Nietos de Marcel Duchamp


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La escritura conceptual gana terreno en el discurso contemporáneo. De ser juzgada experimental y efectista, veleidosa y poco seria, al fin logra un sitio de privilegio en tanto que la otra escritura de aspiración literaria ―la “clásica”, por lograr una taxonomía instantánea―, se masifica a través de formatos uniformes que pretenden “darle una historia” al lector. Esta batalla contra la “expresividad”, uno de los objetivos primarios del oficio literario, se está librando vía una escritura de intención cerebral y lúdica a un tiempo que, en sus alcances y limitaciones, invita a sus lectores a entrever otra forma posible de construir una narratividad discursiva.

David Markson (Nueva York, 1927-ídem, 2010) inició su carrera literaria a finales de los cincuenta, pero no logró el reconocimiento sino hasta pasadas tres décadas. La soledad del lector (1996) ―cuyo título original es Reader’s Block, en inglés― inicia un ciclo que continúa con Esto no es una novela (2001), Punto de fuga (2004) y The Last Novel (2007). Y es que antes de que las redes sociales modificasen nuestra forma de plantear un texto en pocos caracteres, el autor norteamericano ya experimentaba con fragmentos de escritura suelta, pedacería de palabras e ideas a quemarropa. Cada una de sus líneas forma un engarce con la siguiente, no obstante que podrían estar relacionadas tan sólo por haber sido escritas por la misma persona, de ser el caso. El resultado concluye en un juego formal en donde el dato histórico y la línea narrativa se trenzan, dando al lector la sensación de una construcción novelística. El andamiaje marca la silueta que delimita una acumulación de datos y meditaciones sobre el arte y la literatura, lo que recuerda a un diario de forma convencional, pero que se aleja de él por su disfraz móvil y su golpeteo de bastón.

La puesta en marcha de la travesura inicia desde el origen de la voz narrativa y todo camina dentro de una galería de espejos. Ejemplo: “Sin duda el Lector es esencialmente el Yo en casos como ese. Sin embargo, se supone que en casi todos los demás casos no será de ningún modo el Yo”. Además, no faltan los desplantes al lector y el despliegue de líneas azarosas, una idea casual sin filiación aparente y otras más que son fácilmente rastreables en la historia de la filosofía. Cada fragmento es una hilarante escenografía de información mal digerida, cruzada con una erudita confirmación de que la civilización avanza debido a la acumulación de conocimiento. El “apropiacionismo” que campea en la actualidad, derivado del ready made y otras técnicas “creativas” para sobrevolar por encima de la ausencia de originalidad ―imputable al Geist de la época actual, nadie se ofenda―, y otros vicios de la posmodernidad, cobran una forma, si no ejemplar al menos inaudita, en estos libros de Markson. Esto no obstante el ocio de muchas líneas, derramadas con gratuidad y nulo decoro. Dos ejemplos: “Freud.”, puesto así, sin más anotaciones que la sola mención del médico vienés; o “Der Untergang des Abendlandes”, sin la necesaria traducción del título del libro capital de Oswald Spengler: La decadencia de Occidente.

“¿Qué es una novela en todo caso?”, se pregunta Markson en la primera parte. El proverbial “atraso de cincuenta años” de la literatura con respecto a las demás artes, da sus primeros pasos para salir de la abulia. Aprende a caminar, al parecer. Esto no garantiza el descubrimiento de otra forma envidiable del oficio literario, o de hallar literatura en estado puro, aunque ofrece un camino lateral a la modalidad cosificada de libro existente. Lo que ofrece La soledad, al final,es un muestrario de escritura que no se detiene ante las exigencias del mercado o el lector mismo y que, por el contrario, lleva al extremo el dictum de que todo cabe en una… ¿novela? ¿libro? ¿obra? ¿acto? ¿estafa? Aquí el esnobismo es natural y hasta deseable. No es posible renovar la forma desde la aceptación del lector promedio. Allá él ―¡pobre!― y su persecución de historias ejemplares para verter una lágrima en la última página.

Kenneth Goldsmith (1961), autor intelectual y material de UbuWeb, una forma personal del “apropiacionismo”, así como partidario de la circulación libre de contenidos, lleva hasta el extremo estas iniciativas y su escritura camina hacia territorios libérrimos, en donde ya la idea de “originalidad” queda sepultada bajo un alud de contenidos, y en donde sólo nos queda la función de ser otro archivista de todo lo que existe en la red y es posible descargar. Resume su posición: “Internet es el poema más grande jamás escrito. Ilegible, debido a su tamaño”. La literatura se niega a permanecer quita en el asiento, lo cual es un síntoma de salud.

 

David Markson, La soledad del lector, traducción de Laura Wittner, La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012, 256 pp.

 

Luis Bugarini
Crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Publicado en: Ciudad de libros