En este texto se descubren la historia del Museo Comunitario del Valle de Xico y el esfuerzo de recuperar una comunidad e imaginar el porvenir aún en un lugar que tiene todo en su contra.
Creo que, eventualmente llegaría a creer en el mundo, es decir, el otro mundo, en donde habitamos y tal vez hasta cultivaría esta ausencia, este lugar que se muestra aquí y ahora, en el espacio y tiempo del soberano, como ausencia, oscuridad, muerte, cosas que no lo son.
Stefano Harney & Fred Moten1
On a voulu crier ‘victoire’ à leur place
Jean-Luc Godard in Ici et ailleurs (1976)
En su novela La leyenda de los soles (1993), Homero Ardijis retrata a una Ciudad de México hundida, desarbolada, con vegetación muerta, oscura, el paisaje de los volcanes destruido y basura por doquier. La describe como “un mundo desmesurado y ajeno”, una ciudad que sufrió “pérdida gradual de suelo, de aire y de agua… la pérdida de su propio yo”. El entorno que imagina Ardijis para la Ciudad de México en el 2027 es disfuncional y violento, la dictadura exacerbada por formas de control y violencia indescriptibles. La retrata como una ciudad azotada por la delincuencia, la corrupción y la contaminación.
En contraste con estas visiones apocalípticas de la Ciudad de México de los noventa , la globalización capitalista prometi ó un camino futuro de prosperidad para todos. La privatización fue para muchos una respuesta a los problemas de corrupción del servicio público y de una burocracia estatal disfuncional en las décadas anteriores. En paralelo, la llamada “transición a la democracia” en el 2000 aseguraba el fin de la dictadura perfecta y el comienzo de la alternancia, la participación ciudadana y la búsqueda del consenso. A más de 20 años, vivimos en la “CDMX”, en el DF “ rebrandeado”.
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Mientras me alejo del Museo Comunitario del Xico a las afueras de la Ciudad de México, me siento rebasada, abochornada, mortificada, desasosegada. En mi mente llevo el interminable paisaje de cemento y contaminación que se desdobla desde la terraza improvisada del museo, y la imagen de la escultura de un árbol que cuelga ahí: una figura antropomórfica suspendida en una jaula ovalada, hecha de alambre y ramas, parada en una pila de basura y objetos de plástico. Un sol, también de alambre, cuelga sobre la figura sin rostro y no puedo dejar de pensar que la escultura es una alegoría del pueblo del Valle de Chalco. Hace un siglo, al área la componían tierras de cultivo artificialmente fabricadas después de secar el Lago de Chalco. El proyecto comenzó en el siglo XVI, en los continuos esfuerzos de la Colonia española por secar y canalizar los cuerpos de agua sobre los cuales se erigían la ciudad Azteca de Tenochtitlán y el conglomerado urbano: los cinco lagos interconectados de Zumpango, Xaltoca, Texcoco, Xochimilco y Chalco. En la década de los setenta, migrantes del campo que buscaban oportunidades y formas de vida modernas comenzaron a asentarse en ese v alle en tierras robadas, apropiadas o compradas; al urbanizar gradualmente las tierras de cultivo, la migración dio lugar a lo que hoy es una inconmensurable extensión citadina bautizada bajo el régimen de Carlos Salinas de Gortari como “Valle Chalco Solidaridad”.

La conglomeración de la que Chalco es parte (junto con Neza e Iztapalapa) ha sido descrita como “la favela más grande del mundo”.2 La mayoría de sus habitantes trabajan en condiciones precarias dentro de la economía de servicio e informal en la Ciudad de México, lo cual significa traslados diarios y agotadores en transporte público deficiente, absolutamente ningún derecho laboral y acceso de baja calidad y muy costoso a habitación, mercancías, servicios de salud, educación, comida, créditos e infraestructura. En los noventa, el Estado comenzó a hacerse estratégicamente presente: a la mayoría le faltaban o contaban con básicos que eran deficientes; sin embargo, cadenas corporativas de farmacias, supermercados, tiendas y templos cristianos tienen una presencia importante . También en esos años, el gobierno federal “invirtió” en la región implementando reformas y leyes, en su mayoría avocadas a favorecer los intereses de los proyectos privados de urbanización y bienes raíces, concesiones de explotación del agua y otras formas de despojo territorial.
