Negacionismo y el “relato único” de la conquista

Las discusiones en torno a la guerra de conquista, entre 1519 y 1521, siguen interpelando a los historiadores. En esta ocasión, Navarrete polemiza con una visión unitaria, basada en la influencia sobredimensionada del relato cortesiano, un relato, por lo demás, poco fiable. Parece insostenible pensar que las decenas de lienzos, códices, relatos, crónicas, probanzas y fuentes de la conquista dependen de su influencia y constituyen un “relato único”.

El número especial de la revista Proceso de agosto de 2021, reúne una amplia colección de artículos y textos sobre la llamada conquista de México en ocasión de su quinto centenario. Entre ellos se presentan sendos ensayos de Guy Rozat, José Pantoja y Marialba Pastor que resumen y elaboran argumentos que estos historiadores han publicado antes y que bien merecen ser cuestionados y discutidos en un afán de debate académico, franco y siempre respetuoso. Me referiré a cada uno de ellos de manera individual y también como grupo pues afirman compartir una misma actitud crítica frente a los consensos de la antropología y la historia mexicana.

Unidos por un espíritu crítico y revisionista, estos autores han negado desde hace décadas la validez de los relatos canónicos de la conquista. El famoso libro de Guy Rozat, Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México (1993) intentó demostrar que parte fundamental de los contenidos de los relatos indígenas de la conquista, como los presagios de la conquista incluidos en el libro XII del Códice Florentino, reflejaban una fuerte influencia occidental. Propuso con argumentos más convincentes que este libro, la “versión mexica” de la conquista, seguía en buena parte el relato cortesiano y que por ello creó una visión de los vencidos compatible con él. Sus críticas a las dimensiones nacionalistas de la visión de los vencidos, planteadas en un tiempo en que era dominante en el panorama cultural mexicano, le valieron un justo reconocimiento como figura contestataria.

En tiempos más recientes Rozat y Pastor han cuestionado, de manera convincente, la veracidad de las Cartas de relación de Hernán Cortés, señalando que este autor exageró su propia importancia y el tamaño de su victoria y construyó una visión idealizada tanto de sus acciones como de sus adversarios nativos. Estos autores, y otros afines a sus posiciones, han encontrado similitudes entre el relato cortesiano y antecedentes medievales y clásicos que supuestamente habría copiado para describir el mundo indígena de acuerdo a los arquetipos de la historia cristiana. Su conclusión es que el relato de Cortés no es fidedigno y no puede ser la base para una historia de la conquista.

En este punto coinciden con un buen número de estudiosos contemporáneos que han enfatizado el carácter literario, la poca confiabilidad y las incontables exageraciones y omisiones del relato cartesiano. Destaca la obra póstuma de Luis Fernando Granados sobre la que él llama con justicia la “Relación de 1520”, pues señala que las distintas cartas no forman una sola obra, tampoco un corpus homogéneo ni una crónica histórica, sino un alegato político.

Sin embargo, ellos van más lejos, pues sostienen que este relato es la base de un supuesto “relato único” de la conquista. La narración interesada y exagerada de Cortés, el único testigo presencial de los hechos de 1519 a 1521, habría influido de manera determinante en todas las demás historias españolas, como la de Francisco López de Gómara y en la de Bernal Díaz del Castillo, así como en todas las historias indígenas, de tlaxcaltecas, mexicas, texcocanos y chalcas, e incluso en todas las probanzas y documentos legales producidos por los nativos mesoamericanos. En conclusión no podemos saber realmente lo que pasó entre 1519 y 1521 porque no tenemos más que este “relato único”. Por ello tampoco podemos conocer a fondo las realidades e intenciones de los indígenas ni antes ni después de la conquista, pues las descripciones de Cortés y de todos sus imitadores (incluidos los propios indígenas) siguen sus mismos estereotipos cristianos.

Esta posición se aparta claramente de los consensos, siempre sujetos a debate, de la inmensa mayoría de los historiadores y antropólogos, y fundamenta un negacionismo extremo de las culturas indígenas, prehispánicas y coloniales. Rozat y Pastor, junto con Horst Kurnitsky en su libro Extravíos de la antropología mexicana (2006) afirman que todos los estudiosos que identifican voces indígenas y reconocen rasgos culturales e identidades colectivas de raíz indígena tras la conquista lo hacen impulsados, incluso engañados, por un esencialismo ideológico indigenista, pero sin ningún sustento en la evidencia histórica, pues las fuentes relativas al tema sólo reflejan la mirada y los arquetipos occidentales, no la realidad nativa.

