…es imposible afianzar algo tan inconstante y desasosegado como una ciudad descontenta.
—Henrietta Rose-Innes, Nínive

Entre los nuevos autores sudafricanos que la editorial Almadía ha acercado al público en español, Henrietta Rose-Innes (1971) es una de las más jóvenes y más refrescantes. Así lo sugiere su novela Nínive, la cual está dotada de un toque de fantasía en su concepción, pero que no ha dejado de lado el tratamiento psicológico de los personajes. Katya Grubbs, la protagonista, trabaja en Reubicación Indolora de Plagas (“Traslado a los animales, no los aniquilo. Les doy un trato compasivo”, explica Katya). De tal suerte que se le invita a tratar a Nínive, un complejo arquitectónico cuyo administrador tiene un prestigio dudoso. Dotada de un sentido del humor particular, un sobrino, Toby, que la apoya, y un padre que es un lastre total, Katya es uno de los personajes femeninos más atractivos de la literatura contemporánea. Sin caer en líneas delirantes de feminismo, Rose-Innes ha fraguado un personaje entrañable, quizá porque en la aparente debilidad, en las circunstancias adversas y en su trato con los tipos que debe padecer, Katya siempre hace lo mejor que puede desde su honestidad y su noción de lo cambiantes que son las cosas.
[Toby i]nspecciona la zona de demolición. Es la primera vez que la visita desde que las excavadoras concluyeron su tarea.
—Puta madre —dice con rencor—. ¿Cómo pudieron hacer eso?
El sitio también significa algo para él, reflexiona Katya. Siente, por unos instantes, que sus historias personales —la de Toby y la suya— se entrelazan, que están ancladas al mismo paraje.
—Lo que hoy ves, mañana se habrá esfumado —apunta Katya—. Nada es eterno, muchacho. ¿Qué estás haciendo aquí?
La perspectiva de Katya se mantiene a lo largo de la novela, como si la inmutabilidad fuera una ilusión, en efecto, en Nínive todo está en movimiento, las cosas no permanecen ni en su estado más deseable, lo bueno y lo malo sólo son transiciones. En una novela como Nínive, que en su nombre trae lejanas referencias de la ciudad que quedó en ruinas, todo está en transición, los personajes se encuentran en un trayecto que no se sabe cuándo terminará.
Las instantáneas de los años cincuenta exponen, a su muy particular modo, un anquilosamiento; esos cielos absurdamente brillantes, estilo Kodachrome; esas escenas de calles pobladas sólo por gente blanca —a excepción, claro, de los pintorescos vendedores de flores—. En ninguna de las fotografías la ciudad parece arrellanarse, oronda, sobre sí misma. Sólo la montaña y el mar tienen un aspecto sereno: mutan a un ritmo mucho más decoroso.
Incluso la vida de Katya es un proceso del que el lector sólo puede conocer un estadio, empieza a independizarse de una vida volcada a asistir a su padre, Len, y de tratar de ayudar a la relación que éste tiene con su hija mayor, Alma. Esta familia tiene un pasado tortuoso. Len es un personaje asaz particular, cuyo prestigio en el gremio de los controladores de plagas va en declive, no sólo por su falta de eficiencia, sino por algunos otros detalles:
Len siempre hurtaba algún elemento en sus múltiples empleos: partes de una motocicleta o cigarros o cubiertos de plata o, en una ocasión, el asiento trasero entero de un coche. A veces lo hacía para vender el botín y otras sólo para jactarse de lo que era capaz.
También es un hombre capaz de propinar dolor a sus hijas y olvidarlo cuando se le refiere. Sin embargo, Len no es puesto como “el chico malo”, sino como un ser contradictorio, incoherente, tal como son muchos progenitores que pululan en este mundo.
Ese día, Katya estaba sentada en el alféizar de la ventana, con un libro que se erigía como empalizada entre ella y la borrascosa vida familiar de los Grubbs, de modo que no advirtió el inicio del temporal. Quizá haya sido Alma quien atacó primero, actuando al fin con insolencia. Lo que sea que haya hecho, Len actuó con mayor celeridad. Cuando Katya levantó la mirada, su padre tenía los dedos de Alma sujetos en su mano, y los doblaba hacia atrás con tanta fuerza que se podía oír la fragmentación.
La vida de las hermanas Grubbs no ha sido fácil y Rose-Innes plasma la forma en que quieren mejorarlas. El hecho de que Katya sea contratada para controlar la plaga que asola al complejo llamado Nínive parece darle la oportunidad de hacer un trabajo que pocos podrían realizar. Por lo demás, la autora ha logrado edificar ese complejo residencial con una capacidad descriptiva y una imaginación que no deben pasar desapercibidas. La arquitectura externa y los terrenos interiores están muy bien atendidos en esta novela.
No puedo pasar por alto la estupenda traducción que ha hecho Ana Marimón Driben, quien ha logrado traer los diálogos, las escenas, las descripciones a nuestro idioma de una manera neutra. Sin ambages para usar palabras altisonantes, como se usa en la calle todos los días, Marimón Driben logró transmitir la frescura, la espontaneidad de ciertos giros orales que usan los personajes. Es muy agradable leer a personajes desenfadados hablar con soltura, sin jerga que pertenece no sólo no a la península ibérica, sino a una ciudad en particular, como Madrid, y que se quiere imponer a todos los hispanoparlantes. Se nota que Ana Marimón Driben ha traducido a autores como Lowry y algunos otros a los que les ha hecho justicia.
En suma, Nínive es una novela que nos anuncia a una narradora que se ha puesto en los huesos de sus personajes para escribir sobre una chica que busca avanzar en su vida a pesar de lo problemático de su origen y que no piensa maltratar a ningún insecto en el camino.
Nínive, Henrietta Rose-Innes, traducción de Ana Marimón Driben, Almadía-CNCA-IVEC, 2015.
Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.
Hay una errata en 5o. párrafo, 4a. línea, aparece “asas” en lugar de “asaz”, lamento que el procesador de palabras lo haya cambiado y yo no me haya podido dar cuenta. Saludos.