Muertes en la bruma de Londres

Los seriales televisivos se han convertido en una forma privilegiada de la narrativa contemporánea. Paradojas de la industria fílmica anglosajona: ha resultado más sencillo para el —no siempre vergonzoso— aparato de guionistas, directores y actores relacionado con dicha industria levantar proyectos arriesgados, “orientados al público adulto”, en la televisión, ese viejo medio despreciado —o, al menos, cuestionado— por todos los estudiosos de la comunicación desde hace decenios, que en el cine, cada día más forzado a orientarse al consumo de “toda la familia”, cada día más baldado por una censura y autocensura invasivas y cretinas.

Al margen de las grandes series estadounidenses que han centrado la atención pública y crítica sobre sí (obras memorables que reformulan todos los géneros posibles, del noir y el drama histórico al western, y del costumbrismo enloquecido a la fantasía épica, como The Wire, Rome, Deadwood, Mad Men, Breaking Bad, Game of Thrones…), la BBC londinense se ha revelado como una productora astuta y muy capaz de atraer talentos notables a sus proyectos.

Correspondiendo a la tradición británica del relato policial, la BBC ha producido en tiempos recientes algunas joyas del género. Primero que nada, Sherlock, una actualización de la saga madre de todos los detectives privados, ambientada en el Londres actual (en el que, curiosidades del colonialismo, es posible mantener el perfil de Watson, compañero de andanzas de Holmes, como veterano de la cíclica guerra de Afganistán). Segundo, Zen, un agente policial italiano orillado, por un medio corrupto y acomodaticio, a cuidarse tanto o más de sus colegas y superiores que de los criminales. Y tercero, pero no menos importante, Luther, una de las más brillantes exploraciones en el campo del thriller policial que se han filmado.

Su protagonista, el detective John Luther (Idris Elba, el inolvidable Stringer Bell de The Wire), indaga casos crecientemente sórdidos en un Londres nada turístico, una ciudad en ruinas físicas y morales. Capaz lo mismo de arrojar a un pedófilo a un abismo que de sostener una amistad casi erótica con una parricida, Luther da una vuelta de tuerca con respecto a la recordada agente Starling de The Silence of the Lambs, y recuerda un poco en ese sentido de ambigüedad ética al forense multihomicida de Dexter. Pero, al contrario de lo que sucede con el serial estadounidense, obligado por el mercado a prodigarse en extenuantes temporadas repetitivas, Luther se concentra en unos pocos episodios de una intensidad y perfección dramática resaltables. Una historia afilada, sobria, singular. Es decir, lo que toda obra narrativa debería ser. –Antonio Ortuño