Basado en la versión del pastor estadounidense Henry I Van Dyke y del alemán Edzard Schaper, Michel Tournier (París, 1924-2016) decidió añadir en su novela Gaspar, Melchor y Baltasar (1980) la presencia de un cuarto rey mago, el príncipe Taor de Mangalore.

“Adoración de los Reyes Magos” de Albrecht Dürer
Los motivos de impulsar a los magos a emprender su largo recorrido son distintos: Gaspar de Meroe (cuya historia está ubicada en el actual Sudán), enamorado de la piel blanca de una esclava fenicia, sigue a la estrella imponente que semeja el color rubio de la cabellera de la mujer que ama con la idea de que se trata de un anuncio de un nuevo rey; Baltasar de Nippur (en Irak) atiende a su peculiar instinto de cazador de mariposas que lo alienta a perseguir al astro que tal vez lo guíe hacia una pieza de arte nunca antes vista; Melchor de Palmira (en Siria) va en busca de justicia ya que a su padre, el rey Teodemo, le usurparon el poder y su tío Atmar es quien gobierna; y Taor de Mangalore inicia la travesía seducido por su predilección por el azúcar, con la idea de hallar al Divino confitero, quien seguramente sabrá la receta de una exquisita golosina, el rahat-lukum, que en su lengua quiere decir “felicidad de la garganta”.
La vida del cuarto rey mago no ha sido fácil. Treinta y cinco años los pasó en calidad de esclavo en las minas de sal de Sodoma, pasando hambre y desasosiego. Después de esa terrible época que aún lo atormenta en sueños, reinició su vida en libertad. Hay un estigma que lo acompaña a lo largo del tiempo y es que siempre llega tarde a los sitios en donde se le espera. Y el nacimiento del hijo de Dios en Belén, no fue la excepción. No obstante, en cierta forma fue recompensado: nunca pudo conocer al recién nacido, pero fue el primero en probar la eucaristía.
Tras un periplo agobiante, similar al de los otros tres magos o sacerdotes, Taor comprende que el Salvador que busca no es como supone y ya no podrá verlo. Antes de emprender el regreso de su viaje, decide deshacerse de toda la carga de dulces que lleva y organiza un gran festín para los niños mayores de 2 años en Belén. En el bosque de cedros que domina la ciudad, ordena a sus escoltas levantar un campamento en tanto que sus pasteleros y confiteros preparan una merienda nocturna. El manjar central del convivio es un pastel gigante que transportan cuatro hombres en una camilla, una “obra maestra de la arquitectura repostera”. Estaba “formado por almendrado, mazapán, caramelo y fruta escarchada, una fiel reproducción en miniatura del palacio de Mangalore, con estanques de jarabe, estatuas de membrillo y árboles de angélica. Ni siquiera habían olvidado a los cinco elefantes del viaje, modelados en pasta almendrada con colmillos de azúcar cande”.
Cuando el festín se encuentra en su apogeo y los niños disfrutan de las delicias, entra corriendo el esclavo Siri Akbar y trae malas noticias. Los soldados de Herodes han invadido Belén y acribillan sin compasión a los niños menores de 2 años. Así concluye para Taor, el cuarto rey mago, “el fin de una edad, la del azúcar”.
En la Biblia sólo el apóstol Mateo se ocupa de narrar la llegada de los Reyes Magos a Belén, mientras que los demás evangelistas no lo mencionan. La prosa de Tournier se tiñe de poesía en las descripciones de los lugares y de cada personaje. El novelista hace que el lector se maraville ante su versión de la Epifanía por la forma tan sutil y bien delineada de su construcción narrativa. Aborda este episodio de forma libre, caprichosa, antisolemne, repleta de momentos lúdicos. Su escritura es un palimpsesto, un entramado de costumbres, faunas, geografías, arquitecturas y ruinas; una revisión a los libros sagrados y non santos que refieren este hecho.
Michel Tournier es un novelista intensamente influenciado por las ideas de Rousseau: el hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe y el retorno a la naturaleza lo salva. De allí la adhesión del narrador al gastado mito del bon sauvage y su idealización del primitivismo ligada a la democratización de nuestra actual cultura. Con apego a su antropología rousseauniana, escribió un par de novelas inversas y, a la vez, complementarias. En Viernes o los limbos del Pacífico (1967) cuenta la historia del Robinson Crusoe contemporáneo, quien tras naufragar en una isla perdida se regenera de la maldad de Europa, aprende la sabiduría elemental de un indígena y acaba en un feliz éxtasis con la naturaleza: el cielo en la tierra. En La gota de oro (1985) ocurre el proceso contrario pero paralelo: un muchacho bereber del Sahara emigra de su inconsciente paraíso, el desierto, para hundirse en el infierno de París. El hilo conductor de esta odisea es la imagen: la perfección de los benéficos signos árabes versus la contaminación de las maléficas imágenes occidentales.
Para Lukács, la novela debe abordar la vida de un individuo problemático en un mundo contradictorio, contingente. El núcleo de la novela moderna es la búsqueda de valores en una sociedad determinada que los ha perdido, “realizada por el héroe problemático”. Aunque dicha búsqueda corre el peligro de contar con excesos de moralidad, eso no ocurre en el caso de Tournier, quien pone en estado de alerta con su visión crítica y, a la vez, metafórica de lo acontecido, como cuando se refiere la estigmatización racial del rey Gaspar: “Soy negro, pero soy rey. Tal vez un día haré grabar en el tímpano de mi palacio esta paráfrasis del cántico de la Sulamita Nigra sum, sed formosa”.
Quien se adentra en las páginas que el novelista francés le dedicó al cuarteto de reyes magos, será guiado por destellos luminosos, radiantes: el ritmo y el lenguaje de Michel Tournier.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y periodista cultura. Es antologadora, junto con Alejandro Toledo, de Historias del ring (Cal y Arena, 2012).