Sobre los derechos sexuales, la diversidad sexual y el VIH, la voz de Carlos Monsiváis se dejó escuchar en reiteradas ocasiones. El combate a los prejuicios homofóbicos fue una de las múltiples causas que abrazó con ímpetu. Su mirada siempre estuvo abierta a cuestionar la moral sexual mexicana en general.
Como registra Marta Lamas, “los libros de Carlos Monsiváis, llenos de ideas y argumentaciones, enriquecen una perspectiva histórica de las conductas sexuales de los mexicanos. Además de describir y analizar las distintas respuestas sociales ante la diversidad sexual y la magnitud del conservadurismo y la homofobia, sus textos apuntan a un objetivo central en la lucha: diferenciar entre la sexualidad y los contenidos simbólicos que les adjudican personas históricamente situadas".
Para Monsiváis, acérrimo crítico y estudioso de la realidad mexicana, las causas perdidas eran aquellas de las que nunca se aceptan ventajas, de tal modo que veía como héroes y heroínas a quienes se integraban en unidades y plantones de apoyo a grupos ecologistas, etnias y colectivos en favor de los derechos de los homosexuales y publicaciones de toda índole, a quienes denominó contracultura pero que en realidad debían ser reconocidos como resistencia cultural.

Se ha puesto a circular El clóset de cristal (Ediciones B), un libro sobre una faceta poco conocida del ensayista y cronista: su vida sexual. Braulio Peralta eligió un tema álgido que ha suscitado críticas a favor y en contra. Gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transexuales, intersexuales, todavía hay quienes quieren emprender una cacería de brujas hacia ese sector de la sociedad.
Para abrir este clóset, Peralta no contó con la aprobación de la familia de Monsiváis; eso lo aclara en el prefacio. A estas alturas, si la familia acepta o no la preferencia sexual de Monsiváis es tierra infértil. Lo importante es que el autor logró recuperar pasajes sobre la historia del activismo en favor de los derechos de la comunidad homosexual y elaborar una detallada cronología sobre cómo empezó a abordar un tema tan temido como el VIH.
Peralta recuerda que Horacio Franco, en Bellas Artes, colocó sobre el ataúd de Monsiváis la bandera del arcoíris que simboliza la diversidad sexual, como un acto de reconocimiento y solidaridad por haber sido cómplice de batallas en diversas trincheras.
Aunque Carlos Monsiváis nunca dijo abiertamente que era homosexual, se propuso luchar contra la eliminación de estereotipos y prejuicios sociales. Aquí se lee que “Monsiváis decía que si él se asumía como gay, lo iban a reducir a la lucha de la comunidad (p. 107)” y se comenta que no todos respetaban su decisión. “No quería ser calificado como el intelectual gay”, le confiesa Monsiváis a Sabina Berman (p. 195).
El libro es un prisma con múltiples rostros: es la vida sexual (no abordada antes) de Carlos Monsiváis, es la vida sexual de Braulio Peralta, la génesis de grupos en favor de la igualdad y respeto a la preferencia sexual, es el punto de partida de una sociedad que ha logrado avances de forman gradual en lo que se refiere a igualdad y no discriminación.
La agenda impulsada por la sociedad civil ha derivado en un mayor compromiso de las instituciones públicas, en el respeto y promoción de los derechos de las personas, tomando como eje rector la Reforma Constitucional del 10 de junio de 2011. Monsiváis luchó contra el clasismo, racismo, sexismo, intolerancia religiosa, machismo, homofobia, transfobia y cuantas determinaciones registrara. Insistía en las causas que conjuntaban la libertad y dignidad de las personas
Valentía psicológica
La cascada de escenas en pos de la libertad sexual que emprende Peralta queda salpicada de una que otra que otra canción de Juan Gabriel, figura de la comunidad LGBTTTI que, acaso como Monsiváis, nunca se asumió como tal. El autor elige una voz directa para desentrañar un tema polémico, es la voz de una conciencia que refiere sucesos y hechos de forma puntual al usar la segunda persona, el tú. Es un tuteo sin rodeos ni engolosinamientos que, lejos de actitudes moralizantes, capta pasajes reveladores gestados en la lucha por los derechos humanos.
En el prólogo a La estatua de sal, memorias sexuales de Salvador Novo, Monsiváis advierte que Novo actúa con enorme valentía psicológica. Quizá con el mismo ímpetu con que Peralta escarba en estos encuentros, punta del iceberg que décadas después sirvió para tender puentes y ganar espacio en favor de los derechos de la diversidad sexual. Así como Monsiváis en su momento indagó en la vida sexual de Novo, Braulio Peralta hace lo propio con el autor de Días de guardar y Amor perdido.
En este clóset transparente se describe a Monsiváis de una forma poco usual, con sus defectos y virtudes. Está la visión del intelectual preocupado por lo que sucede con la comunidad gay y también la faceta del hombre que cuando puede hacer uso de sus influencias no mide las derivaciones que vendrán. No obstante, la balanza se inclina más del lado del escritor comprometido que supo tomarle el pulso a los movimientos sociales y culturales orquestados en México.
