Revisemos con gran espíritu de contradicción —como hace este ensayo— el significado de un objeto peculiar en nuestra vida de pantallas: los lentes. Símbolo de intelectuales, lectores, estudiantes de Letras o dealers del arte (que los usan sin aumento), los anteojos han perdido su fama como aparato médico para ganar en estatus. Pero ¿pueden, en verdad, ser una moda?

Cuando era niña, mi mundo consistía en un puñado de certezas: que la Tierra es redonda, que mi abuela es el ser más bueno del mundo y que el brócoli sabe mal. Con el paso del tiempo se añadió una más: que no se puede ser inteligente sin usar anteojos.

Esta conclusión venía de dos sitios. El primero, las series de los noventas. En ellas, rara vez usaba lentes otro personaje que no fuera el nerd de la escuela o el profesor o el siempre incidental escritor. El segundo, eran los muchos intelectuales que blandían orgullosos sus lentes de pasta en todos los espacios posibles.

Con el paso de la vida entendí una parte del fenómeno. Cuando una estudia Letras, un buen día se da cuenta de que esa pecera que llama salón de clases se ha transformado súbitamente en una pasarela de gafas, con especial énfasis en el espectro del llamado lente de pasta. El sorprendente día en que una mira tres filas de bancas con deficiencia visual, hay que hacer memoria. ¿Así era al principio? ¿Cuando entré a la universidad esta conjura de miopes eran mis compañeros? La respuesta es sí y no. La carrera es el paso de ser un humano normal a ser un humano rotulado en un rubro específico de las actividades “productivas”. El rubro del humanista, o, más ampliamente, del académico, va ligado a los lentes.

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Los lentes son un alebrije: tienen un pedacito del mundo de la moda y un pedazote del mundo de la medicina. Si parto, de nuevo, de las series que llenaron mi niñez, recuerdo también el bullying interminable a quien tenía el infortunio de usar anteojos desde la infancia. Era evidencia de que todo aquello que visibiliza algún rasgo de inferioridad de la presa, será usado por los abusones. Sirven para compensar algo de lo que se carece.

Sin embargo, contrario a otros aparatos ortopédicos, el lente tiene la ventaja de lo masivo del mal que encubre. Somos tantos los cegatones y nos inscribimos en una gradación tan amplia de invisibilidades, que, una vez pasada la etapa de educación básica, difícilmente alguien vería con recelo el artilugio, como sí sucede, por ejemplo, con los aparatos para sordera o los bastones. Nos volvimos un mercado masivamente redituable y la mercadotecnia ha normalizado este aparato. Se asume que vivir causa disminución visual, especialmente si pasas tus días viendo letras y pantallas.

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Un par de lentes siempre son un manifiesto, ya que, en casi todos los casos, existe la alternativa de los contactos. ¿Por qué elegimos o no usar lentes? ¿Qué modelo nos acompañará en nuestra cotidianidad? En Gran Bretaña, en 1930, los lentes eran clasificados como dispositivos médicos y los usuarios como pacientes.1 Los lentes eran una humillación social. Ahora, en ciertos círculos, son símbolo de estatus. Hay una escena de la película satírica Untitled (2009), en la que se nos revela que el galerista art-dealer, rey de la pretensión, usa lentes sin aumento alguno. El armazón aumenta algo, sí, su credibilidad en el campo del arte. En el mundo real, existen estos individuos que usan lentes para darle legitimidad a un oficio.

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Mi aumento es poco y, antes de salir a la calle, suelo preguntarme si debo llevarlos. Los criterios, fuera de esas veces en que la actividad demanda ver a distancia (teatro, cine), son más estéticos que nada. A veces me sorprendo cuestionándome: ¿equilibro el efecto de la minifalda con la pasta roja de mis lentes? Luego me doy un autozape y repito tres veces cual hechizo: “La minifalda no tiene que ver con mi capacidad o mi inteligencia”. Ah, pero los lentes, cómo ayudan.

Ilustración: Raquel Moreno

He hecho un estudio acientífico y lo pongo a consideración en este journal. La evidencia empírica: cuando voy por la calle, me acosan menos si llevo lentes. Los lentes no son sensuales para esa mayoría de machos acosadores que practican el arte del piropo, el chiflido, el rechinido, el besuqueo al aire. De igual forma el administrador de mi edificio, un tipo, ya se verá, detestable, me dijo, la primera vez que me vio con lentes, que por qué no mejor usaba unos de contacto. Se entendía: “porque te ves menos bonita así”. Los lentes siguen estando ligados a actividades ajenas a la carne.

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La forma humana idealizada es uno de los principios del mundo de la moda más tradicional. Lo idealizado, por definición, no es defectuoso. No ver bien es un defecto. ¿Cómo puede ser un defecto evidente parte de la moda? Nadie se cae a una coladera por no traer cinturón, pero sí he visto a gente tentando discretamente las distancias entre escalones cuando no lleva lentes. Los lentes nunca dejarán a un lado esa contradicción. Seguirán siendo un objeto peculiar, porque, a diferencia de un bolso, el lente es a menudo un objeto necesario para desempeñar las actividades diarias.

 

    

Aura García-Junco
Escritora. Es autora de: Anticitera, artefacto dentado (FETA, 2019). Ha sido seleccionada por la revista Granta entre los 25 mejores narradores jóvenes en español.

Publicado por primera vez en Pinche Chica Chic en 2018.


1 Design Meets Disability, Graham Pullin, MIT, 2009

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Publicado en: Registro personal