No habrá final feliz. Cinco clásicos del cine negro

Definir el cine negro (o film noir, como prefiera el respetable) aún es complicado. Hablamos de cintas de atmósfera impresionista, rodadas en blanco y negro durante los cuarenta y cincuenta en Estados Unidos, que derivan en cierta medida de la novela policiaca norteamericana; es decir, tipos duros, noches largas como sombras, crímenes y mujeres fatales. Pero eso nos dice a la vez muy poco de un género que ha dado algunas de las mejores películas de todos los tiempos. Quizá en lugar de hablar de una fórmula, de una estética incluso, podríamos asegurar del cine negro al menos una cosa: antes de que en Hollywood se implantara la costumbre de los finales felices, en las películas de cine negro, como los cinco clásicos que estamos a punto de comentar lo demuestran, la salvación no tiene lugar.

Algo huele a podrido en Nueva York

El dulce aroma del éxito (dir: Alexander Mackendrick, 1957)

Nueva York ha sido escenario de quién sabe cuántas películas, pero pocas descripciones de la Gran Manzana se comparan con la que logró Alexander Mackendrick en esta cinta. Ambientada a finales de los cincuenta, la película nos muestra una ciudad de hábitos nocturnos, estridente y trepidante, saturada de humo de tabaco y jazz; la auténtica jungla de asfalto donde todos son capaces de todo y el precio no importa.

En esta urbe podrida, Tony Curtis interpreta magistralmente a Sidney Falco, un agente sin escrúpulos que vendería hasta a su madre con tal de que uno de sus clientes aparezca en la afamada columna de J.J. Hunsecker (interpretado por un pétreo Burt Lancaster), el periodista más implacable de Nueva York, cuya pluma es capaz lo mismo de encumbrar cómicos que hundir senadores. J.J. solo tiene una debilidad, su frágil hermana Susan (Susan Harrison), que está enamorada de un músico de jazz, cosa que no le parece nada a su despiadado hermano. Hunsecker usará a Falco para que los tórtolos rompan su compromiso, o de otra forma quedará vetado de su columna y su futuro se irá al traste; Falco, a su vez, se aprovechará de quien se le atraviese con tal de conseguirlo. La degradación moral que aparece en esta cinta, de donde nadie sale bien librado, además del portentoso retrato del Nueva York de la época, la convierte sin duda en uno de los clásicos del género.


Los tipos duros también lloran

En un lugar solitario (dir: Nicholas Ray, 1950)

Humphrey Bogart. Un nombre que explica una era. Un apellido que resume lo que significa ser un tipo duro. El hombre de la eterna five o’clock shadow. Bogart ya era Bogart cuando filmó En un lugar solitario. Es decir, Bogart ya había sido Sam Spade y Philip Marlowe; también Rick Blaine y Fred Dobbs. Nadie nunca fumó como él, ningún actor supo encarnar tan bien a esos detectives hard boiled que usaban las palabras aun mejor que los puños; aquellos caballeros de armadura oxidada que por un momento flaqueaban ante la femme fatale de turno, pero que al final imponían su código moral, por muy cínico que este fuera, para restablecer el orden.

Pues bien, en esta cinta Bogart se mete en la piel de Dixon “Dix” Steele, un famoso guionista de hábitos violentos que está pasando por una mala racha y que, a regañadientes, decide adaptar una pésima novela. En el camino se enamora de su nueva vecina, Laurel Gray (Gloria Grahame), y el romance parece poner a Dix a un paso de la felicidad. Sin embargo, un asesinato lo señala como principal sospechoso y su nueva mujer podría ser un testigo clave; ella empieza a dudar, preocupada por los brotes de cólera de su pareja. ¿Será Dix, encantador y áspero, amoroso y colérico, escritor versado en las artes de la mentira, el verdadero asesino de Mildred, la pobre chica del guardarropa? Una joya en la que Bogart muestra su lado más frágil y turbulento.


Algunos tiros por la culata

La jungla de asfalto (dir: John Huston, 1950)

Mucho antes de que las películas sobre grandes robos se convirtieran en pretexto para poner en pantalla a un grupo de guapos carismáticos, atribulados por venganzas edulcoradas y sometidos a bellezas de cintura breve, el mismísimo John Huston ya había firmado la obra mayor del género.

Con un elenco de lujo encabezado por Sterling Hayden —y en donde, si lo que queremos es ver mujeres de verdad, aparece nada menos que Marilyn Monroe en uno de sus primeros papeles—, La jungla de asfalto narra la historia de un grupo de hombres que planean asaltar una joyería y hacerse con un botín de medio millón de dólares. Por supuesto, el plan parece correr como la seda, pero un par de detalles echan a rodar la bola de nieve. La tensión va creciendo y no se le puede pedir a los desesperados y avariciosos que guarden los papeles cuando su libertad está de por medio. Una historia criminal en estado puro.


Todo por una (mala) mujer

Pacto de sangre (dir: Billy Wilder, 1944)

La película es una adaptación de Double Indemnity de James M. Cain, uno de los santos patronos de la novela negra. La dirigió Billy Wilder, quien se encargó de la adaptación con ayuda de “un tal” Raymond Chandler. Esta información debería bastar para que cualquiera con dos dedos de frente corriera a su computadora y la buscara en el servidor pirata de su preferencia, se sirviera un bourbon en las rocas y a otra cosa. Pero sigamos.

Los Ángeles (esa otra ciudad del vicio), 1938. Walter Neff (Fred MacMurray), un exitoso vendedor de seguros, entra en su despacho, herido. Enciende un cigarro, prende su dictáfono y escupe: “Lo maté por dinero y por una mujer. No conseguí el dinero, ni la mujer. Estupendo, ¿verdad?”. A partir de ese momento, la película nos lleva en un eléctrico flashback por la historia de cómo Walter conoció a la señora Dietrichson (Barbara Stanwyck en estado de gloria), una mujer casada que lo seduce para asesinar a su marido y cobrar la cláusula del seguro. La tentación es grande y los delirios de Walter también. ¿Quién puede negarse a los efluvios de una mujer de ese calibre? Una cinta que marcó época y estableció muchos de los paradigmas del cine negro.


Venganza a la mexicana

Sombras del mal (dir: Orson Welles, 1958)

Para muchos, esta cinta dirigida y coestelarizada por Orson Welles supone el cierre de la época dorada del cine negro norteamericano. En ella atendemos a la historia de Miguel “Mike” Vargas, un policía mexicano (protagonizado, sí, por Charlton Heston), recién casado con Susan (Janet Leigh), que de pronto se ve inmiscuido en un caso de corrupción policiaca.

Welles hace las veces de Hank Quinlan, un obeso capitán de policía de dudosa moral que está buscando al culpable de hacer explotar un coche en plena frontera. Su primera y racista inclinación es culpar a un mexicano; desgraciadamente, el noble Vargas se cruza por su camino y el asunto se empieza a complicar. El sabueso mexicano olfatea algo sucio en las investigaciones de Quinlan, y este le regresa el favor secuestrando a su esposa y endilgándole a la pobre dama un fiambre. La búsqueda de Vargas nos llevará por los rincones sucios de la ley y la violencia. Ah, falta decir que por ahí deambularán, entre otras bellezas de la época, Zsa Zsa Gabor y Marlene Dietrich.

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Publicado en: Videodrome