Fuerza de Tarea o Agrupamiento Zorros se fundó 1983 para combatir la escalada de violencia que aquejaba al Distrito Federal. Desde entonces se ha consolidado como el grupo de élite de la Policía. La siguiente crónica acompaña a uno de sus elementos por los canales de Xochimilco.
“Mi indicativo es zorro 4”, explica un hombre alto, robusto, uniformado en negro, con botas recién boleadas y un arma de fuego corta a la cintura. Poco después, más sonriente, me dice su nombre: Antonio. Es el responsable de las operaciones rivereñas del agrupamiento Fuerza de Tarea, parte de la Secretaría de Seguridad Pública, también conocido como “zorros”.

El viento advierte que la tarde será fría. Nos rodean aves que cantan y vuelan en busca de alimento. Algunos jóvenes, a lo lejos, gritan. Vienen bajando de una trajinera, enfiestados. Estamos junto al embarcadero Cuemanco en Xochimilco.
Antonio se prepara para patrullar los canales. Debe alistar su equipo, revisar la embarcación. Lo hace todos los días, a distintas horas. Vigila 176 kilómetros de canales, cinco lagunas y diez embarcaderos. Debe recorrerlos, estar pendiente y dar apoyo en caso de que se presente alguna emergencia.
Sus tres embarcaciones han quedado atrancadas por el fango. En los últimos dos años esa zona ha perdido 40 centímetros de profundidad. Los lirios y las redes de pescar se enredan entre las aspas del motor. Debe liberarlas con herramienta.
“Sube”. Me extiende la mano y con un brinco me acomodo en la parte trasera. Con la ayuda de un remo, Antonio empuja la embarcación hasta arrastrarla lejos del muelle donde logra encender el motor. Antes, Xochimilco abastecía de agua a la ciudad; ahora, Iztapalapa abastece a esta zona.
La embarcación navega delicadamente, dejando una suave estela que rompe contra las estacas de las chinampas o islotes. Algunas existen desde la época prehispánica. Una niebla espesa se ha formado sobre las aguas pantanosas. Adentro, los canales parecen un enorme laberinto. Algunos trayectos son anchos, otros muy angostos.
Antonio debe maniobrar, abrirse paso. Ciertos embarcaderos, como Puente de Urrutia, son más peligrosos —por su profundidad, su anchura, y los 40 centímetros de fango que ocultan raíces—. Muchos de los que caen se ahogan. Por accidente o porque la fiesta ha sido larga y ya no recuerdan ni cómo se llaman. Entonces los zorros acuden velozmente.
Deben saber nadar con uniforme, botas y armas, tanto cortas como largas. A los lastimados los revisan, evitan que les de hipotermia. De otros solo se ve la cabecita. Cuando los cuerpos se clavan hasta el fondo, los zorros se sumergen con cuerdas y equipo de buceo.
Entre el fango encuentran objetos raros, como cuchillos viejos, herramientas o algún indicio que pueda contribuir a esclarecer un delito. El agua es viscosa y densa. Trabajan a ciegas y a tientas con la ayuda de un gancho y una línea de vida. “Ahora el agua está tibia”, me explica Antonio mientras cruzamos unas chinampas tupidas con flores, “pero en un par de horas, después de las nueve o diez de la noche, se pone como refrigerador”.
Parte del patrullaje consiste en proteger a las especies endémicas y combatir fuegos forestales. Antes estaba prohibido pescar, pero dos especies invasoras, la carpa y la mojarra, se hicieron plaga y arrasaron con el axolote, un anfibio nativo. A mordiscos, también destruyen la parte baja de las chinampas. Ahora se llevan a cabo brigadas de pesca para disminuir la población.
Los zorros trabajan turnos de 24 horas por 48 que se van “de franco”, de descanso. Cada jornada comienza antes de que despunte el sol. Todos se reúnen en Base Zorros en la colonia Del Mar. Ya uniformados y atentos, el comandante de cada sección pasa lista y revista; corrobora qué hay que hacer, en dónde, con cuántos elementos cuenta, qué unidades tiene disponibles y qué equipo requerirá. Minutos después, a cada zorro le entrega una consigna específica: su misión del día.
Entre los zorros hay distintos grupos; unos se especializan en explosivos, otros en actividades diversas, otros en armas y técnicas especiales y algunos más, como Antonio, en operaciones rivereñas. En Base Zorros entrenan y aprenden. Tienen torres de rapel, campos de tiro y áreas para manipular explosivos.
En caso de inundaciones viajan lejos. Con la ayuda de embarcaciones portátiles, los zorros mueven gente a terreno firme, acercan víveres y medicinas. También los mandan a ríos desbordados en distintos estados.
“Se nota que son de la Ciudad de México”, les dijo un joven en Chiapas mientras los zorros se movían por el río, “pues no le tienen miedo a las nauyacas”. “¿Nauyacas?”, respondió Antonio, confuso; “sí, unas víboras que si te muerden en cinco minutos estás muerto”. En ese momento todos saltaron y abandonaron el agua.
