No dejen que esos bastardos te jodan: El cuento de la criada (T2)

La aclamada serie El cuento de la criada, ganadora de los Globos de Oro 2018 y los premios Emmy 2017, vuelve con una segunda temporada cuya calidad no desmerece a su primera entrega. Inspirada en la novela homónima de la escritora canadiense Margaret Atwood, la nueva producción de Hulu profundiza en su reflexión sobre el heteropatriarcado y  fascina con su sobriedad y un ritmo narrativo fino y contundente.

https://www.youtube.com/watch?v=2yKAov-iT_8

Dirección: Bruce Miller (creador), Mike Barker, Kari Skoglang
Guión: Basado en la novela homónima de Margaret Atwood; Nina Fiore y Joh Herrera
País: Estados Unidos
Elenco: Elizabeth Moss, Yvonne Strahovski, Max Minghella, Amanda Brugel, Joseph Fiennes
Productora:  Hulu
Distribuidora: MGM
Año: 2018

En un desempeño magistral, Elizabeth Moss encarna nuevamente a Offred/June, además de producir la serie junto a Margaret Atwood.

-Bendecido sea el fruto
-Que el Señor abrirá.
—Offred y Serena.

 

¿Resulta difícil maginar un mundo en donde las mujeres no eligen por sí mismas, sus cuerpos son cosificados y reducidos a sus funciones biológicas? La triste realidad política y social de 2018 nos dice que no. En el momento en que sale la segunda temporada de El cuento de la criada, el gobierno de 135 países (de los 193 Estados soberanos reconocidos por la ONU) se pronuncia abiertamente contra la planificación, amparado por los designios religiosos o éticos, y se arroga el derecho de decidir sobre la concepción y la natalidad en su territorio. La hostilidad hacia el pensamiento divergente, alternativo, sale a flote para entrar en un proceso de normalización. No es una coincidencia que la novela de Margaret Atwood (Ottawa, 1939), que dio lugar a la teleserie, se haya gestado en medio de una conmoción sociopolítica sin par: “Empecé a escribir esta novela mientras vivía en Berlín occidental, en el año 1984—sí, George Orwell me vigilaba—con una máquina de escribir alemana que había alquilado. El muro nos rodeaba por todas partes. Recuerdo la sensación (…) de que yo también debía medir mis palabras”, reconoce la visionaria escritora durante su discurso de aceptación del Premio de los Libreros Alemanes, en 2017.1

Aunque la nueva temporada de El Cuento de la criada ya no se basa directamente en la novela, sigue contando con la asesoría de Atwood y las palabras del guión resuenan en esa misma dirección. La república de Gilead, dis-topos de la producción, sigue siendo ese reducto monstruoso donde la veneración aberrante del judeo-cristianismo ortodoxo se manifiesta en prácticas brutales y cavernarias como la lapidación, la amputación de brazos (cuya absurda y vulgar mención hace eco actualmente en la política mexicana) o la clitoridectomía. Al observar la serie, con su simbología visual volcada hacia lo ansiógeno, se transmite la impresión de vivir en un toque de queda constante, en un estado de excepción habitual, al igual que en obras maestras del género como 1984 o Un mundo feliz, donde el ojo estatal alcanza hasta los espacios más remotos y más íntimos del individuo.

Durante su embarazo, Offred se ve extrañamente protegida y privilegiada en casa de los Waterford.