Examinemos sus argumentos. En primer lugar, hay que señalar que la pretensión de que las decenas de lienzos, códices, relatos, crónicas, probanzas y fuentes de la conquista constituyen un “relato único” es difícil de sostener. Sin duda, Cortés influyó en el relato de Gómara. Pero Díaz del Castillo fue también testigo presencial e incluyó mucha información de origen tlaxcalteca, lo que lo distingue claramente de su capitán en temas claves como sus descripciones de Malintzin.1

Aún más cuestionable es su descalificación total de las historias construidas por los pueblos indígenas en el siglo XVI, a las que Pastor considera producto directo de la influencia y el poder españoles:

Por otra parte, la mayoría de los códices elaborados por indígenas que supuestamente dan cuenta del pasado, fueron producidos tras la conquista, es decir bajo la presión, la coerción, la persuasión, la manipulación, las órdenes, los moldes, los códigos y el imaginario de los conquistadores y los evangelizadores franciscanos llegados a partir de 1524. Esto lo advertimos con tan sólo comparar la imagen de un códice preconquista con la de uno de la postconquista.

Una descalificación similar es desarrollada por Pantoja en su libro La colonización del pasado. El imaginario occidental en las crónicas de Alvarado Tezozómoc. Para presentar las decenas de lienzos, códices e historias visuales de todo tipo y de crónicas y probanzas, cartas y relaciones escritas en español, en náhuatl, en mixteco, en otomí y en otras lenguas, por indígenas, por autores individuales y colectivos, muchos de ellos testigos presenciales de los hechos, entre 1540 y 1563, como producto exclusivo de la colonización occidental y de la influencia de los frailes, estos autores se contentan con ejemplos singulares, muchas veces sacados de contexto, y realizan selecciones arbitrarias de fuentes, ignorando por completo las abundantes evidencias que contradirían sus argumentos.

Por otro lado, su descalificación a priori del esencialismo indigenista les permite menospreciar e ignorar la producción académica de cientos de otras historiadoras y antropólogos que han examinado esas mismas historias. La inmensa mayoría de ellas y ellos reconocen la importante influencia de las tradiciones occidentales, así como el impacto de la coerción colonial y de la imposición cristiana en las historias indígenas. Sin embargo, esto no les ha impedido encontrar también evidencias creíbles de la presencia y vigencia de las voces indígenas y de continuidades con tradiciones anteriores a la conquista. Tampoco se puede afirmar que estén todos cegados por la misma ideología pues lo han hecho desde perspectivas teóricas y políticas muy diferentes, y han llegado a interpretaciones en muchos casos encontradas. No podríamos aquí enumerar todas estas obras, pues llenan literalmente varias bibliotecas históricas. En Los colores del Nuevo Mundo. Artistas, materiales y la creación del Códice Florentino, Diana Magaloni estudia las imágenes de la historia de la conquista recopiladas por Sahagún y demuestra con convincentes evidencias formales y técnicas que los pintores nahuas, cristianizados sin duda, construyeron una historia visual de la conquista que era claramente diferente del relato escrito y que retomaba elementos claves de la pictografía mesoamericana, así como del arte pictórico europeo. De esta manera construyó una interpretación religiosa de la misma, mesoamericana y cristiana, que iba más allá de la capacidad de control, e incluso de comprensión, del fraile. En diversos artículos como “Palabras que se tocan, se envuelven y se alejan”,2 Berenice Alcántara ha mostrado cómo los colaboradores nahuas de Sahagún y otros frailes introdujeron en los textos cristianos doctrinales nahuas términos y conceptos de su tradición religiosa. A su vez Ana Díaz, en sus muchas obras, entre ellas su libro El cuerpo del tiempo, presentó convincentes explicaciones de cómo los calendarios coloniales entrelazaban elementos de los calendarios rituales indígenas con un marco cronológico cristiano para crear nuevos instrumentos para relacionarse con una nueva realidad, un nuevo mundo. En estas visiones, el cambio introducido por los españoles no se contrapone necesariamente a la continuidad, siempre dinámica, de las formas de saber, escribir, dibujar y pensar anteriores a su llegada.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

