No callemos el llanto de Lolita

Lolita de Nabokov sigue enfrentándose a la cancelación y a los poderes censores. ¿Por qué se ha leído tan mal esta novela? ¿Qué clase de confusiones padecen quienes la juzgan inmoral? Algunas claves en este ensayo sobre la realidad y la ficción, el deseo infantil, la frustración adulta y la naturaleza de la censura.


Hace unas semanas encontré una lista en internet: “Ocho clásicos literarios sobrevalorados y ocho novelas alternativas”. La descripción era un anzuelo para quienes sienten culpa de no haber leído las novelas que viven en los estantes de cualquier autoproclamado lector. Entre ellas, claro, Lolita de Vladimir Nabokov. La explicación: 

el hecho de que este libro sea sobre un adulto que desea a una niña de doce años debería de ser justificación suficiente para que algunos no lo lean. Sin embargo, el consenso general sobre la popularidad de Lolita es que la escritura de Nabokov es bella; sólo la premisa es perturbadora. Yo no sé ustedes, pero no debería de haber suficiente belleza para que alguien pueda leer una premisa tan problemática como la de Lolita.

El autor de esta lista dice ser un escritor que padece del popular síndrome del impostor. ¡Bueno! El comentario es tedioso y poco profundo, pero me preocupan dos aspectos.

El primero, el verbo debería. Este molesto condicional dirigido no al autor, no a lo que Nabokov escribió, sino al lector.

Y, en segundo lugar, la seguridad con la que afirma ese consenso general, la opinión pública de que lo rescatable de Lolita es la belleza de su prosa.

Hago una breve excursión a un texto de W. H. Auden sobre la censura de obras de arte. Para él, la censura tiene dos causas: por un lado, la obra es inmoral e incita al público a comportarse de una forma dañina para el funcionamiento del tejido social; por otro lado la obra tiene un carácter herético y alenta al público a adoptar valores distintos a los de la autoridad o comunidad. Agrego una tercera razón: censurar puede ser resultado de una mala lectura, o al menos de una bastante pobre. Se puede censurar por no entender, por encontrar mensajes que no se encuentran en la obra: por interpretar con una mirada solipsista.

Ilustración: Belén García Monroy

Ahora, regreso a la lista y al comentario del impostor: lo valioso de Lolita no es únicamente la prosa; lo verdaderamente valioso es la visión del escritor. El arte, en este caso la literatura, es una de las muchas maneras en que podemos ampliar el campo de la imaginación, y, por herencia, el de la libertad. Nabokov era un crítico social. Reducir Lolita a una novela inmoral con bonita prosa raya en lo ridículo: esta idea merma todo diálogo y la condena a una sola lectura: el efecto que podría llegar a tener en algunos lectores. La crítica, el posible espejo y el disfrute que genera leer una novela tan bien escrita quedan fuera. Sacar la ficción de la ficción se vuelve crucial para los censores: si un pederasta lee la novela sabrá cómo raptar a su ninfa soñada, se casará con su mamá y, bueno, ya sabemos lo que sigue. Pero el ejercicio debería de ser el contrario, ¿no? Si una novela juega con el mundo real, si lo trae, de alguna manera, al texto, ¿qué está criticando Lolita?

Mark Greif, en su ensayo Afternoon of the Sex Children, menciona que el único problema con Lolita, diferente al que declaran sus acusadores, es su habilidad de describir cómo se ve una niña de doce años: es demasiado real. Lolita será un escándalo siempre que un adulto se enfrente a la terrible situación de imaginar a una niña, en fase larval, como un objeto sexual, y pueda ver por medio de los ojos de quien la desea. La niña sigue siendo una niña; sin embargo, ahora es una niña sexual. Aquí es donde Greif encuentra la crítica de Nabokov. Los adultos desean conservar la juventud y prolongar la niñez por el horizonte de libertad que ambas significan, aunque esta idea sea un mito. Al mismo tiempo, esa libertad significa explorar y experimentar, algo que es inviable para un adulto, otro mito. No hay una edad máxima para descubrirse. De todas formas, pensamos que sí: se va la juventud y con ella toda oportunidad de libertad, de nuevos hallazgos. Hay un deseo: poseer lo que ya perdimos. O conservarlo lo mejor posible.