En El Cuento de la criada la trama se desenvuelve suavemente pero los momentos de intensidad no escasean. A través del relato interior (voz en off) de Offred, asistimos a una narración literaria y testimonial —veces con la forma de un diario íntimo— que se alterna con secuencias en flashback donde se revela la historia particular de los personajes esenciales y el origen de esa monstruosa tiranía que los encierra a todos. La exquisita imagen, de una calidad inmejorable, se produce gracias al contraste entre dos poéticas visuales: una poética de la luz, donde reinan los tonos pasteles y el carmesí, combinados con desplazamientos circulares de cámara que giran en torno a los personajes y nos revelan lo que ellos callan por miedo, pero también nos muestra cómo la gracia divina es ese ojo que todo lo ve. La poética de la oscuridad y la claustrofobia, por otro lado, se sirve de la ampliación de los planos (un cambio del primer plano al plano medio y luego al plano panorámico) para sugerir la angustia y el terror psicológico construido a base de cortes intempestivos. Con cada guiño de la historia, el espectador va recogiendo las pistas como migas de pan y se vuelve, poco a poco, integrante de esta cofradía de rebeldes que luchan por liberarse del despotismo de la república de Gilead.

Para completar, tenemos una banda sonora hecha a la medida, con hermosas tonadas de Nina Simoneo Cat Power, lo cual forma un contrapunto impecable por todo lo que representan estas artistas como íconos de la lucha feminista. Todo esto hace que resulte imposible observar esta asombrosa serie sin una conmoción de la cual surge la reflexión inmediata sobre nuestra forma de vivir y estar en el mundo. ¿Qué haríamos si un régimen autoritario y punitivo limitara nuestras libertades hasta el punto dramático de anular por completo nuestra individualidad y castigarnos con violencia? Probablemente la conducta humana, con su resiliencia y adaptación a las tragedias, nos llevaría a reaccionar con la misma animosidad y a responder tarde o temprano. Ya lo dice Offred al final de la primera temporada: “Si no querían que formáramos un ejército, no debieron darnos uniformes”.

Nick y Offred sueñan con huir de Gilead y llevarse a su hijo juntos.

Así pues, la segunda temporada transcurre en torno al accidentado embarazo de Offred. Su condición es bastante alegórica; su cuerpo femenino simboliza un espacio en donde la república de Gilead impone su soberanía pero que Offred misma trata, por todos los medios, de reapropiarse como mujer libre. En medio de esa lucha, se profundiza en su historia familiar, en la intransigencia de su madre, incisiva militante del feminismo, y los destellos de un pasado feliz junto a su esposo y su hija. Por otra parte, las mujeres cuyo cuerpo no es productivo para el Estado (porque no pueden concebir o porque no responden a la sexualidad normada), se marchitan en un siniestro campo de trabajos forzados. Basados en la reflexión audiovisual que propone la teleserie, no deja de ser histórico y casi poético que la novela de Atwood (¡una “ficción especulativa” escrita en los años ochenta!) haya sido adaptada en un momento en que los derechos de la comunidad LGBT empiezan a formar parte de los debates nacionales de tantos países.

Tía Lydia (Ann Dowd), matrona de Gilead, encarna la violencia contra su propio género en la serie.

En cualquier sociedad despótica, la memoria y la identidad de los individuos constituyen un problema. En Gilead, todos tratan de convencer a Offred de que olvide su pasado y, con él, su verdadero nombre: June. Al mismo tiempo, la primera ceremonia ritual del judeo-cristianismo en la vida de un ser humano es la de otorgarle un nombre, porque nombrar es dar vida según el texto bíblico (“Al principio era el verbo…”). La batalla de Offred no se reduce a conservar la autonomía sobre su cuerpo: “Dios mío, permite que mi hija me olvide. Permite que yo me olvide de mí misma”,proclama al verse prisionera nuevamente. Para rebelarse en silencio y sobrevivir un régimen semejante hay que destruirse y reinventarse, morir y volver a nacer. Como lo anunciaba esa intrigante frase escrita en latin dentro del cuarto de castigos en la mansión Waterford: “No dejes que esos bastardos te jodan”. [No lites bastardem carborundorum]

 

Camilo Rodríguez
Consejero editorial de francés y periodista cultural.
Twitter: @Cajme


1 Letras libres, núm. 228, diciembre 2017, pag. 49.

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Publicado en: La caja ilustrada