Producida y dirigida por David Fincher, Mindhunter retrata la época en que un par de investigadores del FBI acuñan el término “asesino en serie” y nos lleva por un recorrido a través de las retorcidas mentes de algunos de los peores criminales de la historia contemporánea.
El que lucha con monstruos debería evitar convertirse en uno de ellos en el proceso. Cuando miras al abismo, él también mira dentro de ti.
—Friedrich Nietzsche
Corre el año de 1977. Hace una década, el “verano del amor” daba el pistoletazo de salida a la contracultura americana. Los hippies tomaban por asalto al mundo, la guerra de Vietnam era considerada la mayor de las aberraciones y, para cualquier ciudadano que vistiera pantalones acampanados o blusas estampadas, todo lo que tuviera que ver con el Gobierno simplemente apestaba.
En aquel 1977 hubo en Estados Unidos otro estío memorable. Después de desatar el pánico durante un año en la ciudad de Nueva York, en agosto era capturado David Berkowitz, mejor conocido como el “hijo de Sam”, quien había matado a ocho personas por órdenes del perro de su vecino. El animal, según él, estaba poseído por el diablo. Los periódicos bautizaron ese verano como “el verano de Sam”. Fueron meses en que la gente caminaba nerviosa por las calles de todo el país. Las autoridades y la sociedad estaban perplejos ante semejante clase de crímenes sin sentido.
John E. Douglas (Nueva York, 1945) llevaba ya siete años trabajando como negociador de rehenes para el FBI hasta que fue transferido a la Unidad de Análisis de Conducta con sede en la academia de Quántico, Virginia. En uno de sus pasillos conoció a Robert K. Ressler (Chicago, 1937), un ex militar con los mismos años en la agencia, que llevaba algún tiempo trabajando en la elaboración de perfiles sicológicos de criminales violentos.
El suyo fue uno de esos encuentros que el destino no tiene forma de evadir. Su trabajo inicial consistía en recorrer el país de punta a punta para capacitar a policías de distintos departamentos. Los dos estaban hipnotizados por los crímenes inexplicables de gente como Berkowitz y Manson, y ambos sabían que ni siquiera el FBI tenía la menor pista de las motivaciones de esos engendros, así que decidieron aprovechar sus viajes para emprender un pequeño proyecto en su tiempo libre: entrevistar a los más notables asesinos del país.
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En ese entonces el FBI era una agencia anclada en su pasado hooveriano, que veía con recelo cualquier cháchara sicológica. Sin embargo, crímenes como los de la familia Manson, Jeffrey Dahmer o Ted Bundy escapaban a toda lógica protestante y bienintencionada del buen americano: las personas matan por dinero, por venganza, por desamor, pero no por perversión, lascivia o locura. Siempre hay un móvil razonable, hasta ahora. Douglas y Ressler estaban determinados a encontrar en las mentes de estos depravados un patrón de conducta que ayudara a entender a la nueva estirpe criminal y, sobre todo, a prevenir el nacimiento o el ataque de nuevos sicópatas.
En algún momento del camino, a Ressler se le ocurrió una expresión para agrupar a estos descuartizadores, necrófilos, violadores y pederastas que cazaban sistemáticamente seres humanos con la misma excitación con que una bestia salvaje acecha a una frágil presa: asesino en serie.
El resto es historia. Douglas y Ressler se convirtieron en dos leyendas del FBI. A lo largo de dos décadas, su trabajo ayudó a resolver algunos de los crímenes más espeluznantes de Estados Unidos. Retirados, dieron conferencias, escribieron manuales especializados y libros para el público general, y asesoraron a cuerpos policiales de otras partes del mundo.
La cultura popular le debe no pocas cosas a sus biografías. Thomas Harris se basó en la figura de Douglas para crear a Jack Crawford, uno de los personajes centrales de El dragón rojo y El silencio de los inocentes. Los personajes de Jason Gideon y David Rossi (Criminal Minds) también están moldeados a su imagen y semejanza. A Ressler le debemos la asesoría de la cual nació el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins. Otras tantas novelas, películas y series están directa o indirectamente inspiradas en su trabajo. Y por si fuera poco, uno de los libros de Douglas, Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit, fue la base para la realización de Mindhunter, la nueva serie de Netflix, una de las apuestas más fuertes de la temporada.