La región de Chalco-Amecameca reúne 13 municipalidades y una red compleja de consejos de base que incluyen pueblos originarios, juntas vecinales, núcleos ejidales, comunidades, ONG, universidades y una variedad de organizaciones sociales y políticas movilizadas alrededor de luchas concretas. A unos kilómetros de Xico se encuentra San Salvador Atenco, en donde surgió un movimiento de resistencia en contra la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México que ha recibido una amplia cobertura mediática pues en 2006 fue reprimido a una escala sin precedentes en los últimos años .
En este contexto y territorio, el Museo Comunitario del Valle de Xico fue creado hace más de veinte años como un esfuerzo colectivo de cariño hacia la zona, y siguiendo los valores de reciprocidad y comunalidad. El museo ha sobrevivido resistiendo expulsiones, relocalización, falta de fondos y esfuerzos de apropiación por intereses privados u organismos públicos.
Llego una mañana fría de enero con mi hija y nos recibe el equipo del museo: la coordinadora de talleres de arte Mariana Huerta Páez, bibliotecarios Giovanni Veracruz del Angel y Mauro Sánchez Vergara, Juan José Ayala Fonseca artista plástico, encargada de turismo Ana Laura Lira Huerta, la promotora cultural Diana Ivete Espinosa Hernández, Juan Neri que se encarga del diseño y redes sociales, y el director del museo y cronista oficial de Xico, don Genaro Amaro Altamirano. Disfrutamos de una rosca de reyes y café mientras comparten conmigo generosamente sus vidas y proyectos, describiéndome las colecciones y los programas del museo.
El Museo Comunitario fue creado por la Junta Vecinal para la Preservación del Patrimonio Cultural del Valle Chalco Solidaridad con el objetivo de mantener y preservar los vestigios arqueológicos de Xico. El Museo se inauguró en 1996 en un pequeño local del pueblo, exhibiendo una colección de piezas donadas por habitantes del Valle. Actualmente, el museo tiene cinco mil artefactos prehispánicos, mil de los cuales están en exhibición junto con arte contemporáneo local. Además de la colección y de actividades relacionadas con la comunidad como los festejos de día de muertos, posadas y tertulias entre otras, el Museo Comunitario del Valle de Xico ha servido de catalizador de iniciativas como la reactivación de una chinampa en Tláhuac o la resistencia contra proyectos de bienes raíces o megaproyectos en el área. El museo también es conocido por darle alojamiento a la caravana zapatista cada vez que pasa por allí y por haber organizado reuniones del recientemente desmantelado Sindicato de la CFE y de la policía comunitaria de Guerrero. Junto con talleres de arte, el museo ha creado un proyecto para escribir y enseñar la historia de Xico desde la perspectiva de sus habitantes; han producido una serie de 35 libritos que se enseñan y distribuyen en escuelas públicas de la región y ofrecen clases a historiadores para que den talleres a niños escolarizados.
Un año después de su inauguración, el museo se mudó a la Hacienda de Xico construida en una plataforma prehispánica de la era teotihuacana, al borde de uno de dos volcanes extintos y en los vestigios de un rancho del siglo XVI que le perteneció a Hernán Cortés. El edificio sufrió daños parciales durante la Revolución mexicana, modificaciones a lo largo del siglo XX y actualmente se encuentra en restauración. La hacienda es el símbolo y sitio de la identidad e historia de Xico: un palimpsesto complejo de la historia mexicana de colonización, despojo y sueños de modernidad que sigue su curso. Xico era la isla de mayor extensión de las tres que estaban en el Lago de Chalco, y lo que caracteriza a la zona es que contiene rastros de todas las eras prehispánicas y modernas de la historia de México. Entre 1895 y 1903, con el apoyo de Porfirio Díaz, el emprendedor español Iñigo Noriega Lazo comenzó un megaproyecto con el objetivo de secar el lago para transformarlo en tierras de cultivo. Durante este periodo, los habitantes del Valle fueron violentamente expulsados por el ejército de Porfirio Díaz o esclavizados en el feudo. La hacienda fue considerada como un ejemplo de la modernidad y el progreso en el México prerrevolucionario, con vías de tren desde Xico hasta Río Frío, conectando todas las propiedades de Noriega Laso. En 1913 la hacienda fue ocupada por los revolucionarios y las tierras se transformaron posteriormente en ejidos.