En su afán de negar las culturas indígenas, Rozat, Pantoja y Pastor terminan por asumir una posición lógicamente contradictoria. Por un lado, afirman que no podemos saber realmente lo que pasó en la conquista pero que de seguro fue mucho menos importante y significativa de lo que Cortés afirma. En su artículo “Hernán Cortés y sus fieles repetidores”,3 Pastor negaba la existencia histórica del sitio de México-Tenochtitlan, afirmando que esta urbe era en realidad un centro ceremonial rodeado de asentamientos dispersos, y que por lo tanto su toma requirió una campaña militar mucho más pequeña de lo que Cortés inventó. En este número de la revista Proceso, Pantoja pone en entredicho la existencia de los contingentes de decenas de miles de indígenas conquistadores que han sido reconstruidos por historiadores como Laura Matthews y Michel Oudijk, entre muchos otros, a partir de documentos de archivo, probanzas y crónicas muy variadas.

Y sin embargo, Rozat, Pantoja, Pastor y Kurnitsky coinciden en que esta inventada conquista fue suficiente para destruir el mundo y las culturas indígenas y para someter a todas las poblaciones de Mesoamérica a un régimen de dominio capaz de alterar de manera completa e irreversible sus vidas. ¿Cómo es que algo tan pequeño pudo provocar un efecto tan grande? La exageración del impacto de la conquista española y la idea de un avasallamiento completo de las culturas indígenas es tomada de Serge Gruzinski, uno de los pocos autores que merecen ser citados por este grupo. Sin embargo, esa idea ha sido cuestionada por gran número de estudios puntuales de muchos más historiadores y antropólogos. Otras bibliotecas se llenarían con las obras de alcances locales, regionales y nacionales, de Sonora a Yucatán, que muestran con abundancia de información y sustento la complejidad y la inmensa variedad de los procesos de cambio y continuidad en la organización social y cultural de los diferentes pueblos indígenas después de la conquista y la pervivencia, siempre modificada, de muchas de sus prácticas ecológicas, sociales y culturales, corporales y alimenticias.

En contraste, las historias que construyen estos historiadores para sustentar sus posiciones suelen ser una colección de casos individuales sacados de contexto a partir de los cuales se construyen generalizaciones. En su artículo de este número de Proceso, Rozat proyecta una visión simplificada del caso del centro de México a la generalidad de la Nueva España, presentando explicaciones unilineales de la transformación de los sistemas de parentesco y del cambio ecológico. Sobre todo, exagera la capacidad de control de los frailes sobre la población indígena. Incluso proporciona una fecha errónea para el inicio de la recuperación demográfica de la población indígena en la región central, que fue en 1630, no a fines del siglo XVIII. Desde luego, no toma en cuenta la abundante información histórica que invalidaría, o cuando menos matizaría, cada uno de sus argumentos. Por su parte, Pastor pone en duda la participación y la importancia de Malintzin en la guerra de 1519 a 1521 con el argumento de que Cortés no la menciona en sus cartas de 1520 y 1522, aunque de hecho sí lo hace en la primera, para culparla de la matanza de Cholula. De nueva cuenta nos enfrentamos con la paradoja: el relato cortesiano no sirve para generar ningún tipo de conocimiento positivo sobre los nativos, pero sí para negar la existencia de un personaje clave en las versiones indígenas de la conquista. En su lugar, Pastor afirma que fue Gómara quien inventó el “mito de Malinche” en 1554. Pero su historia se publicó, en España, varios años después de que en la Nueva España se pintara el Lienzo de Tlaxcala, la historia indígena que lanzó a la historiografía, y a la imaginación visual novohispana y mundial la figura de este personaje, como demuestro en Malintzin, o la conquista como traducción. ¿Cómo es que logró influir sobre los indígenas a miles de kilómetros de distancia aun antes de ser publicada? ¿No vale en nada la versión construida por los tlaxcaltecas, testigos presenciales como Cortés de los hechos de 1519 a 1521, y de muchas más conquistas en las que este capitán ni siquiera participó, de Sinaloa hasta Nicaragua? ¿O será que en la visión de estos autores sólo vale un tipo de escritura, la alfabética, y sólo un tipo de escritores, los europeos?

Esto apunta al verdadero fundamento del argumento negacionista: una devaluación sistemática de las culturas nativas, tanto antes como después de la llegada de los españoles. En su artículo sobre Hernán Cortés, por ejemplo, Pastor retoma afirmaciones poco sustentadas de autores no especialistas para sostener que en la Cuenca de México existía una organización tribal dispersa, y afirma que la existencia de reinos, ciudades y una alta cultura fue un invento de los españoles, fraguado en moldes medievales y clásicos. Esto sólo se puede sostener si se ignora la evidencia arqueológica de incontables excavaciones y recorridos de superficie que demuestran la alta densidad demográfica y el nivel de urbanización en la Cuenca, así como el trabajo de incontables historiadores que han reconstruido el complejo sistema de altépetl de la región.