Producida nada menos que por David Fincher y Charlize Theron, la serie sigue los pasos de los agentes Holden Ford y Bill Tench, cuyo periplo es un trasunto de Douglas y Ressler, respectivamente. Los primeros y los últimos dos capítulos están dirigidos por el propio Fincher. Para los despistados, estamos hablando del director de Seven, Zodiaco, Perdida y La chica el dragón tatuado, por mencionar solo las cintas donde el experimentado realizador se ha sumergido en las aguas negras del crimen para emerger como uno de los pocos cineastas que se manejan con absoluta solvencia en los sótanos de la mente.
Mindhunter posee muchas virtudes. La primera es que, para tratarse de una serie en la que aparecen algunos de los asesinos en serie más crueles de la historia moderna, Fincher decidió no regodearse en la sangre ni en la violencia explícita. Salvo por el primer capítulo, en toda la temporada no se escucha un disparo. Las escenas del crimen son presentadas de manera fugaz por medio de fotografías. En lugar de ofrecernos un espectáculo sanguinolento, el director y los guionistas prefirieron mostrarnos algo mucho más aterrador: las entrañas cerebrales de los asesinos en serie.
A lo largo de los diez capítulos, Holden y Trench llevan a cabo una serie de entrevistas con criminales que parecen extraídos de una inverosímil galería del horror. Ed Kemper, por ejemplo, no solo mató a su madre y a sus abuelos, sino que se dedicó a cazar chicas para asesinarlas y luego mantener relaciones sexuales con sus cuerpos decapitados. O Jerry Brudos, cuyo fetiche mayor eran los pies femeninos, y que fotografiaba mujeres antes de estrangularlas vestido con lencería y tacones.
Para representar a los asesinos, Fincher eligió actores poco conocidos. El acierto es mayúsculo, sobre todo en el caso de Cameron Britton: viste tan bien la piel de Kemper, que si uno busca una entrevista del asesino real en YouTube, resulta difícil diferenciarlos.
La otra gran virtud de la serie es el complejo esgrima mental que se establece entre todos los personajes. En primera instancia está el juego entre los investigadores y sus entrevistados. ¿Cómo saber si están diciendo la verdad? ¿Quién está realmente controlando a quién? Holden y Trench se adentran por primera vez en un bosque oscuro sin saber bien a bien qué camino seguir. Para iluminar su sendero, consiguen la ayuda de la doctora Wendy Carr, una especialista en sicología de la Universidad de Boston (cuyo personaje está inspirado en la doctora Ann Wolbert Burguess, pionera en clínica del trauma y abuso de víctimas, y que firmaría con Douglas y Ressler el estudio Sexual Homicide: Patterns and Motives) que poco a poco se vuelve parte sustancial del equipo. Es ella quien les ayudará a elaborar un método para llevar a cabo las entrevistas; es ella quien apura a los investigadores a dedicarse tiempo completo a ese proyecto; es ella quien primero que nadie visualiza la trascendencia potencial de sus resultados.

Este elenco coral está complementado por otros héroes y otros villanos, todos con sus honduras sicológicas en la medida del peso específico que adquieren en la trama. En esta telaraña de relaciones amorosas, laborales y personales, ambos investigadores van quedando atrapados.
Capítulo a capítulo, atendemos a cómo se va afinando el olfato de los agentes, pero también a cómo el trabajo, ese tipo de trabajo, los va intoxicando. Para Trench es un lento descenso al infierno personal y marital; para Holden es el ascenso al cielo de la fama y la consiguiente pretensión que lo acompaña. Naturalmente, ambos empiezan a ver consumidas sus vidas, ya sea porque no encuentran forma de lidiar con lo grotesco o con la idea de la posteridad.
Fincher nos ha entregado un thriller en el que la tensión comienza a acumularse incluso antes del inicio de cada capítulo. Previo a cada cortinilla, al espectador se le obsequia, en un brevísimo instante, algunos cuadros en los que un sujeto extraño se está preparando para algo; poco a poco constatamos lo que trae entre manos. Aunque no sabremos nada concreto hasta la segunda temporada, seguramente esta figura cobrará mucha relevancia en los nuevos capítulos. Mientras, ya desde ese guiño, Minhunter nos deja enganchados.
Otras series dedicadas al fenómeno de los asesinos en serie (Dexter, The Following, Hannibal) operan ya en un mundo donde estas criaturas son algo común y corriente; hace cuarenta años, sin embargo, estos seres eran vistos por la policía como algo excepcional, algo que no había que entender porque se trataba de una anormalidad del sistema. Ahí está otro de los aciertos de la serie: desplegarnos un mundo que ve a Charles Manson, a Ted Bundy, a Jeffrey Dahmer, como algo ajeno. Para Holden, Trench y Carr, estos sicópatas son fruto de un entorno social; es decir, pueden ser cualquiera de nosotros.

Spoilers aparte, el final de la temporada podría resultar brusco, incluso chocante, puede que hasta mal articulado, pero si algo es seguro es que no deja indiferente a nadie. ¿Cómo resumirlo? Un umbral se ha cruzado y ya no hay marcha atrás. Con más de un eco de True Detective, en esta primera temporada Mindhunter ya tiene un lugar asegurado entre las mejores series de su categoría.
Aunque muchos especialistas aseguran que la metodología de Ressler y Douglas es bastante cuestionable, gracias a su trabajo hoy sabemos que en general los asesinos en serie comparten rasgos comunes —violencia doméstica, abuso sexual, infancias desgarradas, deformación sicológica temprana—. Lo que no sabemos es por qué cientos o miles de personas que han crecido en situaciones similares, o incluso peores, no han perdido la cabeza ni se la han hecho perder a alguien más. Lo verdaderamente aterrador de los asesinos en serie es que parece no haber forma de anticiparlos. No que eso le deba importar a la ficción, no que eso no pueda ser pretexto para tejer, ojalá, una serie con varias temporadas (la segunda viene en camino) que nos mantenga al filo del asiento mientras vemos si logra resolver esta incógnita.
César Blanco
Editor y traductor.