Narco Cultura, el documental

El concepto de ‘narco cultura’ aparece seguido en los medios, y se refiere a una serie de costumbres que se practican en el norte del país, sobre todo en los estados colindantes (o cercanos) con EEUU dónde los cárteles han terminado por influenciar radicalmente el modo de vida.

narcocultura

El término no ha logrado una total aceptación, disgusta a varios, pues afirman que no puede calificarse como cultura a esa forma de vida que gusta de los narcocorridos y que aspira al narcotráfico. De entrada parece opuesto a la concepción común de lo que éste término significa. Lo cierto es que desde el centro y el sur del país, donde el narco se vislumbra más como temible que como deseable, es difícil, tal vez imposible, asimilar un estilo de vida que apuesta de forma explícita por la violencia. Pero claro, esto no obedece meramente a una cuestión geográfica. El problema es demasiado extenso y difuso.

Es a partir de esto -asombroso para muchos- que el fotógrafo y también cineasta israelí Shaul Schwarz, realiza el documental titulado, Narco cultura (2013). Un curioso trabajo que permite al espectador acercarse, con voyerismo, a esa forma de vida donde las camionetas tuneadas, el sombrero, las pistolas y la música norteña, son el ícono de la plena realización. Esto, por supuesto, no lo digo con espanto, sino con una extrañeza común. Después de todo, lo que nos molesta del otro es la forma en que éste dispone su goce de diferente forma que uno (si fuma, si es vegetariano, si usa Playstation y no Xbox, y otras cosas más). El rasgo excesivo que parece molestar a quienes no comparten esa expectativa de vida es la renuncia a una aparente civilidad.

En el documental se puede seguir un fragmento de la vida de dos personas inmiscuidas, directa e indirectamente en la llamada narco cultura; uno es Richi Soto,  perito de la Semefo en Ciudad Juárez, a quién se observa nervioso y cauteloso todo el tiempo. Han matado a varios de sus compañeros y sabe que en cualquier momento él puede ser el próximo. Ver cuerpos acribillados todos los días es el recuerdo constante de lo cerca que está de la muerte, aún así, ama la ciudad en la que ha nacido. La otra persona es Édgar Quintero, reconocido cantautor de narcocorridos y miembro del grupo Buknas de Culiacán, quién curiosamente, hasta la grabación del largometraje, nunca había estado en Sinaloa. Reside en Los Ángeles, es pocho y afirma que México es peligroso. Richi que vive a diario los estragos del narco, desea que todo cambie. Édgar, que al vivir en EEUU es ajeno a la violencia real que trae consigo el narcotráfico en algunas regiones, siente pasión por el tema y el estilo de vida: trokas, dinero, mujeres y poder.

Allá en el norte del país, en particular en Ciudad Juárez y Culiacán, la vida es radicalmente diferente y las prácticas en torno a las cuáles giran las creencias son otras que la del centro y sur de México. El largometraje se encarga de remarcarlo, al hacernos testigos de distintos hechos: una estudiante de secundaria afirma que le gustaría ser novia de un narco, opina que es un estilo de vida y que no tiene nada de malo. En una fiesta familiar de Richi un grupo canta narcocorridos mientras él baila con su abuelita (¿por qué él y su familia gustan de éstos si son símbolos de algo que pone en peligro su vida?). En Culiacán, Édgar dispara una pistola con la emoción que los niños juegan a cualquier cosa, luego visita las tumbas de los “nuevos narcos”, son casas completas dónde a algunos los entierran incluso con camionetas. En El Paso, Texas, muchos mexicanos van a ver a grupos de narcocorridos que cada día tienen mayor arraigo, corean todas sus canciones.  

Es el imperio de lo material ligado a un estilo de vida, a un sueño. Si en Estados Unidos hay gente que estafa con tal de ser millonario, tener poder y vivir el American dream, ahí en el norte, el sueño aunque con puntos en común (dinero), es otro; la práctica distinta y la vía, parecer ser más rápida: la violencia. No es algo muy lejano al estilo de vida de algunos raperos y cantantes de hip-hop, es sólo que la forma en que estos gastan el dinero pareciera más normal.

La película, aunque con algunos errores en el audio de las voces al español, es un excelente material reflexivo que habla de ese México que parece tan ajeno y que exhibe la siniestra diferencia en términos de calidad de vida entre dos ciudades tan cercanas como Ciudad Juárez y El Paso. Ahí en la narco cultura no hay espacio para el otro, es sólo narcisismo acompañado de pulsión de muerte: todos pueden morir, menos yo. Un síntoma social que aniquila cualquier contrato cívico.

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Publicado en: Cine

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