Ahora bien, es una idea en conflicto con otra: los niños son puros. Es decir, no hay deseo ni erotismo en la niñez. Ahí tenemos Otra vuelta de tuerca de Henry James y toda una historia literaria que la acompaña. El niño deseante es siniestro porque lo conocido se vuelve extraño. Unheimlich o siniestro sería todo lo que debía haber quedado oculto, pero se ha descubierto. Lo que ante mis ojos debería de ser inocente, frágil y honesto comienza a doblegar los límites seguros. Esta gran mentira ha sido descartada, o eso parecía. El niño que desea no es perverso ni siniestro.

Hay dos pasajes en El amante, novela autobiográfica de Marguerite Duras, que me impresionan. Uno es éste: “Desde el primer instante sabe algo así: que el hombre está en sus manos. Por tanto, otros, aparte de él, podrían también estar en sus manos si la situación lo permitiera”. Recordemos que la niña, Marguerite, tenía catorce años cuando sucedieron los hechos narrados. El otro momento es la primera vez que la niña está con el chino: “Hay poca luz en el estudio. Ella no le pide que abra las persianas. Se encuentra sin sentimientos definidos, sin odio, también sin repugnancia, sin duda se trata ya del deseo. Lo ignora. Aceptó venir en cuanto él se lo pidió la tarde anterior. Está donde es preciso que esté, desterrada”. Dije que me impresionan. No de la misma forma en que lo hace Lolita. En Duras también se encuentra el tópico de la niña víctima, la niña manipulada, pero es distinto. Porque la niña pronuncia el deseo, se sabe vista. Hay un goce, correcto o incorrecto, pero lo hay. También hay sufrimiento y destierro. Sin embargo, es más difícil juzgar la historia como inmoral o indecente. La palabra de la niña pesa. Lolita, en cambio, no articula el deseo. Está muerta desde el inicio de la novela: no es la autora de esta tragedia.

Hay dos ideas que parecen contradecirse —retomando el ensayo de Greif: el adulto anhela el mito de libertad en la juventud y la niñez pero, al mismo tiempo, niega todo indicio de sexualidad infantil. Le repulsa, o, más bien, le aterra. Greif lo condensa en una idea: los niños no son inocentes en cuanto a lo carnal y lo sexual, pero sí son inocentes de competir. Su juventud no está amenazada. De lo único que son libres aún es de un sistema que los obliga a competir: “El deseo de una infancia sexual se convierte, por tanto, en un deseo de liberarse del sistema”. Esta explicación no es, en ningún momento, una justificación para los crímenes que narra Lolita. Lo que hace la novela es llevar este deseo a su forma más abominable y literal. Para Greif, el pedófilo puede ser producto de nuestro sistema de valores: la cultura refuerza esa obsesión que nos incomoda cuando se vuelve tan cruel como la de Humbert Humbert (H. H.), protagonista de Lolita. Él toma la juventud en sus manos hasta destruirla. Lo dice hacia el final de la novela: “Y entonces comprendí que lo más dolorosamente lacerante no era que Lolita no estuviera a mi lado, sino que su voz no formara parte de aquel concierto”. Se refiere a las voces de los niños que juegan en un parque cercano. H. H. se roba todo vestigio de la niñez de Lolita; ella se perdió los parques, los juegos, el descubrimiento. La respuesta es escribir un libro que la inmortalice: cristalizarla ninfa, dejarla en esa edad larval, dejarla Lolita y no Dolores Haze.

Pero los lectores de esta novela sabemos que no podemos confiar en el relato. Sabemos que Lolita sólo existe a través de los ojos de H. H., de su obsesión. Dice Calasso, en La locura que viene de las ninfas: “la paradoja de la ninfa es esta: poseerla significa ser poseídos”. Estamos leyendo la mente de un poseído.

En el mismo ensayo, Calasso escribe sobre la censura de Lolita:

Las argumentaciones continúan penosamente parecidas, lo que se confirma con el hecho de que la gazmoñería y la incapacidad de entender de qué está hecha la literatura son cantidades que jamás decrecen, por el contrario, tienden a un gradual, engañoso incremento. Hay también un modo de medir este incremento: por la proliferación de esa siniestra especie de personas que no saben distinguir entre representación e intimación -y en consecuencia leerían Crimen y castigo como un manual de instrucciones para asesinar mujeres viejas y solas.