En las décadas que siguieron, la tierra se urbanizó y durante los ochenta, una porción del Lago de Chalco regresó para convertirse en un cuerpo de agua considerable llamado Tláhuac-X ico. De hecho, cada temporada de lluvias el lago regresa a inundar el Valle entero. Hay una muestra de esto en el museo: un refrigerador con huellas lodosas de la infame inundación del 2000 que lo hizo obsoleto antes de su tiempo. Aparte de inundaciones recurrentes, también causadas por el desbordamiento del Canal de la Compañía por donde que corre agua del antiguo lago, la región ha sido afectada por el hundimiento de suelo causado por la sustracción de agua, misma que es regularmente extraída del acuífero subterráneo de Chalco y redirigida a la Ciudad de México. La sustracción no sólo sobreexplota el acuífero sino que ha causado hundimiento de suelo. Para 2013, el suelo se había hundido 12 metros del nivel que tenía hace 20 años. Un efecto colateral del hundimiento gradual del Valle ha sido el continuo desmoronamiento de la Hacienda de Xico.
La historia y los retos actuales que encaran los habitantes del Valle de Chalco le han conferido a su territorio un estatus especial. En la última década, arquitectos, planeadores urbanos, productores culturales, think tanks trasnacionales, medioambientalistas, oficiales de gobierno, biólogos, organizaciones de derechos civiles, estudiantes, activistas y expertos de todo tipo han propuesto políticas, proyectos, historias simbólicas, planes para traer el agua de regreso, hacer el territorio sustentable y construir infraestructura que hace falta: por ejemplo, los muy necesitados sistemas de drenaje y entubamiento del Canal de la Compañía. Está la Comisión de la Cuenca del Valle de México de la Secretaría de Desarrollo Urbano que en 2011 elaboró un “Plan hidrológico” para identificar todos los problemas que sufre la región como la falta de agua potable, contaminación, sequía, inundaciones, hundimientos y erosión del suelo. La Water Caravan, por su parte, es un estudio para implementar un plan maestro para rescatar las cuencas de los lagos Chalco y Xochimilco, y “Vuelta a la ciudad lacustre”, un ambicioso proyecto ecológico y urbano realizado por un equipo de arquitectos, biólogos, filósofos, ingenieros y políticos (reunidos por Teodoro González de León, Alberto Kalach, Gustavo Lipkau y Juan Cordero) propone regresar al lago construyendo plantas de tratamiento de agua y creando nuevos espacios públicos y soluciones a la expansión irregular de los asentamientos urbanos. Esta iniciativa tiene un precedente en el proyecto de 1964 “Proyecto de rescate de Texcoco” que propusieron los ingenieros mexicanos Nabor Carrillo y Gerardo Cruickshank. Algunas propuestas son utópicas, otras, paliativos transitorios o luchas por el derecho del agua o disputas sobre el uso de suelo. Sin embargo, m uchos esfuerzos de este tipo han estado ligados a proyectos de infraestructura y proyectos de bienes raíces (privatizados como Casas Ara o Geo) y que se apoyan en intereses estatales o corporativos neoliberales.
Con este trasfondo en cuenta y en el contexto de la solidaridad global y justicia medioambiental promovida por diversas iniciativas culturales, recientemente, el Museo del Valle de Xico fue el centro de una controversia trasnacional. En 2012, la artista visual brasileña Maria Theresa Alves exhibió en Documenta un proyecto desarrollado en colaboración con el museo de Xico. La exposición contenía dioramas descriptivos de la historia del lugar incluyendo un retrato de Iñigo Noriega Laso quemándose, como un símbolo del despojo, destrucción y explotación de Chalco en el pasado y en curso. Había también una sección de “héroes” de la historia de la región y otra sobre el ajolote, el anfibio al borde de la extinción que se volvió famoso con el cuento de Julio Cortázar y por el uso que hizo Roger Bartra del animal como metáfora del México moderno: ni renacuajo ni reptil, para siempre atrapado entre la estasis y la evolución. El proyecto incluyó una invitación a don Genaro a visitar la Fundación Archivo de Indianos, alojada en la hacienda de Noriega Laso en Colombres para hacer entrega de un libro de historia escrito desde el punto de vista de los habitantes de Xico, como un gesto de “contrahistoria”. Evidentemente, la memoria es una herramienta crucial en la actual guerra librada contra los megaproyectos y la extracción de recursos en todos lados.