En general, se esperaría que estos autores defendieran sus posturas con más argumentos bien construidos a partir del análisis detallado de fuentes particulares y tomando en cuenta otras fuentes diferentes, con más variada información sobre lugares y procesos concretos, refutando a sus colegas con argumentos detallados en puntos específicos para ir construyendo una interpretación alternativa. Es así como funcionan las comunidades académicas, utilizando el diálogo para construir verdades intersubjetivas y para identificar acuerdos y desacuerdos. Pero su repetida indiferencia ante las posturas de la inmensa mayoría de la comunidad académica coloca este discurso negacionista al margen de la misma. No sin cierta tautología, sus defensores consideran esta posición como confirmación de la exclusividad de su verdad.

Sin embargo, una posición así no puede sino despertar sospechas, ¿será que los miembros de este grupo consideran que la mayoría de los historiadores y antropólogos, arqueólogos y lingüistas somos tan víctimas de nuestros prejuicios “nacionalistas” o “indigenistas” que no merecemos siquiera ser mencionados y refutados? ¿Nos consideran en verdad incapaces de construir ningún conocimiento valioso que puedan confrontar a su versión? ¿No existen matices, propuestas, diferencias entre nuestras posiciones que pudieran tomar en cuenta? De ser así, resulta inevitable levantar la sospecha inversa, ¿no serán ellos quienes están tan convencidos por su propia visión que son incapaces ya de dialogar con sus colegas y de reconocer la evidencia histórica? 

 

Federico Navarrete
Profesor-investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM

 

Artículos discutidos

Pantoja, J. “Invenciones historiográficas”, en Proceso, 500 años de la conquista. Verdades y mentiras, núm. especial 10, pp. 74-81.

Pastor, M. “Preguntas sin respuesta (hasta ahora)”, en Proceso, 500 años de la conquista. Verdades y mentiras, no. especial 10, pp. 82-87.

Rozat, G. “Repensar la conquista”, en Proceso, 500 años de la conquista. Verdades y mentiras, núm. especial 10, pp. 68-73.

 

Bibliografía

Alcántara, B. “Palabras que se tocan, se envuelven y se alejan. La voz del "otro" en algunas obras en náhuatl de fray Bernardino de Sahagún”, en Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva , Danna Levín y Federico Navarrete Linares (coords.), México, UAM-A / IIH-UNAM, 2007, pp. 97-112.

Cortés, H. Relación de 1520, Luis Fernando Granados, ed., México, Grano de Sal, 2021.

Díaz, A. El cuerpo del tiempo: Códices, cosmología y tradiciones cronográficas del centro de México, México, UNAM, IIE-Bonilla Artigas Editores, 2019.

Kurnitsky, H. Extravíos de la antropología mexicana, México, Fineo, 2006.

Magaloni Kerpel, D. Los colores del Nuevo Mundo. Artistas, materiales y la creación del Códice Florentino, México, UNAM-The Getty Research Institute, 2014.

Matthew, Laura y Michel R. Oudijk, eds., Indian Conquistadors. Indigenous Allies in the Conquest of Mesoamerica, Norman, University of Oklahoma Press, 2007.

Navarrete Linares, F. Malintzin o la conquista como traducción, México, UNAM, 2021.

—, “Bernal Díaz del Castillo conquistador tlaxcalteca”, en Noticonquista.

Pantoja, J. La colonización del pasado. El imaginario occidental en las crónicas de Alvarado Tezozómoc, México, Editorial Colofón, 2018.

Pastor, M. “Hernán Cortés y sus fieles repetidores”, en Universidad Iberoamericana, año 24, núm. 47, julio-diciembre 2016, pp. 91-114.

Rozat, G. Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México, México, Tava, 1993.


1 Ver: Navarrete, F. “Bernal Díaz del Castillo, conquistador tlaxcalteca”, en Noticonquista, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas.

2 Alcántara Rojas, B. “Palabras que se tocan, se envuelven y se alejan. La voz del ‘otro’ en algunas obras en náhuatl de fray Bernardino de Sahagún”, en Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva España, Danna Levín Rojo y Federico Navarrete (coords.), México, UAM-A / IIH-UNAM, 2007, pp. 113-165.

