Museo Vivo del Muralismo: ¿honrar el pasado para olvidar el presente?

Previo al cierre de la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador, el pasado 25 de septiembre de 2024 se inauguró el Museo Vivo del Muralismo (MVM), un proyecto que se anunció en diciembre del 2018 con sede en el edificio de la SEP en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Este nuevo museo se pensó como un espacio dedicado a la Escuela del Muralismo, con la intención de que tanto el público nacional como extranjero viera reunida la obra mural de diversos artistas en un mismo espacio.

Al hacerse pública la iniciativa, se tenía la impresión de que atendería las necesidades de la comunidad de muralistas tanto de años pasados como contemporáneos/as: un espacio de contemplación e historia, de justicia a la memoria y al trabajo artístico identitario mexicano, pero también para extender la discusión al presente. El proyecto por escrito, como sucede muchas veces con la teoría, se celebró y esperó con ansias. Hoy que el MVM abrió sus puertas, genera preguntas sobre cómo entendemos el aparato del museo dentro del marco gubernamental, cuál es su pertinencia y qué intereses persigue.

Ilustración: Kathia Recio

El 9 de julio de 1922 José Vasconcelos, siendo el primer secretario de educación del país y con un importante proyecto didáctico basado en el reconocimiento de las raíces nacionales, inauguró las oficinas de la SEP –antes Convento de Santa María de la Encarnación del Divino Verbo– donde muralistas mexicanos como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Raúl Anguiano y Roberto Montenegro, plasmaron su trabajo. La creación de estas imágenes, que correspondían a los principios posrevolucionarios del muralismo mexicano, refieren a diversos momentos de la historia del país ya que se concibieron como un instrumento de alfabetización gráfica sobre la realidad social. Vasconcelos le comisionó a Rivera el trabajo más extenso tanto en el patio principal como en el patio de Juárez, y así fue como a lo largo y ancho de este recinto, el muralista plasmó festividades populares, religiosas y políticas de diversas regiones de México, escenas que representan el trabajo intelectual, las ciencias y las artes en el país, paisajes y retratos del pueblo. A nivel visual, el MVM en su totalidad es impresionante: son más de tres mil metros cuadrados de murales que pasaron por un largo y cuidadoso proceso de restauración en los últimos años.

Durante la inauguración del museo, no dejó de hablarse del muralismo como un arte vivo. La ex titular de la SEP, Leticia Ramírez, dijo que en este espacio los muros “cuentan la historia de lucha del pueblo mexicano, de sus ideales, esperanzas, tradiciones e identidad en un lenguaje gráfico cercano a todas y todos”; también mencionó que el recinto contaba “con una perspectiva museográfica que haría más accesible y placentera la visita”.

Aquí empiezan mis dudas: estamos de acuerdo en reconocer al muralismo como un arte identitario que durante años estableció los criterios artísticos de la escuela de artes visuales en México, que incluso motivó el reconocimiento internacional de lo que se producía en el país y que se sigue estudiando como tal. Da gusto que se recupere un edificio de estas características para abrirlo al público de manera gratuita pero, ¿cómo funciona la concepción del aparato de museo (lo que sea que eso signifique en lo contemporáneo) en un edificio así? ¿En qué radica lo “vivo” dentro de la pedagogía histórica que se sustenta en el pasado sin atender los cambios que se gestan contra la narrativa hegemónica en la actualidad?

Al entrar al museo, se experimenta una genuina sensación de curiosidad por la libertad con la que se pueden recorrer los dos grandes patios, múltiples salas de exhibición y edificio en general. También es notorio que la recuperación de este recinto y la planeación del museo se sustenta en una cultura de inclusión con textos en español, náhuatl e inglés, pantallas con videos en lenguaje de señas para casi todos los textos de sala, descripciones en braille y reproducciones en yeso que se pueden tocar, así como diversos audios explicativos… Ojalá nos acerquemos al momento en que estos gestos no sean una novedad sino que estén normalizados e integrados en todos los espacios culturales –aquí va una nota para todos los museos, galerías y centros de cultura del país.

En contraste, y sin menospreciar el trabajo museográfico y curatorial del MVM, recorrer y asimilar información no es nada sencillo. Navegamos en un mar de datos que deja poco tiempo al estado de contemplación. En este sentido me pregunto si acaso, después de 102 años de apertura inicial y luego tres años de planeación, no hemos cuestionado la idea (y acaso la pertinencia) de un “nuevo museo”, sus objetivos y modos de trabajo desde el aparato gubernamental. Quizá porque no hay un interés real por crear espacios de contemplación y reflexión más allá del propósito educativo, quizá porque, en este caso específico, no hemos leído el muralismo desde un lugar distinto, lleno de preguntas y cuestionamientos más allá de los principios históricos.