No todas las misiones implican agua. En otra ocasión, un cerezo en Nayarit solicitó su apoyo. Se lanzaron. Era 24 de diciembre. “Esta no es una práctica señores”, les dijo su comandante, “es fuego real, será cruzado, hay que actuar con profesionalismo pues algunos no regresarán o no regresaremos”.
Unos reos armados habían tomado el cerezo. Los zorros entraron por distintos puntos. Los disparos golpeaban por todos lados. Los reos ya habían llegado a la oficina, cerca de la salida. Su objetivo era fugarse. ¡Pum! cayó su comandante cuando un balazo le atravesó la nuca. Entonces usaron gas y con eso lograron controlarlos. Cuando llegaron al área de donde provenían los disparos descubrieron que eran solo dos reos y que ya se habían quitado la vida; uno con un tiro en el paladar, el otro en la cabeza.
Antonio ingresó a la policía por convicción porque su ADN se lo exigía. “¿Y los zorros? ¿Esos güeyes quiénes son?”, le preguntó de joven a su padre, entonces policía. “¿Perdón?”, respondió sorprendido, “¿así te refieres a los zorros?”.
Antonio se quedó atónito por la seriedad con que contestó, “son el personal con mejores conocimientos de la Policía”. Al poco tiempo el padre de Antonio cayó durante una tarde de servicio. Su abuelo también había portado el uniforme. Entonces ingresó al Instituto Técnico de Formación Policial. Una capacitación se la dieron los zorros y entonces quedó convencido: “algún día perteneceré a ese grupo”.
Fuerza de Tarea o Agrupamiento Zorros comenzó en 1983 cuando varias pandillas asolaban al entonces Distrito Federal. Ya existía un pequeño grupo especial dentro de la policía que atendía emergencias: Escorpiones. Bajo el mandato del secretario de Seguridad Pública, Ramón Mota Sánchez, el grupo creció reuniendo todas las especialidades que había en la Policía y convocando a los más calificados, tanto física, intelectual como psicológicamente, para formar un cuerpo de élite.
Cambiaron el nombre Escorpiones por Fuerza de Tarea. Una nueva convocatoria entre la tropa buscaba ayuda para definir el distintivo del nuevo agrupamiento. “Pumas”, “lobos”, “leones”, se propuso de todo. “Zorros”, sugirió un compañero y le gustó al resto, “por ser un animal astuto, ágil, leal”.
Para el 85, otra convocatoria definió su escudo. El filo gris representaría el marco de derecho. Blanco, pureza. Azul, policía. Rojo, la sangre derramada por todos los compañeros. La espada, justicia. El fuego, poder y fuerza.
Poco después el sismo de septiembre azotó la Ciudad de México. Entonces descubrieron lo que era trabajar “bien fibra”. A paso veloz, entre humo, polvo y el sonido de las sirenas, los zorros corrían de Balbuena a Fray Servando, de ahí a Pino Suárez, luego a la Torre Latinoamericana y al Monumento a la Revolución. Su misión: ayudar y rescatar a la población.
Cuando Antonio “se va franco” pasa el día con su familia y en ocasiones les cocina. Su platillo favorito es la cochinita pibil; debe ser la receta de su madre. También sigue los deportes que transmiten por televisión, en especial futbol. Aunque se haya quitado el uniforme, nunca deja de ser policía. Debe estar atento al teléfono pues hay situaciones en las que lo requieren.
Con los años, los zorros han evolucionado. El equipo que tenían antes ya les da risa. El primer explosivo que desarmaron lo hicieron con pinzas: “¡jálale el rojo!”, “¡no, el verde!”. Ahora se preparan en cursos por todo el mundo. En época de elecciones, siempre atienden amenazas de bombas.
“La ciudad evoluciona y nosotros también”, continúa Antonio y apaga el motor para poder escuchar el paisaje con claridad. Cada vez hay menos luz, aunque las trajineras con jóvenes enfiestados no paran. Los puedo escuchar a lo lejos. Así como los asiste a ellos, también ayuda a los que gritan y lloran cuando se lesionan jugando fútbol en los islotes, o a las vacas que se atascan intentando cruzar los canales.
Por un malentendido durante una misión, Antonio fue detenido. Mientras se aclaró la situación, pasó unos meses encarcelado. Luego pudo regresar a su trabajo. Los reos, al saber que era policía, se aprovecharon. Golpes, abusos. “Aquí los errores se pagan caro”, expresa firme.
“Vamos de regreso”, concluye y vuelve a encender el motor. Seguimos navegando lento, abriéndonos paso entre la niebla que no nos permite ver el camino con claridad. “Muy pronto, el viento va a helar”.
Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.
Me encantó querida Teresa, FELICIDADES…