Estoy de acuerdo con Calasso y lo repito: se censura por leer mal. Traer lo ficcional al mundo real es indicio de locura, remite a lo que dijo Cervantes en 1605. Aquí seguimos.
Hay otra razón y la menciono brevemente porque no merece la pena: la supuesta pedofilia de Nabokov. Los comentarios abundan. Acusan a su prosa de frenética y apasionada, como si sólo alguien preso del mismo deseo pudiera escribir así. Dejo aquí algo muy claro: ningún buen novelista pierde el control de su prosa. No vamos a encontrar una novela disparatada: la escritura de la mente de H. H. es precisa y aguda. No sólo eso, la construcción de Lolita por medio de H. H. no puede hacerse extáticamente. Está perfectamente calculada. Además, la censura ignora cualquier tipo de diálogo sobre la calidad de la novela. Le interesa únicamente la perversión de la historia, o del autor. Se pregunta: ¿quién puede escribir algo así?, ¿qué sucede si cae en las manos incorrectas?, ¿puede pervertir al público? La censura olvida algo crucial: la ficción se crea en un mundo, no crea al mundo.

La América de Lolita, la de los moteles, de lo kitsch, la de los adultos que han dejado de ver, o que deciden cerrar los ojos ante lo abominable, es el mundo ficticio, y el escenario perfecto para la fatalidad de la nínfula. La novela, sin querer hacerlo deliberadamente, arroja luz sobre la ceguera de la adultez. Recuerdo ese momento en el que la señora Pratt tiene una junta con H. H. para hablar del desarrollo sexual de Lolita y su infelicidad en el instituto. La preocupación de Pratt es, básicamente, que Lolita pueda adaptarse a una vida social. Que se peine, que no diga groserías. El lector, consciente de las circunstancias reales de la niña, que solloza todas las noches, no puede sino sentir frustración y pena. Nadie ve a Lolita, nadie se detiene realmente a observarla: está sola. H. H. se aprovecha de esa ceguera. “Era huérfana. Una niña que carecía de familia, absolutamente desamparada, con la cual un adulto de cuerpo vigoroso y mente lasciva había tenido intensas relaciones sexuales tres veces aquella mismísima mañana”. Lo sabe: Lolita, en este mundo, está completamente desamparada. La gente que lo sospecha prefiere ignorarlo, no meterse en problemas. Es su padre, eso dice, mejor pensar que sí lo es. La mirada, la tristeza, las violaciones diarias, la soledad, ¿cómo no notarlo?

Lolita no es una novela que hace apología de la pederastia ni es sólo la historia de un hombre obsesionado con una niña: Lolita es una novela sobre la perversión y la crueldad, y sobre lo banales que resultan en una sociedad que no ve. H. H. es cruel con Lolita y con Charlotte, y Nabokov es cruel con H. H. Dice Martin Amis que la sorprendente crueldad de H. H. no reside únicamente en el crimen; está en su prosa. La belleza de la prosa de Lolita es una cortina: H. H. usa a la niña para el juego de su ingenio, para su escritura. Nabokov lo hace evidente y H. H. se convierte en un hombre ridículo que sufre ridículamente. El autor, que entendía la crueldad perfectamente, también es cruel con nosotros. Por eso insisto en que su novela no es extática; controla cada aspecto estético y nos confunde. Caemos en su trampa narrativa y eso es aterrador. Nabokov obliga al lector a enfrentar, en cada oración, la voz del monstruo pentápodo, la de su protagonista y narrador. Al mismo tiempo, lo coloca dentro de su cabeza y de su corazón. H. H. no es sólo un monstruo, tampoco es sólo un enamorado. Lolita no es únicamente una víctima, y mucho menos una niña perversa. Por eso, leer Lolita es renunciar a la preocupación por el bien y el mal, lo inmoral y lo moral.

 

Paola Cuevas Loubet
Poeta y traductora, edita la revista Bastardilla. Estudió creación literaria en Casa Lamm.

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Publicado en: Ensayo literario