El esfuerzo por darle nueva vida a este recinto no era tarea menor. El trabajo de restauración del edificio y la estrategia para organizar y consolidar dos pisos de exposiciones abiertos al público y un tercer nivel que se mantiene para las oficinas de la SEP, seguramente fue una labor titánica. Sin olvidar que el edificio tenía propósitos funcionales y administrativos donde la estética y el flujo de personas no eran una prioridad, así que hubo que pensar en soluciones ingeniosas para superar las limitaciones arquitectónicas. El resultado, por desgracia, se acerca más bien a la recreación de un libro de Historia que a la formulación de un espacio vivo, como su nuevo nombre lo indica.

Siempre será importante tener un museo gratuito a puertas abiertas para insistir en que el arte y la cultura son bienes públicos, pero es evidente que el MVM insiste en darle espacio a nombres por demás conocidos como Jean Charlot, Amado de la Cueva, Federico Canessi, David Alfaro Siqueiros y Manuel Centurión, dejando fuera una vasta producción mural tanto del pasado como contemporánea y con perspectiva de género. Espero haberme perdido una sala de exhibición dedicada a las mujeres artistas, por ejemplo, porque sólo me encontré con un texto titulado “Un legado por reivindicar y resarcir es la producción de murales por mujeres” con nombres como Aurora Reyes, Angelina Beloff, Elena Huerta, Silvia Prado, entre otras. Además de una breve explicación sobre la deuda histórica con estas y más creadoras pero sin mostrar sus trabajos. Pienso que si lograron hacer y exponer en una de las salas la reproducción de un mural de Bonampak, Chiapas, hecho con yeso y pigmento natural en 2024, también era posible conseguir fotografías de archivo y/o hacer reproducciones de su trabajo.

No quiero obviar los destellos contemporáneos que hay en algunos espacios, pero el contexto que los acompaña insiste en el anhelo de los años pasados. Hay una pequeña sección titulada “Muralismos contemporáneos”, por ejemplo, con una reproducción de la Virgen de las Barricadas (Oaxaca, 2024) de Eduardo Ramírez y algunas otras obras de gráfica urbana de los últimos tiempos, pero la nota en el texto de sala dice que los murales de ahora “siguen la huella de la tradición muralística y, en ocasiones, reciclan viejos cánones plásticos”, es decir, nada nuevo bajo el sol.

En otra sala –y gracias a un encuentro afortunado aunque sorpresivo, porque no entendía el contexto de su aparición (ni cómo llegué a ese espacio)–, di con la obra de Paola Dávila, artista oaxaqueña que trabaja con cianotipia y paisaje marino. Se exponía un video que mostraba parte de su proceso creativo en el mar y algunas piezas a muro junto con el texto de sala que, de nueva cuenta, la asociaba con la historia y la nostalgia del pasado con motivo de las técnicas de trabajo y materiales que utiliza.

Al final del recorrido por el MVM me quedan dos impresiones –acaso complementarias por ser tan contrastantes. Aplaudo la recuperación del espacio y la apertura de estas instituciones gubernamentales a un público tan diverso como el que cruza el centro histórico de la Ciudad de México, pero cuestiono la intención de fondo de este recinto: es claro el adoctrinamiento institucional en la lectura de la escuela muralista, una historia repetida como leyenda que no se nos permite olvidar, la presencia de “Los Tres Grandes” muralistas, la ausencia de nombres nuevos, de entender el impacto del mural en relación con las necesidades de la producción muralista contemporánea que es múltiple y variada. Aprovechar la obra mural de este recinto, acompañada de una narrativa abierta que no sólo celebre el pasado, sino que cuestione y dé el mismo peso a los y las muralistas que siguen produciendo y reflejando la pluralidad de experiencias y visiones del México actual, podría realmente encarnar la idea de un museo vivo: cambiante y en correspondencia con el presente.

María Olivera
Maestra en Estudios de Arte y Literatura por la UAEM. Ha escrito en Letras Libres y La Tempestad. Es Jefa de Investigación en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano en Cuernavaca.

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Publicado en: Curadero