VIH, ¿castigo divino?
Una historia importante es cómo se vivió en la prensa mexicana, en los grupos de la diversidad sexual, la aparición del VIH. “En los ochenta, con la aparición del sida, los gays —el sector más afectado— éramos la encarnación del mal a decir de la jerarquía católica, las familias tradicionales, los gobiernos conservadores de izquierda y derecha” (p. 169). Por ese entonces, Girolamo Prigione, nuncio papal, exclamó: “Castigo de Dios”. Y es que, como anota Peralta, “la demonización no conocía tregua” (p. 169).
En el proceso de construcción de estigmas, los medios de comunicación tuvieron un papel fundamental. Lejos de adoptar un papel formativo y corrector de las falacias que difundieron tanto en radio, medios impresos y electrónicos, frecuentaron palabras que se consolidaron en torno a la infección viral: muerte, contagio, promiscuidad, castigo y vergüenza. “No coma cerca de un homosexual. Puede contagiarse”, es una frase que Braulio Peralta leyó en la calle y la incorporó a su libro.
Al revisarse por qué se estigmatizó en México el VIH, los medios de comunicación tienen que ver en esto así como las instituciones públicas. En ese sentido, el Estado dejó pasar oportunidades para informar a la población, hablarles del uso del condón y de la salud reproductiva tanto en hombres, mujeres y personas de la diversidad sexual. Hay que recordar que las campañas contra la estigmatización del sida comenzaron tarde, aunque eso no quiere decir que no hayan servido.
El libro incluye un dossier fotográfico de Yolanda Andrade que presenta escenas de las primeras marchas gay que hubo en México. Para el autor, el trabajo de Andrade “da la oportunidad de la diferencia, de la presencia, de la no ausencia, de recordarnos el sabor de lo real: que todos somos iguales porque ¡no hay libertad política si no hay libertad sexual!”.
Y, a propósito de libertades, de este clóset también se saca una historia conocida: la renuncia de Carlos Monsiváis a La Jornada. Se debió a que Monsiváis criticó la visión del periódico respecto a los sidatarios, “los intentos en Cuba de controlar el problema del sida que incluyen la reclusión de los enfermos y de sus familias”. El diario siguió con su postura a favor de Fidel Castro y Monsiváis, con “una lección de periodismo” de alto nivel y en un acto de solidaridad con la comunidad LGBTTTI, “su comunidad”, diría Peralta, decidió retirarse del medio de comunicación.
Frases de Monsiváis sobre la homosexualidad
“El gay está al tanto de lo que es porque le gusta lo prohibido. Al inscribir su impulso en la esfera de la fatalidad, no lo que es sino lo que debió ser, el gay pobre o de provincia ignora sus derechos básicos, y se considera inmerso en una pesadilla. ¿Qué aniquilamiento de las pretensiones más adecuado que el hacinamiento en baños de vapor, en cines de segunda o tercera, en las calles y avenidas que son ghettos ambulantes? La sordidez es el más vindicativo de los clósets, y son precisamente la pena y el gozo que de allí se desprenden los que evitan la observación racional del deseo”.
(Debate feminista, octubre 2000)
“Los crímenes de odio más conocidos solos enderezados contra los gays, y este agravio histórico cobra cada año en México decenas de víctimas. Pero nada supera en número y en continuidad a los asesinatos de mujeres solas, en especial jóvenes, lo que se llama justamente feminicidios, un término que corrige el patriarcal de homicidios, pero insuficiente para describir el fenómeno.”
(Los mil y un velorios)
“Por homofobia no se entiende las antipatías o las desconfianzas o los recelos morales que los gays suscitan, algo inevitable por enraizado y de muy difícil eliminación incluso entre los propios gays, sino la movilización activa del prejuicio, la beligerancia que cancela derechos y procede a partir de la negación radical de la humanidad de los disidentes sexuales”.
(Los mil y un velorios)
“El ghetto gay, tan útil para el enaltecimiento de la norma, ve en el desprecio el primer reconocimiento público de existencia. Y también, para que el cielo de la heterosexualidad exista, se requiere fijar, con saña minuciosa, el infierno de los homosexuales, consistente en lo básico en búsquedas, desprecios y acoso social.”
(Salvador Novo. Lo marginal en el centro)
“El gay que se urbaniza atraviesa el espacio secreto y público a la vez, donde la ‘raza maldita’ se reconoce gracias a la mirada posesiva y la mirada braguetera, y a partir de allí se palpa febrilmente, sitúa su identidad con el apoyo inevitable de la burla y el choteo, se asegura de su lugar en la sociedad atendiendo a los atropellos policiacos, usa del melodrama como intermediación literaria, y si no va al límite es porque, en los convenios de su cultura formativa, el límite ha sido su punto de partida”.
(Debate feminista, octubre 2000)
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.
Equilibrada, justa y estupenda reseña. Felicidades!