Luego de Documenta, el MUAC exhibió una segunda edición de la exposición: El regreso del lago, en colaboración con el Museo de Xico. Incluyó una selección de la colección de objetos prehispánicos del museo curada por Don Genaro y se organizaron una serie de mesas redondas en las que representantes de las 13 municipalidades de Chalco discutieron sus problemas medioambientales, políticos y económicos. Por su parte, el MUAC organizó talleres, conferencias y visitas en el Valle y con la comunidad de Xico.
Unos meses después de la exposición, con la excusa de restaurar la hacienda, la sede del museo fue relocalizada al granero de la Hacienda, en un edificio adyacente, que no tenía agua, electricidad ni ventilación y estaba sucio , invadido por palomas y su excremento, y con techos de asbesto con agujeros. Cuando don Genaro me cuenta la historia, sospecho que el proyecto de restauración es un intento de apropiación de la Hacienda de la Municipalidad para su propio interés. Se necesitaban fondos considerables para preparar al granero para recibir a la colección. En sus intentos por lograr apoyo financiero e institucional con el MUAC, gente del mundo del arte y otras instituciones con el fin de almacenar la colección y habilitar el nuevo edificio , los representantes del Museo del Valle de Xico fueron amablemente desalentados por los directivos del MUAC.3
La antes curadora del MUAC y directora del proyecto de Maria Theresa Alves en México, Cecilia Delgado Masse, hizo la colecta para el Museo del Xico entre los empleados del museo. El dinero, junto con una donación de la Galería Kurimanzutto (un total de 42,000 pesos) les permitió habilitar mínimamente el granero. En una entrevista por teléfono, Delgado Masse explica cómo desarrolló una relación extra institucional con el Museo de Xico, y ese es el lugar desde donde los apoyó, ofreciéndoles el dinero de la colecta al igual que materiales para rehabilitar el granero.4
Bajo la luz de la expulsión de la Hacienda y de la débil respuesta y falta de solidaridad del mundo del arte y del MUAC, la historiadora y crítica de arte Paloma Checa Gismero cuestionó la ética y política de la intervención/colaboración de Alves con el Museo Comunitario del Valle de Xico.5 Para Checa Gismero, colaboraciones como ésta tienden a juntar aparatos discursivos cuyos públicos y actores se encuentran en mundos completamente distintos, activando una torsión estética e ideológica que aliena a los públicos de la problemática real: la crisis social y medioambiental en una región en México que Alves buscaba abordar en un principio. La imposibilidad de apoyar al cien por ciento al Museo de Xico puso en evidencia el hecho que las relaciones de poder creadas en estos intercambios no están nunca en juego; la desigualdad estructural permanece y la restitución es sólo posible a nivel simbólico, iluminando la disimetría entre públicos y ejecutores que caracteriza al trabajo de intervención.
Después de dos años de trabajos en la Hacienda, se han terminado los fondos proporcionados por la Municipalidad del Valle de Chalco para restaurarla, y el regreso de la colección al nuevo espacio no se vislumbra . La construcción en donde se alberga actualmente el museo es un antiguo depósito de basura y deshecho industrial y una tercera parte del espacio está ocupado por una montaña enorme de basura que el equipo del museo lleva dos años limpiando pacientemente. El techo de la construcción es de lámina y de lona, y más que la humedad y polvo que se respiran allí dentro, el cuidado con el que las piezas de la colección han sido colocadas en bases de unicel contenidas en temblorosas vitrinas de madera es lo que grita la precariedad y vulnerabilidad en la que el museo sobrevive.
