria, mientras que ahora se considera una persona seria que en secreto desea ser divertida.
Jorge Carrión Castro
Escritor y crítico de cine. Autor de la novela Eco de tinieblas.