3 Pastor, M. “Hernán Cortés y sus fieles repetidores”, en Historia y Grafía, Universidad Iberoamericana, año 24, núm. 47, julio-diciembre 2016, pp. 91-114.

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Publicado en: Noticias de Cipango

7 comentarios en “Negacionismo y el “relato único” de la conquista

  1. Cada bando seguirá la ruta de su elección pero en todos, ante la imposibilidad reconstructiva, seguirá fluyendo la imagineria y la improvisación

  2. Querido Federico:
    Estoy abierta a sostener un debate, pero, por favor dime sobre qué periodo de la historia de mesoamérica y de México será: el prehispánico, el de la Conquista, el de la postconquista o el colonial. Mezclar los cuatro (como haces en este artículo) no atiende al rigor que la crítica de los documentos escritos, los testimonios orales y los restos materiales reclaman. Completo tu bibliografía con mi libro «Los pecados de la carne en el Nuevo Mundo» (México, Crítica-Paidós, 2021) porque en él busqué fundamentar en fuentes de primera mano la imposibilidad española de comprender las culturas mesoamericanas.
    Saludos,

  3. La propuesta de Marialba de realizar un debate es una idea excelente para enriquecer la discusión sobre la conquista. El autor de este artículo ha tenido un buen alcance mediático en los últimos meses, con aportaciones novedosas e interesantes. ¿Estará dispuesto a discutir con posturas historiográficas distintas que no son fácilmente descartables por anacrónicas y racistas?
    Ojalá sí.

    1. Quizá sí podrían considerarse como racistas, el propio Navarrete sugiere que hay «una devaluación sistemática de las culturas nativas, tanto antes como después de la llegada de los españoles» en los argumentos de Marialba Pastor, a quien hace dos años escuché decir lo mismo en un coloquio sobre Cortés organizado por el INAH y en lo personal no me convenció su interpretación historiográfica.

      1. Que bien que no le convenza su interpretación historiográfica, pero afirmar que sus argumentos «podrían considerarse como racistas» me parece un despropósito. Al menos en los términos que usted plantea. Ciertamente sería absurdo pretender que los miembros del «Seminario Repensar la Conquista» tienen la verdad absoluta. De hecho, comparto la crítica de doctor Navarrete sobre su cerrazón académica y su excesivo énfasis en la «cristianización» de todas las fuentes, aunque en mi experiencia están abiertos al diálogo. Por eso me parece interesante la propuesta del debate. Sobre todo tomando en cuenta que, a pesar de sus posibles errores, ese grupo viene realizando una crítica a la historiografía nacionalista sobre la conquista desde hace décadas, cuando no estaba de moda.

        1. Si no es racismo, entonces ¿por qué Marialba Pastor nunca cita fuentes escritas por indígenas, aunque sea al menos para tener una mayor número de fuentes que comparar o revisar y enriquecer su propuesta que por los demás siempre ha sido la misma? Y por otro lado, ¿por qué no recurre a las investigaciones de otros historiadores o incluso de arqueólogos, antropólogos o etnohistoriadores? Eso por los menos en parte demuestra una cierta cerrazón de su parte, como usted señala y en lo que coincido plenamente.
          En el seminario Repensar la Conquista Rozat siempre invita a los mismos investigadores: Marialba Pastor, José Pantoja y otros, siempre con la misma línea negacionista. Es bien sabido por todos que para Rozat los presagios que anunciaron la conquista son un invento de los frailes o al menos tienen su influencia, pero otros investigadores como Miguel Pastrana, Diana Magaloni o Guilhem Olivier no piensan así y han refutado en parte las propuestas de Rozat. ¿Por qué no se invita a investigadores que piensan en sentido contrario al seminario Repensar la Conquista? Dicho seminario tiene ya muchos años de realizarse y siempre aparecen los mismo historiadores con los mismo métodos de investigación y la misma postura negacionista.

          1. De acuerdo con su crítica al Seminario. Sin embargo, no entiendo de donde saca usted la cuestión del racismo. Si me lo permite, me parece una interpretación completamente infundada. Si la autora es racista (o lo son sus argumentos), su historiografía debe reflejarlo. O sus silencios, insinuarlo. Pero los cuestionamientos que usted lanza pueden tener otras respuestas: ignorancia, soberbia, repetición de lugares comunes, una lógica académica estancada, y un largo etcétera que merece ser confrontado con los textos antes de asignarle el calificativo de racista.

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