Hoy los fondos para restaurar la Hacienda se “acabaron” y don Genaro sugiere sutilmente que, como acto de reapropiación comunal, la comunidad se ha asegurado tener copias de las llaves para poder tener acceso a la Hacienda. Así la pueden usar regularmente para impartir sus talleres de historia, aunque al edificio le siga faltando techo, ventanas, electricidad o pisos. La Municipalidad había accedido a limpiar la mitad del granero al igual que construir paredes provisorias para separar el área de bodega de la de exhibición e instalar una red para mantener a las palomas alejadas y sellar parte del techo.
Los museos comunitarios son una figura institucional formalizada en los noventa por el INAH. Gracias a una provisión que este organismo le dio a Don Genaro, él ha logrado vencer todos las amenazas de expulsión y destrucción del museo. Se ha hecho evidente que los esfuerzos de autonomía y de iniciativas sociales del museo son una amenaza y potencial presa de apropiación de agentes foráneos para la capitalización cultural. En este contexto, el Museo de Xico resiste sobreviviendo y su supervivencia ––fundamentada en la validación proporcionada por un organismo estatal– – comprende varias maneras de ser y pertenecer: nuevas economías de dar, intercambio, obligación y reciprocidad que están en juego en la programación y actividades que organiza el museo al igual que en la ética de dirección institucional de don Genaro.
Los museos comunitarios son muy diferentes a los privados, o a los del Estado: se desarrollan en consulta con la comunidad y el espacio responde a sus necesidades. Museos de este tipo tienen el objetivo de fortalecer la acción y organización comunitarias, al igual que la identidad a través del conocimiento e interpretación endógenos de su cultura. En la práctica, los museos comunitarios generan proyectos para mejorar la calidad de vida de sus comunidades ofreciendo cursos y talleres para cubrir varias necesidades, fortalecer tradiciones culturales, desarrollar nuevas formas de expresión y generar turismo controlado por la comunidad. Sirven también de puentes para el intercambio cultural con otras comunidades, construir alianzas e integrar redes a través de proyectos en conjunto.6 Actualmente en México hay alrededor de 50 museos comunitarios en los estados de Oaxaca, Yucatán, Veracruz, Morelos, Tlaxcala, Hidalgo, Guerrero, Querétaro y Puebla (cientos de ellos solo en la Ciudad de México). El INAH proporciona a los museos reconocimiento junto con talleres, pequeños presupuestos para proyectos selectos y apoyo para la conservación, catalogación y archivo de sus colecciones.7
El Museo Comunitario del Valle de Xico es parte de una red vulnerable de esfuerzos instituyentes por construir contrahistorias, narrativas identitarias autónomas e iniciativas para la sustentabilidad y recuperación de formas tradicionales de vida comunitaria. Indudablemente hay contradicciones que operan en el interior de estos proyectos, y una de las tareas principales que encaran es la de descolonizar las meras estructuras de conocimiento, clasificación y periodización que subyacen en el concepto moderno de “museo”. Este será el trabajo de generaciones por venir, e instituciones como el museo de Xico son un ejemplo inspirador.
El historiador de arte TJ Demos planteó que el proyecto de Alves servía a una política medio ambiental de justicia social y comparó “su lucha por la auto-determinación local, el regreso a la subsistencia, la autonomía, la solidaridad comunitaria y la sustentabilidad ecológica” con el movimiento zapatista, aunque en su mirada condescendiente, “el museo no constituye una ruptura revolucionaria con el Estado”.8 Se hace evidente que por ahora es imposible ir más allá del Estado y las instituciones como forma de hacer política ––el M useo de Xico no existiría sin la provisión del INAH; y lo que ocurre en realidad es el comienzo de la construcción de un horizonte histórico que toma en cuenta las contradicciones y ambigüedades de las relaciones sociales de dominación dentro del sistema que habitamos.
Se hace claro además que nosotros (“nosotros” del lado del privilegio) ya no podemos seguir negando la manera que las poblaciones desprivilegiadas están siendo negadas por el tipo de relaciones sociales impuestas por el colonialismo, el capitalismo y la burocracia que opera sus intereses a través de proyectos bien intencionados de mejora y restitución. Debe esclarecerse que dichas intervenciones y reformas externas de todo tipo no son neutrales, mucho menos horizontales y no tienen nada que ver con la autonomía, solidaridad, democracia o el poder del pueblo. Esto se debe básicamente a que las formas actuales de poder no se encuentran en lo que hacemos, sabemos o de lo que hablamos y vemos, sino en las infraestructuras desde las que operamos.
Una cuestión que es crucial y que permanece abierta es si iniciativas como el Museo Comunitario del Valle de Xico pueden ser emancipatorias. Más allá del levantamiento y la movilización, los ejercicios de autonomía abren perspectivas a formas “otras” de organizarse, preservar, auto-preservarse, reproducirse. En este contexto, el horizonte común de la emancipación comunal no es una serie de objetivos explícitos y sistemáticos por lograrse, sino como lo explica Raguel Gutiérrez: es un proceso ambivalente y abierto, una trayectoria protagonizada por múltiples grupos, por hombres y mujeres. Teniendo esto en cuenta, la relación entre una política centrada en el Estado y la política autónoma no es una de oposición sino de disyunción, de la confrontación de diferencias y perspectivas incompatibles.9
Es por eso que el Museo Comunitario del Valle de Xico es ejemplo de un nuevo paradigma de política que sale de la superficie de lo social de comunidades originarias y sin privilegios, que son redundantes a lo largo y ancho de América Latina. Estos ejercicios están construyendo la posibilidad de vivir en dignidad al margen de los mercados capitalistas y de los estados neoliberales, permitiéndoles a los sujetos comenzar a reconocerse como entidades autónomas que resisten sobreviviendo, conscientes de que se están apropiando de sus propias prácticas políticas. Se caracterizan por la desconfianza digna y cortés hacia todo lo que pueda oler o tener rasgos de disciplina , sujeción o capitalización exógena y por la sospecha elegante de declaraciones prescriptivas y universales que hablan de un lugar de imposición y poder.
Lo que se necesita es comenzar a proyectar un camino en común, desplazar al pensamiento y debate, poner en contradicción la reforma y revolución con la emancipación, conscientes que las relaciones sociales no pueden ser transformadas porque ocurren en el mismo sistema que niega que algo se rompió y destruyó alguna vez —además de seguir su curso con el neocolonialismo. Es esa misma estructura, el punto de vista desde el cual el colonialismo cobra sentido, la que limita nuestra habilidad para encontrarnos. Hoy no es útil decirle al poder ni dar reconocimiento a las poblaciones despojadas; lo que es urgente es comenzar a habitar el lenguaje del otro, la entidad misma que fue negada por el colonialismo. M ostrar al espacio y al tiempo que se hacen presentes en la ausencia y la muerte, como cosas que no son.10
Agradezco a Paloma Checa-Gismero, Seth Denizen, don Genaro Amaro Altamirano y Mariana Huerta por sus valiosos comentarios y retroalimentación; a Cecilia Delgado Masse por compartir sus experiencias trabajando con el museo y los intercambios entre los empleados del MUAC y del Museo del Xico cuando trasladaron su colección al granero de la Hacienda.
Irmgard Emmelhainz. Escritora e investigadora independiente. Es autora de La tiranía del sentido común: la reconversión neoliberal de México (2016).
A version of this article was commissioned and first published by Afterall, issue 43, 2017 (una version de este texto fue comisionada y publicada originalmente en Afterall 43, 2017)
1 The Undercommons: Fugitive Planning & Black Study (New York: Minor Compositions, 2013).
2 Ver Michael Waldrep, “Neza: Mexico’s Self-Made City“, National Geographic, March 26, 201.
3 Información y correos electrónicos entre el Museo del Xico proporcionados por Cecilia Delgado Masse, antes curadora del MUAC.
4 Conversación telefónica con la curadora, enero 22 de 2017.
5 Paloma Checa Gismero, “On The Return of a Lake“.
6 Del sitio Red de museos coumnitarios de América.
7 Fuente: Museos comunitarios preservan la memoria.
8 TJ Demos, “Return of a Lake: Contemporary Art and Political Ecology in Mexico“.
9 Ver: Raquel Gutiérrez, “Los Ritmos del Pachakuti. Reflexiones breves en torno a cómo conocemos las luchas emancipativas y a su relación con la política de la autonomía”, Hacer política para un porvenir más allá del capitalismo (México: Grietas editores, 2016).
10 Harney and Moten, The Undercommons, p. 15.