Montserrat a la distancia

El pueblo de El Bruc había quedado atrás. El flanco suroeste de la montaña Montserrat parecía la piel rugosa de un leviatán calcáreo alzándose desde lo profundo del Baix Llobregat en Cataluña. Entre los parches de arbustos bajos y matorral mediterráneo se asomaban las moles de roca de un tono mostaza claro. Abajo, al final de una ladera vestida con brotes de romero y tomillo, anidaba el pueblo de Collbató, también en la comarca de Baix Llobregat, con el torreón de su iglesia como un testigo del invierno tan débil, sin nieve este año. En lo alto de un cielo limpio, el sol de febrero deslumbraba los ojos.

Ilustración: Estelí Meza

“La caminata hasta el monasterio toma casi cuatro horas”, me indicaron en El Bruc. Por esos mismos senderos avanzaron las tropas napoleónicas a mediados de 1808 y se enfrentaron a una milicia catalana que no se intimidó, al contrario. Entre el 6 y 14 de junio, los milicianos hicieron retroceder al ejército francés y obtuvieron las victorias para el lado español. La armada imperial de Napoleón era consideraba invencible y los triunfos cobraron un significado casi mítico. La leyenda del tamborilero de El Bruc cuenta que un joven del pueblo de Sampedor se adentró en la montaña y encontró un recoveco especial, casi mágico, desde donde el redoble de su tambor se multiplicaba por cientos y cientos de veces. Las tropas francesas creyeron que se enfrentaban a un ejército gigante y su moral se resquebrajó.

Seguí avanzando. Además de hacer el trayecto a pie, se puede llegar al monasterio en auto, el funicular Aeri (San Joan y de la Santa Cova), y el tren cremallera. Como su nombre lo indica, Montserrat tiene una topología con agujas de piedra que le dan al monte una forma de sierra. Este gran macizo se sitúa en el margen sur de la Depresión Central Catalana, unido a la Cordillera Prelitoral, y a lo largo de la montaña se unen tres comarcas distintas: Bages, L’Anoia y Baix Llobregat. El punto más alto es el mirador de Sant Jeroni a 1 224 metros de altura y con una vista del valle del río Llobregat. Toda la montaña y una gran extensión de las zonas aledañas comprenden una reserva —Parc Natural de la Muntanya de Montserrat—que fue creada el 10 de julio de 1987. Por un momento me detuve y miré hacia arriba, las agujas con sus formas caprichosas y nombres peculiares: Petita de la Portella, La Figuereta, L’escorpi. En un risco muy estrecho vi a dos cabras monteses, sus pezuñas como adheridas a la piedra casi vertical; parecían acróbatas.

Al llegar al monasterio de Santa Maria de Montserrat la serenidad que había encontrado en los senderos de la montaña se acabó. Turistas hormigueaban por la plazuela de la Santa Cruz, en el restaurante y tienda de souvenirs, también en el mirador. La fecha precisa se desconoce pero se cree que el hallazgo de la Virgen de Montserrat por unos niños pastores se remonta al año 880 – aún se puede visitar el lugar de la aparición en la Santa Cueva de Montserrat. Tiempo después se construyó la ermita de Santa María para resguardar a la Virgen. En 1023, el abad Oliba de Ripoll fundó el monasterio benedictino y así lo incorporó a la ermita de Santa María de Montserrat. En 1493 un monje catalán y antiguo ermita en Montserrat, Bernat Boïl, acompañó a Cristóbal Colón en uno de sus viajes a América. Se cree que fue el contacto con Boïl lo que motivó a Colón a darle el nombre de Montserrat a una de las islas en las Antillas. El 11 de septiembre de 1881, el día de la fiesta regional de Cataluña, el papa León XIII proclamó a la Virgen de Montserrat como la santa patrona de Cataluña. La fecha de celebración a la Virgen quedó instaurada para el 27 de abril, fecha en que peregrinos de todos los rincones de España y del mundo confluyen aquí.

En el interior de la basílica, construida en el siglo XVI, se encuentra la Moreneta o Virgen de Montserrat. La figura al fondo de la nave principal, que se puede observar de cerca, fue tallada en madera de álamo en el siglo XII. La Virgen sostiene al niño en su regazo y en la mano derecha sostiene una esfera; se cree que simboliza el mundo o el universo. Su túnica es dorada, la piel de su rostro de un tono chocolate oscuro, de ahí el sobrenombre de la Moreneta. La razón detrás ese tono de piel es incierto pero una teoría sostiene que fue el humo de las velas, colocadas durante siglos a sus pies, lo que oscureció la madera.

El complejo de edificaciones es extenso. Además del restaurante-café y la tienda, se encuentra el Museo de Montserrat, con sus colecciones de arte antiguo y moderno, el monasterio y el claustro, los edificios que albergan a los peregrinos, el Paseo de la Escolanía, las plazas de la Santa Cruz, Santa María, Apóstoles, Abad Oliba, el Camino dels Degotalls o del Magníficat. En una de las bancas de la Plaza de los Apóstoles me senté un momento y observé a un grupo de monjas calentándose al sol. Se hacían bromas y reían, se ayudaban a ajustarse la cofia, otras sacaban galletas de envoltorios apretados y transparentes que compartían entre todas.

Dentro del monasterio de Montserrat existe la Escolanía, un renombrado coro infantil que es de los más antiguos de Europa. El coro de escolanes, como se les conoce, está formado por más de cincuenta niños de nueve a catorce años procedentes de distintos lugares de Cataluña, Baleares y la Comunidad Valenciana. El primer documento que demuestra la existencia del coro data de 1307. El Rey Fernando de Aragón, El Católico, solicitó su canto al visitar Barcelona en 1479.

Los niños deben presentar un examen y pasar una semana de convivencia antes de ser aceptados. Los escolanes reciben una formación musical de alto nivel: cada uno estudia dos instrumentos, el piano y un segundo instrumento a elegir, además de Lenguaje Musical, Orquesta y Canto Coral.

—Mi estancia en la escolanía de Montserrat significó un ensanchar los horizontes culturales y políticos —cuenta Carles Estrada, residente de El Bruc y escolán hace sesenta años—. Mi vida cambió gracias a la música. Entró fácilmente y nunca me ha dejado. En los años 1960-1965, en plena dictadura, nosotros vivíamos en una torre de marfil.

Como en todo lugar, había buenas y malas experiencias.

—Mis recuerdos más gratos son de los días en que cantaba de solista soprano. Pude disfrutar muchísimo con el Stabat Mater de Pergolesi, con el Silencio del P. Martí. Los no tan gratos, como ser castigado y sermoneado, se tienden a olvidar. De todo eso ya hace muchos años.

Salir de Montserrat a los quince años y con un buen bagaje cultural era un bien precioso. Sin embargo, la integración no siempre era sencilla.

—Al encontrarte frente al mundo te dabas cuenta que te faltaban medios para entenderlo del todo. Había que aprender una asignatura un poco olvidada, un lenguaje, unas convenciones que, para no quedar marginado, era necesario hacerlo rápido. Un reto.

Delante del monasterio la tarde comenzaba a caer y emprendí el regreso. De camino a Can Serrat, la residencia literaria donde viví cuatro semanas, percibí las luces del poblado de Collbató. Es extraño recobrar esas memorias y escribirlas en diciembre del 2020. Eso que viví parece como visto por la mirilla de un telescopio, lejano y al mismo tiempo frente al ojo. En esa residencia cociné con otros escritores y traductoras, nos juntábamos en la cocina y me tocó picar cebollas y ajos, lavar trastes, todos en un pequeño espacio. Nos servíamos Cava o vermouth y compartíamos la cena en grupo. Ahora estoy en México y debo guardar la cuarentena. No he visto a nadie excepto a mis padres, a la distancia. ¿Qué pasará cuando llegue una vacuna? ¿Volveremos a lo mismo, para bien y para mal? Sé que viajaré menos en avión, que trataré de cambiar mis formas de consumo para generar menos basura; al menos eso me dejó el 2020.

Esa tarde, al regreso de la caminata, vi la explanada donde todos los domingos se pone un mercado con productos típicos de Cataluña y de toda España. Ahí encontré morcillas de Ronda y Jaén (Andalucía), chorizos de Cantabria y Rioja, aceitunas Palomar, Vera, Arbequina, quesos de cabra con romero, con tomillo, Cavas (vino espumoso de Cataluña), y vegetales de la región como el calçot, una variedad de cebolla tierna que es poco bulbosa. Durante mi estancia en Cataluña pude asistir a una de las típicas calçotades donde la gente se reúne a comer las cebollas asadas. Los calçots se asan a la llama viva (no a las brasas) hasta que la capa externa quede oscura, luego se envuelven en papel de periódico y se dejan reposar por unos minutos para que terminen de cocerse. La parte tierna del calçot asado se sustrae jalando por un extremo y se unta en una salsa de romesco (tomate, piñón, romero). Sentado en una larga mesa,después de haber oído las instrucciones con atención, me coloqué el babero y metí las manos en los guantes. 

 

Mauricio Ruiz
Escritor y periodista. Estudió ingeniería y música en el conservatorio nacional. Autor de las colecciones de cuento Y sin querer te olvido y Silencios al sur.

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Publicado en